Una Inmaculada de Zurbarán
Cuando uno escribe un libro, sea grande o pequeño, no tiene apenas posibilidad de elegir su portada. Las editoriales se ocupan de eso. También del tipo de letra, de la maquetación, del diseño y de los complejos campos que afectan a la edición de un texto. Un libro no sólo debe ser interesante. Debe ser – o ha de procurar serlo – bello.
Hoy estoy muy contento. La editorial CCS, en su colección “Mesa y Palabra”, nº 19, anuncia la próxima publicación de un texto que he escrito con devoción; es decir, con amor, con fervor y con veneración. Se trata de una “Novena a la Inmaculada”. Ya sé que algunos al leer “Novena” se reirán. Pero yo no comparto esa risa, si lo que mueve a reír es un sentimiento de burla. Hay muchas cosas que escribir: textos académicos, artículos periodísticos, colaboraciones en revistas y también - ¿por qué no? – opúsculos que estimulen la piedad, sin olvidar por ello la necesidad de la formación.
He de confesar que, en esta ocasión, se me ocurrió una pequeña trampa. Al enviar el texto a los editores puse una portada. Se trataba de una Inmaculada de Zurbarán. En ese cuadro, la Virgen aparece con una túnica rosada y con un manto azul, coronada con las doce estrellas. No pensé que la “sugerencia” llegase a más. Me imaginaba otro diseño - bello, cuidado – pero “otro” al fin y al cabo. Y, en efecto, se trata de otro diseño. Pero no muy alejado de mi propuesta encubierta. Han optado por una Inmaculada del mismo artista.
En el precioso cuadro, que sirve finalmente de portada, María aparece con una túnica blanca – elemento no muy frecuente en esa época - . También porta un manto azul. La Virgen joven, con cabellos sueltos sobre sus hombros y coronada por las doce estrellas, apoya sus pies sobre un cuarto de luna. Me parece un icono de gran belleza. Los atributos de la Letanía se mezclan con escenas de un paisaje sevillano: un barco que fondea, y además – ya no estrictamente Sevilla - una fuente, un pozo, un cedro… Entre las nubes del cielo, diversos símbolos que tienen su base en la Escritura y en la Tradición.

El famoso científico Stephen Hawking, sucesor de Newton en la cátedra Lucasiana de Cambridge, tiene la virtualidad de plantear el problema de la relación entre Creador y creación o, dicho de otro modo, entre Dios y el mundo. No es poco, teniendo en cuenta el espeso ambiente de silencio que reina en nuestros pagos en lo que a Dios se refiere. En Inglaterra las cosas son de otro modo. Allí el debate entre ciencia y religión es un debate vivo y, generalmente, de gran altura intelectual.
No me gusta titular un post con el nombre de una persona. Y menos si de esa persona yo no sé nada. Y realmente no sé nada del jurista Carlos Dívar. Algo así como un instinto, un móvil que obedece a alguna razón oculta, me hace estar prevenido contra todo lo que se conoce como “Justicia”. No ciertamente contra la virtud cardinal, sino contra lo que comúnmente se conoce como “poder judicial”. Será desconfianza, quizá. En todo caso, vale más un mal acuerdo que un buen pleito.
El fenómeno del rechazo, de la resistencia, de la contradicción, está presente en la vida y en el ministerio de Jesús y, en consecuencia, en la vida y en el ministerio de la Iglesia. La parábola que recoge el evangelista San Mateo (21,28-32) contrapone dos actitudes: la de aquellos que obedecen sólo de palabra y la de aquellos que, a pesar de la oposición inicial, terminan obedeciendo con las obras. El Señor describe con esta parábola una experiencia propia: la resistencia a creer en Él por parte de los fariseos, de los letrados y de los sacerdotes de Jerusalén; es decir, de aquellos que, al menos en teoría, dicen “sí” a Dios, porque afirman conocer la Ley y presumen de cumplirla, pero rechazan a los enviados de Dios, incluso al mismo Hijo de Dios.
Manifestarse, en sí mismo, no está mal. Parece un recurso legítimo. Las personas pueden reunirse públicamente y reclamar algo, o expresar su protesta por algo. De ese “algo” que convoca la reunión dependerá que la manifestación merezca aplauso o vilipendio.






