Los orígenes anticristianos del feminismo
Dra. Carrie Gress | © World on Fire

Los orígenes anticristianos del feminismo

Teosofía, brujería, una Biblia reinterpretada y el aborto. Mientras Gage, Stanton o Sanger veían en la Iglesia un obstáculo, Hannah More y dos santas estadounidenses mejoraban la vida de las mujeres desde la caridad.

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La historia de la emancipación femenina suele presentarse como un proceso lineal: durante siglos, las mujeres habrían vivido sometidas a estructuras religiosas y patriarcales hasta que el feminismo moderno consiguió liberarlas. Sin embargo, esta interpretación deja fuera una parte fundamental de la historia: la diversidad de movimientos que trabajaron por la dignidad, la educación y los derechos de las mujeres, así como las profundas diferencias filosóficas, religiosas y políticas que existían entre ellos.

A pesar de sus convergencias con ciertas reformas sociales, los orígenes del feminismo, expone la Dra. Carrie Gress en su libro Something Wicked, son claramente incompatibles con el cristianismo.

Desde esta perspectiva, resulta necesario distinguir dos proyectos históricos que, aunque en ocasiones coincidieron en reivindicaciones concretas, no partían de los mismos principios: uno que buscaba ampliar las oportunidades de las mujeres conservando una comprensión cristiana de la persona, la familia y la sociedad; y otro que vinculó su emancipación con la crítica radical de la religión, el matrimonio, la maternidad y el orden social de origen cristiano, y que lo combate para llevar a las mujeres a una liberación de lo que hoy se ha reetiquetado como sometimiento «heteropatriarcal cristiano».

Mary Wollstonecraft (1759-1797), a quien se considera la primera feminista y que, como muchas de ellas, provenía de una historia muy abusiva, apoyó las ideas ilustradas de la Revolución francesa, influida por sus amistades masculinas, que apoyaban estas ideas, principalmente rousseaunianas. Tras grandes decepciones con los frutos de la Revolución y una vida tórrida, murió después de dar a luz a su hija Mary, quien más tarde daría vida a la novela Frankenstein. Su legado más importante fue la idea de que las mujeres pueden ser como los hombres, y de que lograrlo sería la «emancipación femenina». Consideraba que los hombres, principalmente los sacerdotes, e incluso Jesús, eran un obstáculo para llegar a Dios. Curiosamente, quien dio difusión a su obra fue su esposo, que, al contar su vida, no le dejó buena fama.

Una de sus exponentes más influyentes, especialmente por la difusión que hizo su yerno Baum tras su muerte, es Matilda Gage (1826-1898), autora de Woman, Church and State (1893), quien culpaba al cristianismo de esclavizar a la mujer, se involucró fuertemente en la teosofía (1860) y en la brujería blanca y negra, e investigó en Salem los juicios a las brujas, a las que consideraba «pensadoras más avanzadas de la era cristiana».

Cady Stanton (1815-1902), otra de sus principales dirigentes, publicó The Woman's Bible (1895-1898), una reinterpretación de las Escrituras destinada a cuestionar los fundamentos religiosos de la subordinación femenina.

A estas influencias se sumaría posteriormente el socialismo marxista. Friedrich Engels, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), interpretó la subordinación femenina desde las relaciones económicas y de propiedad. La transformación radical de la familia pasó a formar parte de ciertos proyectos revolucionarios de emancipación. Para Engels, no tiene caso promover el feminismo dentro de una sociedad burguesa: sin una reforma social integral, el feminismo es insuficiente. Hubo autoras muy influidas por estas ideas que fueron grandes activistas: madre e hija Pankhurst, Clara Zetkin y Alexandra Kollontai.

En contrapartida, tenemos la obra brillante de Hannah More (1745-1833), quien dedicó su vida a formar y ayudar a mujeres pobres. Consideraba que era una locura transformar a las mujeres en hombres. Fue una escritora prolífica y su obra fue aclamada en vida. Buscaba educar a la sociedad inglesa en general en las virtudes cristianas para lograr una transformación profunda y perdurable. Luchó por que las mujeres dedicaran sus talentos al servicio de los demás.

Las verdaderas mejoras sociales de la época se lograron en silencio con obras de caridad sin ideología, mientras que el feminismo, al ver el matrimonio y la familia como opresores de la mujer, atrajo peores desgracias sobre las mujeres y sus hijos.

Como ejemplo, contamos con dos santas estadounidenses de este periodo que no se dejaron arrastrar por la ideología reinante, promovieron la ayuda a los más pobres y fueron modelo de mujer moderna y cristiana: Santa Elizabeth Ann Seton (1774-1821) y Santa Katharine Drexel (1858-1955).

Hacia el siglo XX aparecen figuras como Ellis y Margaret Sanger, que fueron promoviendo el aborto bajo la apariencia de preocupación por la mujer y la familia, y promovieron además el lesbianismo y otras prácticas libertinas. A Simone de Beauvoir, promotora del feminismo, se le retiró la licencia de maestra por perversión de jóvenes. En los clubes de discusión heterodoxos, como el de Joanna Scotts, solo había un requisito: «no ser de opiniones ortodoxas». Había que expandir la autoconciencia femenina hacia algo más progresista y superar la empobrecida visión de la mujer según la antropología cristiana.

En su momento, el Papa León XIII no escribió directamente sobre el feminismo, pero sí sobre sus raíces ideológicas, en su encíclica Quod apostolici muneris (1878). El obispo Foley, en 1877, y el cardenal James Gibbons, en 1902, alertaron a la sociedad.

No sería hasta la Mulieris dignitatem (1988) de Juan Pablo II cuando el papel de la mujer se abordaría directamente y de manera propositiva y pastoral; con todo, en el n. 10 se refiere indirectamente a sus falsificaciones. Más tarde propuso en Evangelium vitae (1995, n. 99) un «nuevo feminismo» que rechazara la imitación de modelos de dominación y reconociera el auténtico genio femenino.

Como podemos concluir, el feminismo tuvo poco de verdadera ayuda a la mujer y mucho de liberación sexual y de deconstrucción de la sociedad cristiana. Y aunque hubo católicas y protestantes en sus filas, nunca lo pudieron hacer desde la fe. Realmente fue un movimiento que, desde su origen, encontró en la fe cristiana, y especialmente en la Iglesia católica, a su gran enemigo.

El asunto guarda una gran vigencia y es necesario atenderlo en profundidad porque, además de sus frutos perversos directos para la mujer y los hijos, hay que atender a la gran paradoja de la desmasculinización de la sociedad, e incluso de la criminalización de los atributos masculinos. A fuerza de reivindicar el valor de la mujer en su capacidad de ser como el hombre, se han imitado sus aspectos más pecaminosos: la agresividad y la dominación. En cambio, la ternura, la calidez, la empatía guiada por la razón y la prudencia femenina han sido relegadas a un segundo plano como formas condescendientes de sometimiento.

En vez de tener una sociedad varonil, en términos de Teresa de Ávila (Camino de perfección, cap. 7, n. 8), tenemos una debilidad social generalizada. La crisis de identidad en varones y mujeres es una guerra silenciosa que amenaza con destruir nuestra civilización de un modo sin precedentes. Solo la resistencia de pequeñas minorías creativas, en términos de Arnold J. Toynbee (A Study of History, 1934-1961), que guarden lo valioso de nuestra civilización, puede rescatar y transmitir a la siguiente generación las semillas de un nuevo florecimiento cultural.

 

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