14.03.19

Padrenuestro (IV - Respuestas XXXVI)

7. La oración predilecta y más amada, entregada por Cristo, es el Padrenuestro. Es el “compendio de todo el evangelio” (Tertuliano, De orat., 6). Toda oración para ser cristiana deberá concordar con el Padrenuestro porque sólo así se orará en el Espíritu, como conviene:

 “Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual” (S. Agustín, Ep. a Proba, 130,12,22).

  Con la oración dominical, confesamos admirados que Dios, por el bautismo, nos ha hecho hijos suyos, dándonos el espíritu de adopción y pudiendo llamar a Dios Padre y compartir la heredad del Hijo único y amado:

 “Sólo en Cristo, en efecto, podemos dialogar con Dios Padre como hijos, de lo contrario no es posible, pero en comunión con el Hijo podemos incluso decir nosotros como dijo él: ‘Abbá’, padre, papá. En comunión con Cristo podemos conocer a Dios como verdadero Padre. Por esto, la oración cristiana consiste en mirar constantemente y de manera siempre nueva a Cristo, hablar con él, estar en silencio con él, escucharlo, obrar y sufrir con él. El cristiano redescubre su verdadera identidad en Cristo, ‘primogénito de toda criatura’, en quien residen todas las cosas. Al identificarme con él, al ser una sola cosa con él, redescubro mi identidad personal, la de hijo auténtico que mira a Dios como un Padre lleno de amor” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3-octubre-2012).

 Es importante, o sugerente, entender que en la oración, especialmente la oración litúrgica, aunque sea personal, ni es privada ni está aislada de los demás; es profundamente personal e interiorizada pero supera el “propio yo” para entrar en un “yo” más grande: ¡la Iglesia!, “el nosotros”. Así también somos educados para orar eclesialmente y alcanzar un alma eclesial. Las catequéticas palabras del siempre claro y luminoso Benedicto XVI ahondan en este aspecto:

 “Mirando el modelo que nos enseñó Jesús, el Padrenuestro, vemos que la primera palabra es ‘Padre’ y la segunda es ‘nuestro’. La respuesta, por lo tanto, es clara: aprendo a rezar, alimento mi oración, dirigiéndome a Dios como Padre y orando con otros, orando con la Iglesia, aceptando el don de sus palabras, que poco a poco llegan a ser para mí familiares y ricas de sentido. El diálogo que Dios establece en la oración con cada uno de nosotros, y nosotros con él, incluye siempre un ‘con’; no se puede rezar a Dios de modo individualista. En la oración litúrgica, sobre todo en la Eucaristía, y -formados por la liturgia- en toda oración, no hablamos solo como personas individuales, sino que entramos en el ‘nosotros’ de la Iglesia que ora. Debemos transformar nuestro ‘yo’ entrando en este ‘nosotros’” (Benedicto XVI, Audiencia general, 3-octubre-2012).

 Es la oración de la unidad y la concordia, que nunca se reza en singular aunque uno esté solo, sino siempre en plural, como miembro de la Iglesia y en nombre de todos. Son las conocidas palabras de S. Cipriano las que destacan claramente este punto:

 “Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo. El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que Él incluyó a todos los hombres en su persona” (De dom. orat., 8).

    8. El Padrenuestro comienza con una invocación (“Padre nuestro que estás en el cielo”) y prosigue con siete peticiones.

 Tras invocar a Dios como Padre, las tres primeras peticiones nos llevan hasta Él: ¡tu nombre, tu reino, tu voluntad! Hermosa explicación presenta el Catecismo:

 “Lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que amamos. En cada una de estas tres peticiones, nosotros no nos nombramos, sino que lo que nos mueve es el deseo ardiente, el ansia del Hijo amado por la Gloria de su Padre: Santificado sea… venga… hágase…; estas tres súplicas han sido escuchadas en el Sacrificio de Cristo Salvador, pero ahora están orientadas, en la esperanza, hacia su cumplimiento final mientras Dios no sea todavía todo en todos” (CAT 2804).

 Después cuatro peticiones referidas a nuestra condición actual frágil y necesitada: danos… perdónanos… no nos dejes… líbranos…:

 “La cuarta y quinta peticiones se refieren a nuestra vida como tal, sea para alimentarla, sea para sanarla del pecado; las dos últimas se refieren a nuestro combate por la victoria de la Vida, el combate mismo de la oración” (CAT 2805).

