23.09.14

El tribunal de las urnas y el Tribunal de Dios

El tribunal de las urnas y el Tribunal de Dios

Me dicen que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha confirmado este martes la retirada del anteproyecto de Ley Orgánica de Protección del Concebido y los Derechos de la Embarazada redactado por el Ministerio de Justicia. Alega que no ha encontrado el consenso suficiente para sacar la reforma adelante y habrá pensado que de llevarlo a cabo lo pagaría ante el tribunal de las urnas. Es posible.

A mi parecer éste es un día trágico para ser recordado. Si yo fuera uno de los miembros de este Gobierno que se consideran católicos estaría sobrecogido ante la posibilidad de comparecer de improvisto ante el Tribunal de Dios sin haber podido confesarme, enmendarme y satisfacer debidamente. ¡Qué responsabilidad tan terrible! ¡Haber podido cancelar una ley que contradice abiertamente la ley natural y la Ley divina y no haberlo hecho! ¿Qué alegar al comparecer ante el Juez Supremo valedor de la vida de los más débiles e inocentes?

Del mismo modo que las matanzas de Egipto clamaban ante la justicia divina, hoy, el nefando crimen del aborto, en expresión del Concilio Vaticano II, clama ante Dios. Ciertamente, yo no estaría nada tranquilo. Dice D. Mariano Rajoy: «Creo que he tomado la decisión más sensata». Dios me guarde de cierta sensatez. Muy triste, muy penoso.

Hace muy poco nuestros Obispos nos recordaban una palabras muy realistas y oportunas del Papa Francisco: “entre los débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana (…) quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo (…). No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana”.

Y también nos recordaban que es tarea de todos responder a esas situaciones por el camino de la vida y no por el de la muerte de un ser inocente, porque un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo.

Después de esta gran decepción nos queda mucho trabajo: rezar mucho, reparar mucho, ayudar mucho, formar e informar mucho para que muchos abran los ojos a la verdad. Y, por supuesto, replantearnos muchas cosas en órdenes muy diversos. Intelligenti pauca.

Post Scriptum: Unas horas después de escribir este post veo que Gallardón ha dimitido. Bien por él. ha preferido quedar bien con Dios antes que con los hombres. ¿Imitarán otros su valiente decisión?

3.09.14

¿Estado "islámico" o estado "satánico"?

Desayuno hoy con horror y me lleno de “santa ira” (en el sentido que lo explica Santo Tomás de Aquino) leyendo en la portada del periódico una brutal noticia titulada “Los yihadistas decapitan a otro norteamericano” y en subtítulo dice “El Estado Islámico desafía a Obama con el asesinato de otro periodista…”. La noticia con su correspondiente foto: La víctima arrodillada como un cordero y el verdugo, engendro de los infiernos, con su antifaz y blandiendo el cuchillo. Y el mundo “civilizado” mirando hacia otra parte….

“Estado islámico”. A todos los musulmanes honestos que hay en el mundo deberían revolvérseles las tripas al oír semejante blasfemia. Es necesario que los musulmanes hagan oír este clamor ante el mundo, muy necesario. La verdadera naturaleza de este “estado” es satánica en su más pura esencia. Tanto horror, maldad y sadismo sólo pueden proceder del que Cristo llamó “homicida desde el principio”. No me cabe la menor duda que estos yihadistas son auténticos adoradores de Satanás que siempre exige la sangre de los inocentes. Con sus hechos lo acreditan. Me sorporende que aún haya gente que dude de la existencia del Maligno viendo lo que estamos viendo…

Hay que pararles los pies con los medios proporcionados. El Papa ha dicho que “es lícito detener al agresor injusto”. No sólo es lícito: es necesario y urgente. Evidentemente el Papa no precisa el “cómo” y ha apelado a esta eficientísima organización que es “Naciones Unidas” para que se ponga en marcha. Esperemos a que lo haga antes que la fiera los haya devorado a todos…

En estos días respondí a una pregunta que me llegó a mi consultorio sobre el tema. La ofrezco a los lectores del blog por si es de interés:

ARMAS Y GUERRAS

Lo que está sucediendo en Irak clama al cielo. El Papa ha dicho que “es lícito detener al agresor injusto”. Pero ¿es posible sin armas ni guerras? Un sacerdote amigo me dice que la guerra nunca es lícita ni la fabricación y comercio de armas y que los conflictos deben resolverse con diálogo. ¿Qué piensa usted?

