25.07.15

Dos peticiones al Apóstol

Con mayor exactitud, más que de dos peticiones al Apóstol, deberíamos hablar de dos peticiones a Dios por intercesión del apóstol Santiago. Las tomo, ambas, de la oración colecta de la misa de hoy: que sea fortalecida la Iglesia y que España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos.

Pueden parecer dos intenciones muy diferentes, pero yo creo que, en el fondo, no lo son tanto. La primera de ellas implora el fortalecimiento de la Iglesia. ¿En qué consiste esta fortaleza? Pues, ante todo, en la pureza, en la autenticidad, del testimonio de los miembros de la Iglesia. La Iglesia, siempre débil ante el mundo, es fuerte, con la fortaleza que viene de Dios, si los fieles cristianos intentan que no exista separación entre la fe y la vida. Solo esa coherencia martirial confiere a la Iglesia credibilidad.

Decía esta mañana el arzobispo de Santiago, don Julián Barrio: “Necesitamos coraje moral para salir de la irresponsabilidad, del escepticismo y de la inmoralidad. No faltan testimonios valientes y humildes”. Y añadía: “Solo puede predicarse [el Evangelio] con credibilidad desde la cruz, desde la pobreza y desde la libertad, redescubriendo la necesidad de Dios en la vida del hombre, y la exigencia de la espiritualidad para superar una visión puramente material de nuestra existencia”.

El fortalecimiento de la Iglesia o, dicho de otra manera, la santidad de los cristianos, no es una amenaza para la sociedad. Muy al contrario, “el cristianismo favorece la vida espiritual de las personas y de los pueblos, iluminando la dimensión cultural, social, económica y política para volver a la verdad del hombre”, añadía el arzobispo. De ese modo se transforma la sociedad.

¿Cómo entra hoy Dios en el mundo? Hans Urs von Balthasar decía en su Teología de la historia que Dios renueva su presencia en el mundo generando santos. Y los santos son los testigos creíbles que hacen fuerte a la Iglesia.

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15.07.15

El callejero de Madrid y la memoria histórica

Hoy he leído, un tanto sorprendido, no por el fondo sino por la forma, algunos artículos publicados en periódicos de Galicia. Se mostraban muy molestos, los autores de estos textos, por el propósito del Ayuntamiento de Madrid de borrar del callejero a personajes como, por ejemplo, a Álvaro Cunqueiro.

Álvaro Cunqueiro es un importante literato gallego. Si no han leído “Merlín y familia” o “Si el viejo Simbad volviese a las islas”, háganlo. Si lo hacen, en el caso de que aún no lo hayan hecho, me evitarán dar más explicaciones.

Yo no he conocido a Álvaro Cunqueiro (1911-1981), aunque sí, por una razón puramente circunstancial, a su hijo César Cunquiero, un notario que tenía su notaría muy cerca de donde está mi parroquia. Por una consulta técnica, como motivo, pude hablar con él y quedé impresionado por su inmensa cultura.

En el Faro de Vigo han publicado un artículo titulado, ni más ni menos, “Cunqueiricidio”. Lo firma Ceferino de Blas y dice, entre otras cosas:

“Si los concejales madrileños persisten en su intención de expulsar del callejero a Cunqueiro, y la larga lista de escritores y artistas que vivieron durante el franquismo y prestigiaron la cultura -Dalí, Josep Pla, Mihura, Jardiel Poncela, Julio Camba…-, no merecen estar donde están. Son mastuerzos. Previsiblemente no se llevará a cabo el cunqueiricidio porque PSOE, PP y Ciudadanos se lo impedirán al grupo de la alcaldesa Manuela Carmena. Pero basta la intención para dejar en evidencia el sectarismo de quienes lo pretenden. Sin quererlo, inciden en los mismos errores de quienes más odian, los fascistas. Lo mismo que los nazis perseguían a los artistas de vanguardia, a éstos, llamémoslos “neos” - leninistas, marxistas u lo que sean, también les estorban los escritores y artistas que no consideran de su cuerda. Interpretan “su” memoria histórica -como ellos la entienden-, como “la” memoria histórica. Olvidan la coplilla machadiana (de Antonio, el bueno), al malo (Manuel) también quieren quitarle su calle: “tu verdad, no, la verdad, vamos juntos a buscarla, la tuya guárdatela".

No menos complacientes están en La Voz de Galicia, periódico en el que Roberto L. Blanco Valdés escribe: el nuevo equipo de gobierno de Madrid está preparando “una amplia lista de figuras de nuestra historia para limpiar su callejero de franquistas reales o supuestos. ¡Una nueva depuración! ¡A estas alturas! Pues sí, otra más, en la que los inquisidores no se han parado en barras al repartir los capirotes”. Y cita a Eugenio D’Ors, a Josep Pla, Jardiel Poncela, Miguel Mihuera, Gerardo Diego, Manuel Machado y, también, Álvaro Cunqueiro.

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14.07.15

Primero una cosa y luego otra

Es muy mala receta que uno se deje agobiar. A veces será inevitable sentir agobio y cansancio, pero no siempre será, ni de lejos, la única ni la mejor receta. Aunque es normal que uno desconfíe de las “recetas”, ya que las situaciones que nos toca vivir son, casi siempre, muy peculiares.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28), nos dice Jesús. Tomando literalmente estas palabras, el Señor promete solo “alivio”, que no es poco. “Aliviar” es quitar parte del peso que pesa sobre uno. Si uno ha tenido la experiencia de cargar con un peso excesivo y alguien se ha ofrecido a hacerse cargo de una parte de ese peso, uno se tiende agradecidamente aliviado.

