(The Catholic Herald/InfoCatólica) Una mujer canadiense ha hecho público el modo en que murió su padre por eutanasia después de que le denegaran en dos ocasiones el acceso a los cuidados paliativos.
Colleen De Vos ha relatado cómo su padre, diagnosticado de enfermedad pulmonar obstructiva crónica, vio cómo se le ponía fin a la vida mediante eutanasia en 2023. La familia había buscado activamente cuidados paliativos, en un centro especializado o en el propio domicilio, para aliviar sus síntomas durante sus últimos días.
«Estábamos abogando con muchísima fuerza por los cuidados paliativos o por un programa paliativo domiciliario», ha explicado De Vos al describir sus gestiones para conseguir una atención adecuada al final de la vida.
Dos negativas: su estado no era «lo bastante grave»
Pese a esos esfuerzos, los cuidados paliativos les fueron denegados en dos ocasiones distintas, al determinar los responsables que el estado de su padre no revestía gravedad suficiente. De Vos ha manifestado su sorpresa ante semejante valoración, contraria a lo que la familia veía con sus propios ojos: «Aquello fue una sorpresa para nosotros, porque podíamos ver que se estaba deteriorando muy rápidamente».
Mientras tanto, una enfermera de práctica avanzada que supervisaba su atención empezó a tratar en privado con el enfermo la posibilidad de acabar con su vida. De Vos ha subrayado el brutal contraste entre una cosa y otra: «La ironía de la disponibilidad de la eutanasia, que podía organizarse con enorme rapidez, nos dejó completamente al margen», frente a la dificultad para lograr los cuidados paliativos. Todo el trámite para morir, ha señalado, resultaba en cambio muy sencillo.
La familia recibió, según su relato, una caja de cartón por correo con los fármacos y el material necesarios.
La cama llegó tarde y la esperanza ya se había perdido
El mismo día señalado para la eutanasia quedó libre una cama en un centro de cuidados paliativos, pero su padre la rechazó porque ya había tomado la determinación de seguir adelante. De Vos lo atribuye a lo que llama su pérdida de esperanza, y añade: «Estábamos absolutamente dispuestos a proporcionarle cuidados las veinticuatro horas del día».
El Reino Unido, ante el mismo abismo
El caso se conoce mientras Inglaterra y Gales debaten la introducción del suicidio asistido en un contexto de cuidados paliativos gravemente insuficientes. La organización Marie Curie cifra en unas 170.000 las muertes anuales en Inglaterra en las que los síntomas no reciben tratamiento adecuado y el acceso a la atención del médico de familia resulta deficiente. La entidad calcula además que las necesidades paliativas no cubiertas aumentarán un 23 por ciento en los próximos veinticinco años.
Matthew Reed, director ejecutivo de Marie Curie, ha recordado que «la señal de una sociedad civilizada es cómo cuidamos de los más vulnerables».
El primer ministro Andy Burnham ha sostenido por su parte que la introducción del suicidio asistido no debería producirse «en el contexto de personas que no están recibiendo esa atención y que no tienen la tranquilidad de contar con ella».
Catherine Robinson, portavoz de Right To Life UK, ha calificado el caso de tragedia y ha instado a los diputados a votar en contra del nuevo proyecto de ley de suicidio asistido en su segunda lectura del 11 de septiembre.
El testimonio de esta familia canadiense ilustra con crudeza lo que denuncian desde hace años quienes defienden la vida: allí donde la eutanasia se legaliza y se administra con eficacia burocrática, mientras los cuidados verdaderos permanecen escasos, lentos y racionados, la libre elección del enfermo se convierte en una ficción. Al paciente no se le ofrecen dos caminos, sino uno solo abierto de par en par y otro cerrado con llave.







