12.07.18

Gloria a Dios en el cielo - II (Respuestas VIII)

   Los ángeles en la noche de Navidad, proclamaban la gloria de Dios y la llegada del Mesías, el verdadero Príncipe de la paz (cf. Is 9) que establecerá la paz en todos los confines de la tierra (Sal 71).

   “Los hombres de buena voluntad” son los que aguardaban al Mesías Salvador, los sencillos de corazón, los pobres de espíritu, que acogieron y creyeron las profecías y las esperanzas mesiánicas. Aguardaban al Salvador y Dios cumplió lo que había anunciado.

   La traducción castellana ha reinterpretado estas palabras y las ha traducido de otro modo: “paz a los hombres que ama el Señor”. Dios es quien ama a los hombres (cf. Tit 2,11), y porque los ama, les envía a su Hijo. No es la paz, desde luego, de “los que aman [ellos] al Señor”, como si fueran los hombres los que amaran a Dios… Se trata de mirar la benevolencia divina, destacar la iniciativa divina, su amor previo y gratuito.

  Detengámonos, con los Padres de la Iglesia, en este primer verso del salmo, cantado por los ángeles en el cielo la noche de la Navidad.

   ¿Por qué cantan los ángeles aquella noche luminosa?

 “Cuando se nos leyó el evangelio, escuchamos las palabras mediante las cuales los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Señor Jesucristo de una virgen: Gloria a Dios en los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Palabras de fiesta y de congratulación no sólo para la mujer cuyo seno había dado a luz al niño, sino también para el género humano, en cuyo beneficio la virgen había alumbrado al Salvador” (S. Agustín, Serm. 193,1).

   Cantan los ángeles y glorifican al Señor, como siempre hacen en el cielo, y en esta ocasión, introducen también su canto en la tierra siguiendo a su Jefe, que ha entrado en la tierra, naciendo:

  “Está bien que sea mencionado el ejército de los ángeles que seguían al jefe de su milicia. ¿A quién habían de dirigir los ángeles sus alabanzas, sino a su Señor, según está escrito: “alabad al Señor desde los cielos, alabadle en las alturas, alabadle, ángeles todos”? Aquí, pues, se cumple la profecía. El Señor es alabado en lo alto de los cielos y se muestra sobre la tierra” (S. Ambrosio, In Luc., II, 52).

   Cantamos la gloria a Dios, la paz en la tierra. Dirá san Jerónimo:

“Gloria en el cielo en donde no hay jamás disensión alguna, y paz en la tierra para que no haya a diario guerras. “Y paz en la tierra”. Y esa paz, ¿en quiénes? En los hombres. Y ¿por qué entonces no tienen paz los gentiles ni los judíos? Por eso se apostilla: “Paz a los hombres de buena voluntad”, es decir, a quienes reciben a Cristo recién nacido” (Sobre la Natividad del Señor, BAC, 593,959).

   El canto de paz de los ángeles resuena anunciando la salvación para que todos lleguen a ser hombres de buena voluntad:

“Una vez nacido de la virgen el Señor, cuya natividad celebramos hoy, resonó el canto angélico: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad. ¿A qué se debe que haya paz en la tierra sino a que la verdad ha brotado de la tierra, es decir, a que Cristo ha nacido de la carne? Él es también nuestra paz, que de dos pueblos hizo uno, para que nos convirtamos en hombres de buena voluntad, dulcemente unidos en el vínculo de la caridad” (S. Agustín, Serm. 185,3).

  Esa paz es la reconciliación entre el cielo y la tierra, es la paz entre los hombres y los ángeles:

  “Antes de que nuestro Redentor naciera en la carne, estábamos en desacuerdo con los ángeles, de cuya claridad y pureza distábamos mucho, por merecerlo así la primera culpa y nuestros diarios delitos; pues, al pecar, nos habíamos extrañado de Dios, y los ángeles, ciudadanos de Dios, nos consideraban también como extraños a su compañía; pero, cuando ya reconocimos a nuestro Rey, los ángeles nos reconocieron como ciudadanos suyos, porque, habiendo tomado el Rey del cielo la tierra de nuestra carne, la grandeza angélica ya no desprecia nuestra pequeñez: los ángeles hacen las paces con nosotros; dejan a un lado los motivos de la antigua discordia y respetan ya como compañeros a los que antes, por enfermos y abyectos, habían despreciado” (S. Gregorio Magno, Hom. sobre Ev., 1, 8, 2).

