(InfoCatólica) Quizá, se preguntó en voz alta el cardenal Kevin Farrell, Dios haya dejado de hablar al corazón de los jóvenes para suscitar en ellos el deseo del matrimonio. La pregunta abrió este viernes, 9 de octubre, la jornada que el encuentro del Papa León XIV con los jefes de las Iglesias orientales católicas y los presidentes de las conferencias episcopales dedica a «los jóvenes y el descubrimiento de la vocación al matrimonio». Llegó acompañada de un dato que, según el purpurado, no se puede pasar por alto, y es que el número de matrimonios desciende en todo el mundo.
El encuentro, convocado del 7 al 14 de octubre con el lema «Diez años después de Amoris laetitia: anunciar el Evangelio con las familias de hoy», dedicó la sesión plenaria de la mañana a la introducción del cardenal Farrell, prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, a un testimonio y a las intervenciones de dos obispos, el australiano Timothy Costelloe, salesiano y arzobispo de Perth, y el indio Stephen Fernandes. Por la tarde, los grupos de trabajo presentarán sus conclusiones en una nueva sesión plenaria.
Un descenso que afecta también al matrimonio canónico
En su introducción, el cardenal Farrell constató que el descenso afecta «tanto a los matrimonios civiles como a los celebrados en la Iglesia», y anunció que los participantes intentarán interpretar el fenómeno teniendo en cuenta si sus causas son las mismas en todas partes.
El prefecto subrayó que la preocupación no es solo de los pastores. La sienten antes que nadie, dijo, los numerosos padres cristianos cuyos hijos sufren soledad, dudan a la hora de asumir un compromiso duradero o rechazan de forma categórica el camino que ellos mismos abrazaron con alegría. Entre los factores en juego citó el número de divorcios, la variedad de formas de vida en pareja y la influencia de las corrientes culturales dominantes, aunque invitó a buscar una explicación más honda y también signos de esperanza, espacios, iniciativas, personas o acontecimientos que puedan abrir nuevos caminos hacia el matrimonio, prestando atención al testimonio de quienes, pese a todo, eligen casarse, ya sea jóvenes o más adelante.
Australia, sexualidad y procreación
El arzobispo Costelloe, que preparó su intervención consultando a sacerdotes y laicos de su archidiócesis, advirtió contra la tentación de tratar a los jóvenes como un grupo sociológico homogéneo. Entre los jóvenes católicos, señaló, hay devotos y comprometidos, que «por lo general» no son la mayoría, otros con distintos grados de implicación, algunos que buscan algo más y otros a quienes las cuestiones de fe aún no han interesado.
El prelado identificó como cuestión de fondo el significado de la sexualidad humana y su vínculo con el matrimonio. En Australia, y probablemente en muchos otros países, afirmó, el vínculo necesario entre la actividad sexual y la procreación, así como su importancia en el matrimonio cristiano, ya no se comprende ni se acepta de forma generalizada. Lo ilustró con las palabras del director de Educación Religiosa de Australia Occidental, casado y padre de adolescentes: «Muchos de nuestros jóvenes han heredado supuestos culturales sobre la sexualidad que difieren sustancialmente de los de la Iglesia: pueden incluso comprender la postura de la Iglesia, pero no les resulta fácil aceptarla».
Costelloe atribuyó parte de esta distancia a las redes sociales, el entretenimiento y los influencers, que privilegian la autonomía y la felicidad inmediata frente a la permanencia, el sacrificio y la alianza. Mencionó también heridas como el fracaso matrimonial en las propias familias, la violencia doméstica y los fallos morales de líderes eclesiásticos que han comprometido su credibilidad.
Como respuesta propuso un «ministerio del testimonio fiel» de los matrimonios, que a su juicio merecería reconocimiento formal en parroquias y diócesis. Lo resumió con la frase de una pareja consultada: «El argumento más persuasivo a favor del matrimonio cristiano suele ser una pareja casada que lo vive bien». Recogió además la sugerencia de un sacerdote de presentar en los cursos prematrimoniales la «teología elevada» de la Iglesia sobre la intimidad conyugal como un ideal por el que merece la pena luchar, más que como una lista de normas.
Sobre las parejas que conviven antes de casarse, sostuvo que, aunque no estén a la altura del ideal del matrimonio cristiano, eso no significa que no haya nada bueno en su relación, y que la Iglesia debe acogerlas y acompañarlas hacia una expresión más plena de ese ideal. Cerró con la pregunta del papa Francisco en Amoris laetitia 284: «¿Quién habla hoy de estas cosas? ¿Quién es capaz de tomarse en serio a los jóvenes? ¿Quién les ayuda a prepararse seriamente para un amor grande y generoso?».
Entrevistado posteriormente por el Herald, ahondó en la cuestión.
India, la libertad como entrega
Monseñor Fernandes partió de una convicción que repitió al cierre: «los jóvenes no han dejado de tener sed de amor. Lo que para muchos se ha debilitado es la confianza en que el amor pueda perdurar». Para el obispo indio, retrasar el matrimonio no siempre equivale a rechazarlo, sino que puede reflejar una crisis de confianza en la posibilidad de construir una vida estable con otra persona, agravada por la inseguridad económica, el precio de la vivienda o la migración.
En el centro de su reflexión situó una cuestión antropológica, la de qué significa la libertad. Frente a la idea contemporánea de mantener todas las opciones abiertas y evitar compromisos definitivos, defendió que la libertad madura no solo en la capacidad de elegir, sino en la de entregarse. Por eso pidió hablar de la sexualidad como capacidad de la persona para amar y entregarse, y de la fidelidad como fundamento de la confianza, en lugar de presentar la moral cristiana principalmente en términos de prohibiciones. En la lista de virtudes que, a su juicio, deben cultivarse incluyó la castidad y la apertura a la vida, junto a la fidelidad, el perdón y la perseverancia.
Fernandes describió el contexto indio, marcado por las castas, la dote, la discriminación de la mujer y, en algunos casos, la violencia contra ella, y reclamó que la familia cristiana sea un lugar donde se vivan la dignidad y la no violencia.
Convivencia y gradualidad
El obispo dedicó un apartado al acompañamiento de las parejas que conviven, en el que pidió evitar «tanto la indiferencia como la condena». Admitió que «algunas relaciones de convivencia pueden contener amor auténtico y elementos importantes de compromiso, aunque carezcan de las condiciones necesarias para un pacto matrimonial maduro», y propuso que puedan participar, cuando sea oportuno, en la preparación al matrimonio. Añadió que el discernimiento puede llevar a la pareja al matrimonio o ayudarla a reconocer que aún no está preparada.
Fijó, no obstante, un límite: «la gradualidad nunca debe significar que el bien se convierta en algo relativo. Significa más bien respetar el camino de la persona, sin dejar de señalar la plenitud de la vocación». Y en la misma línea afirmó que «no podemos renunciar a la verdad sobre el matrimonio, pero tampoco podemos proclamarla sin entrar en la vida concreta de aquellos a quienes acompañamos». Propuso como modelo el pasaje de Emaús (Lc 24,13-35) y concluyó que los jóvenes necesitan testigos capaces de decir que han conocido el fracaso y el perdón, el sacrificio y la alegría, y que han descubierto que el amor puede perdurar.








