
Dos papeles sobre la mesa
Hace unos días, José Francisco Serrano Oceja publicó una columna cuyo título era una pregunta: «¿Es el clero de Madrid el mejor clero del mundo?». La desplegaba con la integridad que le caracteriza, enumerando razones posibles, recordando a Morcillo y a Tarancón, a Suquía y a Rouco, evocando la referencia de Will McAvoy en Newsroom sobre un país que ya no es el mejor pero que lo fue «cuando estaba gobernado por hombres grandes». Y cerraba con una advertencia de aparente sencillez: «Si el clero de Madrid es el mejor del mundo, convendría que siguiera así». Lo que Serrano Oceja no podía saber (o quizás sí) es que en los mismos días en que escribía esas líneas, el grupo sinodal que el cardenal arzobispo de Madrid coordinaba estaba finiquitando el documento que propone reformar la formación sacerdotal de toda la Iglesia según un modelo que los predecesores de Cobo desmontaron en Madrid hace cuarenta años. La advertencia de Serrano resulta así, leída a la luz de lo que ha ocurrido después, casi profética.
Hay una fecha que conviene no perder de vista: el 28 de enero de 2026.
Ese día, memoria litúrgica de santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia, como subraya el propio encabezado, el Papa León XIV firmó en el Vaticano una carta dirigida a los sacerdotes de Madrid. Una carta personal, cargada de imágenes, escrita en el castellano sonoro y preciso de quien ha leído a los místicos españoles. Una carta que terminaba con una cita de san Juan de Ávila: «Sed vosotros todo suyo».
Pocas semanas después, en los despachos del proceso sinodal, circula un documento de trabajo del Grupo de Estudio 4 (GE4), Formare Presbiteri in una Chiesa Sinodale Missionaria, que propone transformar desde los cimientos la manera en que la Iglesia forma a sus futuros sacerdotes. Un documento que invoca al Papa León XIV como aval de su proyecto desde las primeras líneas.
El problema es que los dos textos no dicen lo mismo.
No es que uno contradiga al otro en cada párrafo. Los documentos eclesiales raramente se contradicen con esa franqueza. Lo que ocurre es algo más sutil y, en el fondo, más revelador: hablan de la misma realidad (el sacerdocio, su identidad, su formación) y dibujan figuras que no encajan. Como si dos arquitectos hubieran recibido el mismo encargo y uno hubiera proyectado una catedral y el otro un centro cívico. Ambos edificios tienen altar. Pero no son el mismo lugar.
Pongo los dos textos uno junto al otro y dejo que el lector juzgue.
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