25.05.16

Mascotas

Yo no soy mucho de mascotas. Los animales, para mi gusto, mejor en sus propios hábitats y, a poder ser, lejos de mí. Comprendo que nos unen, a los humanos y a los animales, el común origen de ser creados y de tener, animales y humanos, la facultad  genérica de sentir. Hasta ahí, de acuerdo.

Cuando yo era niño – hace ya de eso muchos años – teníamos en mi casa una perrita, muy pequeña y lista. Muy bonita y cariñosa. De vez en cuando, la perrita tenía cachorrillos, que distribuíamos entre los familiares y vecinos con gran responsabilidad, asegurándonos, en la medida de lo posible, de que serían bien tratados. Recuerdo una vez que uno de los cachorritos, dejándose llevar por la curiosidad de explorarlo todo, metió su cabecita en una rendija de un muro y no era capaz de sacarla. Tuvimos que llamar a alguien para que, con ayuda de no sé qué instrumento, ampliase el agujero para recuperar, sano y salvo, al perrito. Consiguieron excarcelarlo de su atadura, pero alguna lesión le hizo mella y murió, por desgracia, a los pocos días.

Luego llegó Lisa, una perrita que mi hermano menor encontró por ahí perdida y rescató. Como mi hermano menor era muy fan de Michael Jackson le puso de nombre “Lisa” que era, en aquel entonces, el nombre de la esposa del famoso cantante. Lisa, nuestra perra, fue una superviviente. Vivió más de lo que la mayoría de sus congéneres viven. Y se sobrepuso, ayudada por el cariño de los míos, a varios accidentes y atropellos, alguno de ellos verdaderamente grave.

Y ahora ronda por mi casa, por el entorno de mi casa, no dentro sino fuera de ella - aunque, si le dejan entrar, entra – Miziqui. A mí los gatos no me hacen mucha ilusión y Miziqui, él no tiene la culpa de ello, es un gato. Creo que también lo encontró por ahí uno de mis hermanos, yo creo que también fue el menor de ellos. Los hermanos menores, como no tienen hermanitos a los que mimar, miman a los animales. Puede ser que sea eso.

Hoy me han enviado un enlace a un artículo que me ha parecido muy sensato. Habla del exceso de cariño a los animales domésticos que, paradójicamente, se puede convertir incluso en una forma de maltrato hacia ellos: “humanizar a los animales hace que pierdan su identidad, que se sientan frustrados, ansiosos e inseguros”.

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24.05.16

“Todo podría ir a peor”

A veces, medio en broma, les digo a mis alumnos que un estupendo lema episcopal rezaría: “Todo podría ir a peor”. Ellos, mis alumnos, se ríen. Pero yo no estoy tan seguro de que esa risa esté muy justificada, más allá de la gracia que pueda hacerles la ocurrencia.

W. Benjamin usó una metáfora para describir – y criticar – uno de los dogmas de la modernidad: la idea de que, inexorablemente, todo irá a mejor. Se refería Benjamin, como se sabe, a un cuadro de Paul Klee titulado Angelus Novus. El ángel quiere detenerse en el pasado, para hacerse cargo de sus aspectos catastróficos y ruinosos, pero una tormenta de enorme potencia le impide plegar las alas y lo arrastra “irresistiblemente hacia el futuro”. A esa tempestad, a esa tormenta, le llamamos “progreso”.

Parece que una tormenta similar se apodera en ocasiones de nosotros, como creyentes y como ciudadanos. Parece que ese viento impetuoso nos impide leer la realidad tal cual es, para dejarnos mecer, o llevar, por lo que ostenta el marchamo del futuro, como si el futuro, sin más, nos garantizase algo mejor o algo auténticamente nuevo.

Lo “nuevo”, en sentido pleno, solo viene de Dios. Lo “nuevo” no es una tormenta ni un ciclón: “en el huracán no estaba el Señor” (1 Re 19,11). Dios más bien es amigo de la “brisa suave”, más del susurro que del ruido desproporcionado.

