14.06.12

Sagrado Corazón de Jesús

El amor de Dios por su Pueblo – por ese pueblo que es una preparación de la Iglesia – es un amor paternal y misericordioso. Israel es visto por Dios como un hijo, a quien se le llama, a quien se le enseña a andar, alzándolo en brazos, atrayéndole con “correas de amor” (cf Os 11,1-9). Un Dios a quien se le “revuelve el corazón” y se le “conmueven las entrañas”. La paternidad de Dios en relación con su Pueblo pone de relieve que Él es el origen primero de todo: su palabra llama a la existencia a lo que no era y forma un pueblo de lo que era un no pueblo.

El misterio fontal, originario, de la paternidad de Dios despeja la incógnita de nuestra procedencia y, a la postre, de nuestro destino. Nuestro camino no es un itinerario inútil que conduce del azar a la nada; venimos de Dios y volvemos a Él. Y ese origen de todo es bondad y solicitud amorosa para con sus hijos; es ternura y clemencia, misericordia que sabe inclinarse sobre nuestra propia miseria para alzarnos sobre el barro de nuestra limitación y de nuestra indigencia. La Iglesia se perfila como nacida de la compasión de Dios; de la capacidad divina de hacerse cargo del sufrimiento, del dolor, del padecimiento de los hombres.

San Pablo, en la carta a los Efesios, pide para los cristianos que el amor sea su raíz y su cimiento (cf Ef 3,17), para que, habitando Cristo en sus corazones por la fe, puedan comprender “lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano” (Ef 3,19). Lo que trasciende toda filosofía, toda sabiduría humana, es lo que solo Dios puede dar: su propio amor que se hace visible en la Cruz de Jesucristo.

Jesús es el Revelador y la Revelación del Padre. En toda su “presencia y manifestación” se expresa humanamente el ser de Dios (cf Dei Verbum, 4); se hace visible la profundidad de su amor.

El corazón del Redentor, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf Jn 19,31-37), es el corazón sufriente de Dios que, no por debilidad o por imperfección, sino por amor, elige libremente padecer con nosotros, y mucho más que nosotros, todo el mal que asola la tierra. También el lado oscuro de la condición humana, el dolor y el sufrimiento, el mal y el pecado, es asumido para ser redimido en “ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 12).

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13.06.12

HABÍA ESTADO XVII

Escrito por Norberto

- Sí, es cierto, Roma sigue estando allí, sin embargo el mundo es otro porque la salvación que el Mashiaj nos consiguió, alcanza a lo alto, lo ancho y lo profundo, el cosmos ha sido recreado y el hombre ha sido redimido. Nada es igual, nadie es igual, y de esto puedo dar testimonio sin temor a equivocarme.

- Creo que es bueno para los hebreos el que haya sucedido esto, tenían una promesa y se ha cumplido; ahora están divididos, todo cambio tarda en fraguar, con tiempo y paciencia conseguirán unirse. Pero, ese alcance cósmico que me comenta no lo entiendo, ¿cómo puede un judío ofrecer logros cósmicos?, solo una criatura divina, intuyo, puede conseguir algo así, y este no es el caso. Y los dioses conocidos – griegos, babilonios, romanos, egipcios - no me inspiran la menor confianza.

- Pero Él, me amó y se entregó por mí, me refiero a Yehoshúa Bariosef, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios.

Saúl, había pronunciado sus anteriores frases mirando a los ojos de Loukás, que asistía, atónito, al relato de su paciente, cuando hubo pronunciado Abbá sus ojos miraban a su interlocutor pero su espíritu no estaba allí, su mente estaba en cierto recodo del camino de Yerushaláyim a Damascus . El médico observaba, sin perder detalle el arrobamiento de Saúl, pues no estaba claro si el status corporis era debido a un cuadro de hipotensión o a otra causa por lo que le tomó el pulso, sin que reaccionara el paciente: era un éxtasis, ya lo había observado antes, pero la suspensión de los sentidos que conocía, tenía causas precisas, ninguna de ellas presente en esta ocasión.

- Me amó y se entregó por mí, repitió de nuevo, y volvió en sí, el médico respiró aliviado, Saúl advirtiendo el rictus de su interlocutor le preguntó:

- ¿Ha pasado algo?, me encuentro como si estuviera de vuelta, pero bien, muy bien.

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9.06.12

Esto es mi cuerpo

La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos impulsa a “venerar” el sagrado misterio de la Eucaristía. “Venerar” es respetar en sumo grado a alguien o algo que lo representa y recuerda. “Venerar” es también tributar culto a Dios y a las realidades sagradas. Perder el sentido de la veneración hacia lo sacro sería un síntoma de alejamiento de la religiosidad y de la fe.

La Iglesia venera la sagrada Eucaristía porque en este Santísimo Sacramento están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento). Venerar la Eucaristía es venerar a Jesucristo mismo, Dios y hombre, que, por la fuerza de su palabra y la acción del Espíritu Santo, transforma el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre.

En la celebración de la Santa Misa se expresa principalmente esta veneración; no sólo internamente, sino también de modo externo. El evangelio según San Marcos deja constancia de cómo Jesús eligió para celebrar su Cena “una sala grande, arreglada con divanes” (Mc 14,15). La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía exige que la disposición del templo, la música de la celebración, los ornamentos y los objetos sagrados sean bellos y nobles.

