19.01.17

Pero ¿es persona?

Hace pocos días recibí una consulta de un estudiante de bachillerato. Un joven cristiano y celoso por la defensa de su fe y muy activo defensor de la vida. Tuvo una discusión con su profesor de ciencias sobre el tema del aborto y se planteaba la cuestión crucial: ¿Se trata de una persona? En más de una ocasión he escrito sobre el tema y merece la mena hacerlo una y otra vez y creo que no hace falta explicitar los motivos. Ofrezco hoy en el blog la consulta y mi respuesta por si pueden ser de utilidad.

Estimado P. Mateo, hace unos días, discutiendo sobre el problema del aborto con un profesor de ciencias me dijo si podía considerarse persona un conjunto de células, refiriéndose al embrión humano en sus primeros estadios. Yo le respondí que este “conjunto de células”, si no es eliminado, en pocos meses se convertirá en un niño. No sé si mi respuesta fue la correcta y me gustaría tener más argumentos. Gracias.

 

La cuestión de fondo es lo que entendemos bajo el concepto de “persona”. Para muchos es una cuestión puramente funcional y no una realidad profunda, subyacente; filosóficamente hablando, diríamos una realidad ontológica, algo que debe ser reconocido. Así, para cierta corriente de pensamiento cuando un ser humano pierde sus facultades cognitivas, deja de ser persona. Algunos incluso, por poner un ejemplo, llegan a llamar “vegetal” a alguien que ha quedado en un como profundo e irreversible. En estas perspectivas, la realidad y dignidad de la persona, más que ser reconocidas y respetadas, son atribuidas y quitadas arbitrariamente en función de una ideología profundamente deshumanizadora. ¿El ser humano es persona porque lo decidimos nosotros o bien, porque en sí mismo es persona, nosotros debemos reconocerlo como tal?

Esta forma de pensar es contraria a la fe y a la razón. Hace unos años, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un importante documento que le ayudará a afrontar estas cuestiones. Se trata de la instrucción “Dignitas personae” que considera  algunas cuestiones de bioética. Se publicó el año 2008 y  sigue siendo de rabiosa actualidad.

Sobre el punto que usted me consulta dice textualmente este documento que expone la posición de la Iglesia: “El cuerpo de un ser humano, desde los primeros estadios de su existencia, no se puede reducir al conjunto de sus células. El cuerpo embrionario se desarrolla progresivamente según un “programa” bien definido y con un fin propio, que se manifiesta con el nacimiento de cada niño”.

Como puede usted ver, su razonamiento no difiere mucho de esta enseñanza de la Iglesia asequible a la pura razón. Por lo que respecta al concepto de persona le comento un razonamiento muy simple que escuche hace años en una conferencia de Julián Marías: “Todos intuitivamente y sin esfuerzo diferenciamos el ser personal del ser impersonal. Si durante esta conferencia alguien llamara a la puerta todos preguntaríamos “quién” llama y no “qué” llama. Y este ser personal tiene una dignidad única que debe ser respetada”. Cuando nos referimos al ser humano nunca estamos ante un amasijo amorfo de células. Hay una presencia, una persona creada por Dios a su imagen y semejanza y con un destino de eternidad. Estamos ante tierra sagrada que nunca se puede pisotear impunemente. Sobre esta cuestión afirma la mencionada instrucción: “El fruto de la generación humana desde el primer momento de su existencia, es decir, desde la constitución del cigoto, exige el respeto incondicionado que es moralmente debido al ser humano en su totalidad corporal y espiritual. El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción”.

Establecer un momento en que el ser humano no sería “persona” conduce teóricamente a un callejón sin salida y, prácticamente, a las más brutales agresiones. Los que afirman que el ser humano en un momento dado no es persona y poco después lo es deben explicar, si pueden, en virtud de qué irrumpe el ser personal y desde qué criterios. No lo harán, porque su explicación si fuera honesta nos presentaría una concepción de la persona de una pobreza impresionante y unas perspectivas para la humanidad realmente aterradores e inquietantes…

Lea el documento. Le ayudará mucho. Y esta es la cuestión de fondo que subyace en tantos debates de bioética y si no la tenemos clara nos perdemos en un laberinto sin salida.

11.07.16

¿Confesionario? ¡Sí, gracias!

¿Confesionario? ¡Sí, gracias!

 “Cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual, canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado.” ( San Juan Pablo II)

Por su interés ofrezco a los lectores del blog la respuesta a una consulta sobre los confesionarios que he recibido para mi columna en el semanario “Cataluña Cristiana”.

