(InfoCatólica) El obispo Antonio Suetta ha publicado una carta pastoral en la que pide a su diócesis de Ventimiglia-San Remo algo que no debería ser extraordinario pero que, en el clima eclesial actual, suena casi a contracorriente: evangelizar a los musulmanes que viven en su territorio. El documento, titulado «No hay amor más grande», fue dado a conocer el pasado 24 de mayo, solemnidad de Pentecostés, y plantea sin rodeos que la acogida al inmigrante queda incompleta, e incluso traicionada, si se le ofrece todo menos lo esencial: el anuncio de Jesucristo.
La carta no se queda en exhortación. Monseñor Suetta anuncia que, a partir del año pastoral 2026/2027, la diócesis pondrá en marcha un itinerario formativo específico, coordinado por el Oficio de Pastoral Catequética en colaboración con Cáritas diocesana, con el mes misionero de octubre como punto de partida. La iniciativa contará, además, con un respaldo institucional de primer orden: el cardenal George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, pronunciará una conferencia en la curia diocesana de Sanremo el próximo 9 de octubre sobre el diálogo interreligioso en el contexto social y cultural de la diócesis.
La iniciativa, explica monseñor Suetta en una entrevista concedida a La Nuova Bussola Quotidiana, no nació en un despacho sino en una reunión de voluntarios de Cáritas: fue un laico quien formuló la pregunta incómoda de por qué la Iglesia se volcaba en la asistencia material a los migrantes y callaba sobre la fe. La carta apela al encuentro de san Francisco con el sultán en 1219, en el marco del Año de San Francisco establecido por León XIV (del 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027), y al 60.º aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate para sostener que el diálogo interreligioso no puede detenerse en la convivencia pacífica: su fin último es la búsqueda de la verdad.
Entre los argumentos más incisivos de la carta figura una observación sobre la secularización: los musulmanes que llegan a Occidente tienden a identificar la inmoralidad pública con el cristianismo, y solo cuando entran en contacto con cristianos coherentes descubren que la secularización es una corrupción de la fe, no su consecuencia. Para Suetta, privar al inmigrante del Evangelio equivale a ver a un hombre arrastrado por la corriente y negarse a lanzarle la cuerda pensando que quizá salga solo: «la cuerda es la liberación», escribe el obispo, que advierte de que en el Día del Juicio los propios musulmanes pedirán cuentas a los cristianos por haberles ocultado la verdad.
En esta entrevista, el obispo de Ventimiglia-San Remo desgrana las razones de su carta, defiende que el anuncio del Evangelio a los no cristianos es «obligatorio y necesario» y advierte de que un diálogo «alérgico a la verdad» traiciona tanto a quien lo practica como a quien lo recibe.
Excelencia, ¿por qué ha centrado su atención precisamente en los musulmanes?
Por una cuestión de presencia en el territorio: rara vez me he encontrado con un budista, nunca con un animista, en cambio los musulmanes están muy presentes. En primer lugar, los de la primera inmigración, que se remonta a los años ochenta en Liguria, que en su mayoría proceden del norte de África y que ya están bastante bien integrados en nuestro contexto social. Luego están sobre todo los migrantes de los que se habla hoy y, como se sabe, Ventimiglia ha sido y sigue siendo un punto de referencia importante para este fenómeno, y la mayoría de ellos son musulmanes. Desde el principio hemos estado presentes en la acogida, la asistencia, la solidaridad y el socorro como comunidad civil y eclesial, y naturalmente estamos implicados en todos esos procesos de integración, no siempre fáciles ni siempre logrados. En realidad, la idea de promover el compromiso de evangelización surgió desde abajo. Hace unos meses participé en una reunión de voluntarios de Cáritas y un voluntario de Ventimiglia me planteó esta pregunta: ¿por qué nosotros, como cristianos, nos comprometemos a dar ayuda, apoyo y acogida a estas personas, y no pensamos en ofrecerles lo más preciado que tenemos, es decir, la fe y el Evangelio? Y así empezamos a trabajar en este tema.
Se habla mucho de los migrantes, como usted decía, pero se habla poco de evangelizarlos...
Esto es en parte cierto, debido a un sentido erróneo de acogida, inclusión y diálogo, que siguen siendo palabras valiosas pero que deben entenderse y aplicarse de la manera correcta.
Al recordar el VIII centenario de la muerte de san Francisco, usted se pregunta qué nos puede decir hoy, y lo hace en referencia al encuentro con el sultán. ¿No se está instrumentalizando también este episodio para un diálogo mal entendido?
