Imágenes renacentistas

El don de la fe nos descubre, en la belleza artística, el esplendor de la verdadera humanidad que vive con la esperanza de ser glorificada por la redención de Cristo. En esta visión estética, que incorpora la perfección humana al misterio de Cristo, se da un paso más en una dirección completamente nueva: la búsqueda de la autonomía del hombre.

22/03/10 11:47 AM | Imprimir | Enviar

Uno de los aspectos más significativos del cambio renacentista es la vuelta a los valores de la antigüedad. Pero este giro no supone la intención de copiar el pasado sin más, sino el deseo de proporcionar, ante todo, un marco cultural a un mundo que se ha distanciado de las convicciones medievales. El recuerdo de la antigüedad clásica como dechado de perfecciones artísticas, científicas y técnicas, revive en toda Europa; y los intereses culturales del mundo clásico establecen las bases de esa visión nueva conocida con el nombre de Renacimiento.

En Italia, se pone de moda la búsqueda afanosa de ejemplares o copias decorativas del arte antiguo. Con este motivo aumentan los talleres de escultura y pintura. Pero, de toda la iconografía renacentista, sólo las imágenes tridimensionales (excepto algunos iconos importados) van a estar destinadas al culto religioso.

Los primeros destellos de escultura renacentista aparecen en la Toscana que asume el papel director de los nuevos valores. Desde el último tercio del siglo xiii es Pisa la que, con Nicolás de Plugia, conocido como Pisano, y su hijo Juan de Pisa, comienzan a copiar los modelos antiguos; así se ha podido comprobar por el relieve de la Virgen de la Adoración de los Reyes Magos inspirado en un sarcófago romano que se conserva en la catedral.

Los demás seguidores de los Pisano poco añaden a las creaciones de los maestros: Fray Guillermo extiende el nuevo estilo a Bolonia; y el florentino Arnolfo di Cambio lo difunde por Italia central y Roma. A la muerte de Juan de Pisa, la organización política de Florencia favorece la promoción de las nuevas formas artísticas en esta ciudad.

En 1401 se convoca un concurso para decorar las segundas puertas del emblemático baptisterio de Florencia. Allí compiten los más hábiles maestros de Italia, entre ellos, artistas célebres como Ghiberti, Brunelleschi, Jacopo della Quercia, Nicolo di Pietro Lamberti, etc.. Gracias a la fecundidad florentina de estos artistas, la escultura emprende una de las jornadas más prósperas de su historia. El vencedor del concurso es el joven Lorenzo Ghiberti que consiue un efecto y profundidad hasta ahora inédito.

Pero será Donato di Nícolo, conocido por Donatello, el que dará un avance considerable a las imágenes con dominio del natural y asimilación de las formas clásicas. Su pasión por la figura humana le convierte en el intérprete de los estados anímicos en todas las edades del ser humano. Los ideales renacentistas se plasman tanto en la elegancia del S. Juanito del palacio Martelli, como en la madurez del S. Juan Evangelista de la catedral de Florencia. Destaca, sobre todo, la famosa imagen de S. Jorge, vestido de guerrero en el apogeo de su vida, irradiando conciencia de sí mismo y de su talla intelectual como corresponde a los modelos clásicos.

De este modo, la iconografía cristiana incorpora la elegancia artística, que se convierte en ideal estético del Renacimiento, y la perfección ejemplar que nos señala al hombre tal como fue proyectado por Dios en su designio inicial. En efecto, el don de la fe nos descubre, en la belleza artística, el esplendor  de la verdadera humanidad que vive con la esperanza de ser glorificada por la redención de Cristo. En esta visión estética, que incorpora la perfección humana al misterio de Cristo, se da un paso más en una dirección completamente nueva: la búsqueda de la autonomía del hombre.

Pero esta categoría estaba reservada a la obra de Miguel Ángel que resume la lucha por el dominio del ser humano en todo su esplendor y autonomía. Genio exaltado y solitario, formado en la tradición de Donatello, Miguel Ángel encarna el poderío físico dominado por una fuerza interior que se manifiesta en el vigor de sus esculturas. A fines del siglo xv se traslada a Roma donde realiza dos imágenes emblemáticas: la Piedad (1498) y el Moisés (1515).

En la Piedad, según él mismo dice, representa a María «joven, más joven que el Hijo, para mostrarse eternamente virgen». Su rostro afligido expresa el dolor maternal con gran contención y equilibrio. El cuerpo de Cristo inerte en su regazo, en correcta anatomía, señala la contención del equilibrio clásico. Pero en el Moisés, representado en el momento de contemplar la adoración del becerro de oro, Miguel Ángel recoge el noble arrebato del responsable de un pueblo que se aparta del destino señalado por su Dios (Éx 32,19-20). La potente personalidad de Moisés domina sobre la idea de resignación o de dependencia religiosa: lo humano se sobrepone a lo trascendente, y la belleza formal al simbolismo de lo sagrado.

La elaboración de este arte, que se deja llevar por el entusiasmo humanista del renacimiento, tendrá consecuencias para el futuro iconográfico. De entrada ya no aparece integrado en el misterio litúrgico. A pesar de su referencia bíblica, el Moisés no representa el cuerpo glorioso transfigurado por el poder del Resucitado, sino la anatomía musculosa enardecida por una contrariedad, llena de pasión religiosa, sí, pero profundamente humana. A la expansión de esta temática renacentista, cooperó la imprenta por medio de estampas y grabados.

