Intentos de unidad: Conmemorar la Reforma
No han faltado, en la historia de la Iglesia, serios intentos de restablecer la unidad con los que, en algún momento, se habían separado de la comunión con Roma. Recordemos, por ejemplo, el Concilio II de Lyon (1274) o el Concilio de Florencia (1445).
De cara a la conmemoración conjunta luterano- católico romana de la Reforma, en 2017, no podemos hablar de un concilio, pero sí de un momento importante, que ha sido preparado por un documento, titulado “Del conflicto a la comunión”, del que se hacen responsables la Federación Luterana Mundial y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.
Es un texto bastante extenso y solo voy a fijarme en el capítulo sexto del mismo, en el que se señalan “cinco imperativos ecuménicos”:
1. “Católicos y luteranos deben comenzar siempre desde la perspectiva de la unidad y no desde el punto de vista de la división, para de este modo fortalecer lo que mantienen en común, aunque las diferencias sean más fáciles de ver y experimentar”.
Obviamente, lo que hay en común es algo muy serio, el Bautismo, que incorpora al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
2. “Luteranos y católicos deben dejarse transformar a sí mismos continuamente mediante el encuentro de los unos con los otros y por el mutuo testimonio de fe”.
No es malo que, los bautizados, nos esforcemos por convertirnos cada día más a Cristo.
3. “Católicos y luteranos deben comprometerse otra vez en la búsqueda de la unidad visible, para elaborar juntos lo que esto significa en pasos concretos y esforzarse continuamente hacia esa meta”.
La unidad se rompió en el siglo XVI. Esa no era la voluntad de Cristo. Hay que hacer lo posible para recuperarla.
4.“Católicos y luteranos deben juntamente redescubrir el poder del evangelio de Jesucristo para nuestro tiempo”.
Los cristianos tenemos que ser misioneros, y la división entre nosotros dificulta esa tarea misionera.
5. “Católicos y luteranos deben dar testimonio común de la misericordia de Dios en la proclamación y el servicio al mundo”.

Parece que si un obispo habla y dice lo que, en conformidad con el patrimonio doctrinal y moral de la Iglesia, puede y debe decir, se arma la marimorena. Y suelen ser los mayores defensores de la diversidad, de la tolerancia y de la inclusión los que menos soportan la discrepancia. No están dispuestos a que nadie los contradiga.
Ian Ker en su John Henry Newman. Una biografía, Madrid 2010, recoge un dato interesante: Una semana después de llegar a Roma, en 1879, para ser creado cardenal, Newman escribió a Birmingham para pedirle a uno de su comunidad – de Oratorianos – que averiguara si las palabras ‘cor ad cor loquitur’ (“el corazón habla al corazón”) se encontraban en la versión Vulgata de la Biblia o en Tomás de Kempis. Había olvidado, Newman, que él mismo había atribuido esas palabras, en su Idea of a University, a San Francisco de Sales.
“La Iglesia ‘en salida’ es una Iglesia con las puertas siempre abiertas”, dice el Papa. Y añade: “Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes” (Evangelii gaudium, 46-47).