  Ahora es cuando surge un nuevo orden, ya perfecto; paz en la tierra y la gloria sólo para Dios en el cielo:

  “Cuando la paz comenzaba a reinar, los ángeles decían: “Gloria en las alturas y paz en la tierra”. Pero cuando los de aquí abajo recibieron la paz de los de arriba, proclamaron: “Gloria en la tierra y paz en los cielos”. Cuando la divinidad descendió a la tierra y se revistió de humanidad, los ángeles proclamaban: “paz en la tierra”. Y cuando esa humanidad asciende y se sienta a la derecha, los niños clamaban ante ella: “Paz en los cielos. ¡Hosanna en las alturas!” Es lo mismo que el Apóstol se dispuso a decir: “Por medio de su sangre restableció la paz, tanto en las criaturas de la tierra como en las celestiales”. Los ángeles decían: “Gloria en las alturas y paz en la tierra”, y los niños: “Paz en los cielos y gloria en la tierra”; así aparece con claridad que, igual que la gracia de la misericordia de Cristo alegra a los pecadores en la tierra, así también su arrepentimiento alcanza a los ángeles del cielo. El “gloria a Dios” fue espontáneo; paz y reconciliación para aquellos contra los que estaba irritado; esperanza y remisión para los culpables” (S. Efrén, Com. al Diatéssaron, 2,14-15).

   Dios hace de la tierra un cielo para su Hijo, y nos anuncia el cielo a nosotros, donde gozaremos plenamente si tenemos una voluntad buena y apartada del pecado:

 “Meditemos con fe, esperanza y caridad estas palabras divinas, este cántico de alabanza a Dios, este gozo angélico, considerado con toda la atención de que seamos capaces. Tal como creemos, esperamos y deseamos, también nosotros seremos “gloria a Dios en las alturas” cuando, una vez resucitado el cuerpo espiritual, seamos llevados al encuentro en las nubes con Cristo, a condición de que ahora, mientras nos hallamos en la tierra, busquemos la paz con buena voluntad. Vida en las alturas ciertamente, porque allí está la región de los vivos; días buenos también allí donde el Señor es siempre el mismo y sus años no pasan. Pero quien ame la vida y desee ver los días buenos, cohíba su lengua del mal y no hablen mentira sus labios; apártese del mal y obre el bien, y conviértase así en hombre de buena voluntad. Busque la paz y persígala, pues paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Serm. 193,1).

  “Por tu inmensa gloria…” Cuando la Iglesia canta himnos a Dios, se suceden las alabanzas, una tras otra, para expresar el ánimo eclesial con que se dirige a Dios: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias”.

    Aquí, enteramente gustando y reconociendo la inmensa gloria de Dios, manifestada plenamente en Cristo, sus maravillas incontables, la misericordia que derrama sin medida, el pueblo cristiano adora a Dios, le alaba, le glorifica y le da gracias sin cesar. La Iglesia es un pueblo de alabanza, una nación santa, “para proclamar las maravillas” de quien nos sacó de las tinieblas y nos trasladó a su luz admirable (cf. 1P 2,9).

 

5.07.18

Gloria a Dios en el cielo - I (Respuestas VII)

  El nuevo día amanece y todo lo ilumina. La Iglesia canta la alabanza del Señor y glorifica la resurrección de Cristo cada mañana, en un oficio matutino de alabanza. Así nació, en Oriente, un himno que ha alcanzado una inmensa divulgación: “Gloria a Dios en el cielo”.

    Es tan bello, fue tan inmensamente popular, contiene una alabanza fuertemente teológica y muy literaria, que se extendió desde Oriente a las Iglesias de Occidente que lo recibieron y emplearon en su liturgia.

   Por ejemplo, en nuestro rito hispano-mozárabe, tan oriental y con tantos contactos con las liturgias orientales, lo introdujo en la celebración de la Misa. Así el sacerdote, durante el canto inicial (praelegendum, se llama) reza inclinado al pie del altar, sube a besarlo, y se dirige a la sede-chorus (que no es exactamente la sede presidencial romana, situada en el ábside según la tradición, sino más bien en el crucero de la iglesia) y se entona directamente el Gloria.

