12.05.17

La predestinación según Mons. Víctor Fernández (I)

Todos aprobadosComentamos en lo que sigue el artículo de FERNÁNDEZ, Víctor, “ROMANOS 9-11. Gracia y predestinación”, en Teología, XXXII, 65, 1995-1, pp. 5 – 49, Buenos Aires. 

Nos vamos a ocupar solamente de los conceptos fundamentales de un artículo que en sus afirmaciones de detalle daría para esclarecimientos mucho más abundantes.

En este “post”, en particular, nos ocuparemos solamente de algunos aspectos de la tesis de Mons. Fernández, que se puede articular, pensamos, en los siguientes momentos:

1)    Es más probable que todos los hombres estén predestinados a la salvación y todos los hombres se salven.

“En primer lugar, creo que todo lo que vimos permitiría decir que es improbable que algunos no estén efectivamente predestinados a la salvación, que haya algunos no elegidos para que de hecho se salven. Creo más bien que hay que sostener la “posibilidad” cierta de la salvación de todos en este plan concreto de salvación; aunque, “de potentia Dei absoluta", Dios es infinitamente libre para obrar de otro modo en algunos casos. Esto nos impide tener una certeza infalible de nuestra salvación, y nos motiva a una vida cristiana seria y fiel.” (p. 45)

2)    “De potentia absoluta”, Dios puede elegir sólo a algunos de los que crea para que alcancen la vida eterna, pero “de potentia ordinata” no puede hacerlo, o al menos de hecho no lo hizo, por lo que nos dice la Revelación.

 “Y creo que aquí sería útil acudir a la distinción de Duns Scoto entre la “potentia Dei absoluta” y la “potentia Dei ordinata", pero aplicada de manera diferente a la de Scoto. Es decir: para salvar la absoluta libertad divina podemos aceptar la posibilidad de que Dios niegue la salvación a algunos sólo por el pecado original, o la posibilidad de que retire a alguien el auxilio que necesita para poder perseverar. Estas posibilidades no pueden negarse desde la “potentia Dei absoluta”, ya que la libertad divina no puede ser sometida a las exigencias humanas. Pero si hablamos desde la “potentia Dei ordinata“, lo cual es tener en cuenta el plan concreto que Dios ha querido y su obra concreta en la historia tal como se nos ha manifestado en las líneas fundamentales de la Revelación, entonces tenemos que decir que las posibilidades que mencionamos no son factibles históricamente, o son muy poco probables. A no ser que, por ejemplo, Dios permita que un hombre no persevere en orden a concederle un bien mayor: “Dios permite que algunos caigan en pecado, para que reconociendo su pecado se humillen y se conviertan” (SummaTh., I-IIae., 79, 4).” (p. 38)

3)    No se afirma la “apocatástasis” o reconciliación de los condenados, sino que probablemente no hay condenación, porque al menos en el momento de la muerte la gracia divina interviene infaliblemente para la conversión y la salvación eterna.

“Cabe mencionar que así se evita sostener otro camino salvífico, posterior a la muerte: una “apocatástasis", o posibilidad de que los impíos reciban sólo un castigo temporal para ser luego reintegrados, fue rechazada por el Magisterio desde antiguo (Dz 211); de manera que sólo podemos hablar de una justificación “ante mortem“, sea por la vía ordinaria, sea por una misteriosa acción de la gracia infaliblemente eficaz que asegure la perseverancia final.” (p. 35)

“Entonces, “de potentia Dei ordinata“, por lo que sabemos del amor de Dios y de la redención, es muy probable que todos se salven, aunque Dios tenga que actuar de un modo muy especial en el corazón de algunos “por caminos que sólo El conoce", y quizás en el último instante de sus vidas.” (p. 47)

4)    Las afirmaciones del Concilio de Valence acerca de la predestinación a la pena del infierno deben entenderse en el sentido de la presciencia divina de esas penas.

Mons. Fernández niega la afirmación del Concilio de Valence según la cual Dios predestina la pena de los condenados:

“De hecho, el nuevo Catecismo de la Iglesia, habla más bien de una “autoexclusión de la comunión con Dios", y niega la predestinación al infierno: “Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra ‘infierno’ ” (CEC, 1.033). Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que esto suceda es necesaria una aversión voluntaria de Dios (un pecado mortal) y persistir en ella hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles la Iglesia implora la misericordia de Dios, que ‘quiere que nadie perezca y que todos lleguen a la conversión’” (CEC, 1.037; 2 Pe. 3, 9). Si la pena del infierno es fundamentalmente la “separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad (CEC, 1.035), entonces no parece atinado distinguir mucho la pena de la misma condena. Por eso, si hablamos de “querer” de las penas, podemos dar a entender que Dios “quiere” la condenación y la predestinó.” (pp. 31 – 32).

“(…) Es más coherente con el Magisterio anterior entender que Valence no se refiere a una “predestinación de la pena” propiamente dicha. Sólo mantiene el lenguaje de predestinación, muy en boga en su siglo, e influenciado por su interpretación de Romanos; pero en realidad refiere esas expresiones a la presciencia divina de las penas como parte de la predestinación en su conjunto. Por eso, no dice “predestinación de la pena” sino ” la presciencia de la predestinación” (Dz 322). (p. 32)

“Valence aplica la expresión “vasos de ira preparados para la ruina” a una “predestinación de los impíos para la muerte“, entendiéndolo como referido a “la pena que sigue al mal merecimiento, como Dios que todo lo preve …” (Dz 322). Si esta predestinación de la pena se aplica a penas del infierno como infligidas directamente por Dios, entonces se presenta a Dios como autor de un mal. Para evitar esto, sólo podemos aceptar la doctrina de Valence como referida a la presciencia de Dios, acompañada únicamente de un querer “permisivo“.” (p. 31)

5)    La elección y predestinación divinas no son algo fijo y establecido desde la Eternidad.