CONFESIONARIOS

 

¿Por qué no hay ya confesionarios en muchas iglesias? Creo que son de gran ayuda para facilitar la confesión. He de reconocer que siempre he sido muy vergonzosa y que me cuesta mucho confesar mis pecados. Hace poco fui a una iglesia y pedí al sacerdote si me podía confesar. Me dijo que me sentara en un banco y que allí me confesaría. Yo le dije que no, que deseaba el confesionario pero se ve que no tenían ninguno… ¿Dice algo la Iglesia al respecto? A mi, personalmente no me va eso de confesarme de cara a cara…

Hace poco respondía a una consulta sobre la vergüenza, muy natural, de confesar los pecados. Yo creo que todo lo que suponga facilitar la recepción del Sacramento de la Penitencia debe ser considerado una prioridad pastoral. En este sentido se ha pronunciado muchas veces el Papa Francisco, animando a los confesores a hacer de la confesión una experiencia gozosa de liberación y perdón.

En esta perspectiva hay que decir que, efectivamente, la cuestión de la sede penitencial no es algo secundario, sino algo mucho más importante de lo que parece a primera vista. Estos días, en la Basílica de Tremp, hemos inaugurado una nueva sede penitencial que facilita la discreción y el anonimato de los fieles. Más de una persona que la ha utilizado me ha comentado que le resulta mucho más fácil la confesión. Me da la impresión que en la renovación de los espacios celebrativos realizada en los últimos decenios no se ha dado la importancia que merece a la sede penitencial o confesionario. Me pregunta usted si la Iglesia dice algo al respecto. Efectivamente. Lo dice de dos modos.

Uno, de manera preceptiva y otro a modo de recomendación. El Código de Derecho Canónico establece: El lugar propio para oír confesiones es una iglesia u oratorio…Por lo que se refiere a la sede para oír confesiones, la Conferencia Episcopal dé normas, asegurando en todo caso que existan siempre en lugar patente confesionarios provistos de rejillas entre el penitente y el confesor que puedan utilizar libremente los fieles que así lo deseen”.

Y también que “no se deben oír confesiones fuera del confesionario, si no es por justa causa”. A nivel de exhortación dice el Papa Francisco: “Dejen las puertas abiertas de las iglesias, así la gente entra, y dejen una luz encendida en el confesionario para señalar su presencia …". Benedicto XVI hablaba de la necesidad de volver a habitar los confesionarios y decía a los sacerdotes “queridos hermanos, es necesario volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el Sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar donde habitar más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y confortación, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina…”.Confesionario

15.04.16

¿Ha abolido el Papa Francisco la necesaria confesión de los pecados mortales?

Recojo en este breve escrito de título provocativo la respuesta a una consulta sobre la dificultad de expresar verbalmente los pecados en la confesión. Algunos han malinterpretado unas palabras que el Papa dirigió a los misioneros de la misericordia, como si el Pontífice validara que ya no es necesaria la confesión de los pecados mortales  como un requisito ordinario fundamental del sacramento de la Penitencia…

 

Me bloqueo…

 

Leí́ su respuesta sobre la necesidad de confesar los pecados en el sacramento de la Penitencia. Lo entiendo y estoy de acuerdo. Pero tengo una grave dificultad. A veces, en la confesión, me bloqueo, me quedo en blanco sin saber qué decir. Nervios, vergüenza… Hay un confesor que me tranquiliza y comprende lo que quiero decir, pero también he encontrado sacerdotes que me dicen que vuelva cuando esté más tranquilo. ¿Qué piensa usted?

 

Mire, la practica de la confesión requiere de un aprendizaje, tanto para el penitente como para el confesor. Con mucha sabiduría, antiguamente no se daba a todo sacerdote por lo pronto las licencias para confesar.Todos recordamos nuestras primeras confesiones en la infancia, algo nerviosos y azorados y también recordamos con afecto buenos sacerdotes que nos lo ponían fácil y nos animaban. Lo normal es poder verbalizar las dificultades y pecados en un proceso que resulta muy saludable.

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29.02.16

"Me confieso sólo con Dios". - No vale.

“Me confieso con Dios…”. –No vale.

¿Qué decir a alguien que dice «yo ya me confieso con Dios» y no quiere confesar sus pecados en la confesión sacramental? Me cuesta confesar mis pecados, incluso a veces siento vergüenza. Tal vez sí seria más fácil confesarse directamente con Dios o que la Iglesia suprimiera la obligación de confesar los pecados…

Hay que aceptar la salvación que Dios nos ofrece y de la forma con que Él nos la ofrece.

Lo que me convendría, me gustaría, me apetecería… tiene muy poca importancia cuando es Dios mismo quien nos dice lo que quiere de nosotros. Y el Señor ha establecido ofrecernos su misericordia de manera ordinaria a través de la realidad de la Iglesia y de sus sacramentos.