   Tras el Gloria, el sacerdote recita una oración llamada “post-gloriam” (sin decir “Oremos”, sino como si fuera una continuación del himno) que suele glosar o desarrollar algunas frases del himno que se acaba de entonar. Por ejemplo, la oración post-gloriam de la solemnidad de Santa María, el 18 de diciembre, es una resonancia del Gloria:

Se te debe, Señor, la gloria en los cielos,

la paz honra a los hombres de buena voluntad;

eres ciertamente glorificado por el incesante canto concertado,

pero desde el cielo te complaces también con las alabanzas de los hombres.

Haz, pues, que en la tierra,

nuestros deseos de alabarte

alcancen los méritos celestiales,

de forma que los que emulamos a las potestades

del cielo en su eterna proclamación,

alcancemos el perdón de los pecados

y participemos de la suerte de los santos ángeles

por la reconciliación en la paz del mediador.

    O la del domingo IX de cotidiano (equivalente a nuestro tiempo ordinario o per annum):

 A ti, Señor, te alaban en el cielo los ángeles y las virtudes,

a ti, desde la tierra, tributa su alabanza toda la creación;

acepta con benevolencia los obsequios de la tierra,

como te complaces en la gloria

que te rinden en el cielo.

   En Roma distinto fue el proceso. Las palabras iniciales del himno “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz”, al ser la de los ángeles en el Nacimiento del Salvador, indujeron a cantar este himno en la Misa de Navidad presidida por el Papa. Estamos en el siglo IV aproximadamente.

   De ahí, por imitación de la liturgia de Roma, pasó a las Misas episcopales en las solemnidades presididas por el obispo en las grandes fiestas. Lo vemos ya en los siglos V-VI, probablemente a causa del papa Símaco, hacia el año 500, hasta terminar también extendiéndose a las Misas presbiterales, la del sacerdote en su parroquia, en Pascua o en alguna celebración especialmente solemne, sobre el siglo VII. Luego, después de cantarse al principio sólo en Pascua, en las demás Misas solemnes, generalizándose en los siglos X-XI por influjo de los libros litúrgicos franco-germánicos y también por los usos monásticos.

   En el Ordo romano I, papal, del siglo VIII, leemos cómo se entona después del Kyrie: “Llegado (el Kyrie eleison) a su final, el pontífice, girándose de cara al pueblo empieza el Gloria in excelsis Deo, según sea propio o no del tiempo litúrgico. Se gira después de nuevo hacia oriente hasta el final del Gloria. Luego, se gira de nuevo hacia el pueblo y dice: La paz esté con vosotros y volviéndose de nuevo hacia oriente, dice Oremus y recita la oración. Una vez la ha concluido, se sienta. Asimismo, los obispos y los presbíteros se sientan” (n. 53).

   Por tanto, en el ámbito del rito romano primero fue un canto excepcional, para la Navidad, y de ahí se extendió su uso para más solemnidades en la Misa episcopal, y, por último, también para la Misa presbiteral en Pascua, solemnidades y domingos.

   El contenido del Gloria es el de un himno bien articulado, que goza del sabor de la Tradición eclesial, cantado por muchas generaciones en la liturgia tanto de Oriente como de Occidente. Une la alabanza, la petición y la glorificación de Dios (que se llama doxología).

  Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis!

    Arranca el himno en tono sumamente festivo con las mismas palabras que los ángeles cantaron la noche del nacimiento del Salvador. Así dispone el alma con júbilo y estupor ante la bondad de Dios y su misericordia.

    ¡Gloria a Dios! Glorificar a Dios es reconocerle como Dios único y alabarlo, es proclamar y cantar sus maravillas renunciando el hombre a buscar su propia gloria o enaltecimiento, sin idolatrarse ni idolatrar a nada ni a nadie.

