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12.01.12
Por si no se habían dado cuenta, he estado especialmente silencioso desde que empezó el año. Un par de veces he comenzado a escribir para el blog, pero luego me detuve a pensar “mismo ¿a quién le importa lo que tú puedas pensar acerca de la vida, la Iglesia o la demografía?” y, encontrándome toda la razón, he dejado dos o tres artículos a medio camino.
No sé si será por deformación profesional, pero es evidente que este blog funciona mucho mejor cuando hay dos partes en debate, pregunta y respuesta, un discurso y su réplica. Por eso todo el tiempo agradezco a los comentaristas que llegan hasta acá con sus inquietudes, y una actitud abierta y dialogante.
Pero en algunas épocas, no tengo tanta suerte. Por ejemplo, hace unos días, un visitante comentó:
Me da la impresión de que usted no escribió esto. Y de nuevo veo que usted no es la excepción cuando digo que mucha gente basa su fe en ignorancia.
No hay nadie que ame una buena discusión más que yo, pero siempre que me pican los dedos por dejar un comentario en algunos sitios, me pregunto ¿Qué sentido tendría ponerme a debatir con uno de tantos ignorantes que pululan por los tubos? ¿podremos llegar a alguna conclusión valiosa si ni siquiera nos respetamos como personas? Bajo el mismo principio, tampoco espero que los que me consideran tan ignorante, pierdan su tiempo conversando conmigo. Me parece bastante estúpido
Pero cuando la vida te da limones, limonada es lo que dicta la moda.
A continuación nuestro comentarista señala:
El hecho de que usted no pueda comprender un fenómeno natural, no significa que no exista, o que existe gracias a una intervención divina. Esa es la forma de darle explicación más simplona a cualquier cosa y nos hace perezosos para descubrir la verdad.
¿Valdrá la pena explicar que la entrada donde comenta se refiere a la coherencia interna del materialismo, como filosofía, y no tiene nada que ver con los fenómenos naturales y la ciencia? Y parece que no, porque luego se manda en una diatriba contra la biblia y a favor de la ciencia, que no revela ninguna comprensión del asunto, sino que más bien parece partir de la trillada base de una oposición fundamental entre fe y razón, entre verdad científica y revelada, que a estas alturas ya me parece monótona y majadera.
Demasiados bytes he dedicado a esa polémica, y cada vez es más claro que la Iglesia Católica, lejos de perseguir a los científicos, ha sido el hogar acogedor que muchos de ellos necesitaban (pienso en Copernico, Mendel, Pasteur, Lematrie, y tantos otros).
En cambio, me parece mucho más interesante cuando se hacen preguntas. Citando a otro artículo, nuestro visitante consulta
¿Por qué cree en Dios? ¿Qué le garantiza que dios existe? ¿Y qué le garantiza que si Dios existe, es como le han dicho que es?
Los que se hayan pasado antes por acá, se imaginarán que tengo algunas respuestas bastante específicas a tan fundamentales preguntas:
Es cierto que hay muchos que bautizados que no sabrán responder, pues no le dedican ni un minuto a estas cuestiones, pero de la ignorancia, y tal como ocurre en la ciencia, no se sigue que las respuestas no existan.
Si no se ha detenido a pensar usted en eso y todas sus creencias y sentimientos giran alrededor de lo que otras personas han metido cuidadosamente en su cabeza, tenga cuidado. Porque esos pensamientos no son suyos.
Como verá, le he dedicado bastante tiempo a estos temas ¡Como que mantengo un blog al respecto, caramba! Si quiere Ud. plantear estas preguntas en un blog cristiano, es razonable pensar que habrá respuestas.
No existe evidencia alguna de la existencia de Dios. No existe religión alguna que pueda soportar el contacto con la realidad.
Por todos los temas que señala nuestro comentarista, parece que le convendría darse una vuelta por mi serie Por qué soy católico, donde exploro la fuerza de algunos de los argumentos por la existencia de Dios, para luego pasar a temas históricos y religiosos; y la entrada ¿Y si Dios no existiera?, que se refiere a cómo sería el mundo si los ateos tuvieran la razón.
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El autor es padre de dos hermosas hijas, casado, chileno y abogado.
Sin instrucción formal en ninguna de las materias sobre las que escribe,
pero con una (ya demasiado) larga experiencia en explicar las posición de
la Iglesia católica a desconocidos a través de internet, y una
terapéutica necesidad de dejar sus opiniones en público para que otros las lean.
Todas las opiniones vertidas en este espacio se someten al juicio definitivo de la Iglesia,
y nada de lo aquí expresado se interpreta contra el magisterio ordinario o extraordinario
del Papa y los obispos en comunión
con él.