El reto de volver a hablar de lo humano
¿En qué consiste ser hombre, ser una persona humana? Esta pregunta fundamental está lejos de encontrar una respuesta compartida por todos. Tenemos dificultad a la hora de comprender qué somos y qué nos diferencia, si algo nos distingue, de los animales o de las máquinas.
Sigmund Freud interpretó las tres revoluciones científicas conocidas en su tiempo como ofensas al hombre. La revolución copernicana hizo que la tierra y, en consecuencia, el hombre que la habita, dejase de ser el centro del universo. Después de esta “ofensa cosmológica” vino una segunda, “la ofensa biológica”, por la cual el hombre renunció a considerarse el soberano de todos los seres que poblaban la tierra para verse como el resultado de una evolución. La tercera ofensa, la psicológica, fue infligida por el mismo Freud: el hombre ya no era regente de su propia alma, sino que esta se resolvía en una confusión de impulsos. Podríamos buscar y señalar nuevas “ofensas” más recientes, nuevos cuestionamientos, que profundizan en el carácter problemático de lo humano.
De hecho, son muchos los pensadores que apuestan por el posthumanismo, sosteniendo que la idea de lo humano es simplemente una ficción, o por el transhumanismo, que propone mejorar mediante la tecnología las deficiencias de lo humano. Occidente, que tuvo su punto fuerte en la defensa del valor de la persona humana, hoy corre el riesgo de encontrar en esta cuestión – el valor de lo humano - su mayor punto de debilidad.

La lechuza de Minerva, diosa de la sabiduría, solo vuela al anochecer. Se parece a la filosofía, que solo puede comprender y explicar la realidad “a posteriori”, cuando una época histórica ha llegado a su fin. Sin embargo, el símbolo de la contemporaneidad ya no parece ser la lechuza de Minerva, que necesita tiempo para reflexionar, sino una singular comadreja disecada, que se muestra en el Museo de Historia Natural de Rotterdam, con el pelaje quemado y las patas carbonizadas. Esta comadreja se electrocutó en noviembre de 2016 al trepar por la valla de una subestación del Gran Colisionador de Hadrones del Centro Europeo para la Investigación Nuclear(CERN) de Ginebra.
La expresión “ateos devotos” – o la equivalente de “ateos católicos” - parece contradictoria y plantea un interrogante sobre la coexistencia y alianza de los contrarios: ¿cómo puede un incrédulo, pese a su incredulidad, estimar seriamente la religión católica? Es un hecho que algunas personas que no se identifican como creyentes defienden, no obstante, la centralidad cultural y política de los valores cristianos. A estas personas se les empezó a llamar en Italia, ya en la etapa final del pontificado de Juan Pablo II, “ateos devotos”. Podríamos mencionar, entre otros, a la periodista Oriana Fallaci, al también periodista Giuliano Ferrara o al filósofo y político Marcello Pera. En España, podría señalarse a Gustavo Bueno, quien se consideraba a sí mismo ateo, pero culturalmente católico. Varios intelectuales no creyentes admiraban al papa Benedicto XVI, quien defendía la importancia de los cristianos como “minoría creativa” a la hora de custodiar y defender los valores de Occidente, amenazado por la frivolidad relativista.
La festividad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos, con todos los ritos y costumbres que rodean estas fechas – como el adorno de los panteones y las visitas a los cementerios – pueden ser objeto de diversas aproximaciones; por ejemplo, desde la antropología cultural. También pueden ser analizadas desde la teología católica, que parte de la revelación cristiana, testimoniada en la Sagrada Escritura unida a la tradición de la Iglesia e interpretada con autoridad por el magisterio eclesiástico – por los obispos, por el papa, por los concilios -.
Con fecha del veinticuatro de octubre de 2024 el papa Francisco ha publicado su cuarta encíclica, titulada “Dilexit nos” – “Nos amó” –, sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo. No se aparta el pontífice de la entraña del cristianismo, el amor de Cristo, ni de las actuales necesidades del hombre, que busca sentido y orientación para su existencia, que precisa retornar a su interior para no perder su propio centro.












