El papa que todo lo dice bien
Es llamativa la lucidez y la claridad intelectual del papa Benedicto. Su discurso en el encuentro con los párrocos y con el clero de Roma es una muestra más de ello.
Comienza el papa, obispo de Roma, elogiando a su clero y resaltando la importancia que tiene, en la misma Roma, encontrar las vocaciones que Dios da y así “guiarlas, ayudarlas a madurar, y de este modo a servir para el trabajo en la viña del Señor”. No es un asunto baladí. Se trata de una de las principales responsabilidades de todo obispo diocesano: encontrar las vocaciones y ayudarlas a madurar.
Añade un detalle muy significativo: “Para hoy, según las condiciones de mi edad, no he podido preparar un gran, verdadero discurso, como se podría esperar; más bien pienso en una pequeña charla sobre el Concilio Vaticano II, tal como yo lo he visto”. Ahí se pone de manifiesto la extrema exigencia con la que Benedicto XVI afronta sus retos. Se lamenta por no haber podido preparar un “verdadero discurso” y se conforma, humildemente, con una “pequeña charla”. Una “pequeña charla” que a casi todos, menos a él, le llevaría semanas de preparación.
Relata el papa cómo entró a formar parte, siendo el más joven de los profesores, de los teólogos asesores del Concilio. Escribió un texto para una conferencia que el cardenal Frings, arzobispo de Colonia, había de pronunciar en Génova, por invitación del arzobispo de esa ciudad italiana, el cardenal Siri. Juan XXIII llamó poco después al cadenal Frings para expresarle su agrado por la conferencia: “Usted ha dicho lo que yo querría decir, pero yo no había encontrado las palabras”.
Así Ratzinger fue al concilio; primero, como asesor del cardenal de Colonia; luego, como perito oficial. El papa describe el entusiasmo con el que acudieron al concilio; esperaban que la Iglesia fuese de nuevo “fuerza del mañana y fuerza del hoy”, que pudiese renovarse la unión de la Iglesia con lo mejor de la Modernidad.
Los obispos del Rin – franceses, alemanes, belgas, holandeses – marcaron, en un primer momento, la ruta. Cuatro prioridades quedaron dibujadas: la reforma de la liturgia, la eclesiología, la Revelación, el ecumenismo y la relación de la Iglesia y el mundo.
Lo primero, lo principal, la liturgia, para mostrar así el primado de Dios. En segundo lugar, la Iglesia: Cuerpo Místico de Cristo, Pueblo de Dios y, en suma, misterio de comunión.
Lo segundo, la Revelación; es decir, la relación entre Escritura y Tradición, entre Escritura e Iglesia. El papa Pablo VI intervino de modo personal: la certeza de la Iglesia sobre la fe no nace solo de un libro aislado, sino que tiene necesidad del sujeto Iglesia iluminado por el Espíritu Santo. La Escritura solo se puede leer como Palabra de Dios en la comunión de la Iglesia.
Lo tercero, el ecumenismo. La segunda parte del concilio abordó el problema de la relación entre época moderna e Iglesia. Surge así la “Gaudium et spes”, que renovó los fundamentos de la ética cristiana.

El Miércoles de Ceniza marca el inicio de la Cuaresma; un tiempo de interioridad, de purificación, de reconocimiento ante Dios de la verdad de lo que somos, tras el vano intento de los disfraces del carnaval. La Cuaresma es preparación para la Pascua, pero, al mismo tiempo, es como una metáfora de nuestras vidas: caminamos hacia la vida eterna, y en ese recorrido sobran los adornos, lo superfluo; solo cuenta lo esencial.
A eso de las doce del mediodía, escuchando un programa de radio, me enteré de la noticia que, en un primer momento, me pareció dudosa; fruto quizá de una mala y precipitada interpretación. El mismo locutor matizaba que la información provenía de una agencia que se remitía a un discurso del papa pronunciado en latín ante el consistorio de cardenales de una Congregación romana y que habría que confirmarla.
V Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C.






