Exorcizar el mundo
En el evangelio según san Marcos se dice que Jesús eligió a los Doce, a los apóstoles, “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar los demonios”. Tienen que estar con él para conocerlo, para captar su singularidad y poder así llevar su mensaje al mundo. Pero el mundo al que se dirigen está dominado por los poderes del mal, a quienes deben combatir exorcizándolo, liberándolo de las posesiones diabólicas.
San Pablo detalla algo más ese combate: “nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire”. Se trata de adversarios llenos de maldad esencial y mortífera, que atacan incansablemente, que no tienen verdadero nombre sino designaciones colectivas, con posiciones opacas e inexpugnables.
Seríamos ingenuos si descartásemos estas advertencias como míticas o propias de otra época. ¿Acaso no verificamos cada día que lo cristiano, y hasta lo humano, está amenazado por una atmósfera anónima que intenta que la fe – e incluso la defensa de la dignidad de la persona – parezca ridícula y carente de sentido? Joseph Ratzinger, con su lucidez habitual, se preguntaba: “¿Y quién no verá que existen intoxicaciones universales del clima espiritual que amenazan a la humanidad en su dignidad, incluso en su existencia? El individuo humano, incluso las comunidades humanas, parecen entregadas sin esperanza a la acción de estos poderes”.

Erik Varden, Illuminati da una gloria nascosta, San Paolo, Cinisello Balsamo 2026, 176 p., ISBN: 978-88-922-5111-3.
El santoral o “martirologio romano” dice sobre el domingo de Pascua: “Este es el día en que actuó el Señor, la solemnidad de las solemnidades y nuestra Pascua: la resurrección de nuestro Salvador Jesucristo según la carne”. El hecho de que los cristianos celebren, desde el principio hasta hoy, el domingo como “el día del Señor” tiene su razón de ser en aquel “tercer día” que siguió al viernes de la crucifixión. Es el día del primer encuentro con el Resucitado, acontecimiento decisivo que provocó en los discípulos la renuncia al sábado y su sustitución por el primer día de la semana.
A lo largo de la historia se ha ido definiendo al hombre partiendo de - y quizá absolutizando- uno de sus aspectos constitutivos. Del “hombre político” de la antigüedad se ha pasado, sucesivamente, al “hombre religioso” medieval y al “hombre científico” de la modernidad, con sus inevitables extensiones; entre ellas, el “hombre trabajador” del progreso industrial y el “hombre virtual” de la presente era digital.






