Menos galleguización y más evangelización
Me ha hecho gracia ver la forma en la que El Correo Gallego ha definido a la famosa Romaxe que se celebra cada año en Galicia, esa mezcla de celebración cristiana disidente, mitin político nacionalista y merienda campestre. El periódico la definió como “unha eucaristía exenta de xerarquías eclesiásticas e con propósito galeguista”.
Resulta sorprendente la cantidad de despropósitos que pueden acumularse en una pequeña frase, como fiel reflejo de los despropósitos que, a su vez, acumulan las Romaxes. En primer lugar, una eucaristía nunca puede estar “exenta de jerarquías”. Por su propia naturaleza, la misa implica siempre al entero pueblo de Dios y, especialmente, al ministerio jerárquico y, en particular, al Papa y al obispo de la diócesis. De hecho, sin sacerdotes no puede haber eucaristía y, aunque a algunos les fastidie, los sacerdotes son “jerarquía".
En segundo lugar, una eucaristía no puede tener “propósito galleguista”. La eucaristía es, a la vez, “la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre”. Es cierto que puede celebrarse la eucaristía con ocasión de un acontecimiento u otro, como un fallecimiento, una fiesta, una reunión de un grupo cualquiera, pero el fin de la eucaristía siempre es el mismo: dar culto en comunidad a Dios y recibir de él la salvación, participando del Cuerpo y la Sangre de su Cristo y uniéndonos a su Pasión, su Resurrección y su ofrecimiento al Padre.

Una chica de mi parroquia, Lucía, me ha enviado estas líneas sobre su experiencia en la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney.
Hoy no voy a hablar de mentiras de políticos o periodistas poco escrupulosos, sino de algo mucho más antiguo y, paradójicamente, aún más actual. Se trata de una mentira con mucha solera, que lleva engañando a los hombres desde que el mundo es mundo.
El pasado 25 de julio, solemnidad de Santiago Apóstol, estaba en Lugo, pasando unos días de descanso con mi familia. Desde allí fuimos a Mondoñedo y a Betanzos, pero también aprovechamos para recorrer la propia ciudad de Lugo.