“Difícilmente podríamos decir, a partir del Nuevo Testamento y de los Padres griegos, que hay desde toda la eternidad una elección y una no elección fijas, predeterminadas desde y para siempre. Más bien está la convicción de que todos pueden entrar en el camino salvífico, y por eso hay que invitarlos a todos. Todos están destinados a obtener la salvación, y la alcanzan cuando aceptan a Cristo.” (p. 17)

“Todo esto nos invita a no hablar tanto de una predestinación “antes” de los méritos previstos, sino a decir más bien que Dios, en su eterno presente, acto puro, se ve a sí mismo produciendo en el hombre su acción buena sin violentar, sino creando su libre aceptación con un querer eficaz, o preparando esa aceptación libre del hombre con la gracia suficiente.”  (p. 35)

6)    Hay gracias divinas suficientes que son gracias eficaces falibles y resistibles, y gracias divinas eficaces que son gracias eficaces infalibles e irresistibles.

Mons. Fernández comparte la condena de la gracia “irresistible” de los jansenistas, pero luego adopta él mismo ese concepto:

“Pasamos a considerar ahora un punto en el que el Magisterio condena a Bayo y a Jansenio, donde es muy difícil precisar los alcances de las condenas: “Lo que se hace voluntariamente, aunque se haga por necesidad, se hace sin embargo libremente” (Bayo, Dz 1.039). “En el estado de naturaleza caída no se resiste nunca a la gracia interior” (Jansenio, Dz l.093). Aquí se sostiene que la gracia, si de hecho se concede, es porque hay una elección divina que no puede fallar. Por lo tanto, esa gracia es irresistible, y el hombre sólo puede decirse libre en cuanto esa gracia le hace aceptar voluntariamente la salvación. Hay que hacer sutiles distinciones para salvar a Bañez, a los tomistas, y al mismo santo Tomás (Summa Th., I-Ilae., 112,3), de la condenación de esta doctrina. Pero providencialmente el Magisterio aclara que las sentencias de Bayo “podrian sostenerse de alguna manera", y que las condena en el sentido intentado “por los autores” (Dz 1.080). Y en el caso de las sentencias jansenistas condenadas, aclara que fueron rechazadas “en el sentido intentado por el mismo Jansenio” (Dz 1.098). Queda claro entonces que el Magisterio quiso condenar las sentencias de Bayo y de Jansenio en el sentido que tienen dentro del contexto jansenista, aunque puedan sostenerse “de alguna manera” en otros contextos, como el tomista. Y con ocasión de la controversia “de auxiliis", el Magisterio prohibirá condenar la explicación tomista.” (p. 42)

Sin embargo, el mismo Fernández dice:

“De este modo irresistible obra la gracia para producir la perseverancia final, que cumple infaliblemente la elección divina. Pero ordinariamente esta gracia infaliblemente eficaz obra precedida por otros auxilios eficaces, aunque resistibles, que van acercando progresivamente al hombre a su fin.” (p. 35)

“Todo esto nos invita a no hablar tanto de una predestinación “antes” de los méritos previstos, sino a decir más bien que Dios, en su eterno presente, acto puro, se ve a sí mismo produciendo en el hombre su acción buena sin violentar, sino creando su libre aceptación con un querer eficaz, o preparando esa aceptación libre del hombre con la gracia suficiente. Pero es siempre la misma gracia, la única gracia de Cristo, la que, produciendo una armonía que a Dios agrada, obra a veces de un modo resistible, y otras veces, si es necesario para la realización del fin universal o de un fin particular especialmente determinado por Dios, obra también infalible e irresistiblemente.” (p. 35)

“Por último, cabe recordar que el jansenismo rechazaba, no sin ironías, la doctrina corriente de la existencia de “gracias suficientes“, entendiéndolas como gracias estériles que Dios concedería a los que no están predestinados a la salvación, sólo para poder decir que Dios concede a todos una gracia “suficiente” pero que de hecho es estéril. Sin embargo, la Iglesia (Dz l.296) prefirió mantener la realidad de una gracia suficiente. El tomismo la explicaba a partir de la voluntad “antecedente” de Dios, que da lugar a mociones falibles o impedibles, pero no por ello estériles o “ineficaces“; ya que la gracia suficiente puede ser eficaz en la producción de un acto imperfecto en orden a la justificación, a diferencia de la gracia simpliciter eficaz, que produce infaliblemente el acto perfecto de la justificación. En ambos casos la eficacia es “ab intrinseco", pero en el caso de la gracia suficiente es resistible, mientras en el de la eficaz no lo es.” (p. 43)

“Al mismo tiempo, los nuevos tomistas invitan a pensar en una preparación progresiva del pecador para la justificación a través de una serie de mociones resistibles pero eficaces (suficientes), ya que los procesos normales son los de gracias resistibles que, si no son esterilizadas, sino acogidas, atraerán una gracia irresistible, victoriosa, que me hará hacer la buena acción; de suerte que por ello daré las gracias a Dios. A las gracias resistibles que yo puedo anular en mí, les damos el nombre de gracias suficientes. A las gracias irresistibles que se ofrecen en las primeras, cuando éstas no son anuladas, como el fruto se ofrece en la flor, les damos el nombre de gracias eficaces … La gracia suficiente es más bien la moción que Dios da a todos los hombres para hacerlos actuar bien, a la que ellos pueden resistirse (y es su falta) o no resistir (y entonces atrae infaliblemente la gracia eficaz y la buena acción) … Por eso Cristo es el redentor de todos.” (p. 44)

7)    Esta irresistibilidad de la gracia parece deberse a la presciencia divina de las circunstancias en las que el hombre elegirá libremente aceptar el llamado de Dios.