7.03.19

Padrenuestro (III - Respuestas XXXV)

5. De distintas formas se reza el Padrenuestro según las distintas liturgias, tanto en la Misa como en la Liturgia de las Horas.

   En el Ordinario de la Misa romana actual, tras la monición, extendiendo las manos el sacerdote, lo rezan juntos a una sola voz el pueblo y el sacerdote: “El sacerdote hace la invitación a la oración y todos los fieles, juntamente con el sacerdote, dicen la oración” (IGMR 81); “terminada Plegaria Eucarística, el sacerdote con las manos juntas, dice la monición antes de la Oración del Señor; luego, con las manos extendidas, dice la Oración del Señor juntamente con el pueblo” (IGMR 152).

   Anteriormente, con el Misal romano de S. Pío V (hoy forma extraordinaria del rito romano), recogiendo una antigua costumbre, el sacerdote lo rezaba solo, en voz baja; levantaba la voz al decir: “et ne nos inducas in tentationem”, y el acólito o los fieles sí decían juntos la última petición: “sed libera nos a malo”. Éste era el modo que se practicaba entre los monjes que seguían la Regla de S. Benito: “Nunca deben terminarse las celebraciones de laudes y vísperas sin que al final recite el superior íntegramente la oración que nos enseñó el Señor, en voz alta para que todos la puedan oír, a causa de las espinas de las discordias que suelen surgir, con el fin de que amonestados por el compromiso a que obliga a esta oración cuando decimos: ‘Perdónanos así como nosotros perdonamos’, se purifiquen de ese vicio. Pero en las demás celebraciones solamente se dirá en voz alta la última parte de la oración para que todos respondan: ‘Y líbranos del mal’” (RB 13,12-13).

   En la Divina Liturgia de S. Juan Crisóstomo, el rito bizantino, precedido por unas letanías, el sacerdote invita a todos diciendo: “Y concédenos, Maestro, que con confianza y sin condenación podamos atrevernos a llamarte Dios celestial y Padre, y a decirte” y entonces el pueblo reza junto: “Padre nuestro…”

   Otro modo, muy distinto e incluso más solemne en su desarrollo, es el que emplea el rito hispano-mozárabe. Tras la introducción llamada “ad dominicam orationem”, es el sacerdote, con las manos extendidas quien reza el Padrenuestro, mientras los fieles responden “Amén” a cada una de las siete peticiones.

   6. Tanto en Laudes como en Vísperas, las dos horas mayores que vertebran el Oficio divino, y sólo en estas dos horas de Laudes y Vísperas, la Iglesia entona el Padrenuestro, según la Liturgia de las Horas en rito romano. Se hace así para que brille -como ya dijimos- la antigua costumbre cristiana que decía la Didajé, de rezar el Padrenuestro tres veces al día: en la Misa, en Laudes y en Vísperas.

   La Ordenación general de la Liturgia de las Horas así lo recoge para enlazar con la antigua tradición: “Así, la oración dominical, de ahora en adelante, se dirá solemnemente tres veces al día, a saber: en la Misa, en las Laudes matutinas y en las Vísperas” (IGLH 195).

   En Laudes y en Vísperas el Padrenuestro, casi al final de la Hora litúrgica, representa el culmen de la plegaria eclesial. Es el verdadero y propio “salmo cristiano”, dictado por Cristo Jesús, entonado gracias a la acción del Espíritu Santo en el alma de los fieles.

   Requiere la máxima atención espiritual y, según las posibilidades, la mayor solemnidad:

  “En las Laudes matutinas y en las Vísperas, como Horas más populares, a continuación de las preces ocupa el Padrenuestro el lugar correspondiente a su dignidad, de acuerdo con una tradición venerable” (IGLH 194).

   El canto es connatural a la celebración litúrgica de las Horas, especialmente las Laudes y las Vísperas (cf. IGLH 272), y se recomienda que sea cantada esta liturgia siempre que se pueda, aunque no todo haya que cantarlo siempre, sino según el grado de solemnidad.