    “Al Señor, tu Dios, adorarás, y sólo a Él darás culto” (Dt 6,13). Al pueblo de Israel, y hoy a la Iglesia, se le dice: “¡dad gloria a nuestro Dios!” (Dt 32,3). Los salmos son un continuo canto, dichoso y feliz, de la gloria de Dios: “los cielos proclaman la gloria de Dios” (Sal 18A), “glorifica al Señor, Jerusalén” (Sal 147). Todos están invitados: “Aclamad la gloria y el poder del Señor” (Sal 28), porque “grande es el Señor, merece toda alabanza” (Sal 144), “grande es el Señor y muy digno de alabanza” (Sal 47). “Glorificadlo” (Sal 21).

     La vida cristiana es una continua alabanza y glorificación de Dios. Nuestras buenas obras deben ser causa para que otros “den gloria a vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,16) mientras que glorificamos a Cristo Señor en nuestros corazones (cf. 1P 3,15) de forma que todo, absolutamente todo lo que hagamos, es “para gloria de Dios” (1Co 10,31). Vivimos así como canta el salmo 113B: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria”.

 

 

28.06.18

Señor, ten piedad - II (Respuestas VI)

   Todo esto condujo a la expresión griega “Kyrie eleison”, que se introduce en la liturgia y que, en su lengua original griega, se ha mantenido hasta hoy. ¡Señor, ten piedad!

   En las liturgias orientales se introdujo el “Kyrie eleison” como respuesta a las letanías, gozando de aceptación popular.

   Egeria, en el relato de su peregrinación, encuentra una letanía que los niños y todos responden: “Kyrie eleison”, y que ella matiza diciendo “entre nosotros se dice ‘miserere nobis’”. En el oficio vespertino, ante la Anástasis, se realiza esta oración dirigida por el diácono, orando por todos, y los presentes responden: “Kyrie eleison”:

 “El obispo se levanta y se coloca ante el cancel, o sea, delante de la cueva, y alguno de los diáconos hace conmemoración de cada uno, como suele ser costumbre. Dichos por el diácono los nombres de cada uno, siempre hay allí muchos niños, respondiendo: “Κυριε, ελεισον”, como decimos nosotros “miserere nobis”. Contestan muchísimas voces” (XXIV,5).

   Las Constituciones Apostólicas, ya en el ámbito sirio, también conoce letanías de petición u oraciones, que pronunciadas por el diácono, se responden “Kyrie eleison”. Tras la liturgia de la Palabra, antes de despedir a los catecúmenos se ora por ellos: “Restablecida la calma, dirá: -Orad, catecúmenos. Y todos los fieles oran por ellos con fervor, diciendo: Kyrie, eleison” (VIII,6,3-4). Y se afirma que “después de cada una de las intervenciones del diácono el pueblo responderá: Kyrie eleison, como ya hemos indicado, y los niños lo harán los primeros” (VIII,6,9). Cuando ya se han marchado catecúmenos y penitentes, comienza una larga oración universal, con preces pronunciadas por el diácono y, al igual que la anterior, se sobrentiende que el pueblo responde igualmente “Kyrie eleison” (VIII,10,1-22).

  En Roma entró el “Kyrie eleison” como respuesta a las letanías de oración u oración universal que pronunciaba el diácono aproximadamente por el siglo V y por influencia oriental. Ha llegado hasta nosotros, en los libros litúrgicos, la deprecatio Gelasii, unas preces que se atribuyen al papa Gelasio a la que los fieles responderían “Kyrie eleison”: es una letanía romana al inicio de la Misa. La veremos cuando tratemos de la Oración de los fieles.

   Pero, sin embargo, la letanía desapreció aunque supervivió el Kyrie eleison al inicio de la Misa, como canto autónomo, vestigio de la antigua letanía romana con intenciones y súplicas adelantada a los ritos iniciales de la Misa. Esto ocurrió ya en época de san Gregorio Magno (s. VI-VII).

   El Sacramentario Gregoriano afirma que la Misa comienza con el canto del Introito “y luego el Kyrie eleison” (Gr-H 2), y el Ordo romanus I, del siglo VIII, al describir la Misa papal, señala:

 “La schola, una vez ha acabado de cantar la antífona del salmo, empieza el Kyrie eleison. Y acto seguido los acólitos colocan los ciriales en el pavimento de la iglesia: tres, en efecto, en la parte derecha, tres en la izquierda y uno en el medio, en el espacio que queda entre los demás. El que ocupa el primer lugar de la schola aguarda a que el pontífice le indique cuando quiere poner fin a las invocaciones titánicas y se inclina hacia el pontífice” (n. 52).

