¿De gustibus non est disputandum? (II)
Respuesta de Lucas L. al escrito de ayer de Guilhem de Maiança "Por qué necesitamos Democracia Cristiana y no partidos católicos (II)"
Este escrito de Don Guilhem me parece algo contradictorio con el que publicó en la primera entrega por varios motivos. Empezó usted hace una semana estableciendo que en política hay cuestiones opinables y otras que no lo son, y que convenía mucho saber diferenciarlas bien, que hay un déficit de formación considerable en los católicos españoles sobre cuestiones temporales (y, por tanto, no han entrenado su discernimiento sobre cuestiones esenciales y opinables), y en ambos acababa con la tesis de que necesitamos una democracia cristiana (sin especificar qué cosa sea eso) y no partidos católicos. En éste parece ser que el planteamiento de una “democracia cristiana” (sin que sepamos qué pueda ser tal cosa) viene dado porque usted piensa, o más bien se imagina, que el tradicionalismo politico español, que es una alternativa enteramente diferente, adolece de contaminación idealista y hegeliana.


Se puede confirmar ya (salvo sorpresa de última hora) que en la próxima asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal , que arranca el venidero 28 de febrero, se va a reelegir al cardenal Rouco como presidente. No existiría impedimento estatutario alguno en reelegir, para otro trienio, al actual vicepresidente, Monseñor Ricardo Blázquez. Sin embargo tal posibilidad se descartó desde un inicio. Hasta hace pocos días se venía postulando firmemente la candidatura del arzobispo de Valencia, Carlos Osoro. Por el contrario, al final, el arzobispo de Madrid ha optado porque su número dos sea el cardenal Martínez Sistach. Malas lenguas insinúan que se ha obstruido la candidatura del prelado valenciano, dado que Rouco no veía con buenos ojos su ansías de promoción, ya sea en pos de una futura presidencia de la CEE o de su sucesión en la archidiócesis madrileña. En estos momentos, Sistach no representa ninguna amenaza para el poder de Rouco. Además, la idea de incluirlo en la candidatura partió del propio obispo barcelonés, a lo que el madrileño respondió encantado. Efectivamente: al cardenal de Barcelona le caducaba su cometido en el comité ejecutivo de la CEE , el verdadero centro de poder de Añastro. Al único puesto al que podría optar (descartada la presidencia) es a la vicepresidencia. Su elección colmará su conocido ego, que habría sufrido evidente menoscabo, al quedar como único cardenal sin presencia real en donde se cuecen las decisiones más trascendentales de la Iglesia en España. 





