24.07.17

Participar en la liturgia (II)

4. Para bien participar y saber qué es la participación

Parecería evidente, un recordatorio casi banal, y sin embargo es necesario porque la realidad se impone: para participar adecuadamente en la liturgia, lo primero es que el Rito mismo se realice bien. Una liturgia llena de innovaciones constantes, de creatividad del sacerdote o de algún catequista o miembro de una Asociación; una liturgia realizada de manera precipitada, o con falta de unción, de devoción, o una liturgia que ignore y desprecie las normas del Misal, dificultará siempre la participación plena, consciente, activa, de todos los fieles cristianos.

Por eso, para bien participar, lo primero es celebrar bien, ajustarse al Rito eucarístico según el Misal de la Iglesia, seguir las normas litúrgicas, realizando la liturgia con hondura espiritual y amor de Dios. Ya el papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica “Sacramentum caritatis” afirmaba:

“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud” (n. 38).

Verdadera pastoral será cuidar lo mejor posible la dignidad y santidad de la celebración litúrgica, el “ars celebrandi” o “celebrar bien”, para glorificar a Dios pero también para el provecho espiritual de los fieles: “¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien. Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas establecidas” (Juan Pablo II, Carta Mane nobiscum Domine, n. 17).

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium, favoreció e impulsó la participación de los fieles en la sagrada liturgia, para que no asistiesen como “mudos y pasivos espectadores” (SC 48). Sin embargo, precisa el Santo Padre, “no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana” (Sacramentum caritatis, n. 52). Un recto y claro concepto de “participación” influirá decididamente en la vida litúrgica de las parroquias y comunidades cristianas.

Además, ampliando la mirada a una visión de conjunto, la participación activa en la liturgia supone e implica unas disposiciones personales previas, un tono cristiano de vivir, una intensidad espiritual en todo lo que somos y vivimos, que luego se verifica y se realiza en la sagrada liturgia. Estas disposiciones previas, importantes, fundamentales, exigibles, se pueden cifrar así:

  1. el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida;
  2. favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental;
  3. no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad[1].

La participación en la liturgia conlleva, inexorablemente, la participación total en la vida de Cristo, la santidad vivida en lo cotidiano, el testimonio de vida y las buenas obras, el apostolado en el mundo, la oración habitual y el recogimiento también antes de la celebración; el ayuno eucarístico y el recurso frecuente al Sacramento de la Penitencia.

Todo esto nos aleja del falso concepto, ya tratado, de interpretar ‘participación’ con ‘intervenir’, como también nos aleja de identificarla con la mera ‘asistencia’, formal, vacía, cumplidora, muda. El fruto de una verdadera participación en la liturgia será, con palabras de san Pablo, llegar a ofrecernos como hostia viva, santa, agradable a Dios, y ése será nuestro culto racional (cf. Rm 12,1-2): una vida en santidad unidos a Cristo en su Misterio pascual. “La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero”[2].

5. La participación que desea la Iglesia

La reforma litúrgica llevada a cabo por la Iglesia correspondía a unas directrices concretas emanadas de la Constitución Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II. En SC aparece el concepto “participación” muchas veces, con adjetivos que la explican, trazando el modo natural que las acciones litúrgicas de la Iglesia han de poseer.

“Los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria” (SC 21); los fieles han de participar “consciente, activa y fructuosamente” (SC 11).

Es deseo de la Iglesia la necesidad, instrucción y educación de todos en la vida litúrgica para poder vivir el Misterio de Cristo en la liturgia; es deseo de la Iglesia promover la educación litúrgica y la participación activa: “La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas” (SC 14).

La participación plena y activa tiene un fundamento, el Bautismo, y un fin: que los fieles beban plenamente el espíritu cristiano; para ello la liturgia debe ser la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia y el manantial de espiritualidad: “Al reformar y fomentar la sagrada Liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano” (SC 14). La participación ha de ser “activa”, no meramente una asistencia callada: “la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa” (SC 19).

