8.02.26

Bad Bunny y el salmo 8

El filósofo alemán Robert Spaemann (1927-2018) publicó, ya jubilado como profesor de Filosofía, un interesante comentario a los Salmos, titulado “Meditaciones de un cristiano”. “El Salterio – escribe en la introducción a esta obra- es el libro clásico de oración de la sinagoga y de la iglesia. Constituye la mayor parte del Libro de las Horas de los monjes cristianos de Oriente y Occidente, así como del Breviario cotidiano de los sacerdotes. Los salmos pertenecen – con independencia de la fe del lector o del cantor – al patrimonio cultural fundamental de Europa”.

            A propósito del salmo 8, que canta la gloria del Creador y la dignidad del hombre, se pregunta Spaemann: “¿Qué tiene primacía, el cosmos luminoso o el hombre? El salmista se asombra aquí de la paradoja. El hombre es lo más alto de la creación, pero esto no es una obviedad ni se desprende de una mera observación de la realidad”. El cosmos, las lumbreras del cielo, son más imponentes que el hombre. Frente a ellas, el hombre es una combinación pasajera de elementos cósmicos. De ahí la interrogación de asombro: “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?”

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1.02.26

Naturaleza humana

Se repite con frecuencia en nuestra época que vivimos una “crisis antropológica”. No resulta sencilla, ni al alcance de todos, y mucho menos sin estar asediada por el error, la respuesta al interrogante: “¿en qué consiste ser humano?” o, dicho de otro modo, “¿qué es la naturaleza humana?”, ¿qué es lo propio y característico del hombre?

En otros tiempos, con apoyo en el saber adquirido, en la tradición de pensamiento, se decía que la naturaleza humana consiste en la unión singular del alma y del cuerpo: en el hombre, el espíritu y la materia no son naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza

Desde “abajo” y desde “arriba”, si cabe decirlo así, esta especificidad se escapa muchas veces. No resulta evidente para muchos qué distingue al hombre del animal, al “homo sapiens sapiens” de un chimpancé, o, desde perspectivas “transhumanistas”, al hombre de una máquina.

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25.01.26

Octavo centenario del “tránsito” de san Francisco de Asís: Una llamada a la reconciliación y a la paz

 

En la llanura de Asís, ciudad de la región italiana de Umbría, se levanta la imponente basílica de Santa María de los Ángeles, coronada por una hermosa cúpula y una estatua dorada de la Virgen. Este templo alberga una pequeña iglesia, la Porciúncula, un lugar muy especial para san Francisco de Asís, donde quiso pasar los últimos días de su vida hasta que le sobrevino la muerte, el 3 de octubre de 1226. Había nacido en 1181 o 1182 y, solamente dos años después de su fallecimiento, fue canonizado en 1228. En 2026 se celebra, pues, el octavo centenario de su “tránsito”.

El saludo que san Francisco hizo suyo fue: “El Señor os dé la paz” y quiso que los “hermanos menores”, sus compañeros y discípulos, fuesen por el mundo como mensajeros de la paz. Francisco dio ejemplo de ello y, así, en 1212 planeó llevar entre los sarracenos su “cruzada” de paz. Con ese fin partió para Siria, pero una tormenta le obligó a desistir. Algo más tarde, intentó dirigirse a Marruecos a través de España, pero lo detuvo una enfermedad y no le quedó más alternativa que conformarse con la peregrinación a Santiago de Compostela. En 1219, en Egipto, logró ser recibido por el sultán Melek-el-Kamel. Era el tiempo de la Quinta Cruzada, de guerra entre cristianos y musulmanes, pero Francisco se presenta ante el sultán desprovisto de cualquier arma, con el único deseo de “predicar la penitencia”, de restablecer los lazos que vinculan a todos los seres humanos.

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18.01.26

El agua, el vino y el cuadro más grande del Louvre

La palabra “epifanía” significa “manifestación”. En la tradición litúrgica cristiana, y así se refleja también en el arte, se vinculan tres momentos de la “manifestación” de Cristo como Hijo de Dios y Salvador del mundo: la adoración de los magos – la manifestación a los paganos -, el Bautismo de Jesús en el Jordán – la manifestación al pueblo judío -, y las bodas de Caná –la manifestación a los discípulos-. Una antífona de la solemnidad del 6 de enero lo expresa con concisión y belleza: “Veneremos este día santo, honrado con tres prodigios: hoy, la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy, el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy, Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán, para salvarnos. Aleluya”.

La solemnidad de la Epifanía tuvo su origen en Oriente. Mientras que en Occidente se ponía el acento en el nacimiento de Jesús en Belén, en la “Navidad”, celebrada el 25 de diciembre, en Oriente se subrayaba, más que el acontecimiento histórico, su significado teológico; es decir, la revelación de Jesús como Hijo de Dios. A finales del siglo IV se llega a una convergencia entre Oriente y Occidente: Oriente recibe la fiesta de la Navidad y Occidente incorpora la de la Epifanía. De este modo se destaca el advenimiento de Dios en el mundo.

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11.01.26

La “Divina Guardería” y el Niño Jesús de Praga

Cada año, en el tiempo de Navidad, se abre al público una sala normalmente oculta del Monasterio de las Descalzas Reales, en Madrid, llamada la “Divina Guardería”, porque en ella se custodian más de ciento treinta imágenes del Niño Jesús. Hay piezas de madera policromada, de cera, de marfil, de plomo…, procedentes de escuelas artísticas españolas, napolitanas, flamencas y hasta peruanas.

            El Monasterio de las Descalzas Reales, vinculado al Patrimonio Nacional, fue fundado por Juana de Austria (1535-1573), la hija menor del emperador Carlos V y de su esposa, la emperatriz Isabel. A su regreso de Portugal, ya viuda del príncipe don Juan Manuel, Juana de Austria convirtió el palacio en el que ella misma había nacido en un monasterio de monjas clarisas, donde instaló sus aposentos. Su cuerpo descansa en la capilla del palacio, que ocupa la estancia en la que ella vino al mundo. En el llamado “Cuarto Real” vivió y murió su hermana mayor, la emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico y reina consorte de Hungría y de Bohemia, María de Austria (1528-1603), quien, en 1582, algunos años después de la muerte de su esposo, regresó a España, alegrándose de “vivir en un país sin herejes”, para retirarse en el Monasterio de las Descalzas con su hija Margarita.

            Era costumbre que las damas que profesaban en el monasterio aportasen, como un elemento de su dote, un crucifijo y una imagen del Niño Jesús, lo que, con el tiempo, contribuyó a que el monasterio albergase una colección de arte sacro de inconmensurable valor. Una de las personalidades que impulsó la devoción al Niño Jesús fue la mencionada Margarita – sor Margarita de la Cruz (1567-1633) -, de quien se cuenta que trataba estas imágenes como si fuesen niños reales, acunándolas e incluso tejiéndoles ropa a medida.

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