20.04.14

Domingo de Pascua: La conversión y la fe

A las 12:15 AM, por Guillermo Juan Morado
Categorías : General

Homilía para el Domingo de Pascua (Ciclo A)

El Salmo 118 es, en la liturgia cristiana, el salmo pascual por excelencia: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

La piedra desechada por los arquitectos es Cristo, que sufre la Pasión. Él, desechado por los suyos, se convierte, no obstante, en piedra angular por su resurrección de entre los muertos. Sobre esta piedra, que constituye el fundamento de todo el edificio, se levanta la Iglesia. Por su misterio pascual, Cristo “con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida”. “Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la Iglesia”, enseña el Concilio Vaticano II en la constitución “Sacrosanctum Concilium”, 5.

El solemne anuncio de la resurrección, el “kerigma”, consiste precisamente en la proclamación de que a Jesucristo “lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de la resurrección”, dice San Pedro (cf Hch 10,34.37-43).

Escuchar este anuncio no puede dejarnos indiferentes. Estamos llamados a convertirnos y a creer. La predicación del misterio pascual nos invita a la conversión y a la fe, contemplando al “verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo”. Convertirse equivale a pasar de las tinieblas a la luz, del sometimiento al poder de Satanás a la entrega en las manos de Dios, del estado de ira al estado de gracia.

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18.04.14

La virginidad y el sepulcro

A las 10:41 PM, por Guillermo Juan Morado
Categorías : General

Homilía para la Solemne Vigilia Pascual

En la aurora del domingo, las dos mujeres que acuden al sepulcro – María Magdalena y otra María - son destinatarias de una revelación divina, realizada por medio del ángel, y de un encuentro con el Señor vivo. En la aceptación de la palabra que Dios les dirige a través de su mensajero y, sobre todo, en el encuentro con el Resucitado, se fundamenta la fe en la Resurrección. Como confirmación, se señala que el sepulcro está vacío.

Todos los elementos que destaca San Mateo en este relato pascual (cf Mt 28,1-10) describen una teofanía, una manifestación de Dios: un gran terremoto sacude la tierra, un ángel del Señor baja del cielo y muestra, con su conducta, haciendo rodar la piedra del sepulcro y sentándose encima, que el sepulcro de Jesús está definitivamente abierto; es decir, que Dios ha triunfado permanentemente sobre la muerte. Se comprende, ante esta irrupción de lo divino, el temor que experimentan los guardias y también las mujeres.

El mensaje del ángel es muy claro: “No está aquí, pues ha resucitado como lo había dicho” (Mt 28,6). El Señor había anunciado su pasión, su muerte y su resurrección y ese anuncio se ha cumplido. El Crucificado está vivo. Ya no está en el sepulcro: “Aquél a quien la virginidad cerrada había traído a esta vida, un sepulcro cerrado lo devolvía a la vida eterna. Es un prodigio de la divinidad el haber dejado íntegra la virginidad después del parto y haber salido del sepulcro cerrado con su propio cuerpo”, comenta San Pedro Crisólogo.

El ángel, además de esa noticia, les da un mandato a las mujeres: “Id a prisa a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis’”. Pero el Señor se adelanta y les sale al encuentro.

Aquellas mujeres, movidas por una fe unida al amor, lo reconocen enseguida. Abrazan sus pies, que no son los pies de un fantasma, de un espectro que pertenezca aún al reino de la muerte, sino que son los pies de quien ha nacido para nunca más morir. Y lo adoran, postrándose ante Él, como habían hecho los Magos en Belén.

El mandato del ángel de ir a Galilea es planteado también por el mismo
Jesús: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

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15.04.14

El fulcro del Año litúrgico

A las 11:11 PM, por Guillermo Juan Morado
Categorías : General

El “fulcro” es el punto de apoyo de la palanca. Pues en el Año litúrgico – que conmemora el misterio de Cristo – ese punto de apoyo es el Triduo Pascual: el Viernes Santo, el Sábado Santo y el Domingo de Pascua.

La imagen del “fulcro” es de Benedicto XVI, en una Audiencia General (8 de Abril de 2009). Yo no sé si los católicos, y – más en concreto – los sacerdotes, aprovechamos bien ese inmenso patrimonio de doctrina, pedagógicamente expuesta, que nos ofrecen las Audiencias de los Papas.

Una encíclica, o una exhortación apostólica, toca, por lo general, muchos temas. Una “Audiencia” toca solo un tema, y brevemente. Ya sé, ya lo sé, que el peso magisterial, formalmente considerado, no es el mismo. Pero los textos de esas audiencias, quizá con menos autoridad formal, no dejan de tener una enorme autoridad moral. No es bueno, por otra parte, que caigamos en el formalismo.

