Cabezas negras
No hace mucho, un lector me señaló el artículo de un religioso español sobre Barack Obama, en el que el actual Presidente de los Estados Unidos era ensalzado de forma verdaderamente extravagante. El autor decía que escribía arrastrado por la “inmensa ola de simpatía planetaria” provocada por el nuevo presidente, que su nombre le “llenaba la boca y el alma”, que eran hermosos su nombre y su piel, que “en sus labios recupera la palabra su verdad originaria, se hace fiable, se vuelve creadora” y otras alabanzas aún más exageradas.
Por lo que he visto en Internet, se trata de una actitud compartida por bastantes católicos, tanto dentro como fuera del país norteamericano. Aparte de motivaciones políticas, generalmente suele señalarse, como algo extraordinario que quita importancia a cualquier otra consideración (incluso a su defensa del aborto), el hecho de que siendo de raza negra haya llegado a presidente de la primera superpotencia mundial. Es cierto que se trata de un hecho significativo, pero no puedo evitar pensar que tanta exageración se debe a una cierta ignorancia de la Historia, que conlleva la correspondiente falta de proporción.

Acabo de leer que en la diócesis de San Sebastián se ha creado una nueva unidad pastoral. Es decir, una especie de agrupación de parroquias, capillas y casas religiosas cuya dirección se ha encargado a algunos laicos comprometidos. No voy a hablar del hecho en sí, porque no conozco los detalles del mismo. Me voy a limitar a subrayar el horrible nombre del engendro: unidad pastoral.
Traduzco a continuación la declaración pública realizada por el Obispo de Mostar-Duvno, Monseñor Ratko Peric, con ocasión de ciertas actuaciones del Cardenal de Viena, Monseñor Schönborn que podrían resultar engañosas para los fieles, dando la impresión de que la Iglesia acepta como genuinas las apariciones de Medjugorje.
Religión en Libertad inició hace tiempo una meritoria campaña para pedir al Rey que no firmase la futura Ley del Aborto, que convierte esta barbarie sangrienta en un derecho. Como es lógico, no podría estar más de acuerdo en que el Rey, como monarca, como cristiano y como ser humano, no debe firmar esta Ley inicua y repugnante (más aún, si cabe, que la que actualmente está en vigor).
Un lector, Norberto, me envía una oración que ha inventado. Es un segundo ángelus, porque se refiere a la “segunda anunciación”.



