(InfoCatólica) Hay decisiones que ninguna máquina puede tomar en lugar del hombre. El Papa León XIV advirtió este miércoles, 16 de septiembre, durante la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro, del riesgo de «acostumbrar a delegar en los algoritmos decisiones que corresponden solo a la conciencia humana». Lo hizo en una nueva catequesis del ciclo dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II, centrada en el segundo capítulo de la constitución pastoral Gaudium et spes, que lleva por título «La comunidad humana» (GS 23-32).
El Pontífice recordó además, citando literalmente el texto conciliar, que el homicidio, el genocidio, el aborto, la eutanasia y el suicidio deliberado se encuentran entre las prácticas que atentan contra la vida y son «en sí mismas infamantes».
Relaciones reales en la era digital
León XIV partió de la constatación del Concilio, que identifica la «multiplicación de las relaciones mutuas entre los hombres» como uno de «los principales aspectos del mundo actual» (GS 23). Según el Papa, estas afirmaciones «ven aumentar su urgencia» en nuestros días.
«Por un lado, de hecho, el desarrollo tecnológico, la difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales, el siempre creciente recurso a la inteligencia artificial, abren nuevas posibilidades, derribando barreras y distancias; por el otro lado, las relaciones tienden a convertirse en cada vez menos personales, más virtuales, y se corre el riesgo de acostumbrar a delegar en los algoritmos decisiones que corresponden solo a la conciencia humana», afirmó.
Frente a esa deriva, el Santo Padre señaló que «hacer que las relaciones sociales tengan sustancia real y profundidad personal es, en este sentido, la contribución que la comunidad cristiana se propone ofrecer».
Persona y sociedad, inseparables
El Papa invitó a extraer criterio y fuerza del proyecto creador de Dios, que ha querido que «los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos» (GS 24). De ahí se sigue, explicó, que el perfeccionamiento de la persona y el desarrollo de la sociedad son «estrechamente interdependientes», de modo que «oponerlos o separarlos supondría anularlos».
Por eso, añadió, «no hay que cansarse de reiterar con los Padres del Vaticano II que "el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social"» (GS 25).
León XIV subrayó también que la diversidad de personas y pueblos no debe verse como una amenaza, sino como una posibilidad de enriquecimiento. «La oposición, que a veces degenera en violencia, es un fruto del poder del pecado y de cómo esto condiciona la mentalidad y las acciones, a todos los niveles, causando destrucción y muerte», dijo, antes de pedir apertura a «la lógica de la reciprocidad, del compartir y del cuidado», como sucede entre los miembros del cuerpo humano (cfr. 1 Cor 12,21-25).
El bien común y sus consecuencias
El Pontífice recogió la definición conciliar del bien común como el «conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (GS 26). De este planteamiento, los Padres conciliares extrajeron varias «consecuencias prácticas de máxima urgencia» (GS 27).
La primera es el respeto de la persona humana, que el Papa ilustró con la cita íntegra del documento: «cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes».
La segunda consecuencia es el respeto y el amor también hacia los adversarios o hacia quienes piensan y actúan de otro modo (GS 28). La tercera, la igualdad fundamental de todos los hombres, que exige justicia social, y por la cual «toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino» (GS 29). Por último, el Concilio exhorta a superar la mentalidad individualista y a asumir una actitud de responsabilidad y participación (GS 30-31).
Un criterio para juzgar la política
El Papa concluyó presentando esta visión de la humanidad como «comunidad de personas» como «un legado valioso que nos ha dejado el Concilio Vaticano II». A su juicio, ayuda a «valorar con responsabilidad los proyectos sociales y políticos de hoy, en base a los criterios de la dignidad de la persona humana, de la justicia social y de la libre participación en la construcción del bien común». «Porque el futuro de la humanidad depende del compromiso de cada uno para colaborar con Dios y con los hermanos a construir un mundo más humano», afirmó.
En el resumen leído en español, el Santo Padre insistió en que, en una sociedad donde la tecnología acorta distancias pero amenaza con volver virtuales las relaciones personales, «es preciso reubicar el lugar de la persona humana».








