Primeras grietas disidentes entorno al mito Escarré
Siempre estuve convencido que la falta de formación es a la vez ausencia de deformación y que, como los franceses aseveran, en ciertas cuestiones es mejor “repartir à zero”. Abrir brecha entorno al mito del abad de Montserrat Dom Aureli Maria Escarré, construido y mantenido a sabiendas de su falsedad histórica, por el establishment político que ha partido el bacalao en Cataluña en estos últimos cincuenta años, no es tarea fácil.
Y eso es lo que ha iniciado, aunque muy sutil y hábilmente, con su documental “Ciutadà Escarré” el joven director Jordi Marcos, emitido en el programa “Sense ficció” el pasado miércoles por TV3. Ya el con el título, paragonando al “Ciudadano Kane”, Marcos nos da la pista de su intento. Como el magnate Kane protagonizado por Orson Welles, Escarré fallece, al regreso del monasterio lombardo de Viboldone, rodeado de las monjas benedictinas de San Pedro de las Puellas. Como en el film de Orson Welles, las entrevistas se suceden en el documental de Marcos, y con cada persona afloran vivencias y recuerdos que ayudan a modelar la compleja imagen del llamado “abad de Cataluña”, pero que empiezan a aportar datos sobre su misterioso exilio. Sólo el espectador inteligente, que sepa leer entre líneas, se dará cuenta que Marcos plantea ideas aunque no se atreva a desarrollarlas. ¿Quién en este país se atreve decididamente a plantar cara de manera desinhibida y constante fuera de nosotros en Germinans y pocos más?

“¿No son galileos, todos estos que hablan? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica , los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”. 
El pasado día 26 de abril, víspera de la festividad de Nuestra Señora de Montserrat, se celebraba en su basílica la tradicional Vetlla de Santa María, con la que se inicia la liturgia propia de la solemnidad. Los miles de peregrinos que acuden a las diez de la noche al cenobio benedictino se encontraron con la sorpresa de que, junto al abad Soler, se hallaba ni más ni menos el cardenal Rouco Varela. Y junto a ellos el obispo de Lugo, su sobrino Monseñor Carrasco Rouco. ¿Qué hacía el prelado madrileño -acompañado de su sobrino- en día tan señalado en el monasterio? La versión oficial es que pararon en Montserrat, camino de Roma, adonde acudían a la beatificación de Juan Pablo II. No me dirán que la excusa no es conmovedora. El cardenal de Madrid no viaja en avión, sino que se desplaza a la Santa Sede en coche. Además, le acompaña el obispo de Lugo que debe realizar un larguísimo periplo para recoger a su tío en la capital de España y luego desplazarse en automóvil hasta la ciudad eterna. No contentos con el tortuoso viaje, al pasar el túnel de El Bruc, deciden llamar al Abad Soler y anunciarles su visita, coincidiendo con la celebración de la Vigilia de la Virgen de Montserrat. Dom Josep María recibe la noticia con alborozo y se presta a anunciar a los monjes que la celebración se verá honrada con la presencia del todopoderoso purpurado. ¡Qué ternura!
Ayer la Iglesia hizo un magnífico despliegue de Fe en sí misma. Hacia el interior y hacia el exterior. En el interior de la Iglesia ha vuelto a resonar con fuerza y con total oportunidad su leit motiv: “No tengáis miedo”. No tengáis miedo de ser cristianos, de vivir como tales, de exhibiros como cristianos, nos ha recordado Benedicto XVI en su homilía. A tiempo nos llega su mensaje aquí en España, donde el laicismo es tan agresivo y tan hostil. “No tengáis miedo”. Nos hemos dedicado tantos decenios a tener vergüenza de ser cristianos, tanto tiempo a disimular que lo somos, que inexorablemente hemos llegado a la fase del miedo. Pero ahí tenemos a Juan Pablo II diciéndonos, ahora también desde el cielo, “No tengáis miedo”. 




