(InfoCatólica) En las últimas dos semanas hemos asistido a una interesante disputa en los medios de comunicación entre un cardenal y un obispo. El primero negaba claramente algunos de los principios fundamentales del catolicismo y el segundo, llamativamente, no dudaba en rebatir sus afirmaciones de forma pública.
El cardenal Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel, defendió en una entrevista que la Iglesia no debe tener como objetivo convertir a los musulmanes, sino vivir en fraternidad con ellos, contra dos mil años de práctica de la Iglesia. También afirmó que «el proselitismo es un veneno» porque supone considerar falsa la religión del otro. Se trata de una declaración desoladora, porque un cardenal católico debería considerar falso, por ejemplo, que Mahoma fue un profeta de Dios, que el Corán es la verdad bajada del cielo o que Cristo solo fue un hombre y no Dios encarnado, es decir, los principios fundamentales del islam.
Estas afirmaciones del cardenal dominico, por desgracia, se unen a una serie de declaraciones en el mismo sentido en años anteriores. En efecto, el arzobispo de Argel afirmó que transmitir el evangelio no tiene por qué conducir a «un cambio de religión», porque «el propósito de la Iglesia no es intentar convertir a los musulmanes. Aunque acogemos a quienes se convierten». También dijo que «lo que me importa no es que un musulmán se convierta al cristianismo, sino que una persona tenga una experiencia espiritual», que «tenemos que deshacernos de la idea de que tenemos que evangelizar», que «la evangelización se realiza en la fraternidad y no en la conversión», que el «bautismo no es necesario para la salvación» y que «también puede haber una parte de verdad en el Islam que se nos escapa» a los católicos. Asimismo, criticó a los evangélicos por pretender que los musulmanes se bauticen y se hagan cristianos en vez de predicar «la existencia de una fraternidad universal».
Ante este cúmulo de afirmaciones relativistas, en lugar del habitual silencio episcopal, Mons Robert Barron, obispo de Winona-Rochester respondió públicamente y lo hizo con ironía y doctrina. Mons. Barron recordó que Cristo mismo había mandado a los Apóstoles «hacer discípulos a todas las gentes, bautizándolas» y que, desde San Pablo hasta el Concilio Vaticano II, se ha entendido la misión de la Iglesia como anuncio del Evangelio y no simplemente como diálogo. Terminó con un fino dardo de ironía asegurando que, si no creyera que la Iglesia no tiene como misión llevar a las personas a Cristo, «renunciaría y me buscaría un trabajo honrado», una clara alusión a que el propio cardenal debería retractarse o dimitir.
Como era de esperar, el cardenal Vesco no ha dimitido ni se ha retractado, sino que ha replicado a Mons. Barron en su página de Facebook. Esta réplica ha sido recogida por CathoBel, el portal católico belga que publicó la entrevista original del cardenal.
Lo sorprendente es la réplica en sí misma, porque el cardenal no trata de rebatir los argumentos del obispo norteamericano, sino que se reafirma en sus declaraciones escandalosas y atribuye sus errores a los cuatro últimos pontífices.
En efecto, el purpurado afirma que «le pese a quien le pese, la Iglesia que me da vida es la Iglesia de San Juan Pablo II y la declaración interreligiosa de Asís […] la Iglesia del papa Benedicto, quien, junto con el cardenal Tauran, desarrolló más vínculos con el mundo musulmán que ningún otro papa antes que él; la Iglesia del papa Francisco, con la Declaración de Abu Dabi sobre la fraternidad humana, […]; la Iglesia del papa León, con su visita a Argelia y su oración silenciosa en la Gran Mezquita de Argel, hombro con hombro junto al rector».
De forma muy poco propia de un dominico, el cardenal omite la infinidad de casos en que, con menor claridad en el caso del Papa Francisco, esos pontífices han enseñado lo contrario. Sería imposible recopilar aquí los cientos o miles de citas al respecto, pero bastará con señalar que San Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio sobre la evangelización, rebate específicamente todas las afirmaciones del cardenal Vesco: «el anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe […] La conversión significa aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse discípulos suyos. La Iglesia llama a todos a esta conversión, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista que preparaba los caminos hacia Cristo, ‘proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados’ […] La conversión a Cristo está relacionada con el bautismo, no sólo por la praxis de la Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo» (RM 46-47).
Después de la transparente argucia de intentar que los últimos cuatro papas carguen con la responsabilidad de sus afirmaciones, el cardenal Vesco se reafirma en su relativismo: «Sí, creo que los creyentes de las tres religiones monoteístas tienen cosas mejores que hacer que intentar convertirse unos a otros; más bien, deben aceptar que existe una parte de «no saber» respecto a la fe del otro y respetarse mutuamente en sus respectivas creencias. Nuestro mundo necesita creyentes arraigados en su fe que se reconozcan como hermanos (y hermanas) en una misma y sagrada humanidad».
Parece imposible no ver el relativismo radical de estas afirmaciones, que niegan la necesidad de la fe en Cristo y de la evangelización, rechazan que solo Cristo puede salvarnos, contradicen la diferencia cualitativa entre la Revelación de Dios y las especulaciones religiosas meramente humanas, sustituye la Iglesia por una fraternidad meramente humana y niega, en fin, el núcleo mismo de nuestra fe.
Posteriormente, la réplica del cardenal parece haber desaparecido de Facebook. No es posible saber si se debe a que el cardenal se ha echado atrás, una intervención discreta de Roma, un poco probable error de CathoBel u otra causa. En cualquier caso, puede concluirse que el camino tomado por Mons. Barron es el adecuado: los errores públicos contra la fe deben rebatirse públicamente, como enseñaba Santo Tomás.








