18.09.26

El nieto de la Blasa

Vengo ahora de celebrar la misa en la residencia de mayores de Miraflores. No será la única misa del día. Esta tarde voy a celebrar en Bustarviejo, ya que el párroco titular está ausente.

Para mí no es una residencia más. A muchos los conozco desde niño y ellos me conocen a mí. Al menos, algunos. En los pueblos, los mayores, para identificar al niño hacen siempre la misma pregunta:

-            ¿Y tú de quién eres?

-            Soy hijo de Alicia y José

Una anciana, rápido aclara las cosas:

-            Un nieto de la Blasa… el chico de la Alicia y de José de Cayetano.

La Blasa, mi abuela, falleció hace más de cincuenta años. Pero para estos ancianos es la referencia…

A lo que vamos.

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17.09.26

Me van a permitir que les pregunte otra vez

Hace ahora cuatro años y medio, en enero de 2022, cuando estábamos en todo el lío del sínodo, les hice una pregunta: “¿Qué es lo que ustedes quieren?”. Batimos el record de respuestas, nada menos que 453. No está nada mal.

El caso es que, como digo, han pasado cuatro años y medio, y seguimos con el sínodo sinodal, del que ahora mismo no sé en qué precisa fase se encuentra. Es igual. Lo que nadie puede negarnos es que empezó, y sigue y sigue con más tenacidad que el conejito de Duracell. 

Y ahora, mis queridos amigos, también podemos nosotros mismos hacer una evaluación de esas de andar por casa.

Por eso, y abusando de su infinita paciencia con un servidor y de ahí para arriba, cuanto más arriba más paciencia, me permito preguntarles si han observado algún cambio en su vida, en sus parroquias, en la Iglesia diocesana y universal que sea fruto de este espíritu sinodal. Y en caso de cambio, si ha sido a mejor o a peor o depende. 

Pues ya nos dirán. 

15.09.26

Abrumado. Crónica de un final y un principio

Abrumado. Es la palabra exacta. 

Les contaba el otro día la despedida en Piñuécar. Bien me creía yo que ahí paraban las emociones. Total, despedida por todo lo alto había tenido también en Braojos y La Serna y solo quedaba Gandullas, que apenas hacía dos años que me lo adjudicaron. Mis previsiones eran claras: un adios tras la misa del sábado y algún achuchón a la salida. 

Son 75 habitantes y a la misa dominical, que celebramos el sábado por la tarde, suelen acudir en torno a quince personas. Pues bien, me revisto y cuando salgo a decir misa me encuentro la iglesia llena. Más de medio pueblo. Y acaba la celebración y ahí que me sale Paquita leyendo una cosa. Je. Porque hubo merienda, regalos, una carta preciosa. 

  • Pero bueno, si apenas  he estado aquí un par de años. 
  • Sí, pero le hemos cogido mucho cariño.

Así empezaban su carta: “Querido Don Jorge: Hoy nos cuesta encontrar las palabras adecuadas, porque algo se muere en el pueblo cuando un cura se va, y más cuando ese cura ha dejado una huella tan profunda en el nuestro. Se marcha a la Iglesia de Miraflores para asumir su nuevo servicio como Vicario, y aunque nos alegramos de corazón por su nuevo destino, no podemos evitar sentir el vacio que nos deja aquí".

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12.09.26

Los serranos tienen su corazoncito. Gracias, Piñuécar

Nueve años. Estoy escribiendo este post casi a carreras antes de cerrar el ordenador y terminar de recoger las últimas cosas. Se abre el momento de una nueva etapa ahora como vicario parroquial de Miraflores.

Esta semana última ha venido cargada de afecto y emociones. Los serranos somos poco dados a los besos y achuchones. Nuestra expresividad está a la altura de cualquier piedra berroqueña del entorno. Tenemos nuestro corazoncito, pero debe ser cosa de educación, costumbre o un ADN peculiar lo que nos lleva a quedarnos con todo muy adentro. Por eso encontrarme en estos días de despedidas con tanta gente que ha acudido y la novedad de las emociones, las lagrimitas, aplausos y regalos y detalles que salen del corazón, pues uno, tambien duro y forjado entre peñascos, acaba con un nudo en la boca del estómago que al final revienta en lágrimas.

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9.09.26

Entre el fidiómetro y el devotómetro

Me sale poner en medio el idiotómetro, incluso el gilipollómetro, y no me voy a quedar con las ganas. 

Ayer terminé las fiestas de mis pueblos. El remate braojeño, ciertamente espectacular: cuatro días con misa solemne, procesión, subasta de varas y ramos y aperitivo popular, y un día de romería a la ermita. Nada mal. Mucha asistencia, especialmente a la romería, con un rito que se repite año tras año: traslado de la Virgen hasta la ermita, con acompañamiento de dulzainas, trajes serranos y baile de jotas. Al llegar, subasta de varas y ramos, ofrenda floral, misa “serrana” solemnísima con compañamiento de guitarras, laúdes, tambor y dulzaina, y, al acabar la misa, presentación de niños a la Virgen. Aperitivo una vez más, y traslado de nuevo a la parroquia. 

Yo no tengo homologado fidiómetro alguno que me permita calibrar si la fe de los braojeños y su cariño hacia la Virgen del Buen Suceso son suficientemente conciliares, sinodales, maduros, insertados en la realidad y comprometidos con la causa de los pobres y el calentamiento planetario. Es más, si les preguntase por el particular simplemente me responderían con un muy expresivo ¿mande? Tampoco un devotómetro para discernir entre devociones maduras, superstición, costumbres y repeticiones de loro. Vaya usted a saber. 

Eso sí, tengo un gilipollómetro que me permite detectar a distancia tanta cursilería en forma de “falta formación", “hay que actualizarse", “superar lo tradicional” y “ofrecer nuevos enfoques teológicamente más ricos y precisos". Cosas mías.

Romería de la virgen del Buen Suceso. Los braojeños, felices con  la Virgen y portando cada uno su ramito de flores para la ofrenda. Los mejores trajes tradicionales para que se note que es fiesta grande, hasta los chiquitines, y la Virgen ese día de serrana, con su refajo y su mantón. 

No sé que hubieran marcado este pasado sábado el fidiómetro y el decotómetro. Me da igual. La gente sabe de amores a la Virgen y lo expresan no cómo pretenden los sabios de este mundo, sino según lo aprendido de sus mayores. Y parece que va bien. 

Los serranos somos duros a la hora de mostrar sentimientos, pero las lagrimitas asoman incluso alguna vez y si hay que dejar salir los sentimientos un día, pues se hace. 

Hablé en la homilía de lo bonito que es querer a la Virgen con apellido, porque si bien es verdad que solamente hay una, uno tiene todo el derecho del mundo a decir que si, que una, pero mi virgencita del Buen Suceso es algo muy especial. Concluí la homilía diciéndoles que me llevo a la Virgen del Buen Suceso en el corazón, y que ante ella seguiré rezando cada día por los braojeños. Se me quebró la voz… y entonces rompieron en un aplauso enorme allí en la ermita que no acababa nunca. Terminamos llorando todos, yo abrazado al buenazo de Cándido, ese sacristán fidelísimo y hoy gran amigo. 

Oiga, D. Jorge, que no se puede aplaudir dentro de la misa. Bah. Trabajo para el gilipollómetro.