26.09.16

Un escrito antiguo, que aparece citado sobre el debate del matrimonio de personas del mismo sexo

Hoy me lo he encontrado, porque me han hecho llegar el enlace. La articulista dice cosas que yo he dicho, y añade otras que no he dicho. Pero así suele suceder en este mundo de los medios.

Reproduzco ahora mi artículo original y enlazo el texto de la articulista que opina en un periódico de México.

Mi artículo original:

¿Por qué la Iglesia se opone al “matrimonio” gay?

No sé si ustedes se han parado a pensarlo: ¿Por qué la Iglesia se opone al “matrimonio” gay?

A muchos les parece que el hacer posible que se casen dos hombres o dos mujeres es una medida de justicia. Si todos los ciudadanos tienen derecho a contraer matrimonio, ¿por qué no los homosexuales? Si las familias suelen organizarse en torno a dos personas que comparten su vida, ¿por qué esas dos personas han de ser siempre un hombre y una mujer? Si todo matrimonio puede procrear hijos o adoptarlos, ¿por qué privar a las parejas homosexuales de esa posibilidad?

Sin embargo, la Iglesia, remontándose a la razón humana, a la Sagrada Escritura y a toda la tradición, sigue insistiendo: el matrimonio es la unión conyugal de un hombre y de una mujer, orientada a la ayuda mutua y a la procreación y educación de los hijos.

En esta defensa a ultranza de la institución matrimonial, la Iglesia no “gana” nada. No obtiene ningún “beneficio”. No aumenta su poder, ni su influencia, ni tampoco incrementa la cantidad de donativos que pueda recibir. Al contrario, se expone al escarnio público por parte de algunos colectivos muy influyentes y al rechazo de sus posiciones por parte de sectores importantes de población. Si a pesar de este “coste”, la Iglesia sigue insistiendo en su mensaje, es que algo muy serio está en juego.

En efecto, el matrimonio no es una institución meramente “convencional”; no es el resultado de un acuerdo o pacto social. Tiene un origen más profundo. Se basa en la voluntad creadora de Dios. Dios une al hombre y a la mujer para que formen “una sola carne” y puedan transmitir la vida humana: “Sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra”. Es decir, el matrimonio es una institución natural, cuyo autor es, en última instancia, el mismo Dios. Jesucristo, al elevarlo a la dignidad de sacramento, no modifica la esencia del matrimonio; no crea un matrimonio nuevo, sólo para los católicos, frente al matrimonio natural, que sería para todos. El matrimonio sigue siendo el mismo, pero para los bautizados es, además, sacramento.

Lo que está en juego, en este caso como en cualquier otro en el que la Iglesia alza la voz, es el respeto a la dignidad de la persona humana y a la verdad sobre el hombre. El sujeto de derechos es la persona, no una peculiar orientación sexual. El matrimonio no es cualquier cosa; no es cualquier tipo de asociación entre dos personas que se quieren, sino que es la íntima comunidad conyugal de vida y amor abierta a la transmisión de la vida; comunidad conyugal y fecunda que sólo puede establecerse entre hombre y mujer. Por otra parte, no se puede privar a los niños del derecho a tener padre y madre, del derecho a nacer del amor fecundo de un hombre y de una mujer, del derecho a una referencia masculina y femenina en sus años de crecimiento.

¿Por qué la Iglesia se opone al “matrimonio” gay? La única razón que encuentro es porque le “duele” el hombre. Le preocupa lo que vaya a ser de él. En definitiva, no se lava las manos ante la suerte de lo humano. Aunque esta defensa sea incomprendida y acarree críticas. En el futuro, se le dará la razón. ¡No lo duden!

Guillermo Juan Morado.

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21.09.16

Sobre la necesaria coherencia del voto “pro-vida”

La defensa de la vida humana, desde sus inicios hasta la muerte natural, es, así lo creo, una causa justa. Se ha avanzado mucho en la protección de los animales. No nos parece bien, en general, que, sin motivo, se haga padecer dolor a los animales.

Si esta sensibilidad se extiende a los humanos, deberíamos ser aún más exigentes. Un ser humano es alguien similar a mí. Y si yo no quiero que me traten mal, por coherencia, no desearé que se trate mal a otro ser humano, semejante a mí.

Una muestra de discriminación y de maltrato hacia los seres humanos es el aborto. Un feto humano es un ser humano, en sus primeros pasos. No es una planta ni un animal. Es un ser humano en sus iniciales etapas de desarrollo. Será muy pequeño, le faltará mucho para llegar a adulto y será muy dependiente. Pero pequeños, dependientes y necesitados de crecimiento son todos los bebés, ya nacidos, y, en general, todos los niños. Y todos los hombres y mujeres.

El aborto, la aceptación social del aborto, es un error del que, con el tiempo, todo el mundo será consciente. A mí me parece que es algo comparable a la aceptación social de la esclavitud, en su momento. Hoy, a nadie en su sano juicio, le parecerá razonable aceptar que unos han nacido para amos y otros para esclavos. Es una distinción contraria al sentido común.