   Hay elementos que, de por sí, reclaman el canto por su naturaleza poética o de alabanza: “qué elementos hayan de ser elegidos en primer lugar para ser cantados, habrá que deducirlo de la ordenación genuina de la celebración litúrgica, que exige observar fielmente el sentido y la naturaleza de cada parte y del canto; pues hay partes que, por su naturaleza exigen ser cantadas (IGLH 277). Del Padrenuestro no se dice nada en concreto, pero si se habla de salmos y cánticos, hay que pensar que la Oración dominical con más razón debe cantarse: “En primer lugar las aclamaciones, las respuestas al saludo del sacerdote y de los ministros, la respuesta de las preces litánicas y, además, las antífonas y los salmos, como también los estribillos o respuestas repetidas, los himnos y los cánticos” (IGLH 277).

  Después de las preces, la oración de la Iglesia concluye con el Padrenuestro que “será dicho por todos, antecediéndole, según fuere oportuno, una breve monición” (IGLH 196), y “una vez recitado el Padrenuestro, se dice inmediatamente la oración conclusiva” (IGLH 53).

   Algunas de las moniciones brevísimas que introducen el Padrenuestro dan la clave espiritual para entonarlo:

“Prosigamos nuestra oración, buscando el reino de Dios”;

“Resumamos nuestras alabanzas y peticiones, con las mismas palabras de Cristo”;

“Ahora, confirmemos nuestras alabanzas y peticiones diciendo la oración del Señor”;

“Alabemos a Dios nuevamente y roguémosle con las mismas palabras de Cristo”…

 

28.02.19

Padrenuestro (II - Respuestas XXXIV)

4. En el Misal romano, la primera fórmula con la que el sacerdote invita a los fieles a orar es antigua y clásica: “fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir…” A muchos les resulta dura o extraña esa expresión: “nos atrevemos a decir”; contagiados de una imagen muy secularizada de Dios han olvidado que siendo nuestro Padre, Dios es Dios, estamos ante el Misterio, y es osadía, o audacia, llamarle “Padre”. Sólo lo hacemos porque Cristo nos lo ha dicho así y nos ha dado el Espíritu Santo que clama “Abba, Padre” (Gal 4,6). Rezamos así con un santo atrevimiento, con confianza filial, pero llena de reverencia, de piedad, del santo temor de Dios, conscientes de nuestra pequeñez ante el Misterio mismo de Dios.

    El Catecismo lo recuerda también:

“En la liturgia romana, se invita a la asamblea eucarística a rezar el Padrenuestro con una audacia filial; las liturgias orientales usan y desarrollan expresiones análogas: Atrevernos con toda confianza; Haznos dignos de” (CAT 2777).

   Es luminoso el comentario que escribe Jungmann a esta monición: “El entusiasmo que produce la majestad de la oración dominical, reflejada en tales palabras, encuentra su expresión tamibén, aunque en forma más comedida, en las frases introductorias de nuestra misa romana. Para el hombre, formado de polvo y cenizas, es, ciertamente, un atrevimiento (audemus) hacer suya una oración en la que se acerca a Dios como hijo a su padre. Acabamos de ver mencionada la palabra “atrevimiento” en las liturgias orientales. Se repite con frecuencia en boca de los santos Padres cuando hablan del Pater noster. Comprenderemos aún mejor la reverencia que siente ante la oración dominical la liturgia romana y que, sin duda, está muy en su puesto, si recordamos que entonces a esta oración se la mantenía en secreto no sólo ante los gentiles, sino aun ante los catecúmenos hasta momentos antes de que por el bautismo se convertían en hijos del Padre celestial. Pero hasta los ya bautizados debían sentir siempre con humildad la enorme distancia que les separaba de Dios. Por otra parte, el mismo Hijo de Dios nos enseñó estas palabras, mandándonos que las repitiéramos. Fue éste un mandato salvador, una instrucción divina. Los sentimientos concretados en la oración cuadran maravillosamente con la hora en que tenemos entre nuestras manos el sacrificio con que el mismo Hijo se presentó y sigue presentándose ante su Padre celestial”[1].

  Otras posibles moniciones, en el Misal, subrayan otros aspectos. Son más recientes –se incorporaron a la reimpresión castellana de 1988-. “Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que el mismo Cristo nos enseñó”: subraya la filiación divina y el motivo por el cual podemos recitar la Oración dominical. Otra monición dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado; digamos con fe y esperanza”. Tomando un versículo paulino (Rm 5,5), recuerda que la filiación divina es el Don gratuito de su Espíritu Santo, recibido en el Bautismo y la Confirmación, que ora en nosotros y por eso con fe y esperanza oramos nosotros. Y una tercera fórmula: “Antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos ha enseñado”. Incide en la idea de la Eucaristía como sacrificio que realiza la reconciliación entre Dios y los hombres y entre los hombres entre sí. Oramos pidiendo perdón a Dios y perdonando para vincularnos al sacrificio reconciliador de Jesucristo.

