Hoy. Treinta y siete años de cura desde la fragilidad
Si. Hoy. Treinta y siete años desde el día de mi ordenación sacerdotal. De ellos, casi treinta ejerciendo como cura párroco. La verdad es que cuanto más lo pienso, más me espanta el oficio. Los sacerdotes nos podemos dedicar a mil cosas dependiendo de lo que nos pida nuestro obispo. Lo de ser cura párroco es una tarea a la vez emocionante y de enorme responsabilidad.
Lo pensaba estos días. Un capellán de colegio puede dar clases, llevar la dirección espiritual de los alumnos… pero llega a donde llega, a una parcela de su vida. Lo mismo podría afirmar del capellán de un hospital. Atiende a los enfermos mientras están ahí y los conforta especialmente en caso de enfermedad grave o fallecimiento tanto al enfermo como a la familia. Los profesores dan sus clases y lo que pueden después. Igual los que ostentan cargos curiales. El párroco es aquel a quien se confía una porción concreta del pueblo de Dios para su atención, cuidado y llevarlos al cielo. A todos. Niños, grandes, ancianos, los fijos, los de paso. Todos.

¡Vaya mezcolanza, padre! Pos sí, que me ha dado por ahí, ya saben. Cosas mías.
Me quedo en lo de perplejidades porque mañana es nochebuena y uno siente algo de calorcito navideño, porque en vez de perplejidades podrían colocarse palabras más gordas.
Algunos feligreses, tanto reales como virtuales, me hablan de
Apenas me sonaba de vista, y muy poco. Hace unos momentos ha pasado por el despacho digamos que María, qué importa el nombre. Es africana y tiene dificultades con el idioma. No pasa nada, la buena voluntad todo lo suple. Me ha entregado una ficha de inscripción para los turnos de la capilla de adoración perpetua. Va a velar ante el Santísimo desde las 23 h. del día 24 de diciembre hasta las 5 de la mañana del día de Navidad.