Empezaré dándole mi opinión. Hay personas con muy buena fe y poco sentido de la realidad y ciertas propuestas me parecen de “Alicia en el país de las maravillas”. Claro está que si se puede solucionar con diálogo hay que hacerlo siempre pero también está claro que intentar dialogar con según quien es como hablar a la pared. El caso que usted concreta exige una acción inmediata para “para al agresor” y los medios deben ser proporcionados a la naturaleza y acción de dicho agresor. Lo que escandaliza es la pasividad de las cancillerías del mundo ante tanto terror y salvajismo. Por lo que respecta al tema de producción y comercio de armas le diré que es complejo. El Pontificio Consejo Iustitia et Pax afirmaba al respecto: “Ninguna transferencia de armas es moralmente indiferente. Al contrario, pone en juego toda una serie de intereses políticos, estratégicos y económicos a veces convergentes, a veces divergentes, que entrañan cada vez consecuencias morales específicas. La licitud de la transferencia –sea por venta, compra, o por cualquier otro medio– no se puede apreciar si no se toman en consideración todos los factores que la condicionan". En una humanidad herida por el pecado y con el peligro de que aparezcan constantemente “agresores injustos”, las armas son necesarias pero igual de necesario es extremar la vigilancia para que su uso sea justo, cosa que, desgraciadamente, no acontece a menudo. El mismo documento ofrece unos principios muy a tener en cuenta: 1. No a la guerra: la guerra no es solución de los problemas políticos, económicos o sociales.
2. El derecho a la legítima defensa, sin limitarse a asegurarla cada Estado en su territorio, sino en todo el mundo.
3. El deber de ayudar al inocente. No existe el derecho a la indiferencia ante un injusto agresor, una vez agotadas todas las negociaciones diplomáticas, cuando existe el riesgo de que sucumba una población.
4. El principio de suficiencia. A este principio se opone la acumulación excesiva de armas o su transferencia indiscriminada.


Según estos principios en el caso que nos ocupa se trataría de detener una guerra injusta promovida por un grupo de auténticos criminales. Defender a los inocentes que sufren este terror no sólo es un derecho sino un deber.

Concretando más podríamos decir que, del mismo modo que, por ejemplo, un policía tiene el deber de detener un agresor injusto usando los medios adecuados y, sólo procurando la muerte del agresor cuando no queda otro recurso, también en el caso de un grupo considerable de agresores injustos (como es el caso del “estado satánico”) hay que proceder de modo semejante. Proteger los inocentes y detener a los agresores según estos principios.

Anexo

Ante ciertas opiniones sobre el islam invito a leer el siguiente texto de Juan Pablo II tomado del libro “Cruzando el umbral de la esperanza":

PREGUNTA

Tema muy distinto, obviamente, es el que nos lleva a las mezquitas donde (como en las sinagogas) se reúnen los que adoran al Dios Uno y único.

RESPUESTA

Sí, ciertamente. Debe hacerse un comentario aparte para estas grandes religiones monotéístas, comenzando por el islamismo. En la ya varias veces citada Nostra aetate leemos: «La Iglesia mira también con afecto a los musulmanes que adoran al único Dios, vivo y subsistente, misericordioso y todopoderoso, creador del cielo y de la tierra» (n. 3). Gracias a su monoteísmo, los creyentes en Alá nos son particularmente cercanos.

Recuerdo un suceso de mi juventud. Nos hallábamos visitando, en el convento de San Marcos de Florencia, los frescos del beato Angélico. En cierto momento se unió a nosotros un hombre, que, compartiendo nuestra admiración por la maestría de aquel gran religioso artista, no tardó en añadir: «Pero nada es comparable con nuestro magnífico monoteísmo musulmán.» Ese comentario no nos impidió continuar la visita y la conversación en tono amigable. Fue en aquella ocasión cuando tuve una experiencia anticipada del diálogo entre cristianismo e islamismo, que se procura fomentar, de manera sistemática, en el período posconciliar.

Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de Su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el islamismo ha sido de hecho abandonada.

