Un amigo dice que los que rondamos los cuarenta años – un poco por arriba o por abajo – tenemos dos agendas: La “agenda A”, nuestros compromisos de trabajo, nuestras ocupaciones diarias, y la “agenda B”, que nos viene dada por el tiempo que hemos de dedicar a atender a nuestros padres: estar un poco pendientes de las visitas a los médicos, acompañarles a las revisiones, supervisar un poco la medicación que toman, etc.
Es un trabajo grato, el de la agenda B. Sobre todo porque rondar los cuarenta – unos añitos por encima o por abajo, al final, no importan – y tener a los propios padres vivos es ya un privilegio. Sin padres, la familia queda reducida a los hermanos y el vínculo fraterno depende tanto del centro de gravedad – el padre y la madre- que, cuando este centro desaparece, el vínculo, aunque subiste, se hace menos intenso.
Leer más... »