 “Si de hecho el plan infalible de Dios fuera que todos alcancen la salvación, esto implica que todos podrían rechazar a Dios, que respeta su libre elección, pero que de hecho no lo harán hasta el fin; ya que si Dios quiso que se salvaran libremente, también previó providencialmente que las distintas experiencias de la vida, el temperamento, las inclinaciones de cada hombre y otros factores variados fueran confluyendo, bajo el influjo armonizante de la gracia, para crear las condiciones óptimas en que todos terminen aceptando espontáneamente la salvación, sin coacción interna.” (p. 48)

8)    Nadie puede ir al Infierno por el solo pecado original.

 “Agustín se fundaba en que los hombres, por el pecado original, están en la “masa de perdición “, y Dios no tiene ninguna obligación de sacarlos de ese estado. Puede condenarlos justamente por el solo hecho de nacer con el pecado original heredado (PL 45, 1.002). Evidentemente, tampoco resultaba fácil aceptar esta noción de justicia y predestinación, que salva la libertad divina, pero no salva otras verdades sobre Dios (PL 49, 1.004).” (p. 23)

“La rigidez de su pensamiento y el empecinamiento contra Juliano, llevaron a Agustín a afirmar que los niños muertos sin bautismo se condenan, en último término, porque Dios no quiso de antemano su salvación, aunque merezcan una pena más leve (PL 44,809; 40, 275)” (p. 23)

“Pasamos ahora a otro punto también delicado. Santo Tomás, como los demás escolásticos, quizás retomando una afirmación del concilio de Valence (Dz 321), afirma que Dios, sólo por el pecado original, y sin un pecado actual, puede negar a un hombre la gracia eficaz necesaria para la salvación. Aquí se deja sentir, como lo reconoce el mismo Tomás, el peso que atribuyó Agustín al pecado original” (p. 35)

“De todos modos, en la escolástica sigue en pie la afirmación de una privación de la visión de Dios sólo por el pecado original. Y para el hombre concreto, que murió sin bautismo, esto implica no haber sido elegido por Dios, que podría haberlo sacarlo de la masa de perdición.” (p. 36)

“Pero si hablamos desde la “potentia Dei ordinata“, lo cual es tener en cuenta el plan concreto que Dios ha querido y su obra concreta en la historia tal como se nos ha manifestado en las líneas fundamentales de la Revelación, entonces tenemos que decir que las posibilidades que mencionamos no son factibles históricamente, o son muy poco probables. A no ser que, por ejemplo, Dios permita que un hombre no persevere en orden a concederle un bien mayor: “Dios permite que algunos caigan en pecado, para que reconociendo su pecado se humillen y se conviertan” (SummaTh., I-IIae., 79, 4).” (p. 38)

“La traducción “porque” permite entender el pecado original de modo más amplio, como una potencia de pecado que está en el mundo por Adán, pero que sólo produce plenamente su efecto de muerte a través de los pecados personales. Esto estaría confirmado por otros textos de Romanos, como 4, 15: “Donde no hay ley no hay transgresión". Esto significa que difícilmente pueda hablarse de una “culpa” heredada en un niño que no ha conocido ni violado ley alguna. Y también se confirmaría este sentido de “porque” en Romanos 3, 23, que se refiere más bien a los pecados personales de todos los hombres, sin referencia a Adán: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios". (p. 28)

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En cuanto a esta última afirmación, parece claro el razonamiento de Fernández: si se va al infierno por el solo pecado original, y Dios permite que alguien muera con el solo pecado original, entonces, es que Dios no ha querido, desde la Eternidad, que esta persona se salve.

Y entonces, no todos están predestinados ni todos se salvan.

Pero la conclusión, como vemos, se desprende, como siempre, de dos premisas ¿porqué negar la que dice que se va al infierno con el solo pecado original, en vez de negar la que dice que Dios permite que alguien muera con el solo pecado original?

Es claro que si se sostuviese que el Bautismo es absolutamente hablando la única forma de librarse del pecado original, los que mueren sin bautismo morirían con el pecado original necesariamente.

Pero justamente, hoy día la Iglesia nos enseña que Dios puede en su infinita misericordia hallar un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo, y eso obviamente implica que la gracia de Dios lo libra del pecado original antes de la muerte.

Esto último, porque efectivamente es verdad de fe definida por la Iglesia que por el solo pecado original se va al Infierno, contra lo que aquí afirma Mons. Fernández.

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En efecto, el Magisterio ha afirmado repetidas veces, algunas de ellas en forma de definición dogmática, que con el solo pecado original, si se muere en él sin que haya sido borrado por la gracia divina, se va al Infierno:

Concilio de Cartago (418)

“D-102 Can. 2. Igualmente plugo que quienquiera niegue que los niños recién nacidos del seno de sus madres, no han de ser bautizados o dice que, efectivamente, son bautizados para remisión de los pecados, pero que de Adán nada traen del pecado original que haya de expiarse por el lavatorio de la regeneración; de donde consiguientemente se sigue que en ellos la fórmula del bautismo «para la remisión de los pecados», ha de entenderse no verdadera, sino falsa, sea anatema.”

