En poco tiempo, pero inadvertidamente y sin que nadie sepa muy bien cómo, se han instalado entre nosotros y representan ya un nuevo personaje tipo de nuestra sociedad, como las charos (pero charos de Iglesia, subtipo curioso). Son todas mujeres mayores de sesenta años, con el pelo corto y el rostro inquietantemente inexpresivo, que en el momento cumbre de la Misa agarran la píxide y comienzan a repartir las Sagradas Formas como si fueran boletos para una rifa. Todas parecen cortadas por el mismo patrón. Es como si hubieran acudido todas a una misma academia y tuvieran instrucciones de vestir, peinarse y comportarse exactamente de la misma manera. Una vez acabada la Misa, desaparecen confundiéndose entre la gente y no vuelves a verlas hasta el siguiente domingo. No las encontrarás por la calle, o en el supermercado, o en el metro. Han sido programadas para acudir a la Iglesia cada domingo y profanar la Eucaristía, y una vez cumplido ese objetivo entran en una especie de hibernación semanal que las sustrae de la vida común.
Este es sólo el último desarrollo de la figura del ministro extraordinario, la evolución grotesca de una función innecesaria y execrable desde el inicio. La figura del Ministro Extraordinario de la Sagrada Comunión se estableció por primera vez en 1973, en el documento Inmensae Caritatis aprobado por el Papa Pablo VI. En dicho documento se aclaran las circunstancias especiales que pueden justificar la intervención del ministro extraordinario:
a) Falten sacerdote, diácono o acólito.
b) Los mismos se hallen impedidos para distribuir la sagrada comunión a causa de otro ministerio pastoral, por enfermedad o por motivo de su edad avanzada.
c) El número de fieles que desean acercarse a la sagrada comunión sea tan grande que se prolongaría demasiado la duración de la misa o distribución de la comunión fuera de la misa.
Esta disposición quedó posteriormente integrada en el Código de Derecho Canónico (canon 910, §2) y en la Ordenación General del Misal Romano. Por supuesto, pronto se abusó de ella. Qué es una edad avanzada, y qué número de fieles prolonga lo suficiente la duración de la Misa como para justificar la intromisión del ministro extraordinario, son preguntas que admiten diferentes respuestas. Por lo tanto, las cláusulas son lo suficientemente vagas como para estirarlas a conveniencia. Einstein ya había formulado su teoría de la relatividad, así que el sacerdote siempre podía defender el uso de ministros extraordinarios alegando que sin ellos la Misