(InfoCatólica) En Cristo, la muerte no deshace los vínculos, sino que los transfigura. Con esta certeza como horizonte, el Papa León XIV presidió en la mañana de este jueves, 5 de noviembre, la Santa Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante el último año, y pidió que su recuerdo no se reduzca a «mera nostalgia», porque «el Señor está vivo, nos espera y ya ha preparado un lugar para nosotros en la casa de su Padre».
La celebración tuvo lugar a las 9:00 horas en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro, con la presencia de la Curia Romana. En ella se encomendó el alma de 143 prelados, 7 cardenales y 136 arzobispos y obispos, fallecidos entre el 21 de octubre de 2025 y el 25 de octubre de 2026.
Entre ellos figuran dos españoles, monseñor Bernardo Álvarez Afonso, obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife), fallecido el 25 de noviembre de 2025, y monseñor Francisco Gil Hellín, arzobispo emérito de Burgos, fallecido el 27 de noviembre del mismo año. Se recordó también, entre otros miembros del Colegio Cardenalicio, al Cardenal italiano Camillo Ruini y al Cardenal checo Dominik Duka.
El camino de la gloria a través de la cruz
El Pontífice partió del Evangelio de San Juan: «El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor» (Jn 12,26). Estas palabras, explicó, llaman a seguir a Cristo «por el camino que Él ha recorrido, el camino de la gloria a través de la cruz», un camino «donde no faltan pruebas y sufrimientos» y en el que sostiene al creyente la promesa de «una comunión en la que la muerte no tiene poder».
Quien sigue a Cristo se convierte en su servidor y estará siempre allí donde Él esté, añadió, y por eso San Pablo afirma que «si hemos muerto con él, viviremos con él» (2 Tm 2,11). Esa certeza de fe y de esperanza, dijo el Papa, anima la celebración por los pastores difuntos, «por quienes queremos rezar al Señor para pedirle que recompense a sus siervos fieles».
León XIV invitó después a reflexionar sobre el valor espiritual del recuerdo, evocando las palabras de Santa Mónica a sus hijos Agustín y Navigio poco antes de morir, recogidas por San Agustín en las Confesiones: «Solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis». En ellas, señaló, el misterio de la muerte aparece unido a la oración por los difuntos, «que la Iglesia, desde sus orígenes, siempre ha practicado como uno de sus deberes fundamentales».
El sacrificio de Judas Macabeo
La homilía se articuló en torno a dos verdades que, según el Papa, iluminan el sufragio, la esperanza en la resurrección y la comunión de los santos.
Para la primera, se detuvo en la lectura del Segundo Libro de los Macabeos (2 M 12,43-46). Tras la caída en batalla de algunos compañeros que se habían hecho culpables de idolatría, Judas Macabeo los encomienda a la misericordia de Dios y hace ofrecer por ellos un sacrificio expiatorio «para que sean absueltos del pecado». Ese gesto, explicó León XIV, se funda en la certeza de que la comunión vivida en la tierra, aun marcada por límites y culpas, «no se debilita si se pone en las manos de Dios», y constituye «una anticipación de aquello que encuentra plenitud en la liturgia cristiana».
El Papa subrayó que el gesto de Judas es ante todo un acto de fe, porque ofreció su sacrificio «con la firme esperanza de que los muertos iban a resucitar». Si no existiera la resurrección, recordó con la Escritura, sería vano rezar por los muertos, y citó a San Pablo: «¡Si no hay resurrección, Cristo no resucitó! Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes» (1 Co 15,13-14).
Por ellos y con ellos
«Queridos hermanos, rezar en sufragio de los difuntos significa celebrar la vida», afirmó el Pontífice. «Sobre todo, la vida resucitada de Cristo el Señor, y por gracia suya la nuestra, que en Él resurge». El sacrificio eucarístico, recordó, «es el memorial de su Pascua, mediante la cual nos ha salvado entregándose a sí mismo por nosotros».
En cuanto a la comunión de los santos, el Papa explicó que la oración por los difuntos se hace «no solo por ellos, sino también con ellos, implicados en una reciprocidad que el Espíritu Santo vivifica en nuestros corazones». La Iglesia, dijo, es misterio de comunión entre Cristo, la cabeza, y sus miembros, una comunión que «une a los espíritus bienaventurados que ya contemplan el rostro de Dios y a todos aquellos que, en el cielo o en la tierra, están en camino hacia la meta luminosa».
León XIV concluyó con una exhortación a custodiar esa comunión acogiendo en la Eucaristía la caridad del Señor resucitado, «para que cuando llegue nuestra hora podamos también nosotros recibir el sufragio de los hermanos peregrinos y gozar con todos los santos de la alegría de la patria celestial».