El Papa no es un oráculo, pero el Papa es maestro. Y suele enseñar bien. Entre otras razones, porque sus textos suelen estar muy bien preparados.

El Triduo Pascual – o Triduo Sacro – centra nuestra atención en la salvación que nos llega por el sacrificio de Cristo. La forma divina se ocultó, en Cristo, bajo la forma humana. Y se ocultó hasta las últimas consecuencias: hasta la muerte. Y no una muerte cualquiera, sino una muerte de cruz.

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14.04.14

La Cruz de Cristo y la seriedad de la Redención

A las 10:39 PM, por Guillermo Juan Morado
Categorías : General

En su primera Audiencia General, el papa Francisco explicó, el 27 de marzo de 2013, el significado de la Semana Santa. Decía el Papa: “Vivir la Semana Santa es entrar cada vez más en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es ante todo aquella del dolor y de la muerte, sino la del amor y del don de sí que trae vida”.

La “lógica de Dios” es el pensamiento divino, su modo de razonar, por decirlo de algún modo. Y esta lógica no siempre coincide con la de los hombres. A Pedro, que muy humanamente rehuía la posibilidad de la Pasión del Señor, Jesús le contesta de una manera tajante: “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” (Mc 8, 33).

A los hombres nos repugna el dolor, nos aflige el dolor, nos asusta la Cruz. ¿Por qué nuestro rescate, nuestra redención, pasó de hecho por la Cruz? Porque el abismo del que teníamos que ser rescatados era demasiado profundo. No parece “posible”, coherentemente, un rescate más simple.

Si hay un naufragio, un incendio o cualquier otra catástrofe, el salvamento de los afectados no es sencillo. Si el mal es muy grande, el rescate de ese mal entraña un riesgo literalmente de muerte.

Quizá tendemos a minimizar el pecado, a no darle demasiada importancia. Pero esta reducción del peso y de la trascendencia del pecado contradice la observación del mundo. Banalizar el pecado equivale a mofarse de las víctimas del mismo.

El lastre del mal, del pecado, es evidente; se impone con una patencia absolutamente indiscutible. Basta abrir los ojos para constatar, como lo hizo Pascal en uno de sus “Pensamientos”, que “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo”. El mal, el pecado, no es una magnitud puramente “metafísica”, de segundo nivel, alcanzable casi solamente mediante una reflexión abstractiva.

No. El mal, el pecado, y las consecuencias del pecado cuestan sangre y dolor y sufrimiento. Niños matados antes de nacer. Niños privados de la inocencia. Niños asesinados. Y jóvenes y adultos y ancianos. Un periódico es todo un tratado sobre el hilo de sangre que dejan, como secuela, el mal y el pecado.

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12.04.14

El verdadero monte de Dios

A las 11:45 AM, por Guillermo Juan Morado
Categorías : General

Homilía para el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

La entrada del Señor en Jerusalén tiene como meta la cruz: “es la subida hacia el ‘amor hasta el extremo’ (cf Jn 13,1), que es el verdadero monte de Dios” (Benedicto XVI). En este sentido, la celebración del Domingo de Ramos une el recuerdo de las aclamaciones a Jesús como Rey y Mesías con el anuncio del misterio de su Pasión.

“Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el
Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo!” (Mt 21,9). Esta exclamación, “Hosanna”, era una expresión de súplica y, a la vez, de alegría con la que los discípulos y los peregrinos que acompañaban a Jesús manifestaban su alabanza jubilosa a Dios, la esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías y, a la vez, la petición de que fuera instaurado el reinado de Dios.

Jesús es aclamado como “el que viene en nombre del Señor”, como el Esperado y Anunciado por todas las promesas. El profeta de Nazaret de Galilea, desconocido para la mayoría de los habitantes de Jerusalén, es, sin embargo, reconocido por los niños hebreos como el hijo de David (cf Mt 21,15).

Jesús es el Rey que, tal como había profetizado Zacarías, se presenta de forma humilde, montado en una burra acompañada por su burrito (cf Mt 21,5). Es un rey manso y pacífico, que no viene a disputar el poder al emperador de Roma, sino viene a cumplir la voluntad salvadora de Dios. “Él es un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y de la sencillez, un rey de los pobres”, comenta Benedicto XVI.

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Guillermo Juan Morado

Guillermo Juan Morado

Guillermo Juan Morado es sacerdote diocesano. Doctor en Teología por la PUG de Roma y Licenciado en Filosofía.

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