20.12.14

El Hijo de María

El Libro Segundo de Samuel recoge la promesa hecha por Dios al rey David a través del profeta Natán: “afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y el será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre” (2 Sam 7,12.14.16).

 

Dios quiso fundar para David una casa, una línea sucesoria. Esta promesa está en el origen de la esperanza mesiánica: Dios enviará al Rey-Mesías, descendiente de David, para reinar para siempre.

 

Esta promesa tiene su cumplimiento en Jesucristo. El evangelio de San Lucas recoge el anuncio del ángel Gabriel “a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María” (Lc 1,27).

 

El ángel le dice a María: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1,31-33).

 

El plan de Dios se realiza de un modo sorprendente e imprevisto. El Hijo de María será no solo el sucesor de David, sino verdaderamente el Hijo de Dios. A la pregunta de la Virgen: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”, el ángel responde diciendo que su Hijo no tendrá un padre humano, sino que será concebido por obra del Espíritu Santo.

 

El Hijo de Dios, con la colaboración de María, se hace hombre a fin de instaurar el reino de Dios e introducir a los hombres en él. Con el anuncio del Evangelio se nos invita a nosotros y a todas las naciones a entrar en “la obediencia de la fe” (Rom 16,26), acogiendo el proyecto de Dios en nuestras vidas, reconociendo a Jesucristo como nuestro Rey y Salvador.

 

El papa Benedicto XVI, hablando a los sacerdotes de Roma, relacionaba el encuentro con Jesucristo con el conocimiento de Dios: “El encuentro con Jesús, con esta figura humana, histórica, real, me ayuda a conocer poco a poco a Dios; y, por otra parte, conocer a Dios me ayuda a comprender la grandeza del misterio de Cristo, que es el Rostro de Dios” (22-2-2007).

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18.12.14

El Papa y Cuba

Voy a ser muy sintético, ofreciendo tres citas de sendos discursos de los tres últimos Papas.

 

El primero, San Juan Pablo II. A su llegada a La Habana, el 21 de enero de 1998, decía:

 

“Amados hijos de la Iglesia católica en Cuba: sé bien cuánto han esperado el momento de mi Visita, y saben cuánto lo he deseado yo. Por eso acompaño con la oración mis mejores votos para que esta tierra pueda ofrecer a todos una atmósfera de libertad, de confianza recíproca, de justicia social y de paz duradera. Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba, para que este pueblo, que como todo hombre y nación busca la verdad, que trabaja por salir adelante, que anhela la concordia y la paz, pueda mirar el futuro con esperanza”.

 

El segundo, Benedicto XVI, quien el 28 de marzo de 2012, decía en la Plaza de la Revolución José Martí, en La Habana:

 

“Cuba y el mundo necesitan cambios, pero éstos se darán sólo si cada uno está en condiciones de preguntarse por la verdad y se decide a tomar el camino del amor, sembrando reconciliación y fraternidad”.

 

El tercero, el Papa Francisco, que ha mediado entre EEUU y Cuba para dar pasos en orden a levantar en embargo sobre la isla. La Secretaría de Estado ha comunicado:

 

“El Santo Padre se complace vivamente por la histórica decisión de los Gobiernos de los Estados Unidos de América y de Cuba de establecer relaciones diplomáticas, con el fin de superar, por el interés de los respectivos ciudadanos, las dificultades que han marcado su historia reciente.

En el curso de los últimos meses, el Santo Padre Francisco ha escrito al Presidente de la República de Cuba, el Excelentísimo Señor Raúl Castro, y al Presidente de los Estados Unidos, el Excelentísimo Señor Barack H. Obama, invitándoles a resolver cuestiones humanitarias de común interés, como la situación de algunos detenidos, para dar inicio a una nueva fase de las relaciones entre las dos Partes.

La Santa Sede, acogiendo en el Vaticano, el pasado mes de octubre, a las Delegaciones de los dos Países, ha querido ofrecer sus buenos oficios para favorecer un diálogo constructivo sobre temas delicados, del que han surgido soluciones satisfactorias para ambas Partes.

La Santa Sede continuará apoyando las iniciativas que las dos Naciones emprenderán para acrecentar sus relaciones bilaterales y favorecer el bienestar de sus respectivos ciudadanos.

Vaticano, 17 de diciembre de 2014”.

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17.12.14

Creer no es fácil, pero tampoco excesivamente difícil

Creer, en sentido teológico, es confiar en Dios y aceptar como verdadero lo que Él nos ha comunicado. No me parece excesivamente difícil aceptar que Dios existe. Lo que hay, al menos la realidad a la que tenemos acceso, es suficientemente “milagrosa”, sorprendente, como para sospechar que no ha podido surgir por casualidad.

 

Entre lo que llamamos “milagro” – en principio, algo extraordinario – y el más ordinario de los hechos la diferencia es más sutil de lo que parece. ¿Es milagroso u ordinario que pueda seguir respirando?, ¿es milagroso u ordinario que un avión no se caiga – y no me bastan las teorías de fluidos, sino que me remito a la experiencia de quien sube a un avión - ?, ¿es milagroso u ordinario que alguien ponga delante el bien de otro antes del propio? Todo queda remitido, en cierto modo, al propio juicio, a la idea que nos hagamos del mundo, tan complejo y, a la vez, tan simple.

 

Si escuchamos nuestra voz interior, si entramos en nosotros mismos, hay indicios suficientes como para formular la misma pregunta y para tomar en serio similares indicios que apuntan a Alguien más allá de nuestro propio yo. Algunas cosas nos parecen buenas o malas o, quizá, permitidas o prohibidas. Tal vez no sepamos muy bien por qué, pero sabemos – con un saber muy cercano a la vivencia – que es así.