También nosotros, interna y externamente, debemos traslucir este espíritu de veneración cada vez que participamos en la Santa Misa. No podemos asistir a la Eucaristía vestidos de cualquier modo; no podemos estar más pendientes del reloj y de la hora que del Señor; no podemos convertir la celebración de la Pascua de Cristo en un puro trámite, en un mero “cumplimiento”. Las inclinaciones profundas, las genuflexiones bien hechas, la observancia del silencio adorante, el saber arrodillarse cuando es el momento, son gestos que van más allá del formalismo y de la pura corrección.

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5.06.12

HABÍA ESTADO XVI (por Norberto)

Habían salido al menos tres estrellas y los candelabros encendidos – para cumplir la tradición de las velas de Shabbat encendidas por Ana - proporcionaban el resplandor necesario para ver aunque la cena temprana había concluido.

Saúl había conocido a la esposa e hijo de Ambrósyos, también estaba Eliecer, el primo-hermano - más lo segundo que lo primero - de Ana. Debido al estado de la salud, muy mejorada sin embargo, del invitado principal, y, dadas la cortesía y la hospitalidad orientales el menú se ajustó a lo especificado por Loukás, aunque se permitieron, a excepción de Saúl que tomó fruta del tiempo, ciertas libertades en los postres pues la manos de Ana para la repostería aunaban todo lo mejor de los confites del Mediterráneo oriental – sin manteca de cerdo, por supuesto, aceite de oliva en su lugar – pese a la premura de tiempo para su preparación, no quedó ni una galleta de almendra, ni una rosquilla ni una teja con miel, Saúl miraba complacido mientras daba cuenta de dos manzanas al horno con almíbar ligero de miel.

Antes de la llegada de Loukás, y por iniciativa de Ana se habían roto los protocolos contándose unos a otros las aventuras vividas en Yerushaláyim, sin saber por qué, todos querían saber los unos de los otros, Saúl mostro su – gratísima, por otra parte – sorpresa al saber que Ana, Eliecer y Eulogio se habían bautizado de manos de Shimón bar Ioná (ver Había estado X), pero no habían recibido el bautismo del Ruaj, convinieron en hablar de ello al día siguiente a la vuelta de la sinagoga.

Mientras se recogían bandejas, platos y menaje – Ambrósyos de paso a la cocina se encargaba de vaciar definitivamente los restos, “menos peso” decía socarronamente – médico y paciente se acomodaron en unas sillas de enea, bajo la higuera del patio y huertecillo trasero de la casa, ambos tenían una conversación pendiente.

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2.06.12

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Decía un filósofo ilustrado, I. Kant, que “de la doctrina de la Trinidad… no se puede simplemente sacar nada para la vida práctica, incluso si se creyera entenderla inmediatamente; pero mucho menos todavía cuando uno se convence de que supera nuestros conceptos”. Desde los presupuestos racionalistas de este pensador, la Trinidad de Dios es vista como algo irrelevante y, en consecuencia, se relega a un papel secundario lo que, en cambio, constituye el centro original de la fe cristiana.

De esta originalidad y centralidad da testimonio el pasaje evangélico de San Mateo. Jesús encomienda a los suyos el mandato de bautizar: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19). En este texto, el Señor enseña la trinidad de las personas divinas – El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo – y a la vez su unidad: no pide bautizar en “los nombres”, sino “en el nombre”, en singular, del único Dios, que es Padre e Hijo y Espíritu Santo.

La unión entre confesión de fe trinitaria y Bautismo es significativa. Por el sacramento del Bautismo, que nos hace cristianos, el bautizado queda referido al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. En su único nombre se entra en la comunidad de los creyentes, en la Iglesia Santa de Dios.

Si atendemos a otros elementos esenciales de la fe cristiana, caeremos en la cuenta de esta centralidad de la doctrina trinitaria: El Credo, la profesión de fe, tiene una estructura trinitaria. La Trinidad ocupa el centro de la Liturgia de la Iglesia, que es alabanza al Padre dirigida por Cristo en la unidad del Espíritu Santo. Igualmente, la vida cristiana consiste en la participación, por la gracia, en la misma vida de Dios como hijos adoptivos del Padre, por la acción del Espíritu Santo, que nos une a Cristo el Señor.

No solamente es falso que “de la doctrina de la Trinidad no se pueda sacar nada para la vida práctica”, sino que es todo lo contrario: sin la doctrina de la Trinidad no podríamos entender nada de la realidad de nuestra salvación, porque Dios es, en sí mismo, nuestra salvación.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos permite honrar a Dios, profesando la fe verdadera, conociendo la gloria de la eterna Trinidad y adorando su Unidad todopoderosa.

En una época marcada por el relativismo y la desconfianza hacia la verdad, puede parecer de poca importancia “profesar la fe verdadera”. Sin embargo, solo la verdad hace libres; sólo la verdad salva. La perseverancia en la fe verdadera – garantizada por Dios mismo que es la Verdad – equivale a la perseverancia en la salvación.

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