«Venite ad me»: un kerigma sin doctrina
El cardenal Víctor Manuel Fernández saliendo del Sínodo sobre la Sinodalidad en el Aula Pablo VI del Vaticano, el 9 de octubre de 2023. (Foto: Edward Pentin / National Catholic Register)

«Venite ad me»: un kerigma sin doctrina

Los catecúmenos adultos y los conversos, los que llegan a la Iglesia desde un mundo descristianizado, recibirían una fe recortada si se aplica el criterio de Venite ad me. El documento convierte la «jerarquía de verdades» del Vaticano II en una licencia para callar parte de la doctrina.

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El 22 de octubre de 2026, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe dio a conocer Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época, firmado por el cardenal Víctor Manuel Fernández y aprobado por León XIV[1].

El documento parte de una constatación que nadie puede discutir: la transmisión de la fe de una generación a otra se ha interrumpido en buena parte del mundo, y la Iglesia no termina de comprender la razón. El propio texto lo reconoce al pedir «un estudio específico sobre el repentino declive del catolicismo en los países en los que estaba profundamente arraigado» (n. 119).

La pregunta es legítima y exige ser respondida de modo urgente. Sin embargo, lo que corresponde examinar es si la respuesta está a la altura del diagnóstico o si va a seguir reproduciendo las causas de la crisis.

El documento no niega expresamente ninguna verdad de fe. Su problema está en el marco desde el cual afirma y que entra en tensión con la doctrina católica tradicional en cuatro puntos decisivos.

La fe como experiencia

El texto declara desde el comienzo que se ocupará de la fides qua --el acto subjetivo de creer-- y no de la fides quae, es decir, del contenido de lo que se cree, el cual deja para la catequesis (n. 5).

Más adelante afirma que «la fe no se transmite, en primer lugar, como un conjunto de contenidos doctrinales» (n. 29), y propone un anuncio «performativo», capaz de suscitar una «experiencia interior» que no sea «mera transmisión de contenidos» (números 76-77).

Ahora bien, la Iglesia ha enseñado siempre lo contrario respecto del orden propositivo.

El Concilio Vaticano I define la fe como la virtud sobrenatural «por la cual, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado», y ello «por la autoridad del mismo Dios que revela»[2].

La fe es, ante todo, asentimiento de la inteligencia a una verdad que no proviene del sujeto, sino que le es dada. La experiencia viene después: es fruto de la fe recibida, no su fundamento. Cuando se invierte este orden, la fe corre el riesgo de quedar reducida a una vivencia, y lo creído, a una expresión de lo vivido.

Es exactamente la tesis que San Pío X describió y condenó en la Pascendi: la fe como producto de una «experiencia religiosa» surgida de la inmanencia vital del sujeto[3].

El documento afirma que fides qua y fides quae son inseparables (n. 74), pero construye toda su propuesta sobre uno solo de los términos. Y quien no sabe qué cree, difícilmente sepa en quién cree.

La doctrina como obstáculo

El segundo punto se sigue del primero. El texto pide que la transmisión de la fe «no quede confinada a lenguajes que puedan calificarse de ‘escolásticos’, ‘dogmáticos’ o ‘moralistas’ » (n. 80), y retoma la advertencia contra «unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas» (n. 83). Es más: sugiere relativizar las categorías «helenístico-semíticas» en que se formuló originalmente la revelación (n. 104).

Detrás de estas expresiones late una sospecha hacia el lenguaje dogmático, al que se asocia con la frialdad, la abstracción y la lejanía. Pero el dogma no es una construcción conceptual que se interpone entre el creyente y Cristo: es la expresión fiel de la verdad revelada, que la Iglesia custodia «en el mismo sentido y en la misma sentencia»[4].

Pío XII advirtió en Humani generis contra quienes pretendían sustituir las fórmulas dogmáticas por otras más acordes con la mentalidad de cada época, como si fuesen un ropaje cultural intercambiable[5]. Si las categorías del dogma son solo un modo histórico de decir la fe, entonces el contenido de esta queda a merced de cada nueva cultura. Es la vieja tesis modernista, aunque ahora vestida con un ropaje pastoral.

La paradoja es elocuente: el dicasterio que custodia la doctrina la presenta como un obstáculo. ¡Oh, tempora! ¡Oh, mores!, como diría Cicerón.

Una jerarquía de verdades convertida en criterio de selección

El tercer punto es, a mi juicio, el más grave. Invocando la «jerarquía de verdades» del decreto conciliar Unitatis redintegratio, el documento concluye que, en la comunicación de la fe a las nuevas generaciones, a los catecúmenos adultos y a los conversos, «no parece oportuno… dispersarse en tantos ámbitos de la doctrina católica» (n. 84).