Voy a responderle con unas palabras textuales del papa Francisco:

«Es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios… He aquí por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confia- damente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa solo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él… Sí, tú puedes decir: yo me confieso sólo con Dios pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote… También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas que tanto pesan en mi corazón.»

Como ve, en la enseñanza de la Iglesia, la confesión de los pecados graves no solo es necesaria sino que es, además, muy saludable y conveniente. Para una fundamentación más dogmática me remito a una columna que escribí hace años con el título de Ex- homologesis. Y respecto a la vergüenza, también dice el Papa:

«Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un sinvergüenza… incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona.»

No viviremos a fondo este Año de la Misericordia si no redescubrimos en nuestra propia vida la maravillosa experiencia de recibir la misericordia de Dios en el sacramento de la penitencia. En la bula El rostro de la Misericordia, dice el papa Francisco: «De nuevo ponemos en el centro con total convencimiento el sacramento de la Reconciliación porque nos permite tocar en carne propia la grandeza de la misericordia.»

Por tanto, si pudiéndote confesar no te confiesas, no vale.

5.12.15

Inmaculada Madre y Fuente de la Divina Misericordia

Ofrezco hoy a los lectores del blog este pequeño artículo que se publica en la revista Cristiandad de este mes de diciembre, con la esperanza que la Virgen Purísima nos ayude a sacar frutos abundantes del Año Santo.

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Inmaculada Madre y Fuente de la Divina Misericordia

 

Breves reflexiones sobre la Inmaculada Concepción de María y la Misericordia

 

Hace ya varios años fui invitado, en Roma, a un encuentro muy reducido de profesores de teología con el gran teólogo Leo Scheffczyk. El tema que trató con gran maestría no fue otro que el del pecado original, tema teológico denso y complicado. Recuerdo una cita de San Agustín que comentó para nosotros el insigne maestro alemán: “Nada tan oscuro para comprender, nada tan necesario de predicar”. Efectivamente, el pecado original, a pesar de su gran dificultad para ser comprendido, es del todo imprescindible no sólo para la comprensión cabal de la fe católica por lo que respecta a la realización del designio divino de salvación ,sino también para la comprensión misma del ser y del actuar del hombre.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda certeramente que “aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado” (CEC, 405). Es la situación de miseria en que se encuentra la naturaleza humana y, como decía bien San Juan de la Cruz, no puede entenderse la misericordia sin hablar de la miseria. El olvido de esta miseria comporta una falta de realismo que es fatal, en el significado más profundo del término, como también enseña la Iglesia: “La doctrina sobre el pecado original, vinculada a la de la Redención de Cristo, proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (CEC, 407). Todo esto es absolutamente imprescindible para comprender que es y que significa la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Y, obviamente, es imprescindible para saber qué significa la misericordia en su sentido más auténtico. Hay que recordar a muchos contemporáneos que “misericordia” viene de “miseria” y “corazón” y que no hay peor falsificación de la misericordia que aquella actitud que minimiza y justifica el pecado por una falsa indulgencia. Pasar por alto una situación de pecado, tranquilizar de manera engañosa al pecador, es la mayor falta de caridad posible. Dios ama profundamente al pecador pero detesta justamente su pecado. Nada más erróneo aquello de “humano es pecar”. Es lo más inhumano. Si no, Cristo y María no serían humanos. Combatamos la confusión que ofusca la mente y desvía la conducta.

 

Estos días he disfrutado mucho leyendo un excelente texto de Leo Scheffczyk recientemente traducido al español y que constituye uno de estos libros fruto de una gran sabiduría y madurez que merece ser leído y preservado de la inexorable criba que ejerce el paso del tiempo. La obra se titula “El mundo de la fe católica. Verdad y forma” y la introducción corre a  cargo, nada más y nada menos, de Benedicto XVI. En esta obra se dedican páginas luminosas a la consideración de la Virgen María en la historia de la salvación.  Cito el siguiente párrafo a propósito del tema sobre el que estamos reflexionando: “La posición de María en la teología y en la religiosidad no puede compararse con la de ningún otro santo o apóstol, ya que ningún santo o apóstol tiene como persona individual una posición o un significado en el orden salvífico. Tal significado es un privilegio  exclusivo de María debido a su relación singular con Cristo y con el misterio de la encarnación redentora a cuya expansión, crecimiento e integración ha contribuido, justo desde el lado humano”. Leo Scheffczyk advierte también con razón que esta consideración de María como privilegiada no debe entenderse en el sentido de una realización arbitraria de Dios, como una excepción singular centrada en si misma, es decir, admirable y maravillosa pero desvinculada del designio universal de salvación de Dios. En una concepción semejante “la figura de María corre el riesgo del aislamiento y de constituirse únicamente como objeto de la admiración humana”. Olvidaríamos entonces algo esencial: que Dios nos eligió en Cristo para que fuéramos santos, inmaculados en su presencia.

