Fray Juan de Navarrete y las vidas entrelazadas
El historiador griego Plutarco escribió, entre los siglos I y II de nuestra era, una serie de biografías emparejadas por alguna similitud de personajes ilustres, griegos y romanos, estableciendo una comparación entre ellos; por ejemplo, entre Teseo, el héroe fundador de Atenas, y Rómulo, el fundador y primer rey de Roma. El título de esta obra es “Vidas paralelas”. Cuando se habla de líneas paralelas se dice que mantienen la misma distancia entre sí en todos sus puntos. Plutarco parece emplear el término “paralelas” en el sentido de trayectorias existenciales semejantes. Sí puede establecerse un cierto símil entre una biografía y otra, pero difícilmente las vidas de los seres humanos permanecen en una perfecta equidistancia entre ellas, sino que, más bien, suelen entrelazarse unas con otras.
Un ejemplo de estas relaciones mutuas que van surgiendo a lo largo del proceso vital lo proporciona la biografía de fray Juan de Navarrete – nacido en Navarrete (Logroño) hacia 1488 y fallecido en Sanxenxo (Pontevedra) en 1528 -. La huella dejada por san Diego de Alcalá (c.1400-1463), hermano lego franciscano fallecido en la ciudad complutense donde se conserva su sepulcro, animó, por su santidad misionera y caritativa, al joven Juan de Navarrete para profesar en Alcalá de Henares como religioso franciscano y ser ordenado sacerdote.

Guillermo JUAN MORADO, “La oración de Jesús en el pensamiento de Joseph Ratzinger. Una aproximación teológico-fundamental", Compostellanum 71 (2026) 11-52.
Existe una cierta contradicción entre pretender separar el aborto de la moral, negando que abortar esté relacionado con el bien y con el mal, y a la vez defender que, se haga lo que se haga, se dé a luz o se aborte, todo “estará bien”. La moral, la ética, versa sobre las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y colectiva.
Hace años tuve la ocasión de visitar Praga. Paseando por sus calles me encontré con un grupo de Hare Krishna que evolucionaba al ritmo de una especie de danza mientras sus componentes entonaban su famoso mantra. Uno de ellos, un muchacho joven, iba vestido con ropa de calle. A los pocos días, volví a toparme con la vistosa comitiva. El jovencito ya lucía, como el resto de sus compañeros, una túnica azafrán.






