Un ordenado y planificado ataque contra la Iglesia
Roma es una ciudad singular. Entre otras razones, porque allí tienen sus sedes tres Jefes de Estado: el presidente de la República italiana, el Gran Maestre de la Soberana Orden de Malta y, no en tercer lugar en cuanto a importancia, el Papa. En Roma confluye el mundo, en una especie de ONU anterior a la ONU. Desde el mundo a Roma - y desde Roma al mundo - , llegan los ecos, normalmente fidedignos, de casi todo lo que acontece en el planeta.
Que el Embajador de España cerca de la Santa Sede haya dicho que “hay en estos momentos un ordenado y planificado ataque contra la Iglesia desde distintos sectores del pensamiento” es una afirmación digna de ser tomada en cuenta. Y lo es porque, sin excesivo esfuerzo, puede verificarse la verdad del aserto. Y, además, porque razonablemente podemos pensar que quien hace esa afirmación es un hombre que puede estar, que debe estar, bien informado.
El Embajador se refiere a un ataque “ordenado y reflexionado y perfectamente coordinado”, a una “tergiversación y manipulación constante que se hace de la figura del Papa actual”, a que se interpreta lo que él – el Papa – dice “de forma torticera”. Resulta obvio que es así. Sin esta mala fe, sin esta voluntad de enmarañar las cosas, no resulta comprensible, por ejemplo, la enésima polémica – sin duda, no la última – desencadenada sobre unas matizadas palabras del Papa acerca de la lucha contra el SIDA en África.

La celebración del Viernes Santo, primer día del Triduo Sacro, está enteramente centrada en la muerte de Cristo en la Cruz. “¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza! Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto!”.
El Prior General de la Orden del Carmen, Fernando Millán Romeral, es el autor de un breve e interesante libro titulado Tito Brandsma, editado por la Fundación Emmanuel Mounier, en la colección “Sinergia” (F. Millán Romeral, Tito Brandsma, Colección Sinergia nº 33, Fundación Emmanuel Mounier, Salamanca 2008, 136 páginas, 6 euros).
El domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa, sitúa ante nuestra mirada a Jesucristo en la humildad de su Pasión. San Pablo, en la Carta a los Filipenses (2,6-11), recogiendo probablemente un antiguo himno utilizado por los primeros cristianos, nos habla de la humillación y exaltación de la humanidad santísima del Señor. Cristo “no hizo alarde de su categoría de Dios”, “se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo”, “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”.












