(InfoCatólica) «No puede existir un "derecho a morir", sino el derecho a ser cuidados, asistidos y nunca dejados solos». Con estas palabras, que retoman los pronunciamientos de los obispos del Triveneto y de Apulia, el Cardenal Matteo Maria Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), ha rechazado la eutanasia y ha pedido al Estado que llene el vacío existente en materia de cuidados paliativos.
Lo hizo en la apertura del Consejo Episcopal Permanente de la CEI, reunido en Roma del 21 al 23 de septiembre de 2026, en una amplia intervención que abordó también la guerra, la inmigración, la escuela y las reformas internas de la Iglesia en Italia.
El arzobispo de Bolonia articuló su discurso en torno a la reciente encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, que presentó como una «brújula preciosa en momentos en que tantas veces uno se encuentra humana e intelectualmente desorientado». Según recoge la crónica de Vatican News, Zuppi exhortó a la comunidad eclesial y civil a no archivar esas orientaciones como un rito pasajero, sino a trasladarlas a la vida del país y a su ordenamiento jurídico. La Iglesia italiana, afirmó, encuentra en la «comunión su fuerza» y solo a través de ella se convierte en un «faro de esperanza».
Cuidados paliativos frente a «compasión ilusoria»
El pasaje más contundente de la intervención estuvo dedicado al final de la vida. El Cardenal expresó la preocupación del episcopado por los impulsos legislativos favorables a la eutanasia en casos de sufrimiento grave. Apoyándose en Magnifica humanitas, advirtió de que la sociedad actual tiende a interpretar la enfermedad, la vejez y la vulnerabilidad únicamente como «defectos que corregir».
Frente a ello, pidió responder al sufrimiento «con soluciones concretas (empezando por los cuidados paliativos) y con políticas de auténtica solidaridad, no con formas de compasión ilusoria como la eutanasia». En línea con los pronunciamientos de las Conferencias Episcopales Regionales del Triveneto y de Apulia, reiteró que «no puede existir un "derecho a morir", sino el derecho a ser atendidos, asistidos y nunca dejados solos».
El presidente de la CEI precisó la posición de la Iglesia con estas palabras: «Seguimos considerando que la verdadera conquista de civilización no es la supresión de la vida, sino el cuidado que alivia el sufrimiento. La Iglesia rechaza el ensañamiento terapéutico y reconoce la licitud de la renuncia a tratamientos desproporcionados: distingue, sin embargo, esta renuncia de la intención de procurar la muerte. Entre el ensañamiento y la anticipación de la muerte hay un espacio que las instituciones tienen el deber de llenar antes de abrir otros: el de los cuidados paliativos, la terapia del dolor, la asistencia domiciliaria y en los hospicios, el apoyo a las familias y a los cuidadores».
Zuppi pidió a las fuerzas políticas que no conviertan la cuestión en materia de propaganda ni de enfrentamiento electoral o ideológico. La verdadera urgencia, sostuvo, es asistencial, y es precisamente el retraso estructural del Estado el que genera desigualdad, desorientación y sufrimiento. Reclamó un debate parlamentario amplio, responsable y libre de hipocresías: «Es precisamente en el cuidado de quien es más débil donde una comunidad civil mide su propia humanidad. Que nadie se quede solo, que nadie se sienta una carga: este es el compromiso que pedimos a las instituciones y que, como Iglesia, seguimos viviendo cada día junto a quien sufre».
La «rehabilitación» de la guerra
En el plano internacional, el Cardenal manifestó su inquietud por la multiplicación de los conflictos armados. Citando a León XIV, advirtió de que se ha producido «un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional».
Alertó asimismo del riesgo de una escalada que amenaza con «escapársele de las manos a esos líderes que se sienten dueños de la situación», y pidió el cese inmediato de las hostilidades, porque «solo el fin de la guerra puede garantizar que todos, pueblos grandes y pequeños, no se vean arrastrados por un conflicto mayor; solo la paz puede garantizar el fin de tantos conflictos que ensangrientan el mundo, los geográficamente cercanos a nosotros y los más lejanos u olvidados».