Esta participación activa de los fieles presentes a la acción litúrgica es un objetivo siempre permanente de toda verdadera pastoral, de toda educación catequética; incluye, a tenor de las palabras de la Constitución Sacrosanctum Concilium, diversos elementos y realidades: “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado” (SC 30).

Por tanto, participar activamente (plena, consciente, fructuosamente), hay que vivir y fomentar los siguientes elementos:

  • aclamaciones
  • respuestas
  • salmodia, antífonas
  • canto
  • acciones o gestos y posturas corporales
  • el silencio sagrado.

Vivir esos elementos bien, realizarlos con atención, con conciencia clara de qué se hace, qué se dice, qué se canta y ante Quién se está, es participar. Por eso, la piedad es un don necesario para caracterizar la participación: “piadosa y activa participación de los fieles” (SC 50) pues se tratan cosas santas.

Hay que añadir que el mayor grado de participación o la participación más plena, se da cuando se recibe la Comunión eucarística: “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, la cual consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor” (SC 55).

Esta participación consciente y activa santifica las almas y las marca con las huellas del Espíritu Santo para conducirlos por Cristo al Padre:

“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos” (SC 48).

Sería un contrasentido a la misma naturaleza de la liturgia que los fieles fueran meros asistentes, “extraños y mudos espectadores”, que miran desde fuera algo que ocurre en el presbiterio, en el mayor de los mutismos, como en una obra de teatro, o reduciéndose a la impresión estética de lo que se desarrolla en el altar con ceremonias deslumbrantes.

Con ese contexto espiritual, que abarca la vida entera del bautizado, es conveniente ver ahora cómo se participa realmente en la liturgia, cómo todos los fieles toman parte activa y consciente, plena e interior, piadosa y fructuosamente, en la divina liturgia.

 


[1] Cf. Sacramentum caritatis, n. 55.

[2] Id., n. 64.

 

18.07.17

Reverencia y dignidad (Sacralidad - VII)

Mucho depende de la unción con la que sacerdotes y obispos celebren la santa liturgia. Si adquieren un hábito celebrativo lleno de piedad, de reverencia, conscientes ante Quién están y de Quién son su mediación (in persona Christi), facilitará –sin hieratismo, sin esteticismo, sin posturas forzadas- que en la liturgia brille el Misterio.

  El sacerdote es la mediación visible del Liturgo invisible, Jesucristo sumo y eterno Sacerdote. La persona entera del sacerdote debe ocultarse, hacerse transparente, servidor del Misterio, desterrando la tentación de convertirse en protagonista, en showman simpático que acapare todo para lucirse. Es imprescindible una gran dosis de humildad para oficiar los misterios divinos y un alma muy sacerdotal, llena de unción, para dejarse atrapar por el Misterio y vivirlo.

  Por eso, algo evidente pero muy olvidado, es que el sacerdote como servidor que es, no manipule la liturgia a su capricho o criterio, sino que observando las normas litúrgicas, ofrezca a Dios y a los fieles la liturgia de la Iglesia, no su propia reelaboración creativa.

“La observancia ritual ayuda a que el sacerdote no sea protagonista en la celebración, favoreciendo que los fieles no se fijen en él y descubran a Dios y el culto sea un encuentro con Dios, que ocupa siempre el centro. La obediencia del sacerdote a las rúbricas es una señal elocuente y silenciosa de su amor a la Iglesia, a la cual sirve, sin servirse de ella. No podemos tratar la liturgia como si fuera un material por nosotros manipulable, pues se trata de una realidad sagrada” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 328).

