Un fraile de 83 años lleva 23 años rezando cada día por las almas en el cementerio viejo de Alcalá
© Diócesis de Alcalá de Henares

«Yo vengo al cementerio a pedir al Señor que por su gran misericordia acoja el alma de esa persona y le lleve a gozar de Su presencia»

Un fraile de 83 años lleva 23 años rezando cada día por las almas en el cementerio viejo de Alcalá

Hizo ataúdes de joven en la carpintería y hoy, con 83 años, reza responsos entre tumbas. El Hermano Alejandro lleva desde 2003 pidiendo por las almas en el cementerio viejo de Alcalá de Henares.

(InfoCatólica) «Yo no le rezo a las cenizas, ni le rezo a los ataúdes». Es la respuesta que da el Hermano Alejandro Rodríguez Pérez, fraile franciscano de 83 años, a quien le pregunta qué hace cada día entre las tumbas del cementerio viejo de Alcalá de Henares. Él va allí, explica, a pedir al Señor que, «por su gran misericordia», acoja el alma del difunto «y le lleve a gozar de Su presencia». Y añade que acompañar a la familia «es muy importante».

Desde 2003 tiene encomendada la atención religiosa y espiritual del Cementerio Municipal de San Roque, al que en la ciudad complutense se conoce popularmente como «cementerio viejo». Reza responsos a pie de sepultura cuando la funeraria le avisa a petición de las familias de los fallecidos, según recoge un reportaje-entrevista de la Diócesis de Alcalá de Henares publicado en vísperas de la solemnidad de Todos los Santos y de la conmemoración de los Fieles Difuntos.

A la entrada del camposanto pasea vestido de paisano, aunque las sandalias lo delatan. Si se le saluda como «Hermano Alejandro», responde con su nombre y sus dos apellidos, como se hacía hace décadas. Antes de cruzar la verja ya ha rezado un Padrenuestro, algo que hace siempre al entrar en el cementerio.

De la carpintería al convento

Nació en Carrizosa (Ciudad Real), muy cerca de las Lagunas de Ruidera. Con once años empezó a trabajar la madera junto a su hermano, que le enseñó el oficio de carpintero, y no pudo cursar estudios de ningún tipo. Un día el párroco de su pueblo le presentó a un franciscano, que, tras conversar con él de muchos temas, le preguntó si no había pensado en hacerse religioso. «Yo no sabía lo que era un fraile, ni lo que era un convento, ni lo que se hacía en él», recuerda.

En 1962, con 20 años, ingresó en los franciscanos en Pastrana (Guadalajara) como hermano lego. «Yo no soy sacerdote», precisa. Allí pasó «17 o 18 años» y después fue destinado a Arenas de San Pedro (Ávila), siempre en la carpintería, haciendo puertas, ventanas, sillas y mesas. «Antiguamente no eras especialista en nada, pero hacías de todo», resume. En esos años de formación hizo también el servicio militar en Ciudad Real. Cuando llegaron las máquinas para labrar la madera, ya a comienzos del siglo XXI, dejó el oficio.

La madera, sin embargo, sigue presente en su conversación. «Fíjate que cuando yo era joven hacíamos hasta ataúdes en la carpintería. Y quién iba a decir que luego, ya de viejo, me iba a dedicar a rezar en el cementerio…», comenta.

Una llave, un hábito y dos hojas plastificadas

Desde hace más de dos décadas reside en Alcalá de Henares, en la parroquia de San Francisco de Asís, donde vive con la comunidad franciscana. Allí se ocupa, según enumera, de las tareas de «portero, telefonista, relaciones públicas, atiendo en la sacristía…».

En el cementerio, su lugar de trabajo es la capilla, presidida por una imagen de la Virgen del Carmen en el retablo. Abre la puerta con una llave robusta que saca del bolsillo y sube los interruptores del pequeño cuadro eléctrico para dar más luz a un interior que ya iluminan las vidrieras. En una de las dos estancias laterales hay una imagen de la Virgen Milagrosa con el rostro, las manos y los pies pintados de negro. Alguien la dejó un día en la puerta de la capilla y el fraile decidió hacerle sitio dentro.

En esa misma sala guarda en una bolsa su hábito franciscano. Se lo pone y toma dos hojas plastificadas con los textos de los responsos que reza cuando le llaman. Lleva 23 años, dice, «echando responsos a pie de sepultura, siempre con el permiso de los familiares». La cita del día siguiente la apunta en un papel mientras atiende una llamada en un teléfono móvil de los antiguos, de tapa.

«Mándanos vocaciones, que somos pocos»

Él mismo se pregunta por qué sigue acudiendo al cementerio a sus 83 años, y la respuesta que se da es «colaborar con el Señor». A renglón seguido, la petición: «Señor, échame esa "ayudica" que me hace falta. Mándanos vocaciones que somos pocos y ya la mayor parte vamos cantando. ¿Sabe usted lo que cantamos? "No podemos caminar…"». Se refiere al conocido canto parroquial No podemos caminar con hambre bajo el sol, que tararea mientras recorre las tumbas.

