1.07.16

El “sorpasso”

La palabra “sorpasso” significa, creo, algo así como “adelantamiento”. Y se ha convertido ya en una categoría política.

Como están, en la memoria de todos, los resultados de las últimas elecciones no hará falta incidir en ese significado político. ¿Que Podemos “adelantaba”, en el carril de la izquierda, al PSOE? Pues parece que no. Ellos, unos y otros, los adelantadores y los adelantados, sabrán – o no -  por qué. Quizá porque circular solo por la izquierda es más arriesgado.

Pero el “sorpasso” nos puede afectar a todos. Vamos a nuestro ritmo, conduciendo nuestra vida en la medida en la que está a nuestro alcance y, de golpe, de modo inesperado, algo nos “sorpassa”, si cabe conjugar así. Por ejemplo, un percance de salud con el que no contábamos a priori. Y con la mayor parte de esos imprevistos no se cuenta.

Esos imprevistos pueden llegar a cualquier edad y a cualquier hora del día. Y no vale decir, una vez que han pasado, algo tan socorrido como “se veía venir”. O sí o no. No siempre lo que acontece es previsible de modo directo.

¡Qué terriblemente difícil, y no absurdo, es estar vivo! Nada limita más con la vida que la muerte. Y, quizá sin sospecharlo, la muerte, o su amenaza, su aviso poco deseado, nos puede dar, a poco que nos descuidemos, el “sorpasso”.

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30.06.16

Eukaristomen

Me ha dejado con la boca abierta el breve discurso pronunciado por el papa Benedicto XVI con motivo del 65 aniversario de su ordenación sacerdotal.

Es muy difícil decir más en tan poco tiempo. Y es muy difícil decirlo mejor. A Benedicto XVI se le ve frágil, por su edad, pero es evidente que su cerebro funciona a la perfección.

Entre los motivos de credibilidad de la Iglesia, entre las razones que mueven a pensar que lo que anuncia el Cristianismo es bastante razonable, tanto como para ser digno de ser creído de modo responsable, están los grandes hombres.

Y la lista es enorme. El primer puesto corresponde a Nuestro Señor – que es el Hijo de Dios hecho hombre - . Pero, dejando a parte a la Virgen, ya que no es cuestión de igualarla a nadie, encontramos a san Pedro y a san Pablo. A san Francisco y a santo Domingo. Y a santa Teresa y a san Ignacio. Y al beato Newman, a santa Teresa Benedicta de la Cruz, a san Juan Pablo II. Y a tantos y tantos. Entre ellos, a san Agustín y santo Tomás.

Entre esos grandes hombres – no me obliguen a tener que usar el lenguaje inclusivo, especificando “hombres y mujeres”, ya que las mujeres son seres humanos – yo cuento al papa Benedicto XVI.

No solo es el mejor teólogo vivo, sino que es, asimismo, un maestro de la palabra, tanto en el lenguaje oral como en el escrito.

Yo le oí a un profesor portugués comentar que los mejores teólogos-escritores de la época moderna eran, a su juicio, tres: Newman, Guardini y Ratzinger. Estoy plenamente de acuerdo. A Guardini le conozco menos, pese a haber leído muchas cosas suyas. A Newman y a Ratzinger, les he leído bastante. Siempre, ambos, al borde de lo humanamente soportable.

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28.06.16

Las Humanidades

Hace ya unos años, muchos, publiqué – en “El País” – , como carta al director, un texto titulado: “Las humanidades o los saberes inútiles”.

Es una pena que la enseñanza del Latín, o del Griego, ya no cuente como formación. Parece ser que se valora más que se les enseñe a los alumnos la Robótica.

Yo creo que no se debe humillar a los futuros trabajadores. Los futuros trabajadores – los estudiantes de hoy – son, ante todo, personas. Y las personas humanas no solo necesitan saber hacer cosas; necesitan, también, poder expresarse con corrección. Y necesitan, ya que son seres racionales, saber pensar.

Formar a los alumnos no es equivalente a diseñar robots. Será muy útil diseñar robots; pero no es, a largo plazo, si solo se trata de eso, sensato concentrase en ese único objetivo.

La matriz de la enseñanza universitaria en Europa ha sido la Iglesia. Y, en el programa académico, estaban las Humanidades, la Filosofía y la Teología.

¿Es poco práctico observar ese programa? Quizá. ¿Es poco humano olvidarlo?  Sin duda. Es de lástima que se haga del hombre una máquina. La prehistoria de este sinsentido está en la artificial diferenciación – o separación – entre “Ciencias” y “Letras”.