“Tractoria” del Papa Zósimo (año 418)

“D-109a Fiel es el Señor en sus palabras [Ps. 144, 13], y su bautismo, en la realidad y en las palabras, esto es, por obra, por confesión y remisión de los pecados en todo sexo, edad y condición del género humano, conserva la misma plenitud. Nadie, en efecto, sino el que es siervo del pecado, se hace libre, y no puede decirse rescatado sino el que verdaderamente hubiere antes sido cautivo por el pecado, como está escrito: Si el Hijo os liberare, seréis verdaderamente libres [Ioh. 8, 36]. Por El, en efecto, renacemos espiritualmente, por El somos crucificados al mundo. Por su muerte se rompe aquella cédula de muerte, introducida en todos nosotros por Adán y trasmitida a toda alma; aquella cédula - decimos - cuya obligación contraemos por descendencia, a la que no hay absolutamente nadie de los nacidos que no esté ligado, antes de ser liberado por el bautismo.”

II Concilio de Orange (año 529)

“D-175 Can. 2. Si alguno afirma que a Adán solo dañó su prevaricación, pero no también a su descendencia, o que sólo pasó a todo el género humano por un solo hombre la muerte que ciertamente es pena del pecado, pero no también el pecado, que es la muerte del alma, atribuirá a Dios injusticia, contradiciendo al Apóstol que dice: Por un solo hombre, el pecado entró en el mundo y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres pasó la muerte, por cuanto todos habían pecado [Rom. 5, 12]”

Concilio de Valence (año 855)

«Y no creemos que nadie sea condenado por juicio previo, sino por merecimiento de su propia iniquidad», «ni que los mismos malos se perdieron porque no pudieron ser buenos, sino porque no quisieron ser buenos y por su culpa permanecieron en la masa de condenación por la culpa original o también por la actual»

Concilio Romano (año 861)

“D-329 Cap. 9. Todos aquellos que dicen que los que creyendo en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo renacen en la fuente del sacrosanto bautismo, no quedan igualmente lavados del pecado original, sean anatema.”

Símbolo de fe de San León X (año 1053)

“D-348 (…) Creo y predico que el alma no es parte de Dios, sino que fue creada de la nada y que sin el bautismo está sujeta al pecado original.”

Inocencio III. Carta Maiores Ecclesiae causas a Imberto, arzobispo de Arles ( año 1201)

“D-410 Decimos que ha de distinguirse. El pecado es doble: original y actual. Original es el que se contrae sin consentimiento; actual el que se comete con consentimiento. El original, pues, que se contrae sin consentimiento, sin consentimiento se perdona en virtud del sacramento; el actual, empero, que con consentimiento se contrae, sin consentimiento no se perdona en manera alguna… La pena del pecado original es la carencia de la visión de Dios; la pena del pecado actual es el tormento del infierno eterno…”

Profesión de fe impuesta a Durando de Huesca y compañeros (año )

“D-424 (…) Aprobamos, pues, el bautismo de los niños, los cuales, si murieron después del bautismo, antes de cometer pecado, confesamos y creemos que se salvan; y creemos que en el bautismo se perdonan todos los pecados, tanto el pecado original contraído, como los que voluntariamente han sido cometidos.”

Profesión de fe de Miguel Paleólogo (año 1267)

“D-464 (…) Las almas, empero, de aquellos que mueren en pecado mortal o con solo el original, descienden inmediatamente al infierno, para ser castigadas, aunque con penas desiguales.”

Juan XXII Carta Nequaquam sine dolore a los armenios, de 21 de noviembre de 1321

“D-493a  Enseña la Iglesia Romana que las almas de aquellos que salen del mundo en pecado mortal o sólo con el pecado original, bajan inmediatamente al infierno, para ser, sin embargo, castigados con penas distintas y en lugares distintos.”

Benedicto XII, Errores de los armenios, del Memorial Iam dudum, remitido a los armenios (año 1341)

D-532 4. Igualmente lo que dicen y creen los armenios, que el pecado de los primeros padres, personal de ellos, fue tan grave, que todos los hijos de ellos, propagados de su semilla hasta la pasión de Cristo, se condenaron por mérito de aquel pecado personal de ellos y fueron arrojados al infierno después de la muerte, no porque ellos hubieran contraído pecado original alguno de Adán, como quiera que dicen que los niños no tienen absolutamente ningún pecado original, ni antes ni después de la pasión de Cristo, sino que dicha condenación los seguía, antes de la pasión de Cristo, por razón de la gravedad del pecado personal que cometieron Adán y Eva, traspasando el precepto divino que les fue dado.”

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico). Decreto para los griegos (año 1439).

“D-693 Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes.”

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico). Decreto para los armenios (año 1439).

 “El efecto de este sacramento [el bautismo] es la remisión de toda culpa original y actual, y también de toda la pena que por la culpa misma se debe.”

Concilio de Trento (XIX Ecuménico). Decreto sobre el pecado original (año 1546)

“D-789 2. Si alguno afirma que la prevaricación de Adán le dañó a él solo y no a su descendencia; que la santidad y justicia recibida de Dios, que él perdió, la perdió para sí solo y no también para nosotros; o que, manchado él por el pecado de desobediencia, sólo transmitió a todo el género humano la muerte y las penas del cuerpo, pero no el pecado que es muerte del alma: sea anatema, pues contradice al Apóstol que dice: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres pasó la muerte, por cuanto todos habían pecado [Rom. 5, 12; v. 175].”