El Concilio Vaticano II habló de una jerarquía de verdades para señalar que no todas tienen la misma conexión con el fundamento de la fe, y lo hizo en el contexto del diálogo ecuménico. Nunca pretendió autorizar que algunas verdades se callen. El propio Dicasterio lo aclaró en 1973: si bien existe un orden entre los dogmas, «todos los dogmas, por ser revelados, deben ser creídos con la misma fe divina»[6]. Y Juan Pablo II fue terminante: quien se hace discípulo de Cristo tiene derecho a recibir la palabra de la fe «no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral»[7].

Lo que el documento propone, en cambio, es una fe dosificada, precisamente para aquellos que, por llegar a la Iglesia desde un mundo descristianizado, necesitan justamente una formación sólida e íntegra. El converso no requiere que se le ahorre la verdad, sino que se le ofrezca entera: negársela en nombre de la pastoral es privarlo de un derecho.

Un kerigma sin cruz redentora ni conversión

El cuarto punto concierne al contenido mismo del anuncio. El kerigma queda resumido en la fórmula «Dios es amor para siempre y para todos» (n. 10), y la cruz aparece como la condena injusta de un profeta incómodo para el poder religioso y político, convertida en «trono» desde el que «resuena con absoluta claridad el mensaje evangélico» (números 18-20).

La cruz revela el amor de Dios, pero la fe católica enseña algo más: que Cristo, por su pasión, mereció nuestra justificación y satisfizo por nosotros al Padre[8]. La cruz no es solo manifestación, sino sacrificio; no es solo mensaje, sino redención. Cuando se la presenta únicamente como revelación del amor, la obra de Cristo se reduce a un ejemplo, y se pierde aquello que hace necesaria la salvación: el pecado.

Por eso no sorprende que en el kerigma de Venite ad me falten la conversión, el pecado, el juicio y la necesidad del bautismo. El primer anuncio apostólico, sin embargo, fue inequívoco: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados» (Hech. 2, 38).

Afirmar que el «sí’’ de Dios «nunca puede transformarse en un «no» (n. 20) sin recordar que el hombre puede rechazar libremente ese amor, y que ese rechazo tiene consecuencias eternas[9], abre la puerta a un universalismo salvífico que la Iglesia nunca ha enseñado.

La raíz del problema

Hay otro detalle importante: un pasaje que permite, precisamente, comprender el conjunto. El documento afirma que la investigación intelectual es «como mucho» una preparación para la fe, al modo de los praeambula fidei, «y no una transmisión de la misma en sentido estricto» (n. 108).

En un texto dedicado a la transmisión de la fe, apenas aparecen la teología y la filosofía. Y no es casual: un anuncio concebido como experiencia, que desconfía del dogma y endulza la doctrina, no necesita de la inteligencia.

He aquí la raíz del problema: la crisis de la transmisión de la fe es, ante todo, una crisis de la inteligencia cristiana. Durante décadas se renunció a formar, se vació la catequesis de contenido y se miró con sospecha toda pretensión de verdad. El resultado está a la vista: generaciones de bautizados que no saben lo que creen y que, por eso mismo, abandonan con facilidad una fe que nunca llegaron a conocer.

Venite ad me es un documento que describe con precisión los síntomas, pero prescribe como remedio una dosis mayor de la misma enfermedad: menos doctrina, más experiencia; menos verdad, más cercanía.

La Iglesia no recuperará a las nuevas generaciones ofreciéndoles una fe más liviana, sino devolviéndoles una fe más verdadera. No se trata de oponer el encuentro con Cristo a la doctrina, sino de recordar que no hay encuentro con Cristo sin la verdad sobre Cristo, porque Él mismo es la Verdad (Jn. 14, 6). Basta aquí recordar las palabras de Tomás de Aquino en el capítulo I del Compendio de Teología: «… no puede haber amor recto si no establecemos primero el fin debido de la esperanza, y esto tampoco podemos conseguirlo si falta el conocimiento de la verdad. En suma, es necesaria en primer lugar la fe, para que conozcas la verdad; después, la esperanza, que ponga tu intención en el fin debido; en tercer lugar necesitas la caridad, que ordene debidamente tu afecto.»

Solo una fe pensada, enseñada y transmitida en su totalidad puede resistir el embate de una cultura que, como el propio documento reconoce, ya no la sostiene. Lo demás quedará en el terreno de las buenas intenciones.

 

Carlos Daniel Lasa

 

 



[1] Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época, Roma, 22 de octubre de 2026. Los números entre paréntesis remiten a este documento.

[2] Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, cap. 3 (DH 3008).