    En la liturgia romana, existen unas letanías, además, que se cantan con el Kyrie eleison durante algunos oficios, entre los que hay que destacar la Vigilia pascual. Cuando van en procesión al baptisterio, cuando están bautizando, cuando luego retornan se cantan las letanías que se llaman “septena”, “quina” y “terna”, por el número de veces que se repetía la invocación con la respuesta “Kyrie eleison”: “Para emplear santamente aquel tiempo se cantaban tres veces las letanías, pero de forma que, en un principio, cada invocación era repetida siete veces, después cinco y, finalmente, tres” (M. RIGHETTI, Historia de la liturgia, tomo I, Madrid 1955, 827).

  Cuando es cantado, se fue desarrollando la invocación con diversos tropos, frases alusivas a Cristo que terminaban con invocación Kyrie eleison. Estas melodías, a partir del siglo X, con el nuevo florecimiento del gregoriano, se hallan en el Kyriale. Estos tropos dieron nombre a las Misas, por ejemplo, “Lux et origo”, “Orbis factor”, “Pater cuncta”, etc.

   Así llega hasta nosotros el “Kyrie eleison – Señor, ten piedad” en el Ordinario de la Misa. Se mantiene como un canto autónomo, independiente, de aclamación a Cristo al inicio de la Misa una vez que ha terminado el acto penitencial y antes del himno Gloria.

   Es un canto “con el que los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia” (IGMR 52), ya que es confesión de fe, reconocimiento de Cristo como único Señor y apelación a su entrañable misericordia. Pertenece a todos los fieles cantarlo, y no se reserva únicamente al coro o schola: “deben hacerlo ordinariamente todos, es decir, que tanto el pueblo como el coro o el cantor, toman parte en él” (IGMR 52). Normalmente cada invocación se canta dos veces, “pero no se excluyen más veces, teniendo en cuenta la índole de las diversas lenguas y también el arte musical o las circunstancias” (IGMR 52). Este canto del “Señor ten piedad” se realiza si no forma parte antes del acto penitencial.

   Con la reforma litúrgica por mandato del Concilio Vaticano II, el “Señor, ten piedad” se ofrece como tercera fórmula del acto penitencial.

   Tras la monición sacerdotal invitando al recogimiento interior y humilde confesión de las culpas, hay una pausa de silencio. Entonces el sacerdote, o un diácono, pronuncia cada una de las invocaciones, o tropos, que terminan cantando “Señor, ten piedad”, que luego repiten todos. Dice la Ordenación general: “Cuando el Señor, ten piedad se canta como parte del acto penitencial, se le antepone un “tropo” a cada una de las aclamaciones” (IGMR 52).

   Esta invocación se dirige a Cristo como una aclamación y reconocimiento de su redención: “Tú, que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad”, “Tú, que no quieres la muerte del pecado sino que se convierta y viva: Cristo, ten piedad”… Se dirigen a Cristo directamente, añadiendo una oración de relativo para explicitar algún aspecto de su persona y su misión salvadora.

  Desfigura este sentido, y lo vuelve monótono, cuando se convierte en una petición de perdón indicando algún pecado: “Porque hemos sido egoístas… Porque no hemos sabido comprender y acoger: Señor, ten piedad”. Aparte de que es un lenguaje pobre, muy poco adaptado a la tradición litúrgica romana, olvida que aquí lo importante es mirar a Cristo: “Tú, que…”, y no enumerar una confesión de las propias culpas. Tampoco, es evidente, se puede sustituir el Kyrie eleison por un genérico “canto de perdón”, que en ningún lugar de la IGMR se cita o se da la posibilidad.

 

 

22.06.18

Señor, ten piedad - I (Respuestas V)

   Como aclamación a Cristo, petición de la Iglesia, se introdujo esta expresión en la liturgia, respetando la forma griega: Kyrie eleison, como respetó otras palabras en su lengua original: Aleluya, amén, hosanna.

