Terrorífico Tamayo
Acabo de escribir su nombre y ya estoy arrepentido. Tamayo, ¿quién es Tamayo? Nadie. En el campo teológico, nadie. Y en el eclesial, menos que nadie. Pero está ahí, parece que a sueldo, dispuesto a desacreditar todo lo que provenga de la Iglesia de Cristo.
Nunca han faltado en la historia los “tamayos” de turno. Siempre ha habido alguien presto a susurrar al oído del poder lo que el poder quería oír, o a hacer propaganda al ritmo marcado por el tirano. Frente a fidelidad a la conciencia – Tomás Moro – , la postura de un Cranmer – el seguidismo del poder – ayuda a marcar la diferencia, a separar la honra de de la vileza.
A Tamayo, las palabras pronunciadas por los Obispos en las Misas que hoy se han celebrado en la fiesta de la Sagrada Familia le parecen terroríficas. A Tamayo, como al Demonio, la palabra del Evangelio le provoca espanto y pavor. Ofrece así, gratuitamente para la Iglesia, aunque quizá bien pagado por otros cauces, una norma negativa cuasi infalible: No le gusta a Tamayo, “ergo” está bien.

El primer domingo después de Navidad celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. El Hijo de Dios se hizo hombre y asumió, para redimirlas, las realidades humanas. También la realidad de la familia. Acepta creer y fortalecerse en el seno de la familia formada por Él, por María, su Madre, y por San José (cf Lc 2,22-40). La Sagrada Familia es el reflejo en la tierra del misterio de la comunión eterna de la Santísima Trinidad.
La expectación es la espera de un acontecimiento que interesa o importa. El Adviento nos sumerge en la expectación, en la tensión dinámica de la espera “de un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos”: la venida de Cristo (cf Catecismo 522). En la liturgia de este tiempo la Iglesia actualiza la espera del Mesías, compartiendo así la espera de Israel y, de algún modo, la espera confusa de todo hombre; el anhelo de salvación, de redención, de justicia, de felicidad. Al disponernos a celebrar la venida del Salvador en la humildad de nuestra carne, los fieles renovamos el ardiente deseo de su segunda venida en la majestad de su gloria.












