Rut Balbás, misionera del Hogar Nazaret: “No quería el éxito del mundo sino dar frutos agradables a Dios”

Rut Balbás Muñoz. Lo tenía todo, pero lo que quería era darle todo a Dios y vio que la mejor manera era dándose ella misma al Señor. Se presentó ante el obispo de su diócesis, en Santander, que le envió al obispo de la Prelatura de Moyobamba para servir en el Hogar Nazaret. Una vez allí le impresionó profundamente la naturalidad con la que Dios se hacía presente en la vida cotidiana. No era algo forzado ni solemne: estaba en lo pequeño, en lo diario, en los gestos más simples. Toda la casa parecía habitada por su Amor. Y donde está Él, está Ella. Nuestra Santísima Madre se le hizo presente de una manera tan clara y tan suave que quedarse a su lado fue para ella casi algo natural.
En esta entrevista nos cuenta su testimonio y reflexiona sobre la entrega a Dios y al prójimo.
¿Cómo se puede explicar que cuando usted tenía una vida muy acomodada, siendo dueña de una farmacia, tuviese una inquietud por entregarse a Dios en las misiones?
No sabría explicarlo si no es reconociendo que fue Dios quien plantó en mi interior esa semilla. Mi vida, en aquel momento, era plenamente satisfactoria. No buscaba una experiencia nueva por sentirme vacía ni por anhelar un cambio radical. Me encontraba realizada en la labor que desempeñaba como farmacéutica en una botica rural, al servicio de personas extraordinarias, en su mayoría de edad avanzada, que requerían un trato especialmente cercano y humano. Además, vivía relativamente cerca de mi familia, de mis amigos y de mis seres queridos, cuya compañía procuraba siempre que me era posible, participando en encuentros, viajes y planes compartidos.
Sin embargo, comencé a percibir con claridad que el Señor me llamaba a algo más. Desde mi infancia, las misiones habían ejercido sobre mí una atracción particular, así como el testimonio valiente de los misioneros que entregan su vida para llevar a Cristo hasta los confines del mundo. Siempre he considerado que no existe causa más noble por la que arriesgarse a tales sacrificios y peligros. Había concluido ya mi etapa formativa y me entregaba plenamente a mi trabajo, pero en lo más hondo de mi corazón surgía la necesidad de dar más fruto: no los frutos del mundo, ni un mayor éxito profesional o personal, sino aquellos que fueran verdaderamente agradables a Dios. Como suele recordar el padre Ignacio María Doñoro, no se trata solo de dar, sino de darse.









