24.10.14

Las llaves de Pedro - La Iglesia católica, madre.

Escudo papal Francisco

El Papa, obispo de Roma y sucesor de San Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles”(Lumen Gentium, 23)

Audiencia general 3 de septiembre de 2014

La Iglesia católica, madre.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis anteriores hemos tenido ocasión de destacar varias veces que no se llega a ser cristianos por uno mismo, es decir, con las propias fuerzas, de modo autónomo, ni tampoco se llega a ser cristianos en un laboratorio, sino que somos engendrados y alimentados en la fe en el seno de ese gran cuerpo que es la Iglesia. En este sentido la Iglesia es verdaderamente madre, nuestra madre Iglesia —es hermoso decirlo así: nuestra madre Iglesia— una madre que nos da vida en Cristo y nos hace vivir con todos los demás hermanos en la comunión del Espíritu Santo.

La Iglesia, en su maternidad, tiene como modelo a la Virgen María, el modelo más hermoso y más elevado que pueda existir. Es lo que ya habían destacado las primeras comunidades cristianas y el Concilio Vaticano II expresó de modo admirable (cf. const. Lumen gentium, 63-64). La maternidad de María es ciertamente única, extraordinaria, y se realizó en la plenitud de los tiempos, cuando la Virgen dio a luz al Hijo de Dios, concebido por obra del Espíritu Santo. Así, pues, la maternidad de la Iglesia se sitúa precisamente en continuidad con la de María, como prolongación en la historia. La Iglesia, en la fecundidad del Espíritu, sigue engendrando nuevos hijos en Cristo, siempre en la escucha de la Palabra de Dios y en la docilidad a su designio de amor. La Iglesia es madre. El nacimiento de Jesús en el seno de María, en efecto, es preludio del nacimiento de cada cristiano en el seno de la Iglesia, desde el momento que Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos (cf. Rm 8, 29) y nuestro primer hermano Jesús nació de María, es el modelo, y todos nosotros hemos nacido en la Iglesia. Comprendemos, entonces, cómo la relación que une a María y a la Iglesia es tan profunda: mirando a María descubrimos el rostro más hermoso y más tierno de la Iglesia; y mirando a la Iglesia reconocemos los rasgos sublimes de María. Nosotros cristianos, no somos huérfanos, tenemos una mamá, tenemos una madre, y esto es algo grande. No somos huérfanos. La Iglesia es madre, María es madre.

La Iglesia es nuestra madre porque nos ha dado a luz en el Bautismo. Cada vez que bautizamos a un niño, se convierte en hijo de la Iglesia, entra en la Iglesia. Y desde ese día, como mamá atenta, nos hace crecer en la fe y nos indica, con la fuerza de la Palabra de Dios, el camino de salvación, defendiéndonos del mal.

La Iglesia ha recibido de Jesús el tesoro precioso del Evangelio no para tenerlo para sí, sino para entregarlo generosamente a los demás, como hace una mamá. En este servicio de evangelización se manifiesta de modo peculiar la maternidad de la Iglesia, comprometida, como una madre, a ofrecer a sus hijos el sustento espiritual que alimenta y hace fructificar la vida cristiana. Todos, por lo tanto, estamos llamados a acoger con mente y corazón abiertos la Palabra de Dios que la Iglesia dispensa cada día, porque esta Palabra tiene la capacidad de cambiarnos desde dentro. Sólo la Palabra de Dios tiene esta capacidad de cambiarnos desde dentro, desde nuestras raíces más profundas. La Palabra de Dios tiene este poder. ¿Y quién nos da la Palabra de Dios? La madre Iglesia. Ella nos amamanta desde niños con esta Palabra, nos educa durante toda la vida con esta Palabra, y esto es algo grande. Es precisamente la madre Iglesia que con la Palabra de Dios nos cambia desde dentro. La Palabra de Dios que nos da la madre Iglesia nos transforma, hace nuestra humanidad no palpitante según la mundanidad de la carne, sino según el Espíritu.