  Dicho sea de paso, es una fórmula breve y clara esta monición sacerdotal el Misal: ya hemos visto las fórmulas que ofrece el Ordinario de la Misa. Se empobrece y se seculariza todo cuando se sustituye por una pequeña homilía aquí, inacabable, repitiendo temas. Recordemos: es una monición sobria y escueta.

  Lo mismo presenta el rito ambrosiano de Milán. Son fórmulas breves con las que el sacerdote introduce a todos a la recitación conjunta del Padrenuestro. La primera es la clásica: “Obedientes a la palabra del Señor y formados por su divina enseñanza, nos atrevemos a decir”. Además ofrece las siguientes: “Guiados por el Espíritu de Jesús e iluminados por la sabiduría del evangelio, nos atrevemos a decir”; “Dios Padre envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ‘¡Abba, Padre!’. Sea éste nuestro mismo grito mientras nos atrevemos a dirigir a Dios la oración que Jesús mismo nos enseñó”; “Con el bautismo nos hemos convertido en hijos de Dios y como tales Dios mismo nos invita ahora a su mesa: con gozosa confianza dirijamos a él la oración que Jesús nos enseñó”, y la última monición en el rito ambrosiano, invitando además a que los fieles extiendan las manos para rezarlo: “Levantando las manos hacia el Padre que está en los cielos y dejándonos guiar por el Espíritu Santo que ora en nosotros y por nosotros, digamos juntos la oración que Jesús mismo nos enseñó”.

   En la peculiar estructura, tan oriental, de la Misa hispano-mozárabe, el Padrenuestro es introducido no por una monición fija (que tenga dos o tres fórmulas alternativas), sino por una pieza, una oración, que es propia de cada Misa y que se llama “ad dominicam orationem”. Esta oración propia de cada Misa, elabora algún tema de la celebración o Misterio del día, dirigida a Dios Padre e incluso a Jesucristo, y no a los fieles, terminando con una fórmula de enlace que suele decir: “y desde la tierra nos atrevemos a decir”, o “clamamos desde la tierra”.

    En el IV domingo de Adviento, el sacerdote introduce al Padrenuestro diciendo:

Oh Dios altísimo y todopoderoso, Padre sin principio

tú quisiste que la venida de tu Unigénito, hecho hombre,

fuese el remedio para obtener nuestra reconciliación,

a fin de que recibiéramos por él la gracia de la adopción.

Sin comienzo y antes de todos los siglos,

engendrado por ti e igual a ti por su naturaleza divina,

por él hemos sido adoptados como hijos,

a pesar de que, por nuestros méritos,

no merecíamos ni ser siervos;

haz que podamos celebrar tan gran solemnidad

diciendo y proclamando sin dificultad:

     En la Misa de la Natividad del Señor:

 Al que mostró el Camino por el que hemos de avanzar,

al que enseñó la Vida que hemos de proclamar,

al que estableció la Verdad que hemos de observar,

a ti, oh Padre supremo, con corazón conmovido,

clamamos desde la tierra:

  La solemne fiesta de la Aparición del Señor –la adoración de los Magos…- presenta esta oración:

 Cristo Dios, que, al salir del seno virginal,

apareciste hoy en el mundo como una luz nueva,

reconocido en la estrella y adorado en los dones;

sácianos con el panal de miel de tus buenas palabras,

adecuadas oraciones y piadosas respuestas;

para que la dulzura de sentirnos escuchados

nos sirva de salud de alma y cuerpo,

y para que, gustando y comprobando

la seguridad de tu presencia, Señor,

no volvamos a desviarnos hacia la amargura del mundo,

sino que, pendientes de tus palabras celestiales,

con el alma y el corazón invoquemos por ti al Padre

desde la tierra:

   Y el VI domingo de la Pascua:

 Levántanos en tu presencia, Dios todopoderoso,

en quien vivimos, a quien nos hemos consagrado,

de quién hemos recibido el bien de nuestra salvación,

es don tuyo nuestra celebración,

favor tuyo la vida de los creyentes,

rescate tuyo la resurrección de los muertos.