“D-790 3. Si alguno afirma que este pecado de Adán que es por su origen uno solo y, transmitido a todos por propagación, no por imitación, está como propio en cada uno, se quita por las fuerzas de la naturaleza humana o por otro remedio que por el mérito del solo mediador, Nuestro Señor Jesucristo [v. 171], el cual, hecho para nosotros justicia, santificación y redención [1 Cor. 1. 30], nos reconcilió con el Padre en su sangre; o niega que el mismo mérito de Jesucristo se aplique tanto a los adultos, como a los párvulos por el sacramento del bautismo, debidamente conferido en la forma de la Iglesia: sea anatema.”

“D-791 4. Si alguno niega que hayan de ser bautizados los niños recién salidos del seno de su madre, aun cuando procedan de padres bautizados, o dice que son bautizados para la remisión de los pecados, pero que de Adán no contraen nada del pecado original que haya necesidad de ser expiado en el lavatorio de la regeneración para conseguir la vida eterna, de donde se sigue que la forma del bautismo para la remisión de los pecados se entiende en ellos no como verdadera, sino como falsa: sea anatema.”

“D-792 5. Si alguno dice que por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo que se confiere en el bautismo, no se remite el reato del pecado original; o también si afirma que no se destruye todo aquello que tiene verdadera y propia razón de pecado, sino que sólo se rae o no se imputa: sea anatema.”

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Respecto de este punto, Mons. Fernández tergiversa notablemente la posición de San Buenaventura en su afán de criticar a San Agustín y de rechazar la condenación por el solo pecado original, que implica, según él mismo dice, la no elección para la vida eterna:

“La rigidez de su pensamiento y el empecinamiento contra Juliano, llevaron a Agustín a afirmar que los niños muertos sin bautismo se condenan, en último término, porque Dios no quiso de antemano su salvación, aunque merezcan una pena más leve (PL 44,809; 40, 275). San Buenaventura rechaza explícitamente esta doctrina de Agustín, e intenta disculparlo diciendo que se fue al extremo opuesto a los semipelagianos ("abundantius declinavit ad extremum") para intentar acercarlos a la postura correcta (Breviloquium, III, V, postremo).” (p. 23)

Pues lo que dice San Buenaventura en el lugar citado es:

“Finalmente, porque la carencia de esta justicia en los que nace no es por movimiento de la propia voluntad ni por actual delectación, de ahí que al pecado original no se le debe después de esta vida la pena de sentido en el infierno, por aquello de que la divina justicia, a la que siempre acompañará la sobreabundante misericordia, no castiga más, sino menos de lo merecido.”

Y muy poco antes ha dicho, hablando de las penas que son consecuencia del pecado original:

 “A estas penas sigue la pena de la muerte y de la conversión en polvo, la pena de la carencia de la visión de Dios y la pérdida de la gloria celestial no sólo en los adultos, sino también en los infantes no bautizados. Pero estos infantes son castigados con una pena mitigada en comparación de los otros, porque solamente sufren la pena de daño, sin la pena de sentido.”

Como se ve, San Buenaventura niega solamente la pena de sentido en los niños que mueren sin bautismo, y no está en discusión aquí el tema de la condenación y pena de daño para los que mueren con sólo el pecado original, que tanto San Agustín como San Buenaventura defienden.

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San Buenaventura dice también que

“Se debe creer que esto pensó el beato Agustín, aunque exteriormente sus palabras parecen decir otra cosa, por la detestación del error de los pelagianos, que les concedían alguna felicidad [a los que morían con el solo pecado original]. Pues reducirlos al [justo] medio, se inclinó más abundantemente al otro extremo.”

Por lo que dice en la edición de la BAC del Breviloquium, en nota al pie, parece que San Buenaventura se habría basado para esto en la obra De Fide ad Petrum, atribuyéndola a San Agustín, en la que se dice que los niños que mueren sin bautismo “soportan los interminables suplicios de la gehenna” y “deben ser castigados con el suplicio del fuego eterno”. (Obras de San Buenaventura, Tomo I, BAC, 1945, p. 304, traducción nuestra.)

En realidad, desde Erasmo se sabe que esa obra no es de San Agustín, y hoy  día se la atribuye a Fulgencio de Ruspe. Cfr. Obras Completas de San Agustín, BAC, t. XLI, Madrid, 2002, pp. 5 ss.

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Recordemos que respecto de los niños que mueren sin Bautismo dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“1261 En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis” (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo.”

Lo cual debe entenderse, obviamente, en armonía con la doctrina definida ya señalada acerca de que el que muere con el solo pecado original se condena eternamente, y por tanto, en el sentido de que en ese caso, de algún modo sólo de Dios conocido la gracia divina libera del pecado original a estos niños antes de morir.

Y en efecto, dice el documento del año 2007 de la Comisión Teológica Internacional sobre “La esperanza de la salvación para los niños que mueren sin bautismo“, n. 83: 

No se trata en modo alguno de negar la enseñanza de Inocencio III, según la cual los que mueren con el pecado original están privados de la visión beatífica. Lo que podemos preguntarnos y nos preguntamos es si los niños que mueren sin bautismo necesariamente mueren con el pecado original, sin un remedio divino". 

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En cuanto a la tesis de Fernández, hay que notar que parece aceptar casi todos los principios del tomismo tradicional, excepto el que habla de una elección y predestinación restringida, es decir, no de todos los hombres que Dios ha querido crear, a la Vida Eterna.

