“Exitus”
Esta tarde ha sido una tarde muy diferente a las demás tardes de mi vida. Esta tarde falleció mi padre, Constantino, a los 86 años, tras pasar los últimos diez especialmente asediado por una enfermedad pulmonar. Unos diez años que fueron casi una prórroga graciosa, un aplazamiento, un combate que él libró con una incontestable voluntad de vivir – él se marcaba como meta al menos los 90 años -. No llegó a los 90, pero casi. Le faltaban cuatro años, que son los que tiene su único nieto, Adrià, el hijo, de momento único, del más joven de sus hijos, Miguel.
Cuando esta tarde llegué a la casa de mis padres, ya estaba expedido el certificado de defunción firmado por el médico. Y allí, en medio de mil explicaciones, reinaba, solitaria, una sola palabra: “Exitus”. Esa palabra significa “salida” o “desenlace”. En el lenguaje médico “exitus” equivale a “exitus letalis”, el desenlace letal y final. En esa especie de lengua global que es el inglés, “exit” significa “salida”. El que tuvo – el latín – retuvo, hasta llegar al inglés.

En el mundo griego, los poetas intentaron alcanzar de manera mítica y fantástica, mediante la intuición y la imaginación, la comprensión del hombre, de la historia y del universo; en suma, de la realidad presentada en su totalidad. Los poemas homéricos, la “Ilíada” y la “Odisea”, supusieron para los primeros griegos algo análogo a lo que la Biblia supuso para los judíos. Y lo que constituyó el alimento espiritual para los griegos, al ser Grecia uno de los pilares de la cultura occidental, lo sigue siendo, en cierto modo, también para nosotros en la actualidad.
En su poema “La Saeta”, Antonio Machado prefiere contemplar a Cristo no en el estatismo de la cruz, atrapado por el sufrimiento y por la muerte, sino en la libertad, en el movimiento y en la esperanza del Cristo que camina sobre las aguas: “¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, /sino al que anduvo en el mar!”. Los poetas – y don Antonio Machado en grado sumo - tienen licencia para preferir, según su sensibilidad, una u otra escena de la vida de Jesucristo. Pero es el mismo Jesús el que, con majestad divina, domina los elementos y calma el mar que sacudía la barca de Pedro, diciendo “Yo soy” que el Crucificado que, poco antes de exhalar el espíritu, gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, una cita del Salmo 22 que expresa con toda su crudeza la angustia del justo, que, sin embargo, se abandona con confianza a Dios.
El libro del historiador Alberto Bravo, “Yo, el Rey. La historia de Carlos II” (Barcelona 2026) pretende ofrecer una renovada imagen del último rey de la Casa de Austria y de su tiempo, siendo consciente el autor de que “la figura de Carlos II sigue siendo para el gran público la de ese rey enfermizo y hechizado de la historiografía clásica, sometido continuamente al escarnio público de periodistas, pésimos divulgadores y pseudohistoriadores que llenan páginas y horas en radios y redes sociales con las más disparatadas invenciones y morbosas fantasías”, pese a que las últimas décadas han supuesto una auténtica revolución en el estudio de su reinado.
Siempre resulta agradable leer los libros de Stefan Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942). Es un narrador brillante que penetra en la psicología de los personajes. En su ensayo “Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista” nos acerca a la figura eminente de Erasmo (1466-1536) estableciendo un inevitable contraste entre el holandés y el iniciador de la reforma protestante, Martín Lutero (1483-1546).