Hazte presente en los sacrificios que estableciste,

en las alegrías que nos has procurado,

tú que con la resurrección de tu Hijo

confirmaste la esperanza de nuestra resurrección y redención.

Conserva en nosotros este don tuyo

entre todo y por encima de todo;

que en este día de la resurrección del Señor,

entonando cantos dignos de ti

podamos decirte desde la tierra:

 

   La monición, en general, salvando la peculiaridad de cada familia litúrgica “asume varias funciones. Ante todo, relaciona el Pater noster con su origen, es decir, con el mandato y con la enseñanza del Señor, ilustrándolo así en su inigualable valor. El prólogo además es necesario también por razones de estructura por cuanto sirve de paso de la plegaria eucarística a la sección de la comunión”[2].

 



[1] JUNGMANN, El sacrificio de la Misa, 970-971.

[2] RAFFA, Mistagogia della Messa, 448.

21.02.19

Padrenuestro (I - Respuestas XXXIII)

1. La oración propia de los hijos de Dios, es decir, de los bautizados que han recibido el espíritu filial de adopción según san Pablo (Rm 8,15), es el “Padrenuestro”, también llamado “oración dominical”, es decir, “oración del Señor”, pues fueron los labios de Cristo los que la pronunciaron para nosotros, encomendándonos: “Cuando oréis, decid: Padre nuestro…” (Lc 11,2).

  Es oración tan propia de los hijos de Dios, de los bautizados, que los catecúmenos –ni antes ni ahora- la rezaban. Eran despedidos tras la homilía porque no eran fieles cristianos todavía para poder participar de la oración común. Cuando han sido ya elegidos para ser bautizados en la próxima Vigilia pascual, se les realiza el rito de la entrega del Padrenuestro. Transcurre en la V semana de Cuaresma.

    Muy claro explica el motivo el Ritual de la Iniciación cristiana de adultos: “También se entrega a los elegidos la ‘Oración dominical’ que desde la antigüedad es propia de los que han recibido en el Bautismo el espíritu de los hijos de adopción, y que los neófitos recitan juntamente con los demás bautizados al participar por primera vez en la celebración de la Eucaristía” (RICA 188).

   En una celebración, tras las lecturas bíblicas, se proclama el Evangelio donde el Señor pronuncia el Padrenuestro, con esta admonición del celebrante a los elegidos: “Ahora escuchad cómo el Señor enseñó a orar a sus discípulos” (RICA 191). Tras la homilía se ora por los elegidos.

   Aunque se les ha entregado así, únicamente cuando ya han sido bautizados, durante la Vigilia pascual, podrán entonces, por vez primera, junto con todos los demás fieles cristianos, rezarla. ¡Oración de los hijos de Dios, de los que por gracia han sido hechos hijos de Dios por el bautismo!

   Los Padres explicaban el Padrenuestro a los elegidos, petición a petición, en el rito de la entrega:

  “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo van a oír si nadie les predica? ¿O cómo predicarán si no son enviados? Él dijo: ¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? Ésta es la causa por la que no recibisteis primero la oración y luego el símbolo, sino primero el símbolo para saber qué habéis de creer, y luego la oración en que conozcáis a quién habéis de invocar. El símbolo, por tanto, dice relación a la fe; la oración, a la súplica, puesto que quien cree es escuchado a través de su invocación” (S. Agustín, Serm. 56,1).

    “El orden de vuestra instrucción exige que aprendáis primero lo que habéis de creer y luego lo que habéis de pedir. Esto mismo dice el Apóstol: Sucederá que todo el que invocare el nombre del Señor será salvo… Puesto que se dijo con toda razón y verdad: ¿Cómo van a invocar a aquel en quien no han creído?, por esto mismo habéis aprendido antes lo que debéis creer y hoy habéis aprendido a invocar a aquel en quien habéis creído” (S. Agustín, Serm. 57,1).

