Tras haber vivido en primera persona la conferencia impartida por el Cardenal Fernández, también llamado Tucho, sobre la nueva encíclica papal Magnifica Humanitas, me propongo comentar aspectos relevantes de la misma. Fue pronunciada el pasado miércoles 30 de septiembre en el aula magna de la Universidad Pontificia de Comillas ICADE.
La cultura del descarte de la que hablaba el Papa Francisco ha llegado a instalar un discurso en el que Dios ya no cabe en su propia ciencia: la teología. Y así es, pues a lo largo de su exposición el Sr. Cardenal mencionó a Dios de forma tardía y marginal, sin hincapié en la Redención, al pecado o a la Cruz. Ya en el título de la conferencia se veía claramente, «Las lecciones de la carta encíclica Magnifica Humanitas: una IA centrada en las personas», y me pregunto ¿dónde está Dios? ¿Por qué no se habla del plan de Dios de su deseo universal de salvación de todos los hombres por medio de la gracia y la conversión?
El inicio del acto fue elocuente. En un recinto en el que había sacerdotes, seminaristas y religiosos, la sesión dio comienzo sin una sola oración o sin explicar la historia de la Universidad que lleva el título de Pontificia. Una institución que antaño fue creada en defensa de la fe y con el objetivo claro de formar futuros líderes con la orientación de la militancia jesuita.
La sustitución del Evangelio por la dignidad humana.
A lo largo de la intervención no hubo un verdadero espacio para la proclamación de la gracia, los mandamientos o la salvación de las almas. Bajo una apariencia de diálogo con el mundo, no pudo utilizar un lenguaje más autorreferencial.
Nos explicaba «Entre las dos guerras mundiales, Mahatma Gandhi impactaba al mundo desde la India con su vida entregada y su lucha no violenta contra el imperio colonial que oprimía a su pueblo.» Citó, además, tomando el texto de la encíclica, a Marie Curie, a Martin Luther King, poniéndolo al mismo nivel de Teresa de Calcuta. Esta última no tiene ningún tipo de comparación con los anteriores, ojalá hubiera citado su famosa frase cuando recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979: «Y hoy el más grande destructor de la paz es el aborto. Porque si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué falta para que yo te mate a ti y tú me mates a mí? No hay nada en el medio».
El riesgo patente que hay en toda su intervención es el interés por homogeneizar la orientación forzando los pensamientos de estos célebres personajes para construir un relato sin verdadero fondo. El pensamiento de una persona brota de una filosofía y una forma de vivir, que nada tiene que ver el uno con el otro. Poner a Gandhi y a Teresa de Calcuta en el mismo plano, es como decir que Lutero y San Ignacio de Loyola perseguían el mismo fin espiritual. Es ignorar las premisas teológicas y morales que mueven a cada uno, siendo radicalmente opuestas. El testimonio cristiano no es una mera galería de activistas sociales desprovistos de su motor sobrenatural.
El prefecto solicitó el aplauso para quienes cuidan de los más desfavorecidos, los llamados «mártires de lo cotidiano». Mencionó de pasada la expresión «si es gay» dentro de una enumeración general sobre la dignidad humana, al tiempo que guardaba un silencio práctico ante los males más atroces que devastan nuestra civilización: el aborto y la eutanasia.
Acudiendo de nuevo al texto del discurso, nos decía «En estos ejemplos se ve cuánto vale cada ser humano, desde su gestación hasta el último segundo de su vida. No importa si nació aquí o allá, si es negro, si está preso, si es gay o discapacitado. Cada uno posee la dignidad de ser humano. Es esa dignidad que el Papa Francisco amaba llamar «infinita», porque no hay absolutamente nada en este mundo que la pueda quitar al más despreciado de la tierra.». ¿Es esta la defensa necesaria que necesitamos del prefecto de la Doctrina de la Fe sobre estos temas tan importantes? ¿Una mera mención de pasada de algo tan fundamental?
Es aún más relevante la única mención explícita a la gracia que realiza el cardenal, «(...) si queremos trascender, y alcanzar otro nivel existencia, existe una preciosa ofrenda divina que llamamos «gracia»: es la posibilidad de ser elevados nada menos que a la amistad con Dios a pesar de la distancia infinita que nos separa. No se puede imaginar un paso tan audaz, sorprendente y superador para nuestras pequeñas vidas, es un paso que a su vez despierta en nosotros los mejores gestos de entrega y generosidad, como los que vemos en la humanidad de Jesucristo.»
Esta última cita es muy interesante, pues ve la gracia como otro nivel, un paso más, no del todo necesario. Es completamente insuficiente, ya que la fe no es un mero complemento, sino el motor de la existencia humana. El objetivo de Nuestro Señor Jesucristo para lo que vino al mundo fue la salvación de todos, «El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» ( I Tim. II, 4).