  El porte exterior del sacerdote refleja su interior, su alma sacerdotal y su disposición contemplativa, lo cual, bien cuidado y vivido, ayudará a los fieles a una verdadera participación interior en la liturgia. Lo pide la Iglesia para el bien de los fieles:

 “El pueblo de Dios tiene necesidad de ver en los sacerdotes y diáconos una conducta llena de reverencia y dignidad, capaz de ayudar a penetrar en las realidades invisibles, incluso con pocas palabras y explicaciones. En el Misal romano, llamado de San Pío V, como en las diversas liturgias orientales, se encuentran muy bellas oraciones con las cuales el sacerdote expresa el más profundo sentido de humildad y de reverencia hacia los santos misterios; ellas muestran la sustancia misma de toda liturgia” (Juan Pablo II, Disc. a la plenaria de la Cong. para el Culto divino, 21-septiembre-2011).

  Esto es lo que deben percibir los fieles. En ocasiones el pueblo cristiano, con la mentalidad secularizada que se ha extendido, exige al sacerdote que haga una liturgia simpática, entretenida, llena de diálogos (y hasta de aplausos). Pero a la larga, ven y experimentan una liturgia mejor y más plena si el sacerdote se ajusta a las normas litúrgicas de la Iglesia y transmite espiritualidad, recogimiento y adoración.

   La dignidad al celebrar, traspasada de oración, no necesita de muchas explicaciones, es elocuente en sí de la santidad de la liturgia.

“Sólo el ministro ordenado representa a Cristo Cabeza y con tal potestad sube al altar, de tal modo que es inferior a Cristo y superior al pueblo. En este sentido, es importante que el ministro ordenado recupere la conciencia de su dignidad, sobre todo cuando está en el altar, y hable con autoridad, sin identificarse equívocamente con la asamblea presente” (Fernández, P., La sagrada liturgia, 175).

 Sabedor de esto, el sacerdote debe presidir toda liturgia orando, con espíritu de oración, en diálogo con Dios a quien dirige las oraciones litúrgicas, meditando personalmente en los momentos de silencio, siendo oyente atento de las lecturas proclamadas, comulgando reverentemente.

“Me parece que la gente percibe si realmente nosotros estamos en coloquio con Dios, con ellos y, por decirlo así, si atraemos a los demás a la comunión con los hijos de Dios; o si, por el contrario, solo hacemos algo exterior” (Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de Albano, 31-agosto-2006).

  Es un ministerio santo éste de santificar y celebrar la divina liturgia. Se convierte en fuente de santificación para el propio sacerdote y por ello, sin dejadez, sin un estilo desenfadado, sino con un modo de vivirlo santo, habrá de desempeñarlo:

“El sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el sacramento y en la vida. Aunque la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, salvaguardando así adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles, eso no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal: el pueblo de Dios espera de sus pastores también un ejemplo de fe y un testimonio de santidad. En la celebración de los santos misterios es donde el sacerdote encuentra la raíz de su santificación” (Benedicto XVI, Audiencia general, 5-mayo-2010).

 

11.07.17

Participar en la liturgia (I)

La participación en la liturgia, y educar para participar en ella como se debe, sin confusiones, ni multiplicar intervenciones, ni dejar que entre la secularización, sino aquella participación real que requiere la naturaleza misma de la liturgia es un objetivo constante de la formación espiritual y de la catequesis.

Tenemos por delante que intensificar en la medida de nuestras posibilidades, la participación verdadera en la liturgia, el cultivo de la liturgia, de su solemnidad y sacralidad al celebrarla, renovando la participación plena, consciente, activa, interior, fructuosa, ya que la fe se nutre y se expresa en la liturgia. En esto cada cual, según su ministerio y vocación, como sacerdote, religioso o seglar, habrá de ver qué puede hacer (o en algunos casos, dejar de hacer porque se hace mal) y mejorar.