[3] Cfr. San Pío X, Encíclica Pascendi Dominici gregis, 8 de septiembre de 1907, números 7-14.

[4] Concilio Vaticano I, Dei Filius, cap. 4 (DH 3020).

[5] Cfr. Pío XII, Encíclica Humani generis, 12 de agosto de 1950, números 14-17.

[6] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, 24 de junio de 1973, n. 4.

[7] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Catechesi tradendae, 16 de octubre de 1979, n. 30.

[8] Cfr. Concilio de Trento, sesión VI, Decreto sobre la justificación, cap. 7 (DH 1529); Catecismo de la Iglesia Católica, números 613-617.

[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, números 1033-1037.

7 comentarios

Lucho
¡Estupendo artículo! Breve, claro y certero. Da gusto leerlo, a pesar del problema tan feo que analiza. Sería interesante investigar (desde la historia, la filosofía y la teología) cómo hemos llegado a esta situación actual en la que la Iglesia desconfía sistemáticamente de la razón humana para abandonarse por completo en manos de la experiencia subjetiva. ¡Muchas gracias!
4/11/26 10:51 AM
Cristian Iglesias
¡Muchas gracias Dr Lasa por este brillante artículo! El "Kerygma sin doctrina" es un mal muy extendido en la Iglesia, lamentablemente, por el decadente influjo del modernismo, progresismo, protestantización de la Iglesia, etc., que anidan en numerosos grupos, comunidades y movimientos "católicos" como así también en la mente y el corazón de una Jerarquía que no está a la altura de las circunstancias. VENITE AD ME es un claro ejemplo de ello. ¡Gracias por su infatigable labor en favor de la verdad!
4/11/26 1:52 PM
Urbel
Que con razón se puedan publicar artículos como éste en un portal católico, uno más en la serie, sobre un documento de Doctrina de la Fe y su prefecto el cardenal Fernández, sucesor de grandes cardenales teólogos como Billot, Merry del Val, Ottaviani y Ratzinger, pone bien a las claras el pozo en que la Iglesia ha caído tras más de medio siglo de crisis y decadencia.

Pésimo teólogo, el cardenal Fernández se reveló también como pésimo canonista en el decreto de excomunión y nota explicativa del pasado 2 de julio.
4/11/26 1:55 PM
E.S.
Excelente artículo. Pone el foco donde hay que ponerlo.
Lo fácil es dar una de cal y otra de arena en torno al documento, como hacen en otros blogs. Pero Lasa es equilibrado sin dejar de ser contundente. Frases como esta realmente aclaran y van al centro del documento:
"La paradoja es elocuente: el dicasterio que custodia la doctrina la presenta como un obstáculo".
"El converso no requiere que se le ahorre la verdad, sino que se le ofrezca entera: negársela en nombre de la pastoral es privarlo de un derecho".
"La Iglesia no recuperará a las nuevas generaciones ofreciéndoles una fe más liviana, sino devolviéndoles una fe más verdadera."
Gracias por su claridad, Dr. Lasa.
4/11/26 3:40 PM
E.S.
Excelente artículo. Pone el foco donde hay que ponerlo.
Lo fácil es dar una de cal y otra de arena en torno al documento, como hacen en otros blogs. Pero Lasa es equilibrado sin dejar de ser contundente. Frases como esta realmente aclaran y van al centro del documento:
"La paradoja es elocuente: el dicasterio que custodia la doctrina la presenta como un obstáculo".
"El converso no requiere que se le ahorre la verdad, sino que se le ofrezca entera: negársela en nombre de la pastoral es privarlo de un derecho".
"La Iglesia no recuperará a las nuevas generaciones ofreciéndoles una fe más liviana, sino devolviéndoles una fe más verdadera."
Gracias por su claridad, Dr. Lasa.
4/11/26 4:19 PM
LUIS OSCAR TOLEDO
Gracias Dr. Daniel Lasa por este escrito, siempre tan claro, didáctico, siempre fundamentando cada afirmación, siempre con el dato duro y el argumento con una lógica irrefutable, respecto del contenido pienso que la Iglesia (institución) no el cuerpo místico de Cristo, está en un bucle descendente respecto de la intelectualidad de la fé, pienso que lo hace para lograr más feligreses, como si lo único importante fuera el número, nos estamos volviendo "ecuménicos," relativistas, diciendo siempre lo políticamente correcto, priorizando la experiencia sensible...Las consecuencias son inevitables y ya estamos viéndolas...Si uno se casa con Barreda, no puede sorprenderse después que nos quiera pegar un tiro !!!
4/11/26 5:22 PM
Josep
Tras el primer anuncio y la evangelización sigue la formación para vivir cristianamente en medio del mundo.
4/11/26 8:22 PM

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