Resignificando
Resignificar el Valle de los Caídos es la noticia de la semana: darle un nuevo significado bajo «una mirada plural, inclusiva y contemporánea».
Este giro semántico no es algo nuevo, sino que, según el Gobierno, comenzó con la exhumación de los restos de Franco de la Basílica. Para ello, ha contado con la colaboración de la jerarquía eclesiástica, ya que la ley —¡qué maravilla!— se lo impedía. Una ley que procede del mismo cuerpo legislativo que antes prohibía asesinar inocentes —ahora abortar es un derecho— o castigaba la secesión. Como ya se sabe, este corpus legal es como el gato de Schrödinger: está vivo y muerto a la vez. Lo mismo vale para una cosa que para otra y, si no, se cambia.
El arzobispo de Madrid ha lamentado las filtraciones, es decir, que el PSOE se comporte como tal y lo haya dejado en fuera de juego. Aunque su labor haya sido de acompañamiento —un acompañamiento al suicidio—, hay que decir en su defensa, como el propio arzobispado ha reconocido, que esto se ha negociado con la Secretaría de Estado del Vaticano.
Esta injerencia del Gobierno en la Iglesia no es nueva, sino que ya la habíamos visto cuando se ordenó la exhumación de Queipo de Llano —benefactor de la hermandad— y del general Bohórquez —hermano de la corporación— de la Basílica de la Macarena, saltándose a la torera el Derecho Canónico.
De todas formas, que este zipizape no nos impida ver la realidad, aunque cada vez sea más difícil.
Por una parte, hay que decir que este proceso de «resignificación» no comienza ahora, sino en 1978, cuando se puso en marcha el mito, fundador y fundante, de la Transición. El régimen tiene que seguir en movimiento. Si primero fue la reconciliación de las dos Españas —sea esto lo que sea—, ahora toca la fase de negación: los nietos del franquismo deben negar a sus abuelos para seguir viviendo bien. Así hasta disolver en la nada la nación española, borrando su identidad católica. No es que haya corrupción, sino que el régimen del 78 es corrupto y corruptor. Creo que ni los más críticos con el régimen del 78, como García Trevijano, llegaron a imaginar los niveles de ignominia que hemos alcanzado —y los que todavía nos quedan por ver—.
Por otra parte, la Iglesia renunció a cualquier teología política tras el Concilio Vaticano II. Los tiempos cambiaron y hoy padecemos sus consecuencias. ¿De dónde vienen los próceres del PSOE, de Podemos y de Sumar? De ambientes eclesiásticos. Y no de ahora, sino desde los tiempos de Felipe González. ¿Acaso podemos olvidar la relación del expresidente con Manuel Benigno García Vázquez, otrora canónigo de la Catedral de Sevilla y rector del CET de la misma localidad? No debería sorprendernos que altos cargos del PSOE hayan surgido de estos círculos, como la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, procedente de los movimientos cristianos de base.
En conclusión, no estamos ante un hecho aislado ni ante algo que pueda sorprendernos; la resignificación del Valle de los Caídos es un desarrollo interno del régimen del 78, que prosigue en su camino de disolución de la nación. En este proceso, la Iglesia se está viendo arrastrada por varias razones: la primera, por la confusión doctrinal que padece y que reverbera en la política, no como ideología, sino como ser del hombre – zoon polytikon -, que se inserta en unas reglas propias que emanan de la doctrina católica, la segunda, por la falta de fuerza política ya que los católicos, en este aspecto, somos irrelevantes.