
Antes de hablar de un sínodo de la Iglesia, conviene reconocer que, sin duda alguna, la inmensa mayoría de las personas que participen en él lo harán con la mejor e incluso la más santa de las intenciones. Igualmente, siempre habrá quien se beneficie de lo que oyó en una sesión sinodal o de un acto litúrgico que se celebró, gracias a Dios. Por otro lado, también hay que reconocer que, como dice el refrán, las buenas intenciones no siempre llevan al cielo o a lo mejor para la Iglesia. En ese sentido, aparte de reconocer las buenas intenciones de los participantes y las experiencias pesonales positivas que haya, puede ser buena idea analizar también objetivamente a dónde lleva este Sínodo sobre la sinodalidad.
Para ello, a mi entender, lo primero que hay que hacer es no dejarse llevar por la propaganda (incluso aunque se trate de propaganda bienintencionada). Como fundamento y objetivo principal de este sínodo se señala que “sínodo” significa “caminar juntos” y se hacen multitud de consideraciones piadosas sobre ese tema. Estupendo. Es cierto que, etimológicamente, las raíces griegas del término significan más o menos eso. Sin embargo, no es menos cierto que, desde hace al menos dos milenios y especialmente en el ámbito eclesiástico, la palabra sínodo significa algo mucho más prosaico y cercano a la realidad: simplemente, una reunión.
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