Morir de éxito
Las comparaciones para nada son odiosas. Todo lo contrario. Son sanas e imprescindibles para conocer el percal. De hecho, todo el día estamos con ellas: que si el agua es más barata en Madrid que en Barcelona, que por qué por el mismo trabajo un policía cobra más en Indauchu que en Alcalá de Henares o cómo es posible que Fulanita reciba menos que su compañero Manolo simplemente porque es mujer. Es que si no comparas te toman el pelo.
¿Acaso para encargar un trabajo, una compra, no encargamos varios presupuestos? No solo eso, es que por ley las administraciones públicas necesariamente han de pedir al menos tres para hacer algún encargo.
Por eso, para conocer el valor de las cosas o el éxito de una iniciativa es del todo imprescincidible comparar. Otro ejemplo. Misa de diario en Braojos. Seis personas. Valor absoluto, ridículo. Si comparo con la población que vive en invierno, 150 personas, un 4 %. Un 4 % de asistencia de una parroquia a misa diaria es un dato excelente.

Se nos van los días y los años en reuniones tan tediosas como inútiles pero que seguimos manteniendo porque no se nos ocurren otras cosas. La mayor parte de estas reuniones son un poner en común lo que hacemos, básicamente echarnos flores y contar nuestras respectivas ocurencias tan ocurrentes, y tal vez apuntar alguna sugerente posibilidad por supuesto desde el absolutísimo respeto a cada cual, sabiendo que, mientras no te signifiques por la liturgia tradicional, ancha es Castilla.
Fui religioso agustino, lo saben. Dejé la orden porque desde mi ordenación prebiteral estuve destinado en parroquias de agustinos, y poco a poco me fui incorporando a la vida diocesana como arcipreste y miembro del consejo presbiteral y del consejo pastoral diocesano. Me sentí tan bien en la diócesis que pedí incorporarme a ella.