Incluso al abordar cuestiones técnicas de la actualidad, como el debate sobre la regulación de la Inteligencia Artificial expuesto en la jornada, se detuvo exclusivamente en la prudencia secular. Se limitó a señalar la importancia de defender la democracia, los derechos humanos y los organismos internacionales como la ONU.
Al final de su intervención se pudieron formular dos preguntas, que fueron previamente escritas por el público. Esta práctica, aunque está extendida habitualmente, me hace preguntarme si es propio de la sinodalidad que quiere escuchar a todos sin excepción. Se corre un riesgo alto de censura velada, que en mi opinión aquí fue aplicada. La última pregunta, leída por el rector de la universidad, fue sobre las consecuencias legales concretas de la doctrina pontificia, a la que dio una respuesta vacía política sin conclusiones explícitas.
La sustitución sistemática conceptual que vivimos desvela una bancarrota teológica sin precedentes. La visión secularizada del hombre autónomo como centro y fuente de derechos es una diferencia total con lo proclamado por S.S. León XIII y la necesidad de reconocer los derechos de Dios (iura Dei) en su encíclica Exeunte Iam Anno. Si se reduce la misión del Dicasterio de la Doctrina de la Fe a mera diplomacia de causas cívicas, cuya función es velar por la pureza y correcta formulación de nuestra fe católica, se reduce todo a consensos cambiantes de organismos internacionales.
La falsificación de la historia y el evolucionismo doctrinal
Para justificar el giro antropocéntrico y la importancia de luchar por la dignidad humana, habló su Eminencia del cambio de postura respecto a la esclavitud. Sin embargo, su presentación simplifica un proceso histórico complejo. Es cierto que la Instrucción del Santo Oficio de 1866 no fue una definición dogmática ex cathedra, sino una respuesta casuística sobre el ius gentium que admitía la servidumbre bajo títulos concretos (como prisioneros de guerra o causas penales). Pero tampoco cabe olvidar el resto de los pronunciamientos del siglo XV sin matices: Sicut Dudum (Eugenio IV, 1435) se ciñó a la protección de los indígenas canarios; Sublimis Deus (1537) y el breve Pastorale officium de Paulo III, así como Commissum Nobis (Urbano VIII, 1639), se dirigieron a prohibir la esclavización de los indios del Nuevo Mundo, conviviendo históricamente con bulas previas como Dum diversas (1452) o Romanus Pontifex (1455) de Nicolás V.
León XIII, en In Plurimis (1888), no pretendió inventar una «nueva moral» ni asumir un quiebre de la fe, sino recordar la libertad originaria del hombre en la Creación («ab initio liberum hominem Deus condidit»). No hay un cambio de doctrina, es una perfección de la ya existente, pues la Iglesia nunca hizo una definición de la esclavitud como buena per se, sino unas aplicaciones concretas de tolerancia de esta situación para evitar un mal mayor.
Instrumentalizar esta evolución para justificar una mutación doctrinal de fondo abre la puerta al relativismo. Como parte de este proceso el propio Cardenal Fernández afirmó explícitamente en su intervención que una de las principales novedades de la encíclica es la invitación a «superar la teoría de la guerra justa» , restringiendo la defensa legítima «sólo en el sentido más estricto». Presentar la doctrina como un cuerpo maleable según los «signos de los tiempos» podría transformarse en el evolucionismo doctrinal condenado por San Pío X en la Pascendi. Si la Ley Natural y los principios morales dependieran de la sensibilidad de cada época, la autoridad de la Tradición quedaría disuelta.
Conclusión: Una desorientación de la dirección.
La crispación del auditorio, que incluía a seminaristas y sacerdotes, al término del acto era reflejo de una tragedia mayor: la pérdida generalizada de la fe en la propia jerarquía. Quienes se preparan para el ministerio sacerdotal no buscan agenda política desde Roma, sino una orientación clara sobre Cristo y su gracia santificadora.
Cuando la institución encargada de llevar a Dios a todos los hombres de buena voluntad prescinde de Él en sus palabras y actos, el resultado no es el diálogo fructífero sino el desierto espiritual. Es hora de recordar de nuevo que la Iglesia no existe para acomodarse absolutamente a este mundo, sino para reorientar y reconstruir nuestro siglo a Cristo. Como decía San Pablo a los Efesios: «restaurar todas las cosas en Cristo, tanto las del cielo como las de la tierra», ese debería ser nuestro único objetivo. Pues, «Señor, ¿a quién iremos? Tú sólo tienes palabras de vida eterna» (Io. VI, 68).