     Se devolvía el Credo, recitándolo antes de la Vigilia pascual –como vimos al tratar el Símbolo- pero no se devolvía el Padrenuestro antes, sino que lo recitarán por vez primera junto con los fieles, a una voz, una vez bautizados: “Una vez bautizados, tenéis que decir diariamente la oración… Por esto el sábado, en la vigilia [pascual] que hemos de celebrar, si Dios quiere, recitaréis en público no la oración, sino el Símbolo” (S. Agustín, Serm. 58,12.13); “la oración que hoy habéis recibido, para aprenderla y darla de memoria dentro de ocho días [después del Bautismo, durante la Vigilia], fue dictada, como escuchasteis en la lectura del Evangelio, por el mismo Señor a sus discípulos y a través de ellos ha llegado hasta nosotros, puesto que su voz se extendió por toda la tierra” (S. Agustín, Serm. 59,1).

   El actual ritual del bautismo de niños destaca su importancia también. “Después de una monición del celebrante, para prefigurar la futura participación en la Eucaristía, se dice ante el altar la oración dominical, en la cual los hijos de Dios se dirigen al Padre que está en los cielos” (RBN 77). La rúbrica, en el ritual, reitera: “El celebrante, de pie ante al altar, dice a los padres y padrinos y a todos los presentes estas palabras u otras semejantes” (RBN 134).

    La monición relaciona entre sí los tres sacramentos de la Iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación, Eucaristía), y resalta el Padrenuestro como la oración propia de los que ya, por el Bautismo, son hijos adoptivos de Dios y se pueden dirigir a Dios llamándole Padre con toda propiedad:

            “Hermanos:

            Estos niños, nacidos de nuevo por el Bautismo, se llaman y son hijos de Dios. Un día recibirán por la confirmación la plenitud del Espíritu Santo. Se acercarán al altar del Señor, participarán en la mesa de su sacrificio y lo invocarán como Padre en medio de su Iglesia. Ahora nosotros, en nombre de estos niños, que son ya hijos por el espíritu de adopción que todos hemos recibido, oremos juntos como Cristo nos enseñó” (RBN 134).

    El ritual de la Confirmación, por su parte, quiere que se dé el suficiente realce a la oración dominical por los nuevos confirmados: “Debe darse gran importancia a la recitación de la oración dominical (el Padrenuestro), que hacen los confirmandos juntamente con el pueblo, ya sea dentro de la Misa antes de la Comunión, ya fuera de la Misa antes de la bendición, porque es el Espíritu el que ora en nosotros, y el cristiano en el Espíritu dice: ‘Abba, Padre’” (RC 13). Sin embargo, el ritual luego no ofrece ninguna monición específica para el Padrenuestro, ni indica la conveniencia, tal vez, de cantarlo en la celebración dentro de la Misa. En la celebración fuera de la Misa sí ofrece una monición muy genérica: “Ahora, hermanos, concluyamos nuestra oración y uniéndola  a la plegaria que nos enseñó el Señor, digamos todos juntos” (RC 60).

    2. Lógicamente, es una oración muy querida por la Iglesia. Pronto el uso de recitar tres veces al día la confesión de fe del “Shemá Israel” motivó que los cristianos, tres veces al día, rezasen el Padrenuestro como confesión de fe y alabanza a Dios.

    La Didajé señala ya esta práctica: “Tres veces debéis rezar de este modo cada día” (VIII,3). Estamos aún en el siglo I. San Agustín, en el siglo IV, les dice a sus catecúmenos: “Una vez bautizados, tenéis que decir diariamente la oración. En la iglesia se dice todos los días ante el altar de Dios y los fieles la escuchan” (Serm. 58,12).

   La Iglesia mantiene esa costumbre. Tres veces al día lo recita solemnemente, como Iglesia, en su liturgia: en Laudes, en Vísperas y en la Misa. La Ordenación general de la Liturgia de las Horas lo explica: “En las Laudes matutinas y en las Vísperas, como Horas más populares, a continuación de las preces ocupa el Padrenuestro el lugar correspondiente a su dignidad, de acuerdo con una tradición venerable. Así, la oración dominical, de ahora en adelante, se dirá solemnemente tres veces al día, a saber en la Misa, en las Laudes matutinas y en las Vísperas” (IGLH 194-195).