En su solicitud maternal, la Iglesia se esfuerza por mostrar a los creyentes el camino a recorrer para vivir una vida fecunda de alegría y de paz. Iluminados por la luz del Evangelio y sostenidos por la gracia de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, podemos orientar nuestras opciones al bien y atravesar con valentía y esperanza los momentos de oscuridad y los senderos más tortuosos. El camino de salvación, a través del cual la Iglesia nos guía y nos acompaña con la fuerza del Evangelio y el apoyo de los Sacramentos, nos da la capacidad de defendernos del mal. La Iglesia tiene la valentía de una madre que sabe que tiene que defender a sus propios hijos de los peligros que derivan de la presencia de Satanás en el mundo, para llevarlos al encuentro con Jesús. Una madre defiende siempre a los hijos. Esta defensa consiste también en exhortar a la vigilancia: vigilar contra el engaño y la seducción del maligno. Porque si bien Dios venció a Satanás, este vuelve siempre con sus tentaciones; nosotros lo sabemos, todos somos tentados, hemos sido tentados y somos tentados. Satanás viene «como león rugiente» (1 P 5, 8), dice el apóstol Pedro, y nosotros no podemos ser ingenuos, sino que hay que vigilar y resistir firmes en la fe. Resistir con los consejos de la madre Iglesia, resistir con la ayuda de la madre Iglesia, que como una mamá buena siempre acompaña a sus hijos en los momentos difíciles.

Queridos amigos, esta es la Iglesia, esta es la Iglesia que todos amamos, esta es la Iglesia que yo amo: una madre a la que le interesa el bien de sus hijos y que es capaz de dar la vida por ellos. No tenemos que olvidar, sin embargo, que la Iglesia no son sólo los sacerdotes, o nosotros obispos, no, somos todos. La Iglesia somos todos. ¿De acuerdo? Y también nosotros somos hijos, pero también madres de otros cristianos. Todos los bautizados, hombres y mujeres, juntos somos la Iglesia. ¡Cuántas veces en nuestra vida no damos testimonio de esta maternidad de la Iglesia, de esta valentía maternal de la Iglesia! ¡Cuántas veces somos cobardes! Encomendémonos a María, para que Ella como madre de nuestro hermano primogénito, Jesús, nos enseñe a tener su mismo espíritu maternal respecto a nuestros hermanos, con la capacidad sincera de acoger, de perdonar, de dar fuerza y de infundir confianza y esperanza. Es esto lo que hace una mamá.

La Iglesia católica, madre

Con esta catequesis, el Papa Francisco comienza una serie dedica a la Iglesia católica, a hablar de la misma. Y empieza, digamos, por lo básico, elemento y esperable: la Iglesia católica es madre.

Sin duda alguna, aquellos que nos consideramos católicos nos sentimos hijos. Y si así nos sentimos es porque tenemos una madre que nos acoge y que, en su seno, nos cría.

Repite, con gozo, el Santo Padre, la expresión “nuestra madre Iglesia”. Y lo hace porque, en efecto, en ella somos todos hermanos y formamos una comunidad santa porque la Iglesia católica, a pesar de sus hijos pecadores, es verdaderamente santa.

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23.10.14

Libro: “Acerca de ‘Bien venido, amor’ (De Manuel Lozano Garrido, Lolo)”

Escritos espirituales

Título”“Acerca de “Bien venido, amor” (De Manuel Lozano Garrido, Lolo)” 
Autor: Eleuterio Fernández Guzmán
Editorial: Lulu
Páginas: 101
Precio aprox.: 4 € papel – 1 € Libro electrónico 
ISBN : 5800105751655
Año edición: 2014
Lo puedes adquirir en Lulu

Acerca de “Bien venido, amor” (De Manuel Lozano Garrido, Lolo), de Eleuterio Fernández Guzmán

Es bien cierto que Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, influye en quien lo conoce de muchas formas. Cada cual según sea su fe y su naturaleza religiosa siente como que este Beato y siervo de Dios le toca el corazón y le hace pensar que es posible ser santo.

Cuando uno lee el libro “Bien venido, amor” le pasa algo así. Es como si cuando escribió “las mil y más ‘frases’” (que es lo que nos dice, en el Prólogo de tal libro el postulador de la causa de beatificación y canonización de “Lolo”, el P. Rafael Higueras Álamo, que refería, al respecto de las mismas, su autor) hubiera sabido que serían importantes para muchas personas. Sus vivencias espirituales iban a servir, también éstas, para ensanchar el corazón de aquellos que las leyeran o se las leyeran (en caso de incapacidad, por ejemplo, visual)

El que esto escribe ha sido una de las personas que se ha visto influenciada por la lectura de “Bien venido, amor” en cuyas páginas se destila una fe a raudales y unas ganas inmensas de gozar a través de la misma

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22.10.14

Serie Principios básicos del Amor de Dios – Dios es providente

Amor de  Dios

“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”.