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3.09.16

Santa Teresa de Calcuta

Una vez pude saludar personalmente a la madre Teresa de Calcuta. Me regaló una medallita, después de trazar sobre ese objeto piadoso una especie de bendición.

Cualquier creyente, y más si ha vivido entre la miseria, tiene dificultades para creer. La fe no es obvia. La fe es un don de Dios; pero un don que, humanamente, resulta costoso.

Muchas realidades cuestionan la fe. No en último lugar el constatar la inanidad de lo humano. ¿Merece la pena que un Dios, que lo es todo, fije en nosotros su mirada? ¿Por qué no pensar en un Dios feliz en sí mismo que se desentiende del mundo, y de esos peculiares habitantes del mundo que somos los hombres?

Escandaliza más un Dios creador, providente y redentor que la misma idea de Dios. Dios, puede ser. Pero Dios y nosotros; Dios encarnado -Belén, Nazaret y el Calvario-, es mucho Dios o ningún Dios. La razón sola, en su autosuficiencia, puede admitir el deísmo o la nada.

Podemos caer en la ligereza de dar la fe por descontada. Lo paradójico de la fe consiste en ser gracia. Es imposible creer sin la ayuda de Dios, sin su auxilio interior, sin que Él mueva nuestro corazón, abra los ojos de nuestro espíritu y nos conceda el gozo de aceptar la verdad.

El Catecismo dice que la fe, «luminosa por aquel en quien cree, […] es vivida con frecuencia en la oscuridad […] El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura» (n. 164).

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30.08.16

Calendario 2017

Calendario 2017

 

Me gusta mucho, cada año, elaborar y poner a disposición de los fieles de mi parroquia un almanaque o calendario. Casi siempre, de modo más claro o más sutil, sigo un programa iconográfico.

El del próximo año es, de momento, muy mariano. He escogido una Madonna de Sassoferrato. Una imagen piadosa de la Virgen, pero, a la vez, muy bella. Y no hay contradicción necesaria entre una cosa y la otra. El pintor supo crear unas imágenes devocionales que no ofenden el buen gusto. A mí esas síntesis me encantan: Entre teología y espiritualidad, entre arte y devoción, entre la “idea” y la realidad cotidiana.

Pero, buscando un poco más a fondo, he encontrado una obra de Andrea Mantegna que me ha dejado absolutamente impactado: “La Virgen con el Niño y querubines". Es un cuadro que obliga a pararse un poco. Casi nada puede superarlo.

Andrea Mantegna murió en Mantua en 1506. Mantua es una ciudad no muy grande, pero muy recomendable. Merece la pena visitar su imponente palacio ducal, de la familia de los Gonzaga, una obra maestra del Renacimiento.

Cada año salen unos 300 o 400 almanaques. De momento, he decidido los motivos de los dos primeros. Espero que los que sigan, uno o dos más, estén a la altura.

Conviene que los feligreses tengan, en sus casas, una imagen asociada a la dirección de la Parroquia y al horario de la Santa Misa.

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27.08.16

Extremar la prudencia (y la seguridad)

Todos podemos ser víctimas de un robo, o de un robo con agresión, o de lo que sea. No se trata de caer en una especie de pánico generalizado, pero, no obstante, todas las prevenciones que se adopten serán, sin duda, pocas.

Me contaba hoy un sacerdote, que pasa ya de los ochenta años que, a principios de este mes, sufrió un intento de robo en el despacho parroquial. Quisieron inmovilizarlo con una cinta adhesiva, tapándole los ojos y la boca. El intento quedó en intento y, gracias a Dios, no fue a más. Se ve que los presuntos ladrones eran principiantes o, tal vez, no excesivamente desalmados. Porque, hasta en el mal, existe siempre una escala que va de lo malo a lo peor.

Parece que la hora del ataque era sobre las 16.30. En pleno calor de agosto, una hora muy apropiada, si el despacho parroquial resultaba – como era el caso – algo aislado y poco accesible a las miradas de los vecinos.

Muchas personas, cuando se enfrentan por primera vez a un hecho de este género, suelen reaccionar argumentando un razonamiento que a mí, aunque me parece comprensible, me resulta, en el fondo, completamente absurdo: “Nunca había pasado”.

Claro, las cosas “nunca” pasan hasta que pasan. Uno “nunca” se muere hasta que se muere. Y así, todo. Una persona sola, en este caso, un párroco en un despacho aislado, no puede permanecer tranquilamente en el mismo pensado en que, como “nunca” ha pasado, “nunca” va a pasar. Habrá que cerrar la puerta y que comprobar, por la ventana, si el que llama es fiable o no.

Y es evidente que no culpo al párroco – las víctimas no son los culpables - , pero sí alerto. Si algo nos sucede, que no se deba a falta de precaución. Hay que intentar ir un poco por delante de los malos.

No se puede decir públicamente si vamos a estar en la Parroquia o nos ausentamos. No se puede quedar hablando con alguien extraño en la sacristía cuando ya todos los feligreses se han ido. En caso de duda, es preferible hablar a la puerta de la iglesia. Siempre tratando de maximizar la publicidad y de minimizar el riesgo.

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