24.06.26

Presentación del libro "Signo y misterio", CPL, Barcelona 2026

En el “Catecismo de la Iglesia Católica” leemos que “todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2,9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (n. 515).

El signo y el misterio, el significante y el significado, lo visible y lo invisible… son indisociables. La lógica de lo cristiano se caracteriza por la “sacramentalidad”, por la remisión de lo humano a lo divino, de lo sensible a lo espiritual. La unidad concreta de ambas dimensiones no anula la diferencia que las distingue sin separarlas. Pero no solo esta lógica rige en cuestiones de fe, sino que tiene su validez en el conocimiento general de las cosas; especialmente en el ámbito de aquellas capas de lo real que nos atañen más de cerca, que nos afectan personal y existencialmente.

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21.06.26

Nuevo libro: "Signo y misterio", editado por el CPL de Barcelona

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la aceleración tecnológica y la pérdida de sentido, Guillermo Juan Morado propone una mirada lúcida y serena sobre las grandes preguntas del ser humano. Fe, razón, cultura, dignidad, inteligencia artificial, tradición cristiana y vida interior dialogan en estas páginas con profundidad y cercanía. Un libro que invita a descubrir, más allá de los signos visibles de nuestro tiempo, el misterio que habita en el corazón del hombre y la permanente novedad del Evangelio.

Guillermo Juan Morado (Mondariz, Pontevedra, 1966) es sacerdote de la diócesis de Tui-Vigo, párroco de la parroquia de san Pablo, en Vigo, y canónigo de la santa iglesia catedral de Tui. Licenciado en Filosofía y doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; imparte cursos de Teología Fundamental en el Instituto Teológico Compostelano. Ha publicado diversos libros y artículos. Escribe en su blog «La Puerta de Damasco» y colabora en el periódico «Atlántico Diario».

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17.06.26

El riesgo de las joyas

            En estos días se subasta en Nueva York un collar de aguamarinas siberianas realizado en 1911 por el taller de Carl Fabergé, proveedor habitual de la casa imperial rusa. Las gemas pertenecieron a la esposa del zar Nicolás II, Alejandra Fiódorovna, quien desempeñó un singular papel en el declive de la dinastía reinante. El poeta decimonónico Fiódor Tiúchev decía que no se puede entender Rusia tan solo con la razón. En realidad, “tan solo con la razón” no se puede entender casi nada y menos los acontecimientos políticos, en los que se mezclan todo tipo de elementos, muchos de ellos confinantes con el surrealismo. Magistralmente describe esa etapa final de la Rusia de los zares Antony Beevor en su interesante ensayo “Rasputín y la caída de los Romanov” (Barcelona 2026).

            El aderezo de aguamarinas del que hablamos se había creado para ser utilizado como obsequio diplomático durante la visita oficial a San Petersburgo de los últimos herederos del imperio alemán, Guillermo de Hohenzollern y su esposa, Cecilia de Mecklemburgo-Schwerin. Finalmente, la pieza no fue elegida y regresó al gabinete imperial ruso. Las alhajas tienen su propia biografía y, si sobreviven a los avatares de la historia, van pasando de unos a otros, entrecruzándose con las vivencias de sus dueños y portadores. Sucede con ellas algo parecido a lo que narra el ceramista Edmund de Waal en su admirable novela “La liebre con ojos de ámbar” a propósito de la herencia de una colección de “netsukes”, diminutas esculturas japonesas, pertenecientes a una familia que va atravesando los vaivenes azarosos de los siglos XIX y XX.

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13.06.26

Humanos

        

            Es difícil resumir en pocas palabras el mensaje transmitido por el papa León XIV durante su viaje apostólico a España. En diferentes ocasiones, se estableció un auténtico diálogo entre las personas que daban su testimonio y formulaban preguntas y el papa, que escuchaba con interés y atención antes de contestar. El sábado 6 de junio, en la vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima, en Madrid, se le preguntó al papa: “¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?”. La respuesta del pontífice sintetiza, a mi juicio, el núcleo esencial de su mensaje: “quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables”. Y añadía: “Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo”, para concluir con una invitación a cambiar la historia con la fuerza del amor.

            En el diálogo mantenido en la vigilia de oración celebrada en el Estadio Olímpico de Barcelona el martes 9 de junio, un joven expresaba los fines que parece proponer la cultura dominante: “crecemos escuchando que el único objetivo en la vida es producir, tener éxito y cuidar nuestra imagen. Yo mismo lo intenté, pero solo encontré un vacío inmenso. Buscando respuestas, mi vida dio un giro y esta última Pascua recibí el Bautismo”. León XIV, siguiendo la estela de san Agustín, animó a no conformarse, a ir más allá, cultivando la inquietud del corazón: “estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante y nos invita a seguir buscando, a buscar avanzando, pero, sobre todo, a buscar «descendiendo interiormente», es decir, yendo a lo profundo”. Este repliegue en la hondura del propio ser no tiene como meta el encierro en uno mismo, sino que debe ser un punto de partida para desarrollar un pensamiento crítico en relación con un modelo de sociedad que idolatra el beneficio, el rendimiento, el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen.

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3.06.26

El gimnasio y la "Magnifica humanitas"

Los pabellones dedicados al ejercicio, al entrenamiento, al variado mundo del “fitness” forman parte de nuestra vida. Por razones de salud, por motivos estéticos, por el deseo de sentirse mejor, por recomendación médica… son muchas las personas que se apuntan a un gimnasio. “Mens sana in corpore sano”, dice el conocido adagio latino, que invita a cultivar el bienestar integral, de la mente y del cuerpo; de la unidad de ambos que configura la naturaleza humana.

Hay quien tiende a abandonarse, a descuidar de modo irresponsable el propio estado físico y mental comiendo o bebiendo más de la cuenta, llevando un estilo de vida excesivamente sedentario, consumiendo tabaco u otras sustancias nocivas. En el extremo contrario, se puede caer en un exceso de preocupación por el propio aspecto, bien sea dejándose atrapar por la cautividad del narcisismo o sucumbiendo al empeño imposible de conjurar los signos del paso del tiempo, de la temible vejez que se aproxima sin molestarse en pedir permiso.

La obsesión por una delgadez inalcanzable, por una musculatura perfecta, por una silueta atlética; la atención maníaca a una alimentación baja en calorías y rica en proteínas; la prioridad concedida, sobre cualquier otra cosa, al tiempo de entrenamiento; el excesivo gasto invertido en tratamientos estéticos; la autoinspección frente al espejo en busca de eventuales imperfecciones… pueden ser indicios de que quizá el responsable propósito de cuidarse degenera en una actitud que confina con la neurosis.

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