Muchas veces la carga excesiva está en la realidad, sí, pero también en la anticipación que nuestra mente hace de esa carga, de ese peso. Podemos hacer que muchas cosas nos afecten antes de tiempo. Incluso quizá no nos lleguen a afectar, pero si las anticipamos, nos afectarán.

Dios no nos va a obligar a cargar con un peso que exceda nuestras fuerzas. Haremos, en lo posible, lo que nos toque hacer. No somos el centro del universo ni la clave de bóveda de la que dependa las grandes causas de la justicia en el mundo o de la equidad universal.

A cada cual le toca lo suyo. Haremos, quizá, muy poco, si nos centramos en un plazo muy corto. Haremos mucho si, “primero una cosa y luego otra”, tratamos de dar lo que podamos dar de nuestra parte.

Dios es misericordioso y omnipotente. También es paciente. Dios sabe esperar. Lo mismo debe hacer cada uno de nosotros. Esperar. La siembra no es la cosecha. El éxito y el fracaso no son inmediatos. Y si uno hace lo que puede, “primero una cosa y luego otra”, no puede fracasar más que aparentemente.

Pero la apariencia no es la verdad. La apariencia y la verdad solo coinciden, al cien por cien, en Cristo, al menos si se ve esa coincidencia desde la perspectiva de Dios. Desde la óptica humana, ni en ese caso.

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4.07.15

Orgullo

Se ensalza mucho la palabra “orgullo”, como si el hecho de ser –  o sentirse – orgulloso de algo fuese, en sí mismo, una virtud. Realmente la palabra “orgullo” tiene, más bien, una connotación negativa: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”, dice el “Diccionario”.

El orgullo suele coincidir, pues, con el exceso: bien sea de altanería, de insustancialidad o de aprecio de uno mismo. Los excesos no son buenos. Y el orgullo, aun en el hipotético caso de que nazca de causas nobles, no es muy noble. Lo noble es la humildad, el antónimo por excelencia del orgullo.

La humildad es compañera de la verdad. El orgullo lo es de la mentira, aunque esta mentira se disfrace de “piadosa”. En el plano de la verdad, uno puede sentirse conforme con lo que es, o agradecido, o resignado o hasta desgraciado. No creo que nunca uno pueda sentirse orgulloso de nada.

Expresiones como “estoy orgulloso de mis padres” o “de mi patria” o de… no dicen, si vamos al fondo, gran cosa. Por buenos que sean nuestros padres, ninguno de nosotros ha podido elegirlos. Ni tampoco el lugar de nuestro nacimiento.

El orgullo está peligrosamente cerca de la soberbia; tan cerca que casi se identifica, en su apuesta por el exceso, con ella. Y la soberbia, lo sabemos, es uno de los pecados capitales, quizá el más capital de todos ellos; o sea, es un pecado, un vicio, que da origen a muchos otros.

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3.07.15

Votación griega

Está medio mundo – europeo - como en un “ay”. ¿Qué votarán los griegos en esta especie de “referéndum exprés”? Pues no lo sé, ya que, con seis meses en el poder, el gobierno de Syriza ha preferido no dejar mucho tiempo para pensar en las implicaciones de un “sí” o de un “no”.

Son seis meses en los que no se sabe si, los gobernantes griegos, han puesto a prueba todas las posibilidades de la teoría de juegos o si, a la vez, se han sentido vinculados por sus promesas electorales… Quizá haya un poco de todo. Se podría decir que estos nuevos gobernantes no han firmado los anteriores acuerdos, pero es evidente que si acceden al poder se responsabilizan de los compromisos de que quienes les han precedido en su ejercicio. Para cumplirlos, o para tratar de incumplirlos. Se hereda todo, lo que gusta y lo que no. Sobre todo si quien se presenta a heredero sabe, de sobra, con qué historial le tocará lidiar.

Un discurso binario de buenos y malos es demasiado simple para ser verdadero. Las llamadas “Instituciones” tienen mucho que ver con los socios de la Unión Europea y de la zona euro. El dinero prestado a Grecia no cae del cielo, sino que proviene claramente de las aportaciones de los demás contribuyentes comunitarios.

No es, me parece a mí, una ocasión para el romanticismo. Claro que lo ideal es que todo sea una balsa de aceite. Pero, ¿quién sostiene la viabilidad de esa balsa? ¿Cómo se apuntala la solidaridad si no hay ingresos?

Pero hay un elemento que me sorprende más cuando se oye, en voz muy alta,  que el “no” sería la única opción justa en el referéndum – que tampoco tiene tanta importancia, porque votan algo de ayer y ya no de hoy - . Lo que me sorprende es que, a veces, parece que no se piensa en las consecuencias de los actos.

No se puede actuar de modo intrínsecamente inmoral, sean cuales fueran las consecuencias. Pero, salvo en ese reducto, hay que atender mucho a las consecuencias.

¿Cuáles serían en el caso del referéndum griego?: ¿Es claramente un daño duradero, grave y cierto que los demás socios de Grecia pidan que les devuelva, Grecia, lo que le han prestado? Quizá no puedan devolverlo todo, pero, al menos, la voluntad de devolverlo sí cuente.

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