Presentación del libro "Signo y misterio", CPL, Barcelona 2026
En el “Catecismo de la Iglesia Católica” leemos que “todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que ‘en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2,9). Su humanidad aparece así como el ‘sacramento’, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (n. 515).
El signo y el misterio, el significante y el significado, lo visible y lo invisible… son indisociables. La lógica de lo cristiano se caracteriza por la “sacramentalidad”, por la remisión de lo humano a lo divino, de lo sensible a lo espiritual. La unidad concreta de ambas dimensiones no anula la diferencia que las distingue sin separarlas. Pero no solo esta lógica rige en cuestiones de fe, sino que tiene su validez en el conocimiento general de las cosas; especialmente en el ámbito de aquellas capas de lo real que nos atañen más de cerca, que nos afectan personal y existencialmente.

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la aceleración tecnológica y la pérdida de sentido, Guillermo Juan Morado propone una mirada lúcida y serena sobre las grandes preguntas del ser humano. Fe, razón, cultura, dignidad, inteligencia artificial, tradición cristiana y vida interior dialogan en estas páginas con profundidad y cercanía. Un libro que invita a descubrir, más allá de los signos visibles de nuestro tiempo, el misterio que habita en el corazón del hombre y la permanente novedad del Evangelio.
En estos días se subasta en Nueva York un collar de aguamarinas siberianas realizado en 1911 por el taller de Carl Fabergé, proveedor habitual de la casa imperial rusa. Las gemas pertenecieron a la esposa del zar Nicolás II, Alejandra Fiódorovna, quien desempeñó un singular papel en el declive de la dinastía reinante. El poeta decimonónico Fiódor Tiúchev decía que no se puede entender Rusia tan solo con la razón. En realidad, “tan solo con la razón” no se puede entender casi nada y menos los acontecimientos políticos, en los que se mezclan todo tipo de elementos, muchos de ellos confinantes con el surrealismo. Magistralmente describe esa etapa final de la Rusia de los zares Antony Beevor en su interesante ensayo “Rasputín y la caída de los Romanov” (Barcelona 2026).
Es difícil resumir en pocas palabras el mensaje transmitido por el papa León XIV durante su viaje apostólico a España. En diferentes ocasiones, se estableció un auténtico diálogo entre las personas que daban su testimonio y formulaban preguntas y el papa, que escuchaba con interés y atención antes de contestar. El sábado 6 de junio, en la vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima, en Madrid, se le preguntó al papa: “¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia?”. La respuesta del pontífice sintetiza, a mi juicio, el núcleo esencial de su mensaje: “quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables”. Y añadía: “Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo”, para concluir con una invitación a cambiar la historia con la fuerza del amor.