    3. Las distintas familias litúrgicas, occidentales y orientales, situaron –salvo una o dos excepciones- el rezo del Padrenuestro entre los ritos preparatorios de la comunión. La petición “danos hoy nuestro pan” fue interpretada por los Padres con un sentido eucarístico, como petición del Pan de la Eucaristía, disponiéndonos así a recibir la comunión eucarística como un Don que nos concede el Padre celestial. Dios escucha las súplicas y nos da “el pan de los hijos”, la Eucaristía cada día: “concédenos, por tu misericordia, que cuantos hemos sido alimentados con el pan de los hijos seamos también santificados por el espíritu de adopción”[1].

   Por ese sentido eucarístico, y no devocional (una oración más, piadosa), y no por subrayar la fraternidad horizontal (como a veces se ha hecho uniendo todos sus manos), es por lo que el Padrenuestro se ubica dentro de los ritos de comunión.

    El Misal, en su Ordenación general, lo deja claro: “se pide el pan de cada día, con lo que se evoca, para los cristianos, principalmente el pan eucarístico y se implora la purificación de los pecados, de modo que, verdaderamente las cosas santas se den a los santos” (IGMR 81).

 



[1] Oración de Postcomunión, San Joaquín y Sta. Ana, 26 de julio.

14.02.19

Amén ( y III - Respuestas XXXII)

7. Igualmente importante, solemne y rotundo, que el “Amén” que rubrica la gran plegaria eucarística, es el “Amén” que se pronuncia antes de comulgar. Es confesión de fe y reconocimiento adorante de que Jesucristo está en el Sacramento real y sustancialmente presente.

   Primero veamos el rito de la distribución de la sagrada comunión, las rúbricas, ya que, para participar mejor, hemos de saber cómo se hace bien, y luego el sentido de la respuesta.

   El fiel que se acerca a comulgar, realiza primero un signo de adoración inclinándose. La postura corporal, por tanto, ha de ser sumamente respetuosa:

“Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas” (IGMR 160).

   El rito de la distribución de la sagrada comunión se desarrolla de la siguiente manera:

“Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo. Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente” (IGMR 161).

  Por tanto, hay cuatros momentos:

1) se muestra la especie de Pan, teniendo la Hostia un poco elevada;

2) Se le dice al comulgante: “El Cuerpo de Cristo”;

3) El fiel responde: “Amén”;

4) finalmente comulga.

    “El Cuerpo de Cristo – Amén”, “La Sangre de Cristo – Amén”, es decir: ¡así es, así lo creo, así lo confieso! Todo eso se contiene en la breve palabra “Amén” que obligatoriamente debe ser pronunciada por el fiel que va a comulgar, y que sea dicha claramente, no un susurro o un levísimo murmullo inaudible, para que el ministro que distribuye la Comunión pueda oírlo.

   Así, a la hora de la Comunión, se establece un verdadero diálogo de fe:

“El Cuerpo de Cristo – Amén”, y junto a la inclinación antes de comulgar, este “Amén” es otro gesto más de adoración ante el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. ¡Sí, adoración!, ya que “en la Eucaristía no es que simplemente recibamos algo. Es un encuentro y una unificación de personas, pero la persona que viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros es el Hijo de Dios. Esa unificación sólo puede realizarse según la modalidad de la adoración” (Benedicto XVI, Disc. a la Curia romana, 22-diciembre-2005).

    8. Mucho y bien predicaron los Padres de este “Amén” del comulgante por la importancia que le daban.

  Algunos lo describen solamente, para que se sepa bien cómo es el rito y se haga bien y con adoración, o son alusiones al “Amén” en otro contexto:

   “Explique, pues, todas estas cosas el obispo a aquellos que comulgan; al partir el pan y distribuir cada una de las partes, diga: ‘Pan celestial en Cristo Jesús’. El que lo recibe responda: ‘Amén’” (Hipólito, Trad. Apost., c. 21).

   “¿Cómo puedes tolera que aquellas manos que habías extendido ante el Señor [al comulgar] se fatiguen aplaudiendo al histrión? ¿Y que de la boca con la que proferiste el “Amén” al Santo puedas vitorear al gladiador y decir ‘por los siglos de los siglos’ a algún otro que a Dios y a Cristo?” (Tertuliano, De spectaculis, 25).

   “Si no podemos ofrecer nuestros dones sin paz, ¡cuánto menos recibir el Cuerpo de Cristo! ¿Con qué conciencia responderé “Amén” a la Eucaristía si dudo de la caridad del que me la da?” (S. Jerónimo, Ep. 81).