Al Dios del Corán se le dan unos nombres que están entre los más bellos que conoce el lenguaje humano, pero en definitiva es un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es sólo Majestad, nunca el Emmanuel, Dios-con-nosotros. El islamismo no es una religión de redención. No hay sitio en él para la Cruz y la Resurrección. Jesús es mencionado, pero sólo como profeta preparador del último profeta, Mahoma. También María es recordada, Su Madre virginal; pero está completamente ausente el drama de la Redención. Por eso, no solamente la teología, sino también la antropología del Islam, están muy lejos de la cristiana.

Sin embargo, la religiosidad de los musulmanes merece respeto. No se puede dejar de admirar, por ejemplo, su fidelidad a la oración. La imagen del creyente en Alá que, sin preocuparse ni del tiempo ni del sitio, se postra de rodillas y se sume en la oración, es un modelo para los confesores del verdadero Dios, en particular para aquellos cristianos que, desertando de sus maravillosas catedrales, rezan poco o no rezan en absoluto.

El Concilio ha llamado a la Iglesia al diálogo también con los seguidores del «Profeta», y la Iglesia procede a lo largo de este camino. Leemos en la Nostra aetate: «Si en el transcurso de los siglos no pocas desavenencias y enemistades surgieron entre cristianos y musulmanes, el Sacrosanto Concilio exhorta a todos a olvidar el pasado y a ejercitar sinceramente la mutua comprensión, además de a defender y promover juntos, para todos los hombres, la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad» (n. 3).

Desde este punto de vista han tenido ciertamente, como ya lo he señalado, un gran papel los encuentros de oración en Asís (especialmente la oración por la paz en Bosnia, en 1993), además de los encuentros con los seguidores del islamismo durante mis numerosos viajes apostólicos por África y Asia, donde a veces, en un determinado país, la mayoría de los ciudadanos está formada precisamente por musulmanes; pues bien, a pesar de eso, el Papa fue acogido con una grandísima hospitalidad y escuchado con pareja benevolencia.

La visita a Marruecos por invitación del rey Hasán II puede ser sin duda definida como un acontecimiento histórico. No se trató solamente de una visita de cortesía, sino de un hecho de orden verdaderamente pastoral. Inolvidable fue el encuentro con la juventud en el estadio de Casablanca (1985). Impresionaba la apertura de los jóvenes a la palabra del Papa cuando ilustraba la fe en el Dios único. Ciertamente fue un acontecimiento sin precedentes.

Tampoco faltan, sin embargo, dificultades muy concretas. En los países donde las corrientes fundamentalistas llegan al poder, los derechos del hombre y el principio de la libertad religiosa son interpretados, por desgracia, muy unilateralmente; la libertad religiosa es entendida como libertad de imponer a todos los ciudadanos la «verdadera religión». La situación de los cristianos en estos países es a veces de todo punto dramática. Los comportamientos fundamentalistas de este tipo hacen muy difícil los contactos recíprocos. No obstante, por parte de la Iglesia permanece inmutable la apertura al diálogo y a la colaboración.

31.07.14

AD MAIOREM DEI GLORIAM. Con gratitud a los jesuitas...

