En este desierto de Dios
La expresión que encabeza este post no es mía. La ha empleado esta mañana Benedicto XVI en un discurso dirigido a un grupo de obispos de Brasil: “En este desierto de Dios, la nueva generación siente una gran sed de trascendencia”.
Sin Dios, sin pensar en Él, sin abrir a Él los límites de nuestra existencia, la vida humana se encuadra en un marco despoblado, pedregoso, de escasa vegetación. Nuestra cultura poscristiana ha ido, más o menos, resistiendo la desertización. Ha hecho un poco lo que hacen, a veces, los herederos irresponsables de inmensas fortunas. Durante un tiempo se permiten dilapidar lo que han recibido, basándose en una especie de pretensión quimérica que les convence de que la bolsa del tesoro no tiene fondo. Pero sí lo tiene. Y todo, al final, si no se repone, se agota.
La gran aportación de la cultura cristiana ha sido la idea de “persona”. Un concepto – no digo una palabra - que, como tal, no existía antes de ese fecundo encuentro entre el saber griego y el saber derivado del Evangelio. “Sustancia individual de naturaleza racional”, decía Boecio. La persona humana es un individuo irrepetible de la especie; un “alguien” y no un “algo”; un ser único, singular, y no un mero eslabón de una cadena de congéneres. El mensaje cristiano ha visto el fundamento de la dignidad del hombre en el hecho de haber sido creado “a imagen y semejanza de Dios”; llamado, pues, desde el origen, a ser interlocutor de Dios.