Influjo religioso de los padres

Desgraciadamente, en bastantes hogares la educación religiosa está olvidada, al no ser los padres creyentes o no preocuparse por ella. Esta ausencia de Dios supone la carencia de los principios y valores religiosos y, en consecuencia, de ideas claras sobre el sentido de la vida y la ausencia de una auténtica esperanza

Muchos padres tienen una seria preocupación e interés por la formación religiosa de sus hijos, considerándola parte muy importante de su educación integral, procurando inculcarles con cariño, respeto y libertad, la fe que ellos viven y practican. Esta formación va encaminada a hacer de sus hijos personas adultas libres, preparadas para enfrentarse a la vida y sus responsabilidades.

La fe se transmite fundamentalmente por el testimonio, por lo que el papel de la familia y de la oración en familia es fundamental. Los padres deben cuidar, más con el ejemplo de su vivencia de fe que con sus palabras, que en sus familias se cree un clima de oración, alegría y laboriosidad, que sea el fundamento sólido de la religiosidad de sus hijos.

Los padres no deben desinteresarse de lo que sucede en los otros ámbitos en que se educan sus hijos, no rehuyendo conversaciones sobre temas espinosos, como pueden ser política, religión, sexualidad y drogas. Estén atentos qué ideología social y política están recibiendo sus hijos, muchas veces de manera encubierta, en los centros de estudio y en los diferentes ambientes que frecuentan. En cualquier caso, los adolescentes y jóvenes necesitan esa educación religiosa, intelectual y moral que les haga ver que vale más la convivencia, la confianza, el respeto y la estima de las personas, que cualquier ideología.

De todos modos, los padres, cuando ven que sus hijos abandonan la fe y las prácticas religiosas, no deben descorazonarse por su aparente fracaso educativo, pues la educación cristiana no tiene garantía de éxito, sino que deben recordar que la fe es un don de un Dios cuyos caminos son con frecuencia imprevisibles, por lo que tienen que armarse de paciencia y respeto. En la actualidad, en muchos casos desgraciadamente, no está sólo el influjo de los padres, sino también el del ambiente de laicismo y anticlericalismo de los medios de comunicación, del centro de estudios y de la Universidad, así como de los compañeros, que van con frecuencia en dirección contraria a lo que los padres desearían. A éstos tan solo se les puede pedir haber hecho lo que creían debían haber hecho (otro asunto es si no fue así), aunque en todo caso, si su testimonio en el pasado fue insuficiente, siempre pueden ellos empezar a mejorar. Los padres tienen que pensar que sus hijos adolescentes y jóvenes están viviendo una fase religiosa que recuerda el invierno en los campos: aparentemente no hay nada, pero debajo está la semilla, es decir los rasgos esenciales del compromiso de fe, esperando el momento oportuno para fructificar.

Desgraciadamente, en bastantes hogares la educación religiosa está olvidada, al no ser los padres creyentes o no preocuparse por ella. Esta ausencia de Dios supone la carencia de los principios y valores religiosos y, en consecuencia, de ideas claras sobre el sentido de la vida y la ausencia de una auténtica esperanza, porque donde no se cree en Dios, no se puede lógicamente creer en la resurrección ni en la vida eterna. Creer o no creer en Dios es muy importante y tiene muchas consecuencias en nuestra vida. Mucho me temo que unos padres que pasan de Dios, sólo pueden inculcar en sus hijos unos valores puramente materiales. No pueden pensar lo mismo, por ejemplo, sobre el aborto, la eutanasia o el divorcio exprés aquéllos para quienes la vida es un don de Dios y una realidad transcendente, que quienes la entienden como algo que termina aquí.

No hay que olvidar que lo que Dios quiere de nosotros es que nos realicemos como personas libres. Por ello, intentar cumplir la voluntad de Dios no es servilismo ni esclavitud, sino realizar nuestra vocación personal, aquello para lo que hemos sido llamados a la existencia y que da sentido a nuestra vida, en pocas palabras lo que es lo mejor para nosotros. Y eso mejor para nosotros es mucho más que poder simplemente escoger entre el bien y el mal, sino que consiste en darnos cuenta de que tenemos un deseo de perfección y de infinito, que nos capacita para entregar nuestra vida al servicio de aquello que nos realiza como seres humanos, es decir poner nuestra vida al servicio del amor.

Pedro Trevijano Etcheverría, sacerdote

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