A.M.D.G.
En agradecimiento a tantos buenos jesuitas
Dios quiso suscitar en la Iglesia a San Ignacio de Loyola para propagar más y más la gloria de su Nombre. Para Ignacio y una multitud innumerable de jesuitas la divisa ha sido siempre Ad maiorem Dei gloriam. Hoy, memoria de San Ignacio de Loyola, quiero testimoniar mi sincera gratitud a tantos excelentes jesuitas que Dios ha puesto en el camino de mi vida. Hombres de Dios, servidores incondicionales de la Iglesia y el Papa. Quiero evocar la tarea de aquellos excelentes maestros que conocí en Sant Cugat del Vallés y más tarde en Roma: filósofos egregios como los PP. Colomer, Roig Gironella, Pegueroles… Teólogos sabios y santos como el P, Alfaro, Latourelle, Orbe, Solá, Cuyás, O,Callagan… Y muy especialmente mi gran maestro el P. Jean Galot que durante décadas enseñó buena y sana teología en la Gregoriana. Recuerdo que a veces acudía a la habitación-despacho de estos varones santos y sabios y quedaba edificado por su pobreza y sencillez. Montañas de libros, un pobre camastro, una sencilla mesa y, como no, un incómodo reclinatorio, pues aquellos religiosos sí que hacían “teología de rodillas". Se pasaban la vida estudiando, enseñando, dirigiendo almas y todo para mayor gloria de Dios. Nunca en estos jesuitas encontré la menor crítica a las enseñanzas de la Iglesia y especialmente del Papa. Es verdad que también me encontré con otros jesuitas muy diferentes y de los cuales me dijo en una ocasión un ilustre hijo de San Ignacio decano de una facultad de la Gregoriana: no representan en absoluto la Compañía de Jesús… Estos venerables padres jesuitas que hoy evoco con respeto y gratitud sufrieron lo indecible viendo la trayectoria de la Compañía en los años más oscuros del posconcilio. Recuerdo que en una ocasión y en el transcurso de una comida, le pregunté al P. Galot como veía la situación de su orden. Recuerdo su tristeza en el rostro cuando me dijo que gran parte de la Compañía poco tenía que ver con la que le acogió hacía ya más de cincuenta años. Yo le dije: estoy convencido que la Compañía de Jesús resurgirá de la crisis. Algunos dicen que no. Recuerdo que Don Bosco, en sus proféticos sueños, vio una gran crisis en los salesianos pero también vio su resurgimiento. Yo sigo teniendo el convencimiento que Dios no dejara que se hunda aquella formidable empresa que Ignacio puso en marcha para mayor gloria de Dios y que tantos frutos de santidad, apostolado y ciencia ha dado en la iglesia a lo largo de los siglos. Eso sí, el resurgimiento de la Compañía sólo se podrá realizar retornando fielmente al carisma fundacional de San Ignacio y a la obediencia perfecta a la Iglesia y al Romano Pontífice. Tal vez, el momento presente, con un hijo de San Ignacio como sucesor de Pedro, sea un verdadero “kairós” (tiempo de gracia, propicio y oportuno) para la Compañía y para toda la Iglesia.

18.06.14

Va de funerales...

En mi sección del Consultorio en Cataluña Cristiana recibo muchas consultas sobre temas litúrgicos y concretamente sobre cosas “raras” que pasan en algunos funerales. Hoy presento a los lectores de mi blog unade las últimas consultas con su respuesta sobre este tema. Tal vez sea de interés para muchos…

FUNERALES

Hace poco tiempo he pasado por la pena de asistir a un funeral de una prima mía, muy joven. Algunas cosas de la celebración me sorprendieron mucho, concretamente, dos: El sacerdote empezó su sermón diciendo “N. no sé donde estarás en este momento”. Me pareció de mal gusto. En segundo lugar, a la hora de comulgar, nos invitó a acercarnos a todos, diciendo que era un banquete y que todos estábamos invitados. Sé que algún participante en el funeral no estaba bautizado y a uno que yo conocía, cuando se disponía a ir a comulgar yo le dije que no podía ir. Se molestó y me dijo que a ver si yo sabía más que el cura. Al final no fue pero todo me resultó muy desagradable…

Resumo su larga carta-consulta. Si todo lo que me dice corresponde a la realidad yo también comparto su irritación y lamento la falta de competencia y de responsabilidad del sacerdote. Respecto a todo esto que comenta yo creo que lo primero que debe hacer usted es enterarse de quien fue el oficiante y hacerle una visita, comentándole todo esto que me dice. Este es el primer paso de una corrección fraterna. Luego, según vaya la entrevista, escriba al Obispo, pues él es el primer responsable de la liturgia de la Diócesis. Respecto a que el celebrante afirmo no saber dónde estaba la difunta, si bien es muy inapropiado, al menos es honesto y no hizo una canonización declarando que ya estaba en el cielo. Efectivamente no sabemos, pero confiamos en la salvación y en la misericordia de Dios y por esto rezamos y ofrecemos sufragios por los difuntos. Si yo supiera que un difunto ya está en el cielo no rezaría por él puesto que no lo necesita y, del mismo modo, si supera con certeza que esta condenado tampoco podría rezar por él. En cuanto a lo de la comunión me parece muy grave e imprudente. Personalmente yo procedo de modo muy diferente. Como sé que a los funerales viene mucho público que no es practicante y algunos, como usted dice, ni siquiera forman parte de la Iglesia, les invito a sentarse en el momento de la comunión. Así sólo vienen a comulgar los que habitualmente lo hacen. El caso particular que usted menciona pone en evidencia el erróneo modo de proceder del sacerdote oficiante. El debería saber muy bien que sólo deben acercarse a la comunión los bautizados y que se encuentren en las debidas disposiciones. Por ejemplo, nadie debe comulgar en estado de pecado grave sin haberse acercado previamente a la confesión. Son cosas muy obvias que todos deberían conocer. Usted hizo muy bien al decirle que no debía comulgar.

