2.07.26

Tres jefes de Estado en Roma

Lo más común es que en la capital de una nación habite el jefe de Estado de ese país; como es el caso del rey de España en Madrid o del presidente de Portugal en Lisboa. Roma es, en esto como en muchas otras cosas, una ciudad excepcional. En ella moran tres jefes de Estado: el papa, el gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta y el presidente de la República Italiana. Esta concentración de poderes hace que la Ciudad Eterna esté plagada de representantes diplomáticos.

De los tres jefes de Estado que tienen su residencia en Roma, la precedencia por antigüedad le corresponde al papa, que está, ayudado por la curia romana, a la cabeza de la Santa Sede, la institución del gobierno supremo de la Iglesia Católica y el sujeto de derecho internacional que la representa ante el mundo. Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, ya que el papa es el sucesor de Pedro, el primer obispo de Roma. Con el tiempo, la Santa Sede comenzó a ejercer también la soberanía temporal sobre un territorio. En el siglo VIII se establecieron los Estados Pontificios, que abarcaban las regiones del Lacio, Umbría, Marcas y Emilia Romana. Los Estados Pontificios se mantuvieron vigentes durante más de un milenio, hasta 1870, cuando fueron anexionados por el Reino de Italia. El papa Pío IX excomulgó al primer rey, Víctor Manuel II, y se refugió en el Vaticano, considerándose un prisionero. Así transcurrirían unos cincuenta y nueve años y varios pontificados hasta que, en 1929, se firmaron los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de Italia, que establecieron la soberanía plena del papa sobre el nuevo Estado de la Ciudad del Vaticano, el más pequeño del mundo, que custodia la memoria del catolicismo, la belleza del arte y unos cuidadísimos jardines. La Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas con 184 Estados.

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26.06.26

Santa Rita y las abejas

Las abejas son unos insectos muy singulares, productores de cera y de miel. En sentido figurado, se le llama “abeja” a una persona laboriosa y previsora. El gran poeta romano Virgilio (70-19 a.C.), de origen campesino, crecido entre los bosques y los árboles, formado entre trabajadores, en una Lombardía húmeda y brumosa, mantiene a lo largo de su vida el apego a la vida sencilla, a los pequeños placeres y a los animales, cultivando una simpatía que extiende a toda la naturaleza. Desde el año 54 estudió elocuencia en Roma y se interesó por la filosofía y por la poesía. A partir de un determinado momento, vivirá asiduamente en la Campania, donde compone, entre el 37 y el 30, un poema acerca del cultivo de la tierra, las “Geórgicas”, antes de dedicarse durante unos 10 años a escribir la “Eneida”. El cuarto canto de las “Geórgicas” versa sobre la apicultura, tema de enorme importancia, pues la miel – “rocío del aire y don del cielo” – se usaba, sobre todo, para endulzar.

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24.06.26

Presentación del libro "Signo y misterio", CPL, Barcelona 2026

En el “Catecismo de la Iglesia Católica” leemos que “todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2,9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (n. 515).

El signo y el misterio, el significante y el significado, lo visible y lo invisible… son indisociables. La lógica de lo cristiano se caracteriza por la “sacramentalidad”, por la remisión de lo humano a lo divino, de lo sensible a lo espiritual. La unidad concreta de ambas dimensiones no anula la diferencia que las distingue sin separarlas. Pero no solo esta lógica rige en cuestiones de fe, sino que tiene su validez en el conocimiento general de las cosas; especialmente en el ámbito de aquellas capas de lo real que nos atañen más de cerca, que nos afectan personal y existencialmente.

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21.06.26

Nuevo libro: "Signo y misterio", editado por el CPL de Barcelona

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la aceleración tecnológica y la pérdida de sentido, Guillermo Juan Morado propone una mirada lúcida y serena sobre las grandes preguntas del ser humano. Fe, razón, cultura, dignidad, inteligencia artificial, tradición cristiana y vida interior dialogan en estas páginas con profundidad y cercanía. Un libro que invita a descubrir, más allá de los signos visibles de nuestro tiempo, el misterio que habita en el corazón del hombre y la permanente novedad del Evangelio.

Guillermo Juan Morado (Mondariz, Pontevedra, 1966) es sacerdote de la diócesis de Tui-Vigo, párroco de la parroquia de san Pablo, en Vigo, y canónigo de la santa iglesia catedral de Tui. Licenciado en Filosofía y doctor en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; imparte cursos de Teología Fundamental en el Instituto Teológico Compostelano. Ha publicado diversos libros y artículos. Escribe en su blog «La Puerta de Damasco» y colabora en el periódico «Atlántico Diario».

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17.06.26

El riesgo de las joyas

            En estos días se subasta en Nueva York un collar de aguamarinas siberianas realizado en 1911 por el taller de Carl Fabergé, proveedor habitual de la casa imperial rusa. Las gemas pertenecieron a la esposa del zar Nicolás II, Alejandra Fiódorovna, quien desempeñó un singular papel en el declive de la dinastía reinante. El poeta decimonónico Fiódor Tiúchev decía que no se puede entender Rusia tan solo con la razón. En realidad, “tan solo con la razón” no se puede entender casi nada y menos los acontecimientos políticos, en los que se mezclan todo tipo de elementos, muchos de ellos confinantes con el surrealismo. Magistralmente describe esa etapa final de la Rusia de los zares Antony Beevor en su interesante ensayo “Rasputín y la caída de los Romanov” (Barcelona 2026).

            El aderezo de aguamarinas del que hablamos se había creado para ser utilizado como obsequio diplomático durante la visita oficial a San Petersburgo de los últimos herederos del imperio alemán, Guillermo de Hohenzollern y su esposa, Cecilia de Mecklemburgo-Schwerin. Finalmente, la pieza no fue elegida y regresó al gabinete imperial ruso. Las alhajas tienen su propia biografía y, si sobreviven a los avatares de la historia, van pasando de unos a otros, entrecruzándose con las vivencias de sus dueños y portadores. Sucede con ellas algo parecido a lo que narra el ceramista Edmund de Waal en su admirable novela “La liebre con ojos de ámbar” a propósito de la herencia de una colección de “netsukes”, diminutas esculturas japonesas, pertenecientes a una familia que va atravesando los vaivenes azarosos de los siglos XIX y XX.

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