Al comienzo de esta breve carta he querido aprovechar el aniversario de los 800 años de la muerte de san Francisco para citar el episodio ocurrido en 1219, cuando san Francisco quiso visitar al sultán. Y está claro, como atestiguan las Fuentes Franciscanas, de las que he citado algunos pasajes, que san Francisco fue para dar testimonio del Evangelio, para dar testimonio de Jesús. Es más, fue con la idea de derramar su propia sangre por la evangelización del sultán y de su pueblo. También en la carta cito un pasaje de una de las versiones de la Regla, la Regla Bulada, donde precisamente san Francisco indica una metodología dividida en dos puntos. El primero es que los frailes no deben discutir ni pelear, sino dar testimonio. Segundo punto: hay que anunciar el Evangelio y su salvación a quienes no conocen a Cristo, sabiendo que si no están bautizados con agua no pueden obtener la salvación eterna. Estos dos puntos van de la mano: el compromiso con la evangelización no es un enfrentamiento, sino simplemente el anuncio y la oferta de la salvación, y debe hacerse sobre todo con el testimonio de la vida. De hecho, Francisco utiliza estas palabras: los frailes deben dar testimonio. Sabemos por otros pasajes que él dijo: los frailes deben anunciar el Evangelio, cuando sea necesario también con palabras, pero sobre todo, naturalmente, con la vida. Este primer compromiso de testimonio, que también conoce el momento del anuncio evangélico, resulta para nosotros, cristianos, obligado y necesario.
El otro aniversario que se menciona en la carta es el 60.º aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate. Permítame una pregunta provocadora: ¿entonces, incluso después del Concilio Vaticano II, se puede y se debe anunciar a Cristo a los seguidores de otras religiones?
Absolutamente sí, diría que la duda no surge de los textos y documentos conciliares, sino más bien de una interpretación bastante libre y de la propagación del llamado «espíritu del Concilio», que, sin embargo, no está escrito y sobre el que nadie tiene el monopolio; por lo tanto, por fiel adhesión al magisterio, debemos atenernos a los textos.
Entonces, Nostra Aetate (que es un texto muy breve y de alcance más limitado, porque se trata de una declaración, que tiene un valor dogmático menor que las constituciones dogmáticas) ofrece un punto de partida que, fundamentalmente, quiere promover de manera adecuada el diálogo interreligioso. Yo siempre digo que el diálogo interreligioso tiene dos fines. El primero y más inmediato es el de la convivencia pacífica. Hoy repetimos muy a menudo que las religiones no deben conducir a la violencia, no deben conducir a la guerra, y cuando lo hacen, o están equivocadas o están mal interpretadas. Por lo tanto, el diálogo interreligioso sirve para promover la acogida recíproca y el respeto, que son condiciones imprescindibles para la paz. Pero el diálogo no se detiene aquí, va más allá. El diálogo, que es un término típicamente teórico, es un instrumento de la inteligencia, cuya tarea principal es buscar la verdad. Así pues, una persona que se interrogue con inteligencia ante la multiplicidad de experiencias religiosas, evidentemente debe preguntarse cuál es la verdadera religión. Por lo tanto, puede haber muchos aspectos en común, como los hay –siempre por quedarnos en Nostra Aetate– entre el cristianismo, el judaísmo y el islam, el más importante de los cuales es el monoteísmo. Sin embargo, afirmar esto, es decir, que tenemos convicciones comunes, no significa afirmar que todas las religiones son iguales, porque esta afirmación contradice una evidencia: entre tantas propuestas, como mucho podríamos decir que todas están equivocadas, pero no que todas sean verdaderas, porque solo una puede serlo. Por lo tanto, el diálogo religioso es interesante también por esto, para permitir que la inteligencia, ciertamente iluminada por la gracia cuando se trata de la experiencia de la fe, conozca la verdad auténtica.
¿Y en el Día del Juicio, como usted escribe, incluso los musulmanes pedirán cuentas a los cristianos por no haber recibido el anuncio de Cristo?
Sí, creo que sí, porque –cito una hermosa expresión de san Pablo– «no debáis nada a nadie, salvo el amor mutuo» (Rom 13,8). Ahora bien, el mayor acto de caridad es aquel dirigido a la salvación eterna. Cuanto más elevado es el bien, más precioso es el bien, y mayor es la caridad que lo ofrece. Así pues, entre todas las obras de caridad que estamos obligados a realizar unos hacia otros, sin duda la obra más grande es preocuparse por la vida eterna, por la salvación eterna. Por lo tanto, esta es la gran deuda que los creyentes en Cristo tenemos para con aquellos que no lo conocen.