 

María es concebida sin pecado original, para que nosotros fuéramos arrancados de la miseria del pecado y alcanzáramos la santidad que es nuestra verdadera vocación y destino. La consideración de María en el conjunto y propósito de la historia de la salvación, según   Scheffczyk,  “nos hace comprensible cómo su ser pleno de gracia, su radical libertad respecto al pecado (“inmaculada concepción”)… no representan adornos arbitrarios, sino que corresponden a esa tarea que debía cumplir como mediadora en el evento redentor de Cristo”. La inmaculada Concepción está en función de la dispensación de la misericordia de Dios que no abandona el hombre bajo el dominio del demonio, del pecado y de la muerte y que quiere reconducirlo a su designio original. María, en definitiva, por su inmaculada Concepción, se convierte así en Madre y fuente de la Misericordia. Pablo VI lo dijo bellamente en la exhortación apostólica Marialis Cultus: “El Padre la amó para sí, la amó para nosotros”. María es la única persona humana objeto del amor de Dios en su expresión más primigenia. En Ella el Mal nunca halló nada suyo. Podríamos decir que Ella fue perfectamente amada y nunca “misericordeada”, utilizando un neologismo muy querido por el Papa Francisco. Expliquémoslo algo más.

 

San Juan Pablo II, en su célebre y digna de ser releída encíclica “Dives in misericordia” explica muy bien la diferencia entre “amor” y “misericordia”. Antes del pecado original,  la benevolencia de Dios hacia el hombre es sólo “amor”. No puede haber misericordia porque todavía no hay miseria y no olvidemos que la miseria mayor y fuente de todas las demás es el pecado. Cuando el hombre peca, pierde la gracia divina, se encuentra en una situación de extrema miseria, pero Dios le sigue amando, a pesar de su pecado e infidelidad. En el famoso fragmento de Gn 3, 15, el llamado proto-evangelio o primer anuncio de la salvación, y donde la Iglesia siempre ha reconocido la figura de la Virgen Inmaculada en la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente, podemos decir que se inaugura el tiempo de la Divina Misericordia, tiempo que perdurará hasta la consumación de los siglos. En la comunidad celeste y definitiva de los bienaventurados ya no habrá misericordia, sino sólo amor puro pues ya nos habrá miseria.

 

La Virgen Inmaculada aparece así asociada a la irrupción definitiva en el mundo de la Divina Misericordia y a la dispensación de la misma a lo largo de todo el tiempo de la Iglesia. María es Madre Inmaculada de la Divina Misericordia pues Cristo sólo podía ser recibido en el mundo por alguien limpio de todo pecado y María Inmaculada  es fuente de la Divina Misericordia porque la dispensación de la gracia que regenera del pecado esta mediada por la Iglesia cuya personificación y realización más perfecta es María en persona.

 

Un año santo extraordinario de la Misericordia, por lo que hemos visto, sólo puede vivirse desde una perspectiva mariana. Eso sí, María siempre unida a Cristo y operante por la fuerza del Espíritu Santo por designio del Padre. Es significativo el famoso sueño que tuvo Don Bosco sobre el combate arduo de la Iglesia y donde la victoria se sustenta en dos poderosas columnas indisolublemente  unidas: La Eucaristía y la Inmaculada, es decir, Cristo y María, que en palabras de Pablo VI en el famoso “Credo del Pueblo de Dios”, “están unidos de manera indisoluble por designio de Dios en los misterios de la Encarnación y de la Redención”. Y yo explicitaría: de la redención objetiva de todo el género humano y de la redención subjetiva de toda persona que acepta ser salvada.

 

Que la Virgen Inmaculada nos ayude a vivir este año santo extraordinario haciéndonos acoger la Misericordia de Dios en nuestras vidas y convirtiéndonos en apóstoles de esta Misericordia que el mundo necesita más que el aire que respiramos. Una vivencia auténtica y, por tanto, mariana del evento del año santo de la Misericordia nos debe conducir inexorablemente a la permanente conversión de vida hacia la santidad recuperando la normalidad en la recepción válida del sacramento de la Penitencia y en la recepción fructuosa de la Sagrada Comunión. Todo lo demás se nos dará por añadidura.

 

Dr. Juan Antonio Mateo García, Pbro.

Sociedad Mariológica Española