Con la vista puesta en el VIII centenario del tránsito de San Francisco de Asís, Zuppi recurrió al episodio del lobo de Gubbio para ilustrar lo que denominó «paz política»: el Santo, dijo, «negocia porque ama la paz, conoce las causas de la violencia y busca las soluciones». A su juicio, el Poverello muestra que la tarea de la Iglesia es la evangelización y no la cruzada. Los obispos italianos reafirman por ello su compromiso con la nota pastoral Educare a una pace disarmata e disarmante (Educar para una paz desarmada y desarmante), con el objetivo de hacer de cada comunidad una «Casa de la paz» y rechazar la «lógica del enemigo». «Somos verdaderamente "hermanos todos", es un grave error instrumentalizar las religiones para justificar persecuciones y violencia», afirmó. Citando de nuevo al Papa, recordó que «el recurso a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que tiene siempre consecuencias desastrosas sobre las poblaciones civiles», y exhortó a no resignarse ante esa pobreza.
Inmigración: una estrategia europea
El presidente de la CEI destacó la labor de las parroquias italianas, tanto en las zonas del interior como en las grandes ciudades, en el acompañamiento de quienes llegan de otros países. Advirtió, no obstante, de que esa «cercanía no puede confiarse solamente a la generosidad de los individuos» y requiere respuestas estructurales, legislativas y de sistema. Propuso una «estrategia continental europea» basada en los cuatro verbos del magisterio pontificio: «acoger, proteger, promover e integrar, trabajando juntos para que nadie se vea obligado a dejar su propia tierra». Pidió decisiones políticas «capaces de superar el miedo y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno».
Escuela e inteligencia artificial
Ante el inicio del curso y tras recientes episodios de violencia juvenil, Zuppi planteó tres desafíos para la escuela. El primero, la lucha contra las desigualdades: «No podemos aceptar que el lugar de nacimiento, la condición económica, física o el contexto social determinen las oportunidades de aprendizaje de un muchacho». El segundo, la inteligencia artificial, que considera un recurso valioso pero incapaz de sustituir la tarea humana de educar: «La escuela no compite con las máquinas en proporcionar respuestas rápidas, sino que enseña a plantear las preguntas que hacen humana la vida. Ningún algoritmo puede ocupar el lugar de la mirada de un profesor que anima, corrige, comprende y acompaña». El tercero, el más profundo, la custodia del pensamiento crítico: los jóvenes necesitan lugares donde aprender a «detenerse, profundizar, distinguir lo verdadero de lo falso, lo esencial de lo superficial».
«Italia es un país que evangelizar»
Tras recordar al Cardenal Camillo Ruini, fallecido el pasado 16 de junio, y su pasión por una «fe pensada y vivida», Zuppi evocó el quincuagésimo aniversario del primer Congreso Eclesial Nacional de 1976, dedicado a «Evangelización y promoción humana» e impulsado por monseñor Enrico Bartoletti, entonces secretario de la CEI. Ya entonces se advertía el riesgo de una fe reducida a «cansada costumbre y sin relevancia alguna en la vida». La afirmación de aquel encuentro, «¡Italia es un país que evangelizar!», no debe entenderse, según el Cardenal, como un eslogan del pasado ni como motivo de resignación ante el descenso de fieles, sino como mandato para unas parroquias llamadas a superar la inercia y la tentación del repliegue defensivo.
Ese impulso misionero enlaza con las reformas que examina el Consejo Permanente: la aplicación del documento de síntesis del Camino sinodal, Lievito di pace e di speranza (Levadura de paz y de esperanza), y la revisión de los estatutos de la CEI y de las conferencias episcopales regionales. Ninguna forma organizativa, advirtió, puede valer más que la libertad y la eficacia del anuncio del Evangelio.
Por último, ante el cuadragésimo aniversario del encuentro interreligioso de Asís convocado por San Juan Pablo II el 27 de octubre de 1986, afirmó: «El sentido religioso y la fe auténtica son, en efecto, los antídotos más poderosos contra la violencia, como se sancionó solemnemente en el célebre Documento de Abu Dabi. En un tiempo de guerras que se multiplican, debemos reconocer cuánto hemos empeorado y reconstruir las infraestructuras de paz que hemos dejado deteriorar. Estamos llamados a traducir aquellos gestos y aquellas palabras en decisiones cotidianas. Recordar Asís no es nostalgia: el anuncio del Evangelio y el encuentro con quien cree de otro modo, o no cree, pertenecen a un mismo camino de cercanía al hombre».