   ¿Qué piedad es ésta? La ternura y la misericordia entrañable que, en Jesucristo, se ha volcado por completo sobre la humanidad, ya que Cristo es el rostro visible de la piedad del Padre.

   ¡Ten piedad! Los salmos, y el Antiguo Testamento en general, están plagados de súplicas a Dios despertando su piedad o de acción de gracias porque Dios ha manifestado su piedad y su misericordia.

   El salmo 85, la oración de un pobre ante las adversidades, invoca la ternura de Dios que no se queda indiferente ante el sufrimiento: “Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día; alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan”. El orante, el pobre, el afligido, reconoce que Dios es “lento a la cólera y rico en piedad” (cf. Sal 85; 102; 144).

   Se reconoce cuán grande es la piedad de Dios: “el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas… bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan” (Sal 144). Es una piedad inmensa y tierna por la que se alaba al Señor: “mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos” (Sal 145).

   Se puede confiar en el Señor e invocar su piedad con una súplica confiada cuando se está afligido: “piedad, Señor, que estoy en peligro: se consumen de dolor mis ojos, mi garganta y mis entrañas” (Sal 30). Se aguarda al Mesías Salvador que mostrará su piedad: “él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres” (Sal 71).

    Todo esto se cumple perfecta, colmadamente, en Jesucristo. Él es invocado. A él Se dirige el ciego con una súplica: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí que soy pecador” (Lc 18,38), y la mujer cananea, atrevida y valiente por su fe: “Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David, mi hija tiene un demonio muy malo” (Mt 15,22). El centurión romano así se dirige a Cristo: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…” (Mt 8,8) y Jairo, una vez recibida la noticia del fallecimiento de su hijita, se vuelve a dirigir a Jesús diciendo: “Señor, mi hija acaba de morir” (Mt 9,18).

  Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad! La petición de piedad va precedida de una invocación a Cristo que es una auténtica confesión de fe. Si “Señor” en el Antiguo Testamento se reserva exclusivamente al Altísimo, el Nuevo Testamento lo aplica a Cristo adorando su divinidad. Se le califica de “nuestro Señor Jesucristo” (Hch 4,10; 15, 25) porque “Dios lo ha constituido Señor y Mesías” (Hch 2,36).

   San Pablo confiesa que hay “un solo Señor, Jesucristo” (1Co 8,6), y mantiene firmemente que la auténtica y plena confesión de fe es proclamar que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2,11), ya que “si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10,9).

 

 

14.06.18

Yo confieso (Respuestas IV)

  Plegaria de origen devocional, de tipo privado, y sin embargo de buena factura en su contenido, entró en la liturgia.

  El “Yo confieso” o “Confiteor” (como comienza en latín) formaba parte de la preparación privada del sacerdote antes de celebrar el sacrificio de la Misa. Es bueno salir al altar a celebrar la Eucaristía con disposiciones interiores, con recogimiento, con el alma bien templada y consciente de la grandeza del Sacramento… mientras que es malo omitir la preparación, unos momentos previos de silencio, una plegaria, y salir el sacerdote al altar nervioso o apresurado.

  La preparación privada del sacerdote en la sacristía se fue ampliando poco a poco y se fue extendiendo hasta llegar a realizarla con las preces al pie del altar junto con el acólito (el único que le respondía representando a todos los fieles).

  Su origen más remoto parece ser en la adoración callada que hacía el Papa en la misa estacional, al llegar a la basílica y detenerse ante el altar. En la época carolingia, el sacerdote lo iba recitando mientras caminaba hacia el altar… hasta que se incorporó, de modo fijo, a las preces al pie del altar. También servía, y estuvo muy difundido, para la confesión sacramental, a partir del siglo IX, con amplio desarrollo en los pecados enumerados. Son varias las redacciones que encontramos del “Confiteor” con sus variantes.

     El “Yo confieso” incluye también el gesto exterior, humilde y penitencial, que acompaña a las palabras. “Por lo que se refiere al rito exterior, desde el principio encontramos la profunda inclinación como actitud corporal mientras se rezaba el Confiteor. Pero también la de estar de rodillas debió ser muy común. En tiempos muy antiguos se menciona la costumbre de darse golpes de pecho al pronunciar las palabras mea culpa. Esta ceremonia, como recuerdo del ejemplo evangélico del publicano (Lc 18,13), era tan familiar a los oyentes de san Agustín que éste tuvo que enseñarles que no era necesario darse golpes de pecho cada vez que se decía la palabra Confiteor[1].