 

Es posible que nadie, o casi nadie, me pueda demostrar que es un absurdo lógico matar a un inocente, pongamos por caso. Es posible idear razones o motivos que lo justifiquen – matar a un inocente -. Pueden ser – según qué inocentes – una carga insoportable, un lastre para el grupo, un freno para el despliegue de la propia personalidad. Pero, pese a todo, algo me dice, una voz que he de tomar muy en serio si quiero ser fiel a mí mismo, que no se puede matar a un ser humano inocente.

 

Para mí, en suma, el teísmo no es excesivamente difícil. Me parece más razonable aceptar la existencia de Dios que negarla. Por motivos que, a lo que se me alcanza, son puramente racionales.

 

Mucho más difícil es admitir la Encarnación. Todos los primeros concilios cristológicos  - al menos desde el de Nicea hasta el concilio IV de Constantinopla - , por decir algo, versan sobre lo mismo: el realismo de la Encarnación. Una cosa es aceptar que Dios existe y, otra, relacionada con la primera, pero más difícil, es reconocer que Dios nos sale al paso, que llega hasta nosotros. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI se preguntaba en uno de sus libros dedicados a Jesús de Nazaret: “¿Qué nos trae Jesús?”. Y contestaba: “Nos trae a Dios”.

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15.12.14

El aborto no tiene lógica, ¿o sí?

Abortar es interrumpir, de forma natural o provocada, el desarrollo del feto durante el embarazo. Si se trata de un feto humano nos encontramos, nos guste o no, con un ser humano en proceso de gestación. Porque no se puede ser cuasi-humano o medio humano; o se es humano o no se es.

 

Pero no es suficiente con eso. Humanos pueden ser el sudor, la sangre o las heces. Pero nadie dirá que el sudor, la sangre o las heces - o que un cabello o una uña - , son “un ser humano”. Un ser humano no es un “algo”, sino “alguien”, distinto y diferente de otros. En suma, una persona humana, otra persona humana. Humanidad y alteridad nos salen al paso. A un feto humano solo le falta - para ser, clara y visiblemente otro, para ser similar a nosotros -  llegar al final de su desarrollo y poder preguntarnos, él: ¿Tú, quién eres?

 

Un aborto natural es un accidente. Un aborto provocado es una acción. No es lo mismo caerse involuntariamente por las escaleras, con resultado de muerte, que descuartizar a una persona porque nos la hemos encontrado en las escaleras, en un momento en el que no nos resulta particularmente propicio habernos encontrado con esa persona.

 

Defender el derecho al aborto, el derecho a eliminar - por las razones que sean-  a un ser humano, a una persona humana en proceso de gestación, es, a mi modo de ver, defender cualquier cosa; cualquier atropello; cualquier abuso. Es consagrar el principio de que “solo sobreviven los más fuertes”.

 

El aborto provocado es un acto de violencia; de una violencia, a veces, respaldada por las leyes y hasta por la ayuda de determinados médicos. Algo similar sucede, en ocasiones, con la tortura, en la que colaboran legisladores – o ejecutores del poder – y supuestos expertos en medicina, o, más bien, expertos en los límites de resistencia de la naturaleza humana.

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13.12.14

Testigo de la luz

Juan el Bautista “venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él” (Jn 1,7). Juan niega su propia importancia: “No era él la luz, sino testigo de la luz” (Jn 1,8). Debemos aprender de su espíritu de abnegación, renunciando al propio protagonismo para dejar espacio al Señor que quiere venir a nuestras vidas.

 

Él no es el Mesías, ni tampoco el profeta Elías, ni el profeta semejante a Moisés anunciado en el Deuteronomio. Se define a sí mismo comola voz que grita en el desierto: ‘Allanad el camino del Señor’ ” (Jn 1,23). San Gregorio Magno comenta que “por nuestro mismo lenguaje sabemos que primero suena la voz para que después se pueda oír la palabra; mas San Juan asegura que él es la voz que precede a la palabra y que por su mediación el Verbo del Padre es oído por los hombres”.

 

Allanamos el camino del Señor, de Jesucristo, si oímos con humildad la palabra de la verdad y si preparamos la vida al cumplimiento de su LeyJuan es el precursor de alguien mayor que él; de Jesús. Él bautiza solamente con agua, pero Jesús bautizará comunicando el Espíritu Santo.

 

El Señor viene “para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61,1-2). Viene para restituir a todos los hombres la dignidad y la libertad de los hijos de Dios.

 

¿Cómo prepararnos para su llegada? San Pablo señala tres actitudes: la alegría constante, la oración perseverante y la acción de gracias continua (cf 1 Tes 5,16-24).

 

La razón de la alegría es la cercanía del Señor. La alegría completa “no puede proceder de criatura alguna, sino solo de Dios, en quien reside la plenitud de la bondad” (Santo Tomás de Aquino). En la medida en que le amemos más, mayor será nuestra alegría; una alegría que, iniciada en la tierra por la fe y la esperanza, tendrá su plenitud en el cielo.

 

La oración perseverante hace posible entrar en unión con Dios y así incrementar el amor hacia Él. Orando, nuestro corazón se inclina a desear fervientemente lo que esperamos conseguir y, de este modo, nos hace idóneos para recibirlo. Si oramos permanentemente haremos que nuestro deseo de Dios, de su venida a nuestras vidas, sea continuo y así nos prepararemos para acogerlo en nuestro corazón.

 

La tercera actitud es la acción de gracias “en toda ocasión”. En la celebración de la Eucaristía nos unimos a Cristo y a la Iglesia para ofrecer al Padre un sacrificio de acción de gracias; bendiciendo a Dios y expresando nuestro reconocimiento por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación (cf Catecismo 1360).

Guillermo Juan Morado.