La catequesis en sus diferentes grados y edades, especialmente la catequesis de adultos o la formación permanente, deberá tener entre sus objetivos educar en vistas a la participación litúrgica; al menos así lo señala del Directorio General de Catequesis:

“La Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles cristianos a aquella participación plena, consciente y activa que exige la naturaleza de la liturgia misma y la dignidad de su sacerdocio bautismal. Para ello, la catequesis, además de propiciar el conocimiento del significado de la liturgia y de los sacramentos, ha de educar a los discípulos de Jesucristo para la oración, la acción de gracias, la penitencia, la plegaria confiada, el sentido comunitario, la captación recta del significado de los símbolos…; ya que todo ello es necesario para que existe una verdadera vida litúrgica” (DGC 85).

 La Eucaristía celebrada merece una amplia explicación e introducción en catequesis de adultos, cursos, conferencias, charlas, boletines de formación (como intentamos ir haciendo aquí), con un método mistagógico, explicando paso a paso cada momento de la celebración eucarística: cómo se realiza según las rúbricas, qué significado tiene y las implicaciones espirituales. Se procura así que, conociendo la liturgia de la Eucaristía, se favorezca una participación plena, consciente, activa, interior, fructuosa (adjetivos que la definen según la Sacrosanctum Concilium).

 Ya Juan Pablo II recordó la importancia de la formación tanto de sacerdotes como de los fieles para incrementar la verdadera participación en la liturgia:

“El cometido más urgente es el de la formación bíblica y litúrgica del pueblo de Dios: pastores y fieles. La Constitución ya lo había subrayado: «No se puede esperar que esto ocurra (la participación plena, consciente y activa de todos los fieles), si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia y llegan a ser maestros de la misma». Esta es una obra a largo plazo, la cual debe empezar en los Seminarios y Casas de formación y continuar durante toda la vida sacerdotal. Esta misma formación, adaptada a su estado, es también indispensable para los laicos” (Carta Vicesimus quintus annus, n. 15).

 2. Lo que no es participar.-

 La participación consciente, plena, activa e interior en la liturgia, se interpreta con el simple “intervenir”, desarrollar algún servicio en la liturgia, y la proliferación –verbalismo- de moniciones y exhortaciones, convirtiendo la liturgia de la Eucaristía en una pedagogía catequética falseada. Se entiende la participación entonces como una didáctica de catequesis donde todo son palabras, es decir, moniciones a todo, superfluas, demasiado largas. Desgraciadamente damos por hecho -¡craso error!- que “participar” es sinónimo de “intervenir” y por tanto se procura que intervengan muchas personas para que parezca más “participativa”. Es un fruto desgraciadísimo de la secularización interna, que se ha filtrado en las mentes de una manera pavorosa, y si no se interviene haciendo algo, entonces parece que no se ha participado. Todos tienen que hacer algo, leer algo, subir y bajar, ser encargado de algo, porque si no, se sienten excluidos, ya que viven con la clave de participar = intervenir, participar = ‘hacer algo”.

 Evidentemente ese principio, elevado hoy día a axioma, es falso. Este error desemboca al final en el precipicio y, claro, nos caemos a lo hondo del barranco y matamos la liturgia.

 Hay frases muy reveladoras, que se dicen con mucha facilidad, y reflejan hasta qué punto se está secularizando la liturgia desde dentro.

 Una de ellas: “A mí es que me gusta mucho participar”: quien la dice está afirmando que lo que le gusta es intervenir, desempeñar algún oficio concreto durante la celebración litúrgica, ya sea por prestar un servicio y ser una persona disponible, ya sea por el prurito de aparecer delante de los demás, acaparando protagonismo humano. ¡Cuántos enfrentamientos y roces innecesarios, pequeñas discusiones, por querer leer, hacer una monición en lugar de otra persona, llevar las ofrendas! Incluso se producen pequeñas carreras, cuando está terminando la oración colecta, para salir apresuradamente al ambón y que nadie le quite la ocasión.