    Con la reforma del Ordinario de la Misa, en el actual Misal romano vigente desde 1970, se introdujo no ya para el sacerdote sino para todos, un acto penitencial de preparación y purificación, una vez comenzada la Misa. De este modo, el “Yo confieso” pasó a ser plegaria de todos los fieles. También en la celebración comunitaria del sacramento de la Penitencia, en su forma B (con confesión y absolución individual), el “Yo confieso” es llamado “confesión general” que rezan todos de rodillas según la oportunidad (RP 27) antes de dirigirse a los sacerdotes para manifestar sus pecados y recibir la absolución. Igualmente aparece en el rito de la Unción de enfermos como preparación para el Sacramento o en el rito de la comunión a los enfermos. Finalmente, en el rezo de Completas, al finalizar el día, antes del descanso nocturno, el “Confiteor” es una de las fórmulas que se emplean tras el examen de conciencia en silencio.

    En la Misa, después del saludo del sacerdote, ordinariamente viene el acto penitencial. El sacerdote lo introduce con una breve monición tras lo cual se dejan unos momentos de silencio y juntos, a una voz o de forma dialogada, piden perdón a Dios con uno de los tres formularios que ofrece el Misal, el primero de los cuales es el rezo común del “Yo confieso”.

  La introducción del sacerdote motiva y orienta el tono interior y el fin con el que se reza. Una primera monición dice: “Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados”. La humildad de reconocer lo que somos, la fragilidad, la debilidad y los pecados concretos es un modo adecuado de acercarnos al altar del Señor dignamente, con un corazón humilde y purificado ante la santidad del sacramento eucarístico.

  Otra monición situará a los fieles ante la celebración eucarística –liturgia de la Palabra y rito eucarístico- recordando que Cristo llamó y sigue llamando a la conversión: “El Señor Jesús, que nos invita a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, nos llama ahora a la conversión. Reconozcamos, pues, que somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia de Dios”.

  El ritual de la Penitencia, por su parte, en la celebración comunitaria con confesión y absolución individual (llamada forma B) después de la homilía y del silencio del examen de conciencia, comienza el rito de reconciliación con una “confesión general de los pecados” (RP 130) consistente en la oración común del “Confiteor”, preces o letanías, el Padrenuestro y una oración final. La rúbrica lo describe: “A invitación del diácono o de otro ministro los asistentes se arrodillan o se inclinan, y recitan la confesión general (el “Yo pecador”, por ejemplo). Luego de pie, si se juzga oportuno se hace alguna oración titánica o se entona un cántico. Al final, se acaba con la oración dominical que nunca deberá omitirse” (RP 27; 130).

    El sacerdote invita a iniciar el rito de reconciliación con una monición inspirada en la carta de Santiago (5,16): “Hermanos: confesad vuestros pecados y orad unos por otros, para que os salvéis” (RP 131). O también: “Recordando, hermanos, la bondad de Dios, nuestro Padre, confesemos nuestros pecados, para alcanzar así misericordia” (RP 132). Así, juntos, los fieles de rodillas o inclinados, rezarán el “Yo confieso” reconociendo sus pecados, confiando en alcanzar misericordia.

   El contenido del “Confiteor” es una acusación clara y pública (aunque genérica, como es natural) de los propios pecados y una petición sencilla para que, por la comunión de los santos, todos pidan a Dios por quien se reconoce pecador. La oración está en singular y no en plural: es uno mismo quien debe reconocerse pecador, sin escudarse o justificarse en los demás, ni en los pecados de los demás, ni disminuir la gravedad de los propios pecados como simples defectos o errores. El texto es claro. Cada uno reza en singular, y se dirige humildemente a los demás miembros de la Iglesia, aunque todos la recen en común, a una sola voz.

    “Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos”. Confesar los pecados es descubrir la verdad de uno mismo, iniciar la conversión y pedir perdón a Dios; sin reconocimiento de los pecados y arrepentimiento, no hay posibilidad de redención: ¡el corazón está endurecido! La verdad es que somos pecadores… “Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros” (1Jn 1,10). Nuestra confianza radica en su misericordia ya que “si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia” (1Jn 1,9).

