25.11.16

¿Es normal aspirar a lo perfecto? Sí, pero…

A todos nos gusta, creo, lo perfecto. Pero lo “perfecto” es escaso. Es muy difícil que alguien, o algo, tenga el mayor grado posible de bondad o excelencia. Habitualmente no es así. La experiencia nos dice que no conocemos, apenas, nada perfecto. Nuestra vida no es “perfecta”. Ni nuestros amigos lo son, porque, entre otras cosas, a nuestro juicio, “pasan”, más de la cuenta, de nosotros.

Ni nada, en realidad, lo es. Salvo Dios. Dios sí es perfecto y, en la medida en que pueden serlo, lo son, perfectos, aquellos que se han dejado modelar por Dios. En primer lugar, y en único lugar, en muchos sentidos, la Virgen, la Madre de Jesús.

Que deseemos lo perfecto testimonia la huella que Dios ha dejado en nuestro ser. Nos han creado, eso podemos constatarlo cada uno de nosotros, con unas enormes aspiraciones. Nos han creado con el deseo de lo perfecto. Pero la realidad es que solo Dios puede colmar ese deseo. Solo Dios. Nadie más.

Pero constatar que lo que no es Dios no es perfecto es, también, al menos hasta cierto punto, liberador. Yo aprendo mucho cuando constato que las personas más cercanas, a mi juicio, a la perfección no lo están tanto. Yo he pensado, pongamos por caso, que algunas personas respondían a un ideal mío de amistad o así. Y no se corresponden, de hecho, con ese ideal.

No debo enfadarme. Debo ser, a la vez, más humilde y más indulgente. Más humilde, porque es evidente que yo no merezco ser amado o apreciado incondicionalmente, salvo por el amor y el aprecio incondicional de Dios.

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19.11.16

Hay que invertir en seguridad

No cabe duda. Es una exigencia que se impone en todos los ámbitos. También en el de la vida parroquial. Es una pena que sea así, pero la realidad es como es, no como nos gustaría que fuese.

El domingo pasado, en la Santa Misa celebrada a las 11.00 h. en mi parroquia, he pasado un mal momento. Ya desde el principio noté que algo no iba bien. Había un hombre, de entre 30 y 40 años, que mantenía una actitud extraña, fuera de lo común. Ni lo suficientemente discreta para pasar desapercibida ni, tampoco, lo suficientemente osada para que el feligrés medio despierte de su letargo y llame, por primera vez en su vida, a la policía.

El “feligrés medio” no reacciona nunca. Es como si estuviese anestesiado. La sociología y la psicología social sabrán explicarlo. Es una actitud pasiva, que solo tiende a protestar si, por ejemplo, el sacerdote para, por el tiempo necesario, la celebración de la Misa. Y, en ese caso, protesta, el “feligrés medio”, en contra del sacerdote. De lo demás, el “feligrés medio”, ni se entera ni quiere enterarse.

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11.11.16

Los gastos que no se ven

Muchos gastos, en una Parroquia, simplemente no se ven. Son los costosos gastos de mantenimiento, que solo se dejan notar cuando, tras un largo período, no ha habido mantenimiento; en ese caso, todo, de golpe, se convierte en un desastre.

La generosidad de los fieles está muy condicionada por lo visible. Es “visible” la pobreza de los más necesitados. Resulta mucho menos “visible” mantener el edificio que, cada mes, hace posible el culto y, también, la colecta en favor de los más menesterosos.

Si el templo parroquial se cierra - por impago, por ruina, por los más diversos motivos - se acaban las colectas a favor de los necesitados, de las misiones, de los Santos Lugares y hasta en favor de la Santa Sede – eso que llaman el “óbolo de San Pedro” - .

Cuesta convencer a los fieles de la importancia de sostener lo ordinario. Todos, quizá, preferimos, inconscientemente,  los fuegos artificiales al alumbrado que nos asegura llegar a la casa propia sin caernos.

Pero llegar a casa sin caernos es muy importante. Como lo es que una Parroquia pueda mantener sus gastos: suministros, reparaciones, etc.

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2.11.16

Lo que nos une y lo que nos separa

Viene siendo una especie de “mantra”, de frase que se repite: “Valorar más lo que nos une que lo que nos separa”. Decir algo semejante a eso y no decir nada es casi lo mismo. ¿Qué nos une a qué, o a quién?,  ¿qué nos separa de qué, o de quién?