Decimos “casi todos”, porque no es claro si acepta la gracia eficaz por sí misma y no por el consentimiento de la creatura, como vimos.

Para empezar a discutir la tesis de Mons. Fernández, es necesario aclarar previamente en qué consiste la distinción entre “potentia Dei absoluta” y “potentia Dei ordinata”.

Dice Santo Tomás en I, q. 15, a. 5:

“ (…) como el poder se entiende como lo que ejecuta; la voluntad como lo que manda; y el entendimiento y la sabiduría como los que dirigen, lo que se atribuye al poder en cuanto tal, se dice que Dios lo puede con poder absoluto [de potentia absoluta]. Y esto es todo aquello en lo que se salva la razón de ente, según se dijo. Por otra parte, lo que se atribuye al poder divino en cuanto que ejecuta lo ordenado por su voluntad, se dice que Dios lo puede hacer con poder ordenado [de potentia ordinata].Por lo tanto, hay que decir que por poder absoluto Dios puede hacer cosas distintas de las que de antemano conoció y predeterminó a que fueran hechas. Sin embargo, no puede ser que haga cosas que no haya de antemano concebido y predeterminado que fueran hechas. Porque al mismo hacer subyacen la presciencia y predeterminación; no al mismo poder, que es natural. Así, pues, Dios hace algo porque quiere; sin embargo, no puede porque quiera, sino porque así es su naturaleza.”

La “potentia Dei ordinata no es simplemente aquella por la que Dios ejecuta lo que ha libremente decidido hacer, sino que si ésta es “potentia Dei ordinata“, es porque sería contradictorio (y por tanto, no “salvaría la razón de ente”) que Dios libremente decidiese hacer algo y no lo ejecutase, o que ejecutase algo que no hubiese libremente determinado hacer. 

Es decir, mirando a la sola Omnipotencia divina, es posible para Dios todo aquello que no implica contradicción. Esto es la “potentia Dei absoluta”.

Pero mirando a la Omnipotencia divina en relación con otros atributos divinos, y con los actos libres lógicamente anteriores de la Voluntad divina, es posible para Dios solamente aquello que, además de ser no contradictorio en sí mismo, no contradice tampoco ni esos atributos divinos ni esos actos libres previos de la divina Voluntad. Esto es la “potentia Dei ordinata”.

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Por ejemplo, en I, q. 104, a. 3, Santo Tomás reconoce el poder que Dios tiene de aniquilar algo que ha creado:

“…así como antes que existiesen las cosas Dios pudo no darles el ser y, así, no hacerlas, después de haber sido hechas puede no causar su ser, con lo cual dejarían de existir, lo que es reducirlas a la nada.”

Pero a continuación, en I, q. 104, a. 4, dice que de hecho Dios no va a aniquilar nada:

Tampoco contribuiría a la manifestación de la gracia el que alguna cosa fuera reducida a la nada. Por el contrario, el poder y la bondad de Dios se manifiestan más claramente en el hecho de conservar las cosas en el ser. Por lo tanto, absolutamente hay que afirmar que nada quedará reducido completamente a la nada.”

En el primer caso Santo Tomás habla de lo que Dios puede hacer “de potentia absoluta”, mirando solamente a su Poder infinito y al hecho de que la cosa propuesta no implica contradicción, mientras que en el segundo caso habla de lo que Dios puede hacer “de potentia ordinata”, mirando la relación de la Omnipotencia divina con los otros atributos divinos, en este caso, no solamente su Poder, sino también su Bondad, y la libre determinación divina de manifestar ambos en lo creado.

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La razón que da Santo Tomás vale para cualquier mundo posible: nunca la no existencia de la creatura va a manifestar el Poder y la Bondad de Dios tanto como su existencia.

No se trata, por tanto, de la distinción entre lo que Dios podría hacer en otra economía distinta de la actual y existente, y lo que de hecho ha determinado hacer en la que existe y nos da a conocer por la Revelación, como pretende Mons. Fernández, porque las cosas que Dios no puede hacer “de potentia ordinata” no las puede hacer en ningún mundo posible, aunque no sean intrínsecamente contradictorias, pues son contradictorias, como ya dijimos, con algún otro atributo divino, o con alguna libre determinación de la Voluntad divina que sin embargo suponen

De hecho, es “de potentia ordinata”, y no solamente “de potentia absoluta”, que Dios es libre de crear el mundo o no, ordenar a la creatura racional al fin sobrenatural o no, hacerse hombre o no, etc.

En todos estos casos, cada una de las partes de cada alternativa podía realmente haber sucedido.

Si se quiere, entonces, mantener la libertad divina en la distribución de la gracia y en la predestinación, hay que afirmar esa libertad divina y esa capacidad de la Voluntad divina de hacer o no hacer según su beneplácito, en esos órdenes, también “de potentia ordinata” y no solamente “de potentia absoluta”.

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En definitiva, el argumento de Mons. Fernández mira a lo que de hecho Dios ha querido hacer en esta economía concreta, tal como lo conocemos por la Revelación, así que más allá de la referencia que hace a la distinción entre “potentia Dei absoluta” y “potentia Dei ordinata”, su tesis es simplemente que, pudiendo no elegir ni predestinar a todos, Dios ha querido libremente hacerlo y eso lo sabemos por la Revelación divina trasmitida en las Sagradas Escrituras.

A eso respondemos que precisamente la Escritura da testimonio en muchos lugares de que no todos los hombres que Dios ha creado han sido elegidos ni predestinados a la vida eterna, ni todos ellos se han de salvar.

