Hablar mucho y hablar bien de la clase de Religión
Lo he escuchado, hace poco, en un programa de radio. Decía una profesora de Matemáticas que para prestigiar su asignatura había que hablar mucho de esa materia y hablar bien. Y ponía un ejemplo: Uno de sus hijos comía sin problemas verduras hasta que fue a la escuela. En el comedor escolar, el niño oyó que las verduras sabían mal y, en consecuencia, dejó de comerlas. No es que no le gustasen las verduras, sino que, a base de oír lo malas que eran, terminó haciendo propio ese diagnóstico generalizado.
Ya no digamos a las Matemáticas, sino a cualquier otra asignatura que se le hiciese la mínima parte de la campaña en contra que a la de Religión, se quedaría completamente sin alumnos. Asignatura opcional, con alternativa a veces y otras sin ella, con evaluación más o menos comprometida, con peso en el expediente mayor o menor, y hasta nulo. Y, encima, acusando de que la mera presencia de esa asignatura en el plan de estudios es como una rémora de un pasado maldito del que renegar cuanto antes.
Y, pese a todo, los padres de los alumnos siguen pidiendo, en una proporción significativa, la clase de Religión. Si pudiesen no pedir la de Matemáticas, seguro que lo harían, pensando en lo que iban a ahorrar en clases particulares de recuperación. Sería un error, ya que es muy conveniente que los alumnos estudien Matemáticas.

La afirmación: “La clase de Religión no puede tener valor académico y contar para la nota media” se la atribuyen a una ministra del Gobierno. Si no ha proferido esa sentencia, le sobrarán medios para desmentirlo. Pero todo apunta a que resulta creíble que lo haya dicho.
Fue popular en vida, San Antonio, y lo es tras su muerte. Es, sin duda, uno de los santos más venerados en todo el mundo. Se recurre a él en busca de objetos perdidos, recitando su famoso responsorio: “Si buscas milagros, mira: muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos”…, “miembros y bienes perdidos recobran mozos y ancianos”. El responsorio, en latín, ha dado nombre a una plegaria y origen a un apellido italiano, que porta un célebre teólogo, Sequeri: “Si quaeris miracula…”.
Predicar es un “ministerio”, una ocupación, un trabajo, un servicio, que hay que asumir con un gran sentido de la responsabilidad. Así lo enseña el papa Benedicto XVI: “quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea” (Verbum Domini, 59).