Lo importante no es, sin más, estar unido o separado de algo o de alguien. Lo decisivo es si merece la pena estar unido a algo o a alguien o si, por el contrario, es mejor estar separado de algo o de alguien.

Hay muchas cosas que nos “unen” a los humanos y a las acémilas. Los humanos y las acémilas respiramos. Eso nos une. Las acémilas y los humanos comemos y bebemos. Eso nos une también. Pero no hace falta ser muy soberbio ni muy orgulloso para que cada uno de nosotros se sienta diferente y no solo distinto, sino separado de las acémilas. Hay mucho que nos une, sí, pero hay también mucho que nos separa. Gracias a Dios.

Nuestra propia esencia, humana, supone una separación. No podemos ser todo. La esencia contrae el ser. Si somos algo no podemos ser, a la vez, otra cosa. Si soy humano no puedo ser, a la vez, un mejillón o una castaña. Para ser humano necesito que mi esencia se separe de la del mejillón o de la de la castaña. Hay cosas que nos unen, sin duda. Hay también cosas que nos separan.

Predicar, sin más, la unión, sería como apostar por una especie de monismo, extremadamente aburrido. Todo, al final, sería lo mismo: Una sustancia única en la que lo que nos une mutila la riqueza y la diversidad de lo real, lo que nos separa.

Tampoco estaría bien apostar por una guerra de todo contra todo. Que no seamos lo mismo, lo único, no significa que no pueda existir la diversidad. Y respetar la diversidad supone distinguir, y hasta separar, a pesar de lo que los une, a los humanos de las acémilas.

No sé hasta qué punto estas consideraciones tan elementales valen para el campo religioso. Yo creo que sí valen. Lo que une a las diferentes religiones del mundo no es menos importante de lo que las distingue y separa. Como lo que une a los hombres y a las acémilas no es menos importante de lo que distingue y separa a hombres de acémilas.

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25.10.16

¿Qué hacer con las cenizas de los difuntos?

Ha sido noticia - y yo mismo he recibido un par de llamadas al respecto, por parte de periodistas que me pedían un comentario sobre el asunto – la Instrucción “Para resucitar con Cristo” de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Estamos muy cerca de la solemnidad de Todos los Santos y de la conmemoración de los Fieles Difuntos. Y, todo lo que tiene que ver con la muerte y con el trato dispensado a los muertos, no solo está relacionado con la fe cristiana, sino que tiene, obviamente, un hondo sentido antropológico.

La Iglesia Católica siempre se ha inclinado, y esto no es novedad, por la sepultura de los cuerpos. Y lo ha hecho por razones doctrinales y pastorales. Ambos tipos de razones – lo que es normativo en la fe, lo doctrinal,  y lo que es más conveniente para orientar a los cristianos, lo pastoral – van siempre unidas y no es posible establecer una separación tajante entre las mismas.

La fe de la Iglesia profesa, ante todo, la Resurrección de Cristo y, también, la resurrección de los muertos. ¿Qué significa hablar de resurrección? Significa, esencialmente, que el alma y el cuerpo, que se separan en la muerte, volverán a unirse en una existencia nueva que supera la muerte. Es decir, el hombre entero, cuerpo y alma, está destinado a vivir para siempre.

La pastoral de la Iglesia, en coherencia con su doctrina, ha recomendado que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios o en otros lugares sagrados. Se trata de recordar el itinerario de Cristo: muerto, sepultado y resucitado de entre los muertos.

La sepultura en los cementerios o en otros lugares sagrados asegura, en los posible, además, el debido respeto que merecen los cuerpos de los fieles difuntos, de aquellos, los fieles, que han sido convertidos, por el Bautismo, en templos del Espíritu Santo. El Cristianismo es la religión de la Encarnación. Dios y el hombre, el espíritu y la carne, lo trascendental y lo histórico no se pelean entre sí, sino que se aúnan en la condescendencia del Hijo de Dios hecho hombre.

Estas razones se unen a una razón que es, simultáneamente, doctrinal y pastoral. Y muy humana en el fondo: que haya un “lugar” para la memoria, donde se pueda llorar, recordar y orar por los difuntos.

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