20.05.15

“Tomar la Comunión”

Una cosa es la semántica de las palabras y otra la pragmática. Quizá semánticamente la expresión “tomar la Comunión” sea correcta, pero si atendemos a los usuarios del lenguaje y a las circunstancias de la comunicación, no me parece muy logrado hablar de “tomar la Comunión”.

Me ha chocado escuchar noticias del tipo: “La Princesa de Asturias ha tomado la Comunión”. No sé, pero creo que cuando hablamos decimos cosas como “tomar una caña”, pero no me suena lo de “tomar la Comunión”.

Es verdad que una de las acepciones del verbo “tomar” es “recibir algo y hacerse cargo de ello”. O también “comer o beber”.

Al comulgar por primera vez recibimos a Cristo que se hace alimento para nuestra alma: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo” (Mt 26,26). Jesús se identifica con el pan partido y entregado para alimentar y dar vida.

De todos modos, en vez de usar “tomar la Comunión”, me parecería mejor emplear otras formas de hablar: “Ha recibido la Primera Comunión” o, simplemente, “ha hecho su Primera Comunión”.

Hacer la Primera Comunión significa recibir por primera vez a Jesucristo que viene a nuestro encuentro en este Sacramento. No es tanto que nosotros vayamos a su encuentro, sino que, sobre todo, es Él quien viene a nuestra vida.

La Comunión sacramental es un signo eficaz de la comunión real, del encuentro entre cada uno de nosotros y Jesús, “cuyo reino no tendrá fin”, como dice el Credo. Es decir, entre cada uno de nosotros y el Hijo de Dios hecho hombre, y no por una temporada, sino para siempre.

Para siempre, desde la Encarnación, el Hijo de Dios es hombre, sin dejar de ser Dios. Y por ser Dios y hombre es el mediador entre Dios y los hombres: es el “universal concreto”.

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18.05.15

Una experiencia enriquecedora: Director de un Instituto Teológico

Estoy ya “en funciones” en el cargo de director del Instituto Teológico de Vigo, afiliado a la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de Salamanca. Han sido seis años, dos trienios – ya que se elige al director cada tres años – , muy interesantes. No era conveniente ni deseable un tercer trienio – que ya tendría carácter excepcional - . Yo apuesto por lo “ordinario”, en el mejor sentido del término. Y no es bueno que un Centro se identifique con una persona.

Dentro de la defensa de lo “ordinario”, está mi apuesta por mantener, siempre que sea viable, el Seminario en la Diócesis. A veces no cabe hacerlo y hay otras alternativas: un Seminario interdiocesano, regional o nacional. No son malas opciones. Pero lo mejor es, si se puede, esforzarse por mantener el Seminario en la Diócesis.

Y, si hay Seminario, ha de haber un Centro de Estudios – normalmente un Instituto Teológico, afiliado a una Facultad de Teología - , para que los cursos estén convenientemente respaldados académicamente a fin de que los egresados cuenten con la titulación adecuada.

Seminario e Instituto Teológico suponen un enorme esfuerzo para una diócesis, pero creo que el esfuerzo compensa. Significa, contar con esas instituciones, la necesidad de estar continuamente apostando por el futuro. Significa vivir de la fe. Supone tener un lugar de referencia para todo aquello que tiene que ver con algo no opcional, sino esencial: la formación teológica.

Si hay Centro de Estudios – uno en esta expresión el Seminario y el Instituto Teológico – habrá que:

  1. Intentar que haya sacerdotes que se especialicen en las diversas ramas de los estudios eclesiásticos: Filosofía, Teología, Derecho canónico…
  2. Ofrecer a los sacerdotes y a los laicos cursos académicos de calidad para que puedan avanzar en la reflexión sobre la fe.
  3. Abrir un espacio de diálogo entre fe y cultura, entre saberes seculares y saberes que provienen de la fe.

Un Centro de Estudios, con más o menos alumnos, pero con buenos profesores, es una instancia misionera muy valiosa. Y la luz que proviene de ahí abarca a los candidatos al sacerdocio, a los ya sacerdotes, a los fieles laicos y a la sociedad en general.

En estos seis años no han faltado los trabajos: Los informes para la renovación de la afiliación – que ha de conceder la Santa Sede -; la adaptación de los estudios al Plan de Bolonia; la evaluación interna y externa del Centro; la renovación del Plan de Estudios, a fin de aplicar el Decreto de la Santa Sede sobre los estudios de Filosofía, etc.

