He tenido la alegría de participar en la Audiencia General del Santo Padre celebrada en la Plaza de San Pedro el pasado miércoles 8 de abril de 2026. Era uno más entre un total de treinta mil personas que, procedentes de diversos lugares de Italia y del resto del mundo, acudían al Vaticano esa luminosa mañana de la primavera romana para encontrarse con el papa León XIV. En abril del año 2025, asistiendo al funeral solemne del papa Francisco, pude ver al cardenal Robert Prevost, pero no sabía, ni siquiera sospechaba, que pocos días después, el 8 de mayo, sería elegido Sucesor de Pedro y que escogería el nombre de León XIV.
Es diferente León de lo que era Francisco. Manifiesta un temperamento y un carácter muy distinto. El papa argentino era espontáneo, poco afecto al protocolo y un tanto inclinado a transparentar sus estados de ánimo, hasta sus enfados. El papa estadounidense es más sosegado, más comedido, más protocolario, más previsible. Este modo de ser parece haber irradiado su influjo al ambiente que se respira en la Santa Sede y en el pequeño Estado que le sirve de territorio. El papado, con León XIV, parece - al decir de algunos - haber vuelto a la “normalidad”, a la calma, después de doce años de “agitación”: “¡Hagan lío!”, solía repetir Francisco.
A las 8 de la mañana se iba llenando la plaza más famosa del catolicismo. Hay que pasar los controles de los arcos de seguridad de un modo parecido a como se hace en los aeropuertos. Un amigo que trabaja en el Dicasterio de la Fe contribuyó a agilizar el proceso acompañándome directamente a la zona que indicaba el “biglietto” -la entrada, que siempre es gratuita - asignada por la Prefectura de la Casa Pontificia, responsable de las Audiencias. Para mi fortuna, era el “Reparto Especial”, lo que me permitió sentarme en primera fila en uno de los laterales del atrio de la basílica, en cuyo centro estaba instalada la tarima cubierta donde se sitúa el papa.
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