El clasicismo italiano se introdujo en nuestra Península por medio de artistas que venían a trabajar a España o españoles que viajaban a Italia. Se considera que la primera obra escultórica del Renacimiento español se compuso en el primer tercio del siglo xv. Se trata de los doce relieves con escenas de la Pasión de Cristo que Julián Florentino  esculpió para el trascoro de la catedral de Valencia.

Pero los principales propagadores de las formas clasicistas fueron Fancelli de Settignano, Pietro Torrigiano y los hermanos Jacobo y Francisco Florentino. Al lado de estos escultores renacentistas y de las obras importadas, hemos de recordar, en la época de Carlos V, a los artistas flamencos y franceses que, huyendo de las guerras de religión, se instalaron en España. A ellos se unen los escultores españoles, como el abulense Vasco de Zarza o el burgalés Bartolomé Ordóñez y otros cuyos talantes, intensamente cristianos, hicieron que los contenidos religiosos tradicionales se mantuvieran intactos en España. A su desarrollo, contribuyeron las fundaciones de cofradías. Sevilla y Valladolid fueron las ciudades más cofradieras de esta fase inicial.

Transidas de un fuerte sentido piadoso, hermandades y cofradías exhiben los «pasos» procesionales de Semana Santa subrayando el sufrimiento de la pasión de Cristo. Pero el sufrimiento, en sí, no rebasa la estimación humana. Por eso, se necesita una catequesis que relacione la piedad popular con la liturgia, y que complete el dramatismo iconográfico con el mensaje de la redención de Cristo «como un anuncio de la resurrección futura; y lo que un día ha de realizarse en los cuerpos efectúese ya ahora en los corazones» (S. León Magno).

 

Jesús Casás Otero, sacerdote

3 comentarios

Un saludo D. Jesús.

Perdóneme si reflexiono en "voz alta" sobre el tema.

Si comparo el arte y la belleza de un icono bizantino y el arte y la belleza de una espléndida obra renacentista, lo primero que salta a la vista es el cambio de modelo sobre el que se apoya cada obra.

El icono intenta plasmar primero la trascendencia y después la realidad. La obra renacentista, busca plasmar la realidad y a través de esta, la trascendencia.

Por ejemplo, no podría decir que la Virgen de las Rocas de Leonardo no comunique trascendencia ni que su arte no me invite a penetrar en el Misterio. Pero es mucho más fácil quedarse en el modelo humano-natural y olvidarse del trasfondo de la obra.

Se me hace evidente que la devoción emotiva es mas cercana en la obra renacentista que en la obra bizantina. Se que esto no es malo ni bueno, ya que ayuda a que más personas se acerquen para adorar a Dios con ayuda del arte. En este sentido, el arte renacentista es un avance nada despreciable frente al arte bizantino.

Pero lo que me deja pensando es valorar el hecho de que hacer más fácil algo a cambio de alejar hacia planos más distantes,gran parte del contenido trascendente de la obra.

Lo cierto es que en el arte religioso renacentista se pierde la necesidad de conocer teológicamente lo que se representa y esto da pié a que el arte sagrado se vaya convirtiéndo lentamente en arte religioso. Para mi esta es una pérdida considerable que terminará desembocando en las extrañas abstracciones religiosas que pueblan muchas de los templos actuales.

Meditando sobre esta realidad, aparece delante de mi la pérdida del Arca de la Alianza y la destrucción del Templo de Jerusalén como analogias evidentes. El Arca desaparece, el Templo se destruye... pero Cristo nos dice que ahora nos toca adorar a Dios en Espíritu y Verdad.

Parece que para el que busca trascendencia, la ausencia del objeto perdido hace más evidente el mismo objeto y además, sus características se hacen más apreciables que si estuviera presente. Pero, para el que pasa por allí buscando estética no reparará en nada de esto.

Es un tema interesante al que sigo dando vueltas.

Ya he escrito bastante. Perdón. :)

Gracias por sus escritos D. Jesús. Que tenga una Semana Santa plena y una Pascua de resurrección reveladora.
26/03/10 5:45 PM
Comentario de Jesús Casás Otero
Me parece una reflexión magnífica, y muy acertado el punto de partida: "El icono intenta plasmar primero la trascendencia y después la realidad. La obra renacentista, busca plasmar la realidad y a través de ésta, la trascendencia".
La pregunta sería ¿es realmente la "devoción emotiva" un valor espirutal superior a la teología de la prsencia que se transparenta en la belleza del icono?

Claro que, en esto, entra la cultura de la visión iconográfica. Dada la valoración que hacemos de las imágenes renacentistas desde la cultura que se desarrolló en Occidente, es lógica la conclusión a la que se llega; pero la trascendencia y la sacralidad, precisamente por ser misterio, está por encima de toda lógica y de toda racionalidad.

Yo diría que "el arte renacentista es un avance nada despreciable" en la línea devocional de la apreciación religiosa de Occidente, pero no frente al arte sagrado de Bizancio regido por el principio de las enegías glorificadoras del simbolismo de la presencia.

El comentario da para continuar largas reflexiones y esclarecer muchos ámbitos de nuestros valores religiosos que siempre se enriquecen con nuevas aportaciones.

Miserere mei Domina, gracias por esas aportaciones en estas fechas en que las imágenes procesionales de Semana Santa comienzan a formar parte de la expresión de nuestra vida de fe.
27/03/10 6:01 PM
me gusta eso pero lo ke pasa es ke uno busca imagenes y no aparecen lo ke uno busca ese es mi commment
20/06/10 6:04 PM

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