  Pero, en general, son muchos los Padres que dan la explicación mistagógica, es decir, el sentido y la razón de ser del “Amén” pronunciado por el fiel antes de comulgar:

   “¿Qué es más, el maná del cielo o el cuerpo de Cristo? Claro es que el cuerpo de Cristo, que es el autor del cielo. Además el que comió el maná murió; pero el que comiere este cuerpo recibirá el perdón de sus pecados y no morirá eternamente. Luego no en vano dices tú: ‘Amén’, confesando ya en espíritu que recibes el cuerpo de Cristo. Pues cuanto tú has pedido, el sacerdote dice: ‘El cuerpo de Cristo’, y tú dices: ‘Amén’, esto es verdad. Lo que confiesa la lengua, sosténgalo el afecto” (S. Ambrosio, De Sacr. V,24-25).

   “El pontífice, pues, al dar [la oblación], dice: ‘El cuerpo de Cristo’, y te enseña con esta palabra a que no mires lo que aparece, sino que representes en tu corazón aquello que ha llegado a ser lo que había sido presentado, y que por la venida del Espíritu Santo es el cuerpo de Cristo. Así, conviene que te presentes con mucho temor y gran caridad, teniendo en cuenta la grandeza de lo que se te da; Él merece el temor a causa de la grandeza de su dignidad y el amor por la gracia. Por esto, en efecto, dices tú después de él: ‘Amén’. Con tu respuesta confirmas la palabra del pontífice y sellas la palabra del que da. Y se hace lo mismo para tomar el cáliz” (Teodoro de Mopsuestia, Hom. Cat. 16, n. 28).

    Clásica y muy conocida es la catequesis mistagógica de S. Cirilo de Jerusalén; con suma hermosura y delicadeza lo explica a los neófitos:

   “Al acercarte no vayas con las palmas de las manos extendidas, ni con de los dedos separados, sino haz con la mano izquierda un trono, puesto debajo de la derecha, como que está a punto de recibir al Rey; y recibe el cuerpo de Cristo en el hueco de la mano, diciendo “Amén”. Después de santificar tus ojos al sentir el contacto del cuerpo santo, recíbelo seguro con cuidado de no perder nada del mismo” (Cat. Mist. V, 21).

   Emplea S. Cirilo un lenguaje muy contundente para afirmar la presencia real ante la cual se va a responder el “Amén”:

   “No los tengas como pan y vino sin más; según la declaración del Señor son cuerpo y sangre de Cristo. Y aunque el sentido te sugiera eso, la fe debe darte la certeza. No juzgues del hecho por lo que te dicte el gusto, sino que, después de ser considerado digno del cuerpo y sangre de Cristo, estate plenamente convencido desde la fe, sin dudar” (Cat. Mist. IV, 6).

   El gran Agustín de Hipona, el mismísimo día de Pascua, dedica un sermón a la comunión eucarística y al “Amén”, y es que los Padres han predicado de la liturgia y sobre la liturgia para introducir a todos en el Misterio, como algo habitual en ellos, sin moralismos ni ideas vagas:

   “Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche [la Vigilia pascual]; pero aún no habéis escuchado qué es, qué significa ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es pan y un cáliz; vuestros ojos así lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo, y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, lo que quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada…

            En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el “Amén”, y con vuestra respuesta lo rubricáis. Se te dice: “El Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el “Amén”” (S. Agustín, Serm. 272).

    “Este pan es el cuerpo de Cristo, del que dice el Apóstol dirigiéndose a la Iglesia: Vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo. Lo que recibís, eso sois por la gracia que os ha redimido; cuando respondéis “Amén” lo rubricáis personalmente. Esto que veis es el sacramento de la unidad” (Serm. 229 A,1).

    9. Decimos “Amén” en muchísimos momentos de la liturgia. Y al cantarlo o pronunciarlo, realizando una confesión de fe, nos unimos a Jesucristo. ¿Por qué? Porque Jesucristo es el verdadero “Amén”, el Amén de Dios.

  “Él mismo es el ‘Amén’ (Ap 3,14). Es el ‘Amén’ definitivo del amor del Padre hacia nosotros; asume y completa nuestro ‘Amén’ al Padre: todas las promesas, hechas por Dios han tenido su ‘sí’ en él; y por eso decimos por él ‘Amén’ a la gloria de Dios (2Co 1,20)” (CAT 1065).