(1 Jn 4, 16)

Este texto, de la Primera Epístola de San Juan es muy corto pero, a la vez, muestra la esencia de la realidad de Dios al respecto del ser humano que creó y mantiene en su Creación.

Es más, un poco después, tres versículos en concreto, abunda en una verdad crucial que dice que:“Nosotros amamos, porque él nos amó primero”.

Dios, pues, es amor y, además, es ejemplo de Amor y luz que ilumina nuestro hacer y nuestra relación con el prójimo. Pero eso, en realidad, ¿qué consecuencias tiene para nuestra existencia y para nuestra realidad de seres humanos?

Que Dios sea Amor, como es, se ha de manifestar en una serie de, llamemos, cualidades que el Creador tiene al respecto de nosotros, hijos suyos. Y las mismas se han de ver, forzosamente, en nuestra vida como quicios sobre los que apoyarnos para no sucumbir a las asechanzas del Maligno. Y sobre ellas podemos llevar una vida de la que pueda decirse que es, verdaderamente, la propia de los hijos de un tan gran Señor, como diría Santa Teresa de Jesús.

Decimos que son cualidades de Dios. Y lo decimos porque las mismas cualifican, califican, dicen algo característico del Creador. Es decir, lo muestran como es de cara a nosotros, su descendencia.

Así, por ejemplo, decimos del Todopoderoso que muestra misericordia, capacidad de perdón, olvido de lo que hacemos mal, bondad, paciencia para con nuestros pecados, magnanimidad, dadivosidad, providencialidad, benignidad, fidelidad, sentido de la justicia o compasión porque sabemos, en nuestro diario vivir que es así. No se trata de características que se nos muestren desde tratados teológicos (que también) sino que, en efecto, apreciamos porque nos sabemos objeto de su Amor. Por eso el Padre no puede dejar de ser misericordioso o de perdonarnos o, en fin, de proveer, para nosotros, lo que mejor nos conviene.

En realidad, como escribe San Josemaría en “Amar a la Iglesia “ (7)

“No tiene límites el Amor de Dios: el mismo San Pablo anuncia que el Salvador Nuestro quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad (1 Tim II, 4).”

Por eso ha de verse reflejado en nuestra vida y es que (San Josemaría, “Forja”, 500)

“Es tan atrayente y tan sugestivo el Amor de Dios, que su crecimiento en la vida de un cristiano no tiene límites”.

Nos atrae, pues, Dios con su Amor porque lo podemos ver reflejado en nuestra vida, porque nos damos cuenta de que es cierto y porque no se trata de ningún efecto de nuestra imaginación. Dios es Amor y lo es (parafraseando a San Juan cuando escribió – 1Jn 3,1- que somos hijos de Dios, “¡pues lo somos!”) Y eso nos hace agradecer que su bondad, su fidelidad o su magnanimidad estén siempre en acto y nunca en potencia, siempre siendo útiles a nuestros intereses y siempre efectivas en nuestra vida.

Dios, que quiso crear lo que creó y mantenerlo luego, ofrece su mejor realidad, la misma Verdad, a través de su Amor. Y no es algo grandilocuente propio de espíritus inalcanzables sino, al contrario, algo muy sencillo porque es lo esencial en el corazón del Padre. Y lo pone todo a nuestra disposición para que, como hijos, gocemos de los bienes de Quien quiso que fuéramos… y fuimos.

En esta serie vamos, pues a referirnos a las cualidades intrínsecas derivadas del Amor de Dios que son, siempre y además, puestas a disposición de las criaturas que creó a imagen y semejanza suya.

Dios es providente

 

El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina Providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia”.

Este corto texto, que se encuentra en el número 303 del Catecismo de la Iglesia católica, nos pone sobre la pista del significado primero e intrínseco de lo que significa la Providencia de Dios.