   “Yo confieso ante Dios…” Es un lenguaje similar al de tantos salmos penitenciales, inspirado en estos mismos salmos. El pecado va matando por dentro, mientras la conciencia clama interiormente: “mientras callé se consumían mis huesos, rugiendo todo el día, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí” (Sal 31). La única solución es reconocer el pecado arrepentido: “había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: ‘Confesaré al Señor mi culpa’, y tú perdonaste mi culpa y m pecado” (Sal 31). Es llegar al momento de decir con el corazón: “contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50).

   Este reconocimiento se hace “ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos” porque el pecado repercute en la santidad de la Iglesia, la deja herida, hace daño a los hermanos, debilita o destruye por completo la caridad. El pecado tiene así una dimensión social en la comunión de los santos. Por tanto, no sólo ante Dios, sino también ante la Iglesia, “ante vosotros hermanos”, reconoce uno su maldad.

    La confesión es clara y directa: “he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Todo aquello que es humano: el pensamiento y la acción con las palabras o las obras, ha pecado; también omitiendo el bien que se podría haber realizado y voluntariamente no se ha querido hacer. Definitivamente, hemos pecado en todo aquello que podíamos pecar, ya sea activamente, ya sea pasivamente por omisión. El pensamiento por cuanto juzga condenando o se recrea en lo sensitivo (“el que mira a una mujer deseándola y ya ha cometido adulterio con ella en su corazón”, Mt 5,28); la palabra porque es crítica (St 3,1-12) y juicio, o insulto incluso: “malas palabras no salgan de vuestra boca” (Ef 5,29); de obra, de mil maneras distintas, haciendo el mal: “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y envidias” (cf. Rm 13,13), “fornicación, impureza, indecencia o afán de dinero” (cf. Ef 5,3). También de omisión, dejando de hacer el bien, las obras de misericordia (cf. Mt 25,35-45): no dando de comer ni de beber, no acogiendo, no visitando al enfermo, etc…

   “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Acusación clara y directa; es la propia culpa, que se sabe grande, expresada ante Dios con arrepentimiento. “Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50). Estas palabras en el Misal anterior, de Juan XXIII en 1962 se acompañaban golpeándose el pecho tres veces mientras se pronunciaban. Ahora, en el Misal actual, la rúbrica sólo señala lo siguiente: “golpeándose el pecho, dicen…”, sin más especificación.

   “Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles…” Concluye la confesión renovando el sentido de la comunión de los santos. Si ante los hermanos presentes (“ante vosotros hermanos”) se reconocía uno pecador y culpable, ahora a esos mismos hermanos presentes y también a la Virgen María, a los ángeles y a los santos, que forman la Iglesia celestial, se recurre suplicando la intercesión fraterna. Todos orando por todos, todos suplicando por todos. La comunión de los santos es real y eficaz.

    El valor tanto teológico y espiritual del “Confiteor”, en resumidas cuentas, lo expuso hace años el cardenal Ratzinger en un párrafo que puede muy bien servir de conclusión:

  “La Iglesia siempre ha encontrado en estas parábolas su realidad, defendiéndose también de la pretensión de una Iglesia sólo santa. La Iglesia del Señor que ha venido a buscar a los pecadores y ha comido voluntariamente en la mesa junto a ellos no puede ser una Iglesia ajena a la realidad del pecado, sino una Iglesia en la que están presentes la cizaña y el grano y los peces de todo tipo. Para resumir esta primera figura, diría que son importantes tres cosas: el sujeto de la confesión es el yo –yo no confieso los pecados de los demás, sino los míos-. Pero, en segundo lugar, yo confieso mis pecados en comunión con los demás, ante ellos y ante Dios. Y finalmente pido a Dios el perdón, pues sólo Él puede otorgármelo. Pero ruego a los hermanos y a las hermanas que recen por mí, es decir, busco en el perdón de Dios también la reconciliación con los hermanos y las hermanas”[2].

 



[1] JUNGMANN, J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid 1959, 392-393.

[2] RATZINGER, J., Convocados en el camino de la fe, Madrid  2004, 285-286.