(InfoCatólica) Las Bienaventuranzas resuenan de otro modo entre tumbas. Así lo dijo León XIV en la tarde de este lunes, al celebrar la conmemoración de todos los fieles difuntos ante la entrada monumental del cementerio romano del Verano, un lugar que el Papa describió como «un umbral entre el más acá y el más allá, entre la existencia terrena y lo que nos aguarda».
La misa, presidida por el Pontífice a las 16.00 en una tarde nublada y fría, se ofreció en sufragio de los difuntos. «Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía en este lugar de oración y de memoria, de afecto y de esperanza. La ofrecemos en sufragio de los fieles difuntos, en particular de cuantos aquí descansan y de aquellos que cada uno de nosotros lleva en el corazón», dijo al comenzar la homilía.
En las manos de Dios
Celebrar a los difuntos al día siguiente de la solemnidad de Todos los Santos orienta la oración de la Iglesia, explicó el Papa, que pidió al Padre que la vida de santidad y bienaventuranza de la que ya gozan tantos de sus hijos «envuelva el alma de cuantos duermen el sueño de la paz».
La lectura del Libro de la Sabiduría sostuvo el resto de la súplica. Las manos de Dios, recordó citando Sab 3,1, son capaces de custodiar eficazmente las almas de los justos, y «ningún tormento los tocará». A partir de esa promesa, León XIV rezó así: «Que sus manos paternas y seguras los custodien eternamente, de modo que puedan gozar plenamente de esa pertenencia recíproca y vital que el Señor promete a su pueblo en el Libro del Apocalipsis». La oración de la Iglesia, añadió, intercede para que se cumpla la comunión eterna prometida por el Buen Pastore a sus ovejas, que no perecerán y que nadie arrebatará de su mano (cf. Jn 10,28).
El autorretrato de Cristo
El Evangelio del día fue el de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), que el Papa definió como «el autorretrato de Jesús, que Él mismo pone a disposición de sus discípulos». Son, dijo, el camino de la vida plena, ya ahora y por la eternidad, y cuando se proclaman en la liturgia «es el Señor Resucitado quien nos habla».
De las ocho, se detuvo en una: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,4). Con ella pidió por las víctimas de los conflictos armados: «En este momento queremos rezar por cuantos han perdido hace poco a un ser querido; en particular por aquellos a quienes se lo ha arrebatado la absurda violencia de la guerra. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños, de tantos ancianos toquen las conciencias de quien tiene poder para hacer callar las armas!».
La hermana muerte
En el octavo centenario de la muerte de San Francisco de Asís, el Papa evocó la bienaventuranza que el santo añadió al Cántico de las criaturas cuando sintió próximo su final: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal».
Un vínculo que se transforma
La homilía concluyó con una afirmación de fe sobre la comunión con los que ya han muerto. «La fe en Cristo nos dice que nuestro vínculo con los fieles difuntos no se interrumpe, sino que se transforma. Con la oración de sufragio acompañamos a nuestros seres queridos hacia la comunión plena con el Señor, esa comunión que realmente pregustamos ya aquí, en el Sacramento de la Eucaristía».
Y cerró con la promesa del Apocalipsis: «Animados por esta fe llena de esperanza, proseguimos nuestro camino terreno, en espera del día en que Él enjugará toda lágrima, cuando "no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque lo de antes ha pasado" (Ap 21,4)».