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21.10.14

Un amigo de Lolo – Decálogo del sufrimiento - Cristo como ejemplo de sufrimiento

Presentación

Manuel Lozano Garrido

Yo soy amigo de Lolo. Manuel Lozano Garrido, Beato de la Iglesia católica y periodista vivió su fe desde un punto de vista gozoso como sólo pueden hacerlo los grandes. Y la vivió en el dolor que le infringían sus muchas dolencias físicas. Sentado en una silla de ruedas desde muy joven y ciego los últimos nueve años de su vida, simboliza, por la forma de enfrentarse a su enfermedad, lo que un cristiano, hijo de Dios que se sabe heredero de un gran Reino, puede llegar a demostrar con un ánimo como el que tuvo Lolo.

Sean, las palabras que puedan quedar aquí escritas, un pequeño y sentido homenaje a cristiano tan cabal y tan franco.

Por otra parte, vamos a traer aquí, durante 10 semanas, con la ayuda de Dios, el llamado “Decálogo del enfermo” que Lolo escribió para conformación y consuelo de quien sufra.

Sexto precepto del decálogo del enfermo:

“Cristo, voluntariamente inconsolable en el ¡HÁGASE! para que ya nunca exista una agonía sin su confortación.”

Cristo como ejemplo de sufrimiento

Lolo

Decir que Cristo no quería ser consolado pudiera parecer algo exagerado según las circunstancias por las que estaba pasando. Sin embargo, las mismas no eran, digamos, de las ordinarias pues ni su naturaleza divina ni su vida humana eran, por así decirlo, comunes. Es más, eran únicas.

El caso es que en nuestro dolor, en el sufrimiento que podamos acoger en nuestro cuerpo y en nuestra alma siempre está Jesucristo como ejemplo de qué hacer y de cómo comportarse.

La voluntad de Dios, que siempre la tenemos en nuestro corazón como una verdad de fe, sirvió al Mesías a la hora de sobrenadar la Pasión que estaba a punto de pasar y sufrir.

En principio, en Getsemaní, en aquel huerto donde se acercó a orar con tres de sus más allegados discípulos, quiso, como hombre, pedir a Dios que pasara el cáliz que tenía que vivir. Pero sabía que su Padre, y el nuestro, tenía otros planes para su vida. Y aceptó los mismos con gallardía y con fidelidad filial. Cristo, en aquel mismo momento en el que dijo “que se cumpla tu voluntad y no la mía” sabía que todo se estaba cumpliendo y que lo escrito en las Sagradas Escrituras a su respecto no iba a quedar por falso.

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20.10.14

Serie oraciones – invocaciones - Romano Guardini: para nuestra comunidad eclesial

Orar

No sé cómo me llamo…
Tú lo sabes, Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu voz.
Pronuncia esa palabra
De júbilo o dolor…
¡Llámame por el nombre 
que me diste, Señor!

Este poema de Ernestina de Champurcin habla de aquella llamada que hace quien así lo entiende importante para su vida. Se dirige a Dios para que, si es su voluntad, la voz del corazón del Padre se dirija a su corazón. Y lo espera con ansia porque conoce que es el Creador quien llama y, como mucho, quien responde es su criatura.

No obstante, con el Salmo 138 también pide algo que es, en sí mismo, una prueba de amor y de entrega:

“Señor, sondéame y conoce mi corazón, 
ponme a prueba y conoce mis sentimientos, 
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno”

Porque el camino que le lleva al definitivo Reino de Dios es, sin duda alguna, el que garantiza eternidad y el que, por eso mismo, es anhelado y soñado por todo hijo de Dios.

Sin embargo, además de ser las personas que quieren seguir una vocación cierta y segura, la de Dios, la del Hijo y la del Espíritu Santo y quieren manifestar tal voluntad perteneciendo al elegido pueblo de Dios que así lo manifiesta, también, el resto de creyentes en Dios estamos en disposición de hacer algo que puede resultar decisivo para que el Padre envíe viñadores: orar.

Orar es, por eso mismo, quizá decir esto:

-Estoy, Señor, aquí, porque no te olvido.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero tenerte presente.

-Estoy, Señor, aquí, porque quiero vivir el Evangelio en su plenitud. 

-Estoy, Señor, aquí, porque necesito tu impulso para compartir.

-Estoy, Señor, aquí, porque no puedo dejar de tener un corazón generoso. 