Es imposible olvidar que el latín, en plena revolución científica, era el lenguaje común. Galileo tituló su obra fundamental: “De revolutionibus orbium coelestium”. Y las especialidades científicas eran, hasta casi nada, el siglo XIX, apartados de la Filosofía.

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25.06.16

Calumnia, que algo queda: La “Operación Retablo”

La calumnia, dice el Diccionario, es la “acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño”.

Y calumniar, han calumniado. A gusto. Por el solo afán de hacer daño a la Iglesia. Por nada más que eso, pero tampoco por nada menos que eso.

Me refiero a la así llamada “Operación Retablo”, una supuesta, o real, oscura trama de amaños en la restauración de arte sacro. Se trató, por todos los medios, de involucrar a un Obispo y a dos sacerdotes en el asunto. Sin base alguna. La verdad es que, algunos de los acusadores, quisieron mezclar en el tema a cuantos más curas, mejor. Sin fundamento objetivo, pero eso era lo de menos.

Si alguien, en ese proceso, no se ha portado bien, que sea juzgado. Pero es absurdo culpar a quienes nunca han tenido culpa. A quienes no han ganado ni un euro. Si a un párroco se le ayuda, con todos los permisos oficiales, a restaurar un retablo, no dirá que no. Pero el retablo no está en su salón privado, sino en la iglesia parroquial.

Pocas veces se piensa en que solo por velar por el patrimonio cultural – muy generalmente,  el único que hay en los pueblos y aldeas – los curas ya merecerían un buen sueldo. Lejos de eso, solo se amenaza con impuestos, con el famoso “IBI” y demás. Se ha perdido la racionalidad y la sensatez.

Todo lo que suene a Iglesia es sospechoso. Yo, que soy de tendencia un poco liberal en lo económico, casi sería partidario de cerrar todas las parroquias que no fuesen económicamente solventes. Pero esta opción condenaría al abandono más absoluto a las parroquias rurales, a las buenas gentes que desean contar con la celebración de la Santa Misa o con un entierro católico.

Sería injusto si se les concediese a partidos, sindicatos, fundaciones, etc., lo que se le negaría a la Iglesia Católica. ¿Qué debe primar: el bien de las personas o los intereses de un Estado totalitario?

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22.06.16

Cuidar más a nuestros feligreses

La parroquia, dice el Código de Derecho Canónico, es “una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio”.

Es una definición interesante: una comunidad de fieles, estable, con un pastor propio, que es el párroco. Obviamente no es una iglesia particular, sino que forma parte de una iglesia particular, presidida por el Obispo.

Muchas veces me pregunto cómo lograr que nuestras parroquias sean lo que han de ser. Y no pienso en términos de eficiencia o similares. Es verdad que esos parámetros no deben ser desdeñados sin más. Pero, la Iglesia, aunque está en el mundo, no es del mundo. No es una empresa ni una multinacional. Ni la parroquia es una franquicia. Es otra cosa.

Es una comunidad de fieles. El vínculo de unión que relaciona a todos los feligreses es la profesión de la fe, la oración, la vida cristiana y la celebración litúrgica. Es eso y no otra cosa. Una parroquia no es un club de fútbol, una agencia de viajes o un sindicato. Es una parroquia.

Y se trata de una comunidad estable, permanente, dentro de lo que nuestro mundo permite, hoy, que sea estable y permanente. En la mayor parte de los casos, ambas cualidades – estabilidad y permanencia – vienen dados por el lugar de residencia. Por la presencia en un determinado territorio.

Pero un territorio, en sí mismo, no es nada. Lo importante es quien habita ese espacio. Y, en eso, en la atención a las personas, sí que debemos mejorar, pienso yo.

El Papa habla mucho de la “Iglesia en salida”, de las “periferias” y demás. En el fondo, se trata de lo mismo de siempre: de que la Iglesia sea misionera.

Yo creo que una parroquia es misionera si cuida a sus feligreses. No es nada fácil hacerlo, pero hay que intentarlo. Hoy un católico es como un misionero que se adentra en un mundo indiferente, amigable, a veces, o, hasta, hostil. Cada uno de nuestros feligreses suele vivir en “territorio comanche”. Las personas que vienen a Misa son personas que, en su familia, no siempre están rodeadas de comprensión hacia la fe o la vida de fe. A veces, sí; muchas otras, no.

Pero, estos misioneros, que suelen ser las personas mayores, tienen la virtud de la fortaleza. La fe los ha acompañado a lo largo de sus vidas y no quieren, al final de las mismas, apostatar.

Es de justicia hacer todo lo posible para no abandonarlos. Y es, incluso, la mejor opción misionera no hacerlo.

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