¿Todo va a ir a mejor, necesariamente, sea como sea? No. Las bienaventuranzas suponen una interrogación crítica frente a la ciega fe en el progreso. Corrigen las expectativas terrenas para elevarlas hacia el cielo. Todo podría ir a mejor, o a peor, pero – pase lo que pase - la esperanza que no falla solo radica en Dios (Rom 5,5). La virtud de la esperanza no es el Angelus Novus de Paul Klee. La esperanza, que se apoya solo en Dios, no pasa por encima del pasado ni del presente. Es una esperanza que confía en la definitiva justicia y en la definitiva misericordia, que vienen a ser lo mismo.

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20.05.16

Acostúmbrate a decir que no

Hay un punto en Camino, el libro quizá más emblemático de San Josemaría, que dice: “Acostúmbrate a decir que no”. Es una máxima muy breve y sencilla, pero muy sabia. Tomo nota de esa recomendación. Es obvio que deberíamos decir muchas veces, tantas como para acostumbrarnos, para adoptar una manera habitual de comportarnos, “no”. Simplemente “no”.

Y he pensado en esa frase al leer la noticia de que algunos sacerdotes navarros han sido objeto de extorsión por una banda de delincuentes. O pagaban a la banda o los acusaban de acoso sexual. Todo un montaje encaminado a un único objetivo: obtener dinero, caiga quien caiga.

Yo no he sido objeto de una extorsión tan descarada, de momento. Pero sí conozco ese proceder. Y he tenido que ir a la policía y al juzgado, incluso a un juicio. No porque nadie me acusase de nada, sino por testificar lo que yo había visto. Y lo que había visto era, ciertamente, una especie de “extorsión”, una “presión que se ejerce sobre alguien mediante amenazas para obligarlo a actuar de determinada manera y obtener así dinero u otro beneficio”.

Hay muchas formas de pedir dinero o ayuda. Algunas no son admisibles. Pedir coaccionando a quien se le pide, o insultándolo, o amenazándolo, o extorsionándolo, no es de recibo. Lo más sensato, en las parroquias, es no dar dinero a nadie. Al menos, a nadie que no sea conocido.

Una parroquia no es un cajero automático. Ni una parroquia tiene recursos ilimitados. Es más, el escaso dinero que entra, normalmente, en una parroquia es el resultado del esfuerzo y de la generosidad de personas que, por lo general, viviendo con muy poco, se desprenden de algo de lo suyo para ayudar a los demás.

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19.05.16

Pablo Iglesias, en Misa

Me parece muy bien que la Embajada de Ecuador y el Arzobispado de Madrid hayan pensado, y organizado, un funeral por las víctimas del terremoto acaecido en ese país. Cuando se considera que, humanamente, ya no se puede hacer nada, la fe nos dice que podemos hacer mucho. Podemos, siempre, rezar por los difuntos y, desde luego, acompañar la pena de sus familiares.

Un funeral, una oración católica en favor de los difuntos, en este caso de los dañados por una catástrofe natural, no es un atentado contra el orden público. Yo percibo que el deseo de ofrecer un funeral por unos difuntos es una expresión que brota de la libertad religiosa de los ciudadanos. En este caso, de los de Ecuador. Que, por lo que se ve, es una nación con mayoría de católicos. Nada raro, pues, que su Embajada en España pida que se rece por ellos.

¿Que la Embajada ha invitado a asistir al funeral a las más altas magistraturas del Estado? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Qué mal hacen, pongamos por caso, los Reyes de España en asistir a esa Misa? Yo creo que ninguno. Ni los Reyes, ni los representantes de los partidos políticos. Se ha dicho en la prensa que han estado presentes Albert Rivera y Pablo Iglesias, entre otros. Dos políticos, los mencionados, que no son, a confesión propia, cristianos. Pero, sin son políticos, deben respetar a los ciudadanos que les votan.

Los políticos no tienen mucho que decir en el tema religioso, no deben ejercer de pontífices. La Iglesia no es el Estado, ni el Estado es la Iglesia. Aunque la relativa autonomía del Estado con relación a la Iglesia no equivale, sin más, a pensar que el Estado sea Dios o una especie de sustituto de la razón humana. De cualquier modo, no creo que sea, en teoría, absolutamente imposible defender un Estado confesionalmente católico.