19.03.14

José, ¡Salva la familia!

Hoy día de San José, ofrezo este breve artículo que se publicará en la recista Cristiandad de Barcelona.

José, ¡salva la familia!

Son innumerables los aspectos de nuestra vida de fe que puede iluminar San José: el varón justo y discreto que obedece con prontitud los designios de Dios, el custodio de María y del Redentor… En este año en que la Iglesia fija su atención de modo especial sobre la realidad de la familia quisiera detenerme a considerar una particular dimensión de la identidad y misión del Santo Patriarca. Me refiero, concretamente a su dimensión de cabeza de familia y protector del sagrado hogar de Nazaret.
Me inspira especialmente el conocido episodio del Nuevo Testamento cuando José recibe una urgente y delicada admonición divina en vistas a proteger la vida del niño Jesús: “José, toma el niño y su madre y vete a Egipto, pues Herodes quiere acabar con la vida del pequeño”.

José, ejerciendo su responsabilidad, emprende aquella dolorosa huida. Abandona su casa, su trabajo, sus relaciones vecinales y tantas cosas que ama. Esta en juego un bien supremo: la vida de Jesús.

Creo que este episodio puede resultar iluminador y determinante en nuestras circunstancias actuales. Efectivamente, no faltan dignos sucesores de Herodes que se proponen acabar con la familia y la vida tal como deben ser entendidas según los designios de Dios asimilados en la fe y en la recta razón. José nos alienta a tomar decisiones efectivas para salvar la familia.

En un nivel teórico, José alienta la Iglesia de que es protector, a no cesar en su defensa contra viento y marea de lo que Juan Pablo II llamaba “el Evangelio de la familia y de la vida”. Herodes, el poder mundano, es poderoso, pero Dios sigue instando a su Iglesia a salvar la familia. Tal vez, para ello, haya que huir a Egipto, abandonar comodidades y fáciles compromisos con el poder mundano e instalarse en una dificultosa inestabilidad que, paradójicamente, es sumamente estable, pues se fundamenta en el poder y providencia de Dios que nunca abandona a los que ponen en Él toda su confianza.

En un nivel más práctico, José ilumina la misión de tantos padres y madres de familia que quieren vivir según la voluntad de Dios Creador y Redentor. Hoy, en el difícil y adverso contexto en que nos movemos, un padre y una madre de familia cristianos, han de tomar necesariamente decisiones difíciles en vistas a salvar la familia. Tendrán que nadar contracorriente y, como la Sagrada familia, emprender difíciles huidas, para salvar el bien más preciado. Quedarse en la tranquilidad de lo políticamente correcto cuando Herodes acecha, puede resultar mortal. Las concreciones de esta determinación santa pueden ser muchas: la elección de la educación apropiada para los hijos, el seguimiento de sus compañías, la organización del trabajo y de las vacaciones, el acompañamiento en la fe de la prole…

Sam José enseña también hoy a los padres y madres de familia a ser realistas y valientes y a tomar, a la luz de la fe, las decisiones pertinentes para salvar la familia.

En la familia, enseñaba Juan Pablo II, se juega el futuro de la Iglesia del mundo. Es un terreno donde no caben facilonas componendas o compromisos ingenuos.

La llamada a la que respondió el Varón justo de Nazaret, “José, salva la familia”, resuena de modo grave y urgente hoy para los pastores de la Iglesia, padres y madres de familia, educadores y políticos cristianos.

Se trata, ni más ni menos, de salvar la familia, esperanza de la humanidad.

Dr. Juan Antonio Mateo García
Delegado Diocesano de Familia y Vida
Diócesis de Urgell