Mt. 7, 13 – 14:

“Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.  Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.”

Mt. 8, 11 – 12:

 “Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.  Pero los hijos del reino serán arrojados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes…”

Mt 13, 37 – 43:

“De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.”

Mt. 22, 13 – 14:

“Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle las manos y los pies, y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes.  Porque muchos son llamados, pero pocos son escogidos.”

Mt. 25, 41 – 46:

“Entonces dirá también a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán estos al tormento eterno, y los justos a la vida eterna.”

Jn. 5, 21, 28 - 29:

“Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere. (…) No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio.” 

Jn. 6, 37 – 40:

Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió. La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día".

Jn 8, 21, 24:

“Jesús les dijo también: “Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden ir“. Por eso les he dicho: “Ustedes morirán en sus pecados". Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados“.

Jn 10, 14 – 16, 24 – 30:

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí — como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre— y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor. (…) Los judíos lo rodearon y le preguntaron: “¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente". Jesús les respondió: “Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa”

Jn. 12, 46 – 48

“Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día.”

Jn. 15, 16 – 19:

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá. Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros. Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia.”

Jn. 17, 1 – 2, 6 – 9, 12, 20, 24 – 26: 

“Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú le has dado. (…) Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. (…) Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. (…) Mientras estaba con ellos, yo los cuidaba en tu Nombre —el Nombre que tú me diste— yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura. (…) No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. (…) Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste.

Hech. 13, 48:

“Oyendo esto los gentiles, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban ordenados a la vida eterna.”

Rom. 9, 25 - 28

“Esto es lo que dice Dios por medio de Oseas: Al que no era mi pueblo, lo llamaré “Mi pueblo", y a la que no era mi amada la llamaré “Mi amada".  Y en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo", allí mismo serán llamados “Hijos del Dios viviente". A su vez, Isaías proclama acerca de Israel: Aunque los israelitas fueran tan numerosos como la arena del mar, sólo un resto se salvará,  porque el Señor cumplirá plenamente y sin tardanza su palabra sobre la tierra.

Heb. 5, 7 – 10:

“El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec.”

1 Pe 4, 17 – 18:

“Porque ha llegado el tiempo en que comenzará el juicio, empezando por la casa de Dios. Ahora bien, si el juicio comienza por nosotros, ¿cuál será la suerte de los que se niegan a creer en la Buena Noticia de DiosSi el justo apenas se salva, ¿qué pasará con el impío y el pecador?” 

2 Pe 2, 9 – 10, 12, 17; 3, 7:

“El Señor, en efecto, sabe librar de la prueba a los hombres piadosos, y reserva a los culpables para que sean castigados en el día del Juicio, sobre todo, a los que, llevados por sus malos deseos, corren detrás de los placeres carnales y desprecian la Soberanía. (…) Pero ellos, como animales irracionales, destinados por naturaleza a ser capturados y destruidos, hablan injuriosamente de lo que ignoran, y perecerán como esos mismos animales, sufriendo así el castigo en pago de su iniquidad. (…) Los que obran así son fuentes sin agua, nubes arrastradas por el huracán: a ellos les está reservada la densidad de las tinieblas. (…) Esa misma palabra de Dios ha reservado el cielo y la tierra de ahora para purificarlos por el fuego en el día del Juicio y de la perdición de los impíos.

1 Jn 2, 19:

“Ellos salieron de entre nosotros, sin embargo, no eran de los nuestros. Si lo hubieran sido, habrían permanecido con nosotros. Pero debía ponerse de manifiesto que no todos son de los nuestros.”

Jud. v. 4, 12 - 15:

“Porque se han infiltrado entre ustedes ciertos hombres, cuya condenación estaba preanunciada desde hace mucho tiempo. Son impíos que hacen de la gracia de Dios un pretexto para su libertinaje y reniegan de nuestro único Dueño y Señor Jesucristo.” (…) Son nubes sin agua llevadas por el viento, árboles otoñales sin frutos, doblemente muertos y arrancados de raíz; olas bravías del mar, que arrojan la espuma de sus propias deshonras, estrellas errantes a las que está reservada para siempre la densidad de las tinieblas.  A ellos se refería Henoc, el séptimo patriarca después de Adán, cuando profetizó: “Ya viene el Señor con sus millares de ángeles, para juzgar a todos y condenar a los impíos por las maldades que cometieron, y a los pecadores por las palabras insolentes que profirieron contra él".

Apoc 2, 11; 13, 1; 14, 9 – 11; 17, 8; 19, 20; 20, 10 – 15:

“El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias: la segunda muerte no dañará al vencedor (…) Entonces vi que emergía del mar una Bestia con siete cabezas y diez cuernos. (…) Y la adoraron todos los habitantes de la tierra cuyos nombres no figuran, desde la creación del mundo, en el Libro de la Vida del Cordero que ha sido inmolado. (…) Un tercer Ángel lo siguió, diciendo con voz potente: “El que adore a la Bestia o a su imagen y reciba su marca sobre la frente o en la mano, tendrá que beber el vino de la indignación de Dios, que se ha derramado puro en la copa de su ira; y será atormentado con fuego y azufre, delante de los santos Ángeles y delante del CorderoEl humo de su tormento se eleva por los siglos de los siglos, y aquellos que adoran a la Bestia y a su imagen, y reciben la marca de su nombre, no tendrán reposo ni de día ni de noche. (…) La Bestia que has visto, existía y ya no existe, pero volverá a subir desde el Abismo para ir a su perdición. Y los habitantes de la tierra cuyos nombres no figuran en el Libro de la Vida desde la creación del mundo, quedarán maravillados cuando vean reaparecer a la Bestia, la que existía y ya no existe. (…) Pero la Bestia fue capturada, junto con el falso profeta —aquel que realizaba prodigios delante de la otra Bestia, y así logró seducir a los que llevaban la marca de la Bestia y adoraban su imagen—  y ambos fueron arrojados vivos al estanque de azufre ardiente. (…) El Diablo, que los había seducido, será arrojado al estanque de azufre ardiente donde están también la Bestia y el falso profeta. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Después vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. Ante su presencia, el cielo y la tierra desaparecieron sin dejar rastros. Y vi a los que habían muerto, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Fueron abiertos los libros,  y también fue abierto el Libro de la Vida; y los que habían muerto fueron juzgados de acuerdo con el contenido de los libros; cada uno según sus obras. El mar devolvió a los muertos que guardaba: la Muerte y el Abismo hicieron lo mismo, y cada uno fue juzgado según sus obras. Entonces la Muerte y el Abismo fueron arrojados al estanque de fuego, que es la segunda muerteY los que no estaban inscritos en el Libro de la Vida fueron arrojados al estanque de fuego.”

En un próximo “post”, Dios mediante, seguiremos analizando la tesis de Fernández, para luego pasar a la consideración de sus argumentos.

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27.04.17

Dios ama desigualmente a todos los hombres.

GratuidadDios no ama igualmente a todos los hombres, sino que ama a todos los hombres en forma desigual.

Retomamos aquí un tema tratado ya con mucho acierto por el P. Iraburu.

La explicación teológica, luminosa como siempre, la trae Santo Tomás en Ia, q. 20, a 3:

“Como amar es querer el bien para alguien, en un doble sentido puede decirse amar más o menos. 1) Uno, por parte del mismo acto de la voluntad, que puede ser más o menos intenso. En este sentido, Dios no ama a unos más que a otros, porque todo lo ama con un solo y simple acto de voluntad, que siempre tiene la misma intensidad. 2) Otro, por parte del mismo bien que alguien quiere para el amado. Y, en este sentido, decimos que alguien ama más a otro si el bien que se le desea es mayor, aun cuando no sea con una más intensa voluntad. Y en este sentido es en el que hay que decir que Dios ama a unos más que a otros. Pues como el amor de Dios es causa de la bondad de las cosas, como ya se dijo, una cosa no sería mejor que otra si Dios no quisiera para ella un mayor bien.”

Veamos ahora lo que dice el Magisterio de la Iglesia al respecto.

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10.03.17

Las buenas intenciones según el Card. Coccopalmerio

El Cardenal Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para la interpretación de Intencioneslos textos legislativos, ha dado una entrevista en la cual, de ser exacto lo que se le atribuye, manifiesta algunas tesis abiertamente heterodoxas.

http://www.ncregister.com/daily-news/cardinal-coccopalmerio-explains-his-positions-on-catholics-in-irregular-uni

Seleccionamos aquí algunos largos trozos de una traducción de la misma para comentarlos.

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6.03.17

Rasmussen y la inculpabilidad subjetiva

La misteriosa teóloga Elske Rasmussen ha vuelto a las andadas en el conocido portal heterodoxo español.

Esta vez intenta advertir de un “engaño sutil” en uno de los “dubia” de los cuatro valientes Cardenales.

Primero pone este argumento:

“Cuando la culpabilidad está atenuada, esa persona puede estar en gracia de Dios. Por lo tanto, puede haber un camino de discernimiento abierto a la posibilidad de comulgar. Esto parece obvio, pero algunos esquemas mentales muy rígidos y estructurados se resisten a incorporar esta lógica diferente en la praxis pastoral.”

Máscaras

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25.02.17

El objeto del acto humano

Extra ObjectumINTRODUCCIÓN

A partir de la cuestión suscitada por “Amoris Laetitia”, la discusión típica se encarrila en lo esencial, nos parece, por estas vías, que ejemplificamos a modo de diálogo:

-         A) Dadas las causales subjetivas de inimputabilidad, la persona puede estar en gracia de Dios, y por tanto, no estar en pecado mortal, aún estando en situación objetiva de pecado.

-         B) Y de ahí se sigue que puede no ser culpable de una acción objetivamente mala: Concedo. Que se la puede autorizar a cometerla: Niego.

-          A) No se ve porqué la persona debería abstenerse de algo que en su caso no es pecado.

-         B) No lo es subjetivamente: Concedo. Objetivamente: Niego.

-         A) ¿Pero porqué debería abstenerse alguien de hacer algo que en su caso no constituye culpa alguna?

-         B)  Porque el acto intrínsecamente malo no debe realizarse en ninguna circunstancia, y los actos son intrínsecamente malos si son malos por su objeto, independientemente, por tanto, de la situación subjetiva del agente.

Algunas teorías morales actualmente en boga entre católicos podrían habilitar a que el diálogo continuase de este modo:

-         A) La persona tampoco está objetivamente en situación de pecado, porque sus condicionantes subjetivos hacen que cambie el objeto moral de su acción, de modo que ésta ya no es ni pecado ni adulterio.

En efecto, son teorías que, admitiendo el principio que dice que las acciones humanas se constituyen esencialmente por su objeto, y se califican moralmente por su objeto, agregan que el objeto mismo de los actos humanos depende del conocimiento y/o la intención del sujeto.

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