-Estoy, Señor, aquí, porque no quiero olvidar Quién es mi Creador. 

-Estoy, Señor, aquí, porque tu tienda espera para hospedarme en ella.

Pero orar es querer manifestar a Dios que creemos en nuestra filiación divina y que la tenemos como muy importante para nosotros.

Dice, a tal respecto, san Josemaría (Forja, 439) que “La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios. —¡Sí!, toda tu vida puede y debe ser oración”.

Por tanto, el santo de lo ordinario nos dice que es muy conveniente para nosotros, hijos de Dios que sabemos que lo somos, orar: nos hace eficaces en el mundo en el que nos movemos y existimos pero, sobre todo, nos hace felices. Y nos hace felices porque nos hace conscientes de quiénes somos y qué somos de cara al Padre. Es más, por eso nos dice san Josemaría que nuestra vida, nuestra existencia, nuestro devenir no sólo “puede” sino que “debe” ser oración.

Por otra parte, decía santa Teresita del Niño Jesús (ms autob. C 25r) que, para ella la oración “es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

Pero, como ejemplos de cómo ha de ser la oración, con qué perseverancia debemos llevarla a cabo, el evangelista san Lucas nos transmite tres parábolas que bien podemos considerarlas relacionadas directamente con la oración. Son a saber:

La del “amigo importuno” (cf Lc 11, 5-13) y la de la “mujer importuna” (cf. Lc 18, 1-8), donde se nos invita a una oración insistente en la confianza de a Quién se pide.

La del “fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), que nos muestra que en la oración debemos ser humildes porque, en realidad, lo somos, recordando aquello sobre la compasión que pide el publicano a Dios cuando, encontrándose al final del templo se sabe pecador frente al fariseo que, en los primeros lugares del mismo, se alaba a sí mismo frente a Dios y no recuerda, eso parece, que es pecador.

Así, orar es, para nosotros, una manera de sentirnos cercanos a Dios porque, si bien es cierto que no siempre nos dirigimos a Dios sino a su propio Hijo, a su Madre o a los muchos santos y beatos que en el Cielo son y están, no es menos cierto que orando somos, sin duda alguna, mejores hijos pues manifestamos, de tal forma, una confianza sin límite en la bondad y misericordia del Todopoderoso.

Esta serie se dedica, por lo tanto, al orar o, mejor, a algunas de las oraciones de las que nos podemos valer en nuestra especial situación personal y pecadora.

Durante unas cuantas semanas vamos a dedicar esta serie a un gran católico como lo fue, y es, Romano Guardini. En su libro “Cartas sobre la formación de sí mismo” dedica una de ellas a la oración. En tal carta desgrana una serie de oraciones que vale la pena traer aquí. Y así lo haremos, con la ayuda de Dios.

Serie Oraciones – Invocaciones: Romano Guardini: para nuestra comunidad eclesial

Romano Guardini

“Señor, sé Tú el guía de nuestra vida. Haznos libres del egoísmo, de la arrogancia y de las palabras grandilocuentes. Danos una mirada clara para que veamos qué es lo que es lo más importante. Danos una voluntad firme para que podamos llevarlo a la práctica en la vida diaria. Haz que nuestra comunidad lo sea verdaderamente en la lealtad y en la disposición a ayudar. Danos la recta fraternidad. Quita todos los engaños de ella; haz que sea pura y llena de una saludable severidad. Enséñanos a obedecer en libertad a quienes han recibido poder de Ti. Enséñanos a alegrarnos de tu bello mundo, pero a ser austeros y a estar libres de la avaricia y de la sed de placeres. Enséñanos a trabajar con ánimo alegre, pero que tu voluntad nos importe más que toda obra nuestra. Bendícenos, omnipotente Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

Los católicos no somos islas. Es cierto que eso es lo que quieren quienes se manifiestan contra nuestra fe pero nosotros sabemos que vivimos, nos movemos y existimos dentro de un grupo, dentro de una comunidad eclesial.

Pues bien, Romano Guardini, después de habernos propuesto oraciones para empezar y acabar el día, para dirigirnos a Dios, a su Espíritu o a la Virgen María, termina este capítulo de su libro “Cartas sobre la formación de sí mismo” con una propuesta de oración importante y que tiene todo que ver con lo que Cristo quiso que fuéremos sus discípulos: uno.

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