(InfoCatólica) Al igual que sucede en todos los países donde se ha implantado, las cifras de eutanasia no dejan de aumentar en Bélgica (o, como lo describe Riposte Catholique, «Bélgica continúa su caída en picado hacia el abismo y una cultura de la muerte sistematizada»).
Los casos de eutanasia aumentaron un 12,4 % en un solo año, entre 2024 y 2025. Según los datos de la Comisión Federal de Control y Evaluación de la Eutanasia, el año pasado hubo 4.486 muertes por eutanasia en Bélgica.
Esto equivale a una de cada veinticinco personas fallecidas, una cifra que representa una inevitable normalización de esta práctica. En efecto, supone que pronto casi todo el mundo en Bélgica conocerá a varias personas que han elegido la eutanasia, lo que, a los ojos de la mayoría de las personas, le confiere una pátina de inofensiva normalidad. Es la misma táctica que se utilizó con el aborto: una vez que lo habitual es conocer a personas que han abortado, matar a un hijo antes de nacer ya no resulta escandaloso.
Según la Comisión, la mayoría de los que solicitan la eutanasia tienen más de 70 años (73,7 %), y «la eutanasia en pacientes menores de 40 años sigue siendo poco frecuente (1,4%)». Nótese el «sigue siendo», que parece dar a entender que lo previsible es que, antes o después, la práctica se haga también común en personas más jóvenes.
Curiosamente, la eutanasia es tres veces más frecuente entre las personas que hablan neerlandés que entre las que hablan francés (un dato que se conoce porque se registra el idioma en que está redactada la solicitud de eutanasia). Es decir, es mucho más frecuente en Flandes (la región donde se habla neerlandés, al norte del país) que en Valonia (la región francoparlante del sur).
No es casualidad que el progresismo heterodoxo sea mucho más fuerte en Flandes que en Valonia. Una situación ideológica (y moral, a la vista de los datos) que se refleja en varios de los obispos de la región de habla neerlandesa, especialmente Mons. Johan Bonny, obispo de Amberes y conocido por haber defendido los anticonceptivos, el divorcio «católico», la convivencia fuera del matrimonio, la eutanasia o la fecundación in vitro y por haber anunciado recientemente que va a ordenar a hombres casados.
Si hay obispos que son los primeros en rechazar la doctrina moral de la Iglesia, ¿quién se sorprenderá de que los fieles se hayan rendido por completo a la inmoralidad posmoderna? Como dice Riposte Catholique, la situación con respecto a la eutanasia «es un buen ejemplo de la decadencia de Flandes, otrora una región tan católica, en la que surgían miles de vocaciones religiosas y misioneras, así como de la deriva cismática y protestante de algunos de sus obispos».
Bélgica es un país relativamente pequeño, pero no hay que olvidar que la vecina Francia, con una población seis veces mayor, está a punto de aprobar una legislación similar para permitir la eutanasia. Si se promulgara la ley, se crearía un inmenso bloque proeutanasia formado por Portugal, España, Francia, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Alemania y Austria, con una gran influencia en el resto de Europa y del mundo.