También nos ha tocado elaborar planes de Formación teológica para sacerdotes y un Aula de Teología para laicos.

Y no es menor esfuerzo hacernos presentes en la prensa local, cada vez que los medios piden una palabra que pueda tener que ver con la Teología, que interesa menos de lo que nos gustaría a los que nos dedicamos a enseñar, pero más de lo que pensamos.

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13.05.15

Una castaña no es un castaño, ¿y qué?

Los defensores del aborto no dejan de bucear en los argumentos. Los defensores del aborto, algunos de ellos, son personas inteligentes. Yo, desde luego, no creo que sean menos inteligentes que yo. Es decir, pienso que son, en general, personas normales, como creo que lo soy yo.

Suelen extrapolar, los defensores del aborto, la diferencia aristotélica entre acto y potencia. Y es una buena distinción. La sustancia, lo que es, tiene capacidades o posibilidades de llegar a ser lo que aún no es de modo manifiesto. Por ejemplo, un niño no es, en acto, un adulto, pero puede llegar a serlo. Tiene la capacidad de llegar a serlo.

La potencia es un no ser relativo. Aún no es lo que puede ser, pero puede llegar a serlo. Pero hasta la potencialidad de una sustancia viene determinada por la naturaleza de esa sustancia. Una castaña puede llegar a ser un castaño, es verdad; pero no puede llegar a ser una ballena.

Pero el problema es que los defensores del aborto se fijen muy poco en lo sustancial. Se fijan en que una sustancia, una realidad, pueda cambiar, evolucionar. Pero no se detienen en lo que la sustancia es, sea en potencia o en acto.

A mí casi me da lo mismo, sustancialmente, tirar a la basura una castaña o talar un castaño. Sustancialmente, no hay cambio. Aunque sea deplorable cortar un castaño. Claro que es una pena talar un castaño y, sin embargo, carece de gravedad deshacerse de una castaña. Por muy malo que sea, y creo que lo es, talar un castaño, es solo eso: talar un castaño. Una castaña aún no es, y puede no llegar a serlo, un castaño. Tirar una castaña no daña el universo de los árboles. Talar un castaño, quizá sí, pero no necesariamente. Pero sin castañas no habría castaños.

En el aborto, la comparación flaquea. Claro que hay cambio, claro que hay paso de la potencia al acto, entre un embrión y un hombre adulto. Pero, en este caso, lo importante no es el cambio, sino la sustancia.

¿Hay cambio? Sí. Pero una semilla de lechuga no se convierte en un gato. Hay cambio, pero en la continuidad. Si hablamos de un ser humano, lo sustancial es que es humano. ¿Cambia? Sin duda. Puede llegar a ser un niño, un adolescente, un joven, un adulto o un anciano. Pero sustancialmente llegará a ser, tiene la potencialidad de llegar a ser, lo que básicamente es desde el comienzo: un ser humano.

El problema radica en si empezamos a distinguir cuándo sí y cuándo no el ser humano es digno de respeto. ¿Cuándo es feto es digno de respeto? Si se dice que “depende” cabría preguntar, de nuevo: ¿Y de niño?. Si se vuelve a decir que “depende”, la pregunta se puede volver a formular: ¿De adolescente, de adulto, de anciano?

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8.05.15

¿La Misa de Primera Comunión es una Misa? Sí, lo es

Soy un asiduo lector de la revista Liturgia y Espiritualidad, publicada por el CPL de Barcelona. Leyendo esa revista siempre aprendo algo. Y trata sobre dos cuestiones que me interesan mucho: la liturgia y la espiritualidad.

He de confesar – y no creo que sea el único – que, cuando recibo un nuevo número, voy en seguida a la última sección, al “flash litúrgico”; una sección que firma Jaume González Padrós, director de la revista y del Instituto Superior de Liturgia de Barcelona.

Jaume González Padrós es una persona genial, extraordinaria. Y es capaz de unir el rigor del pensamiento con el humor y con una ironía que hace pensar a cualquiera.

El “flash litúrgico” de abril de 2015 se titula: ¿La misa de primera comunión es una misa?. Es un texto muy breve, como todos los flashes, pero es un texto cargado de sabiduría.

