Carlos Dívar
No me gusta titular un post con el nombre de una persona. Y menos si de esa persona yo no sé nada. Y realmente no sé nada del jurista Carlos Dívar. Algo así como un instinto, un móvil que obedece a alguna razón oculta, me hace estar prevenido contra todo lo que se conoce como “Justicia”. No ciertamente contra la virtud cardinal, sino contra lo que comúnmente se conoce como “poder judicial”. Será desconfianza, quizá. En todo caso, vale más un mal acuerdo que un buen pleito.
Pero no quiero hablar del poder judicial como tal. No. Quiero hablar de algo que es previo a lo que decidan los jueces. Me refiero al respeto a la libertad religiosa; a la consideración que debe merecernos uno de los derechos humanos más importante. A mí me ha indignado, como ciudadano y como cristiano, que se intentase repudiar la candidatura de un magistrado a presidir el Tribunal Supremo por la única “culpa” de ser muy religioso. Incluso un político, líder de unas siglas herederas del más terrible totalitarismo que ha conocido la historia, se ha permitido la “gracia” de decir que, en adelante, en vez de gritar: “Viva la Constitución” habría que decir “Ave María Purísima”.
Se empieza así y se termina apartando de cualquier puesto público a quien manifieste públicamente ser cristiano. Otros lo hicieron antes. Alejaron, retiraron, marginaron a personas valiosas por el grave delito de ser “judíos”, de ser “contrarrevolucionarios” o, también, por ser cristianos. No digamos nada si se trata de un católico que, además, es devoto, pongamos por caso, de la Eucaristía.

El fenómeno del rechazo, de la resistencia, de la contradicción, está presente en la vida y en el ministerio de Jesús y, en consecuencia, en la vida y en el ministerio de la Iglesia. La parábola que recoge el evangelista San Mateo (21,28-32) contrapone dos actitudes: la de aquellos que obedecen sólo de palabra y la de aquellos que, a pesar de la oposición inicial, terminan obedeciendo con las obras. El Señor describe con esta parábola una experiencia propia: la resistencia a creer en Él por parte de los fariseos, de los letrados y de los sacerdotes de Jerusalén; es decir, de aquellos que, al menos en teoría, dicen “sí” a Dios, porque afirman conocer la Ley y presumen de cumplirla, pero rechazan a los enviados de Dios, incluso al mismo Hijo de Dios.
Manifestarse, en sí mismo, no está mal. Parece un recurso legítimo. Las personas pueden reunirse públicamente y reclamar algo, o expresar su protesta por algo. De ese “algo” que convoca la reunión dependerá que la manifestación merezca aplauso o vilipendio.
Muchas veces me pregunto por este tema: ¿Se puede medir la “eficacia” pastoral? La “eficacia” es la capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera. Si hablamos de “pastoral”, el efecto que se busca es uno solo: la santidad de los cristianos y, por extensión, de todos los hombres. La “pastoral” es, en expresión más clásica, la “cura de almas”; el cuidado, la instrucción de aquellos que forman parte de ese pequeño rebaño que es la Iglesia de Dios.
El plan de Dios supera las previsiones de los hombres: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (cf Is 55, 6-9). Con frecuencia, podemos tener la tentación de querer proyectar nosotros lo que ha de hacer Dios; de decirle cómo, cuándo y a quién debe salvar. Nos olvidamos de su omnipotencia; uno de los atributos divinos que es nombrado en el Credo. Su omnipotencia, nos recuerda el Catecismo (n. 268), es universal, porque Dios, que ha creado todo, rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre; es misteriosa, porque sólo la fe puede descrubrirla cuando “se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12,9).