Conoce de memoria dónde está cada sepultura señalada, la del Padre Manuel Palero, muy querido en Alcalá y al que él llama «santo varón», las de los paracaidistas del Ejército de Tierra o la gran cruz y la tumba del soldado desconocido. Tiene tiempo también para charlar con la vendedora del quiosco de flores y con algún empleado del cementerio. «Y si ya tengo un poco más tiempo, me voy al lugar de los jubilados que hay ahí arriba y me tomo un cafetillo, que también me gusta», cuenta.

A diario el camposanto recibe pocas visitas, porque, explica, «hay muchas fosas que ya no tienen a nadie porque se terminó la familia». El silencio entre tumbas y cipreses solo lo interrumpen los coches que cruzan el puente sobre las vías y el paso de los trenes hacia las estaciones de Alcalá y La Garena.

La muerte, «cambiar de vida»

Su alegría se quiebra a veces ante el féretro de un joven o de un niño, y reconoce que en ocasiones llora mientras reza. «El dolor que uno ha tenido cuando has perdido un ser querido no lo olvidas del todo», afirma. La primera vez que volvió a su pueblo con el hábito fue para el entierro de su madre, que murió en el acto cuando un avión pasó muy bajo, se asustó la mula y volcó el carro en el que iba subida, en su propia casa. «Pero digo, "bueno, Señor, así lo has hecho". Pero claro, la ilusión que le hubiese hecho a mi madre verme vestido con el hábito…».

Su padre, en cambio, pasó de los cien años, y el fraile lo toma como medida para sí mismo. «No me lleves pronto que te quedas sin obreros. Cada vez somos menos y viejos. Estando bien, pues qué menos que cien», dice sonriendo.

Preguntado por la muerte, se toma un momento antes de contestar que para él es «cambiar de vida». «Un día me tendré que morir. Señor, me pedirás cuenta y según lo que haya hecho aquí, así me darás. Pero por tu gran misericordia, échame esa "ayudica" para que yo obre bien aquí para que vaya allí arriba con algo bueno». Y concluye con humor: «En otro trabajo no sé, pero en este trabajo anda que si no te recuerda que te tienes que morir…».

Una campana para Todos los Santos

El domingo 1 de noviembre, el Obispo de Alcalá de Henares, Mons. Antonio Prieto Lucena, presidirá la Misa de la solemnidad de Todos los Santos en la explanada situada ante la capilla del cementerio, algo que al Hermano Alejandro le alegra especialmente. Le acompañará alguno de los otros franciscanos de la parroquia, que son cuatro en total, porque, según explica riendo, «yo de las lecturas y todas esas cosas, no entiendo. Lo mío es la madera».

Ese día suele acompañar la celebración un cuarteto de cuerda. Como el año pasado, el fraile se ofrecerá a colaborar explicando que él también toca un instrumento de cuerda, la de la campana de la capilla, que hará sonar para llamar a la oración y al recogimiento antes de la Eucaristía.

«El bien se puede hacer en cualquier momento, en todo momento. Y el bien que puedas hacer y el mal que puedas evitar te valga para la vida eterna», afirma. Cuando cruce la verja de salida se despedirá como lleva haciendo más de veinte años. «¿Cómo se despide uno? Pues encomendando el alma de los difuntos al Señor».

6 comentarios

maru
Dios lo bendiga Hermano!
30/10/26 5:07 PM
Pacomio
¡¡ QUÉ maravilloso ejemplo de fe y humildad!!!
Gracias por manifestarlo.
30/10/26 5:32 PM
José
Gracias
30/10/26 7:46 PM
anawim
Cuanta perseverancia. Si pudiésemos pintar en lienzo la perseverancia sería uno de las pinturas más hermosas. Cada día una pincelada sin faltar un día y sin faltar una pincelada, y al final de la vida que obra de arte. Digna de admiración. Con las primeras pinceladas no se ve la obra, pero con las pinceladas y la perseverancia, con las dos cosas juntas sale una gran pintura.
En el Cielo veremos la gran obra de arte que el Espíritu Santo pintó pincelada a pincelada en este fraile de 83 años, tan bella como el paisaje de cipreses por donde deambula con tantos cipreses apuntando a lo alto. Dios nos conceda siempre la virtud de la perseverancia pincelada a pincelada.
30/10/26 8:11 PM
Margarita
Dios lo bendiga, Hermano. Gracias por su gran servicio a los difuntos y a sus familias. Ojalá haya más como usted. 🙌 Ruego a Dios envié más obreros a su mies. 🙏
30/10/26 8:30 PM
anawim
"El bien se puede hacer en cualquier momento, en todo momento. Y el bien que puedas hacer y el mal que puedas evitar te valga para la vida eterna"

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Qué tiempos aquellos... cuando el sacerdote nos decía "el bien que hagas y el mal que puedas sufrir te sirva como remedios de tus pecados, aumento de gracia, y premio de vida eterna". Ahora sólo nos absuelven de nuestros pecados. Pero si sólo son dos tres palabras más...
Ya todo está muy simplificado.
¿Podemos volver a la fórmula antigua? Nos gusta más.
Si alguien escuchando a este franciscano está pensando en entrar en la orden sepa que no puede comer chocolate. Comen otras cosas, pero no comen chocolate.
30/10/26 8:55 PM

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