Yo espero que Liturgia y Espiritualidad no me demande, por esas cosas jurídicas de los derechos de autor. Porque pienso reproducir, casi en su totalidad, este artículo. Don Jaume dice cosas obvias que – ¡terror y pavor¡ – han dejado de serlo: La Misa de Primera Comunión es, ni más ni menos… una Misa.

¿Qué podría ser? ¿Qué se puede dar por hecho que es? Pues depende del consumidor, o del consentidor. No es un show, no es una fiesta infantil, no es un espectáculo de fin de curso, no es – tampoco – un momento de oración muy bonito para los niños.

Ni es un pase de moda – infantil, femenino o masculino - . No es nada de eso. Es una Misa; es decir, “una acción sagrada por excelencia, en la que se debe participar de forma activa, consciente y etcétera”.

Esta obviedad – hoy decir lo obvio es casi como proclamar el fin de los tiempos – han de asimilarla también los párrocos. La Misa de la Primera Comunión no es una “Misa de niños”, sino una “Misa con niños”. Y se supone que, tras el período de catequesis, los niños no están incapacitados para participar en la Eucaristía y para saborear “la grandeza de lo sagrado”.

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6.05.15

Recordar la doctrina católica es un servicio que se presta a los fieles

Recuerdo una experiencia propia. Hace ya muchos años celebraba la Misa un domingo en una parroquia de la que yo había sido, por poco tiempo, párroco. Ese día ya no lo era. Y me tocó leer el pasaje de Mateo 5,32: “Se dijo: ‘El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio’. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer – no hablo de unión ilegítima – y se casa con otra, comete adulterio”.

 

Con esas palabras, “no hablo de unión ilegítima”, Jesús no contempla una excepción a la indisolubilidad del matrimonio, sino que se refiere a uniones que no son, en absoluto, matrimonio.

 

Pero vayamos a la anécdota. La lectura de ese versículo de San Mateo provocó, en alguien que estaba hacia el fondo de la iglesia, una reacción airada. Algo así como “cállese, no se meta en eso”. No recuerdo la expresión exacta. Yo me limité a responder que si, en la celebración de la Misa, no se puede leer el Evangelio, muy mal van las cosas.

 

No increpaba esa persona, era un hombre, mi predicación. Ni siquiera había empezado a predicar. Se revolvía él contra nada menos que las palabras de Cristo. Pretendía, quizá cuestionado en su personal situación – no lo sé - , evitar que las palabras de Jesús le resultasen molestas.

 

En cierto modo, su reacción era lógica. No nos gusta que nos digan que algo que para nosotros está bien está, realmente, mal. Bueno, nos escuece que nos lo digan porque, en el fondo, sabemos que está mal. Lo que nos escuece es que nos lo recuerden.

 

Si alguien está convencido de que puede dejar a su mujer y casarse con otra, o a su marido y casarse con otro, si  alguien cree que eso está muy bien, no entiendo por qué pretende que la Iglesia – sea el Papa o sean los obispos – le dé la razón. Nadie busca que otros aprueben la convicción íntima de que pegarle a la propia madre es muy feo. Nadie lo pretende. Sabemos que está mal y nos basta.

 

Si buscamos con una exigencia inaudita el aplauso para una conducta que sabemos que no es ejemplar, dejamos entrever que nuestra convicción no es tan firme como, interesadamente, nos parece.

 

Recordar a los fieles, y a nosotros mismos, que también somos fieles cristianos, la doctrina de Cristo no es un agravio que se le haga a nadie; más bien, es un servicio que se presta a todos. Los bailes de disfraces pueden ser muy divertidos, pero solo en un contexto de broma y de frivolidad. A nadie le agradaría que, si ha de ser intervenido quirúrgicamente, alguien se disfrazase de cirujano sin serlo.

 

¿Qué importaría que el obispo, el párroco o hasta – pongamos un imposible – el Papa me diese la razón en lo que yo sé que no me puede dar la razón? No serviría de nada. Una de dos: si sé que hago lo correcto, no hace falta que nadie me lo diga, ya lo sé. Si creo que lo que hago no es lo correcto, es una muestra de irresponsabilidad pedir que otros me tranquilicen. Esta necesidad de aprobación externa revela una enorme inseguridad de fondo.

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