 Otra frase: “fue una Misa muy participativa”. Se suele entender con esto que se multiplicaron las intervenciones, perdiendo la sacralidad, para buscar un efecto secular, democrático, de fiesta humana: se multiplican las moniciones (de entrada, a cada lectura, a cada ofrenda) y las ofrendas (una vela, un libro, un balón, un cartel, el pan y el vino, por ejemplo), se organizan las preces de manera que lo importante sea que cada petición la haga un lector distinto y se añade un himno, poema o pequeño discurso tras la acción de gracias. Se distorsiona la realidad sagrada de la liturgia, se le añaden elementos y acciones al margen de lo que el Misal prescribe, cunde una ‘falsa creatividad’ que es salvaje.

  Aún otra frase: “hay que preparar la liturgia para que todos participen”. De nuevo al hablar de “participación” se está planteando como objetivo la actuación directa de un determinado número de personas, buscando que cada cual haga algo concreto. Lo observamos cuando hay Confirmaciones y, sobre todo, al preparar las diversas tandas de las Primeras Comuniones. Olvidando que el modo propio de participar los niños en esa Misa es comulgar por vez primera con el Cuerpo y Sangre del Señor, transformamos la liturgia en una actuación infantil constante. En estos días las tandas de Primeras Comuniones son quebraderos de cabeza: párroco o catequista quieren que cada niño “haga algo”, multiplicando las intenciones, las ofrendas… lo que sea para que todos intervengan, haciendo cálculos: en tal tanda hay 18 niños, hay que sumar intenciones y ofrendas “simbólicas”, un niño lee un poema, otro hace un canto, hasta el número de 18; si hay menos niños, se reducen las intenciones de las preces o las ofrendas. Una liturgia así poco fruto real da, ni en vida espiritual ni en evangelización.

  El mismo criterio rige en una liturgia en la que convergen diversos grupos, Asociaciones, Movimientos, etc., preparando la celebración litúrgica de manera que todos intervengan en algo como si, por no intervenir o ejercer un ministerio litúrgico, ya no se participara. Si buscan cada uno su propio interés, como en ocasiones ocurre, se olvida lo que es participar y se olvida buscar los medios para que todos participen, y se centra cada cual en las distintas intervenciones, reclamando, a veces hasta violentamente, ese margen de intervención para hacer algo. Se pierde de vista la participación del pueblo cristiano entero (: que recen bien, que lo vivan, que se ofrezcan con Cristo) y la mirada se fija, obsesivamente, en quién interviene y qué hace cada cual, y si un grupo interviene más que el otro, o aquel grupo se va a notar más su presencia que este grupo de aquí. La Comunión eclesial se destroza y se sustituye por la suma aislada entre sí de carismas, Movimientos, grupos: están juntos, pero no hay Comunión, y la liturgia es la distribución de intervenciones de todos para que todos estén contentos y visibles ante los demás.

3. Quien no interviene, ¿participa?

 La respuesta es fácil: todos participan de la liturgia, según su modo propio (sacerdote, diácono, lector, cantor, asamblea santa), pero no todos realizan un servicio litúrgico directo. La participación pertenece a todos aquellos fieles cristianos que asisten a la divina liturgia, y los diferentes ministerios litúrgicos son servicios en orden a la participación de todos los fieles.

 Muchos fieles participan en la Eucaristía gracias a Dios: ni todos leen, ni todos son cantores, ni todos llevan ofrendas de pan y vino… y sin embargo participan perfectamente: rezan, responden, escuchan la Palabra de Dios y responden en su corazón, se ofrecen con Cristo, cantan, interceden en la oración de los fieles y, sobre todo, comulgan el Cuerpo y la Sangre del Señor debidamente preparados. No intervienen, pero todos participan, ya que ésa es la verdadera participación, el culto en Espíritu y en Verdad.

 Además, en determinadas celebraciones sacramentales, quienes reciben un Sacramento tienen un modo propio de participar y es recibir el Sacramento, vivirlo intensamente.