No es necesario defenderlo, quizá, pero no es imposible hacerlo. Los Estados deben sentirse limitados por leyes que van más allá de su alcance. Por ejemplo, por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Un Estado no totalitario no creo que pueda erigirse en norma suprema sobre todas las cosas.

¿Puede ir Pablo Iglesias a Misa? Claro que sí, sin entrar en sus convicciones personales. Que no creo que sean más confesantes que, por ejemplo, las de Albert Rivera. Un político debe apreciar lo que, justamente, emana del pueblo. La religión es, guste o no, una manifestación del sentir de muchos. Negarle, solo a la religión, el derecho de ciudadanía sería cercenar la expresión pública de algo muy humano, casi de lo que más singulariza a los humanos.

Ningún político ha de ser aficionado, por decreto, al deporte. Ni a la lectura. Lo que le debe preocupar es que los ciudadanos, a los que pretende representar, sean aficionados al deporte o a la lectura.

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17.05.16

La fe y la cultura, el creyente y el ciudadano

Algo nos pasa a los católicos. Es verdad que nuestra fe no es “mundana”, pero también es verdad que nuestra respuesta a la revelación divina ha de darse “en el mundo”. El “mundo” es un término ambiguo. Puede referirse a lo que Dios ha creado – y, en ese sentido, es básicamente bueno – o puede referirse a una especie de entramado que se opone a los planes de Dios – y, en este otro sentido, es malo -.

Pensar la fe como algo desencarnado, como una especie de compromiso de la conciencia ante la Palabra de Dios, sin más consecuencias en la realidad cotidiana, carece de coherencia. La fe cristiana es un sí a la verdad sobre Dios que afecta a la totalidad de lo que somos: nuestros pensamientos, nuestras acciones y, hasta, nuestras omisiones.

“Creer”, en el significado pleno de esta palabra, es profesar la verdad sobre Dios que Él mismo nos ha comunicado por medio de Jesucristo. Es, asimismo, observar los mandamientos: “el que obra la verdad se acerca a la luz” (Jn 3,21). Creer es orar. Creer es celebrar los sacramentos, sabiendo que Dios se sirve de lo sensible para conducirnos hacia Él.

La fe sola – la fe “sola” jamás es fe – es incompleta. La fe no consiste solo en creer lo que Dios ha revelado, ni solo en fiarse de Dios. La fe es la respuesta humana a la revelación divina (cf “Dei Verbum ” 5). Y una respuesta “humana” es completamente humana; afecta al alma y al cuerpo, al yo y a la sociedad, al espíritu y al mundo.

La fe implica la cultura: ”Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”, decía San Juan Pablo II. La “cultura” es el conjunto de los modos de vida y de costumbres de una sociedad. Una fe que no se concreta, que no se traduce, en modos de vida, no es fe, en el sentido pleno de la palabra “fe”.

No se puede ser cristiano, coherentemente, sin pretender que el mundo cambie para bien. No se puede ser cristiano y cruzarse de brazos ante la maldad evidente del aborto provocado. No se puede ser cristiano y racista. No se puede ser cristiano y defensor de la explotación de los débiles. No es compatible ser cristiano con cualquier cosa, porque la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. Y como el hombre es un ser social, la gracia ha de ayudar, asimismo, a mejorar la convivencia.

Y llegamos así al Estado. El Estado es el conjunto de los poderes y órganos de un país soberano. O sea, es una construcción humana, que surge como consecuencia del carácter social de los seres humanos. Lo que no es bueno para el hombre como individuo, no puede serlo para el Estado.

No es bueno para el hombre como individuo ignorar a Dios. No es bueno que cada uno considere su propio capricho como la norma del bien y del mal, de lo permitido y de lo prohibido. Si no lo es para el individuo, tampoco lo será para el Estado. Un Estado que se considere la “instancia última” sobre todo lo posible será, la historia así lo prueba, un Estado totalitario, que lo abarca todo, que se mete en todo, que no deja respiro a la libertad.

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