 Los novios en el sacramento del Matrimonio participan de ese sacramento casándose, pronunciando la fórmula del consentimiento, recibiendo la Bendición nupcial, ese es su modo propio, sin tener que hacer ellos las lecturas o enumerar las intenciones de la Oración de los fieles para que “participen”: ya están participando pues son los sujetos del sacramento del Matrimonio.

 Pensemos en las Misas de las “Primeras Comuniones” como un ejemplo cercano. Participar no es intervenir ejerciendo un servicio litúrgico; el modo de participación propio y exclusivo de los niños es comulgar por vez primera con el Cuerpo y Sangre del Señor, ver que se reza por ellos en la oración de los fieles y en el embolismo propio de la anáfora eucarística. Serán los demás (sacerdotes, lectores, acólitos, coro) los que ejercen los ministerios litúrgicos necesarios para que ellos participen ese día en el modo que les es propio: comulgar, sin que los mismos niños desempeñen todos los servicios litúrgicos. Los niños en esa celebración participan, pero su modo de participación es tan especial, único, intransferible, que consiste en comulgar por vez primera con el Señor resucitado en su Cuerpo eucarístico. Esa es su participación: comulgan, rezan, oran, dan gracias, escuchan la Palabra divina, se unen a toda la asamblea cristiana como miembros que participan de la Mesa santa. Pero participar no significa intervenir en todo.

 

5.07.17

Orar con la Hora litúrgica de Vísperas

  • Ha transcurrido la jornada. En el atardecer –con un margen amplio de tiempo- la Iglesia reza Vísperas. ¿La Iglesia? Sí, tú y yo, y muchas comunidades de religiosos, de sacerdotes, de seglares. Te toca a ti también sumarte a esa Oración de todos. Que sí, tú también, y deja de justificarte pensando que Vísperas y la Liturgia de las Horas es algo clerical, porque no lo es, ¡es eclesial!

 

  • Las Vísperas serenan el alma a la caída de la tarde. Cantamos a Cristo, Sol que no conoce el ocaso; hacemos memoria de su resurrección –y de las apariciones al atardecer-; miramos al cielo con deseos de eternidad; damos gracias por la jornada y la ofrecemos entera para gloria del Padre.

 

  • Primero hay que apaciguarse, recogerse, para orar con la liturgia y que lo que pronuncia la boca concuerde con la mente.

 

  • Luego comenzamos invocando la gracia de Dios, porque su gracia nos hará recitar digna, atenta, devotamente, esta Hora de Vísperas: “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme”. Es petición de gracia.

 

  • El himno da el colorido, la tonalidad a la Hora litúrgica. También, en los tiempos fuertes, en vez de hacer referencia a la hora, al atardecer, se enmarca en los contenidos generales del tiempo litúrgico… y realmente servirían igual en Laudes que en Vísperas en este caso.

 

  • Con la salmodia, hemos de prestar atención. Cristo canta en cada salmo. Hemos de reconocer en cada salmo la voz de Cristo cantando al Padre… o la voz de la Iglesia Esposa cantándole a Cristo, su Cabeza y Esposo. No soy tanto “yo” el que canta el salmo, cuanto que Cristo lo canta por mi voz al Padre. ¡Fíjate, hazlo así, y hallarás más sabor a los salmos!

 

  • Los dos primeros salmos (o un salmo más extenso dividido en dos partes) mantienen un tono sapiencial, son suaves, meditativos, confiados, muy acordes con la paz y el recogimiento del final de la jornada.

 

  • El tercer salmo es un cántico del NT, que sin ser estrictamente un salmo, sigue la estructura orante de los salmos y que los hallamos en las cartas paulinas, en la carta de San Pedro y en el Apocalipsis. Son las alabanzas que la primitiva Iglesia compuso para alabar a Dios por la redención de Cristo.

 

  • Como ya, con el cántico, hemos pasado al NT, la lectura breve deberá seguir siendo del NT y no retroceder al AT. Es un pensamiento, una idea, una nota espiritual, para ser acogida en el silencio orante. La Palabra de Dios sigue resonando viva y eficaz para nosotros.

 

  • El evangelio propio de Vísperas es el Magnificat. Es su cántico evangélico. Nos ponemos de pie, nos signamos con la cruz… otorgándole la importancia debida. Con la Virgen María, glorificamos al Señor; con los sentimientos y el corazón de la Virgen María, proclamamos la gloria del Señor. Una vez más, cada día, hemos visto la acción de Dios y su misericordia y cómo nos ha mirado con amor. ¡Su fidelidad es eterna e inquebrantable! Un día más lo hemos podido comprobar.

 

  • Las preces de Vísperas son distintas de las de Laudes; si éstas son de santificación y consagración de la jornada, las preces de Vísperas son de intercesión por los demás, por la salvación de los demás y sus necesidades. Se pueden añadir otras peticiones además de las del formulario del día, pero la última petición siempre será por los fieles difuntos, por las almas del purgatorio.

 

  • Las preces prosiguen con la oración dominical, el Padrenuestro. Si tres veces al día se determinó rezar el Padrenuestro en la Iglesia, ahora es la tercera vez, después de rezarlo en Laudes y en la Misa. El Padrenuestro es la oración de los hijos adoptivos de Dios. El Padrenuestro es el gran salmo cristiano. El Padrenuestro es el compendio del Evangelio.

 

  • Termina la oración litúrgica de Vísperas con una oración conclusiva que alude al momento final de la jornada, a la acción de gracias, etc., excepto en los tiempos fuertes y domingos de tiempo ordinario que la oración final es la misma oración colecta del día.

 

  • Quien se acostumbra a orar cada día con la Liturgia de las Horas, va adquiriendo familiaridad con la sagrada Escritura, se acostumbra a orar con textos litúrgicos, dilata su corazón a la medida de la Iglesia entera. ¡Es un gran bien!

 

  • De verdad, necesitamos mucha más liturgia en nuestra vida espiritual; es muy conveniente que la liturgia de la Iglesia marque nuestro espíritu más que las devociones de aquí y de allá o los gustos de unos y de otros. ¿Te decides? ¿Te lanzas a ello? ¿Harás de Laudes y Vísperas el eje de tu jornada ante el Señor? ¿Te animarás a dar un paso más en tu vida interior? ¡¡Seguro que lo agradecerás más adelante!!

 

1.07.17

Sin condenar, Oración de los fieles - y VII

El tono desafiador del lenguaje y su juicio despectivo sobre la realidad es otra variante de los lenguajes secularizados que se pueden encontrar en las intenciones que se proponen a la oración de los fieles en la Santa Misa.

Con este lenguaje condenatorio, marcadamente secularizado con una ideología de moda, más que orar, se emiten juicios de valor:

“Para que nuestra sociedad, injusta e hipócrita, que busca lo que la escandaliza y fomenta lo que luego condena, asuma su culpa y procure el remedio” (Libro de la Sede, Domingo V Cuaresma);

“por nuestra sociedad satisfecha y autosuficiente: para que reconozca su necesidad radical de Dios” (Libro de la Sede, Viernes III Pascua).

La economía –da igual el sistema o su justa distribución- es llamada “demonio”:

“Pedimos por nuestro mundo, roto por los demonios de la economía, la guerra y la sinrazón, para que crezcamos en orden a favorecer la vida de todos”.

Este lenguaje condenatorio, muy frecuente en ciertos ámbitos, emite constantemente juicios de valor negativos y suele añadir un sentido de culpabilidad a los que oran, convirtiendo en exhortación imperativa lo que debería ser una oración.

“Por nosotros, que hacemos injustamente distinción de personas, que clasificamos y ponemos al margen, que rehusamos el trato y condenamos al aislamiento” (Libro de la sede, Dom. VI T. Ord).

“Por nuestra sociedad mal pensante, como Simón, el fariseo; para que sea capaz de comprender y respetar” (Libro de la sede, Dom. XI, T. Ord.).

“Para que nuestra sociedad, que fomenta el pecado y se muestra intransigente con los culpables…” (Libro de la sede, Dom. XXIV, T. Ord., ciclo C).

“Para que nuestra sociedad, cuyo incentivo es el lucro, sepa valorar el trabajo, como fuente de realización y promoción humana, personal y social” (Libro de la sede, Dom. XXV, T. Ord., ciclo A).

“Para que nuestra sociedad, caracterizada por la hipocresía, reaccione ante la crítica de los inconformistas” (Libro de la sede, Dom. XXXI, T. Ord., ciclo A);

además del juicio de valor sobre la sociedad, piensa el redactor que la crítica de los inconformistas, de por sí, es buena, con lo que introduce tanto la demagogia como el populismo; ser inconformista no es un valor o cualidad, porque puede nacer de la arrogancia y de la soberbia, no de la búsqueda del Bien y la Verdad.

A veces no es una petición aislada, sino todo el conjunto de intenciones el que, con un lenguaje descriptivo negativo, pretende catequizar en una dirección ideológica muy concreta:

“En un mundo en el que predomina la ambición y el poder: para que la Iglesia procure ser signo de Cristo…

En un mundo en el que se busca sobre todo la eficacia: para que los más débiles en la sociedad no se vean despojados de sus derechos…

En un mundo en el que se medra a costa de los demás: para que se valore la honradez, la austeridad, la sinceridad, la autenticidad…

En un mundo en el que la figura de Cristo inquieta: para que cuanto nos preciamos de ser discípulos suyos entendamos sus palabras…” (Libro de la sede, Dom. XXV, T. Ord., ciclo B).

Este lenguaje, que algunos calificarían de “denuncia profética”, no es propio del lenguaje orante ni del lenguaje para la liturgia, porque fácilmente se deslizan la ideología y la mentalidad secularista. Si hubiéramos de seguir los tres ejemplos anteriores, habría que transformarlos aproximadamente así: “para que la Iglesia sea signo luminoso de Cristo en la sencillez”, “para que los más débiles y los pobres sean ayudados y confortados”, y, dentro de lo que cabe, el tercer ejemplo sería “por nosotros, para que crezcamos en las virtudes cristianas de la honradez y la austeridad”.

Al menos, al mirar el mundo, que nuestra mirada no sea de reprobación absoluta, sino de amor de Cristo viendo su realidad y su necesidad de salvación.

El lenguaje litúrgico no es condenatorio, sino expositivo; no es ideológico (ni pura ideología), sino orante. Las preces que he puesto como ejemplo ilustrativo jamás se podrían considerar lenguaje litúrgico, sino pura ideología, abofeteando a los presentes y al mundo en el que viven.

He de aclarar que “el libro de la sede” es un libro oficioso, no OFICIAL. En España lo “fabricó” la Comisión episcopal de liturgia (o el Secretariado Nacional, no lo recuerdo bien ahora), y en las preces los redactores estuvieron muy, muy desafortunados. Es un libro que necesita una urgente revisión en ese punto y otros más (acto penitencial, invocaciones al Kyrie y moniciones).

Se usa por su carácter oficioso y no de un autor con nombre y apellidos.

La oración de los fieles (exceptuando el Viernes Santo) no posee un formulario fijo. Hay que fabricarlo o buscarlo, o adaptar los que se tengan. De ahí que se busque una publicación mensual o un libro con formularios ya preparados. Pero hay que mirarlos bien…

Lo de leer sacando un papelito doblado, simplemente, es de un mal gusto que rechina. ¡Y la liturgia debe ser bella, es bella!

Con esto terminamos un amplísimo recorrido, exhaustivo desde luego, sobre la Oración de los Fieles. ¡Ojalá nos inspirásemos siempre en los modelos de la tradición litúrgica al orar y no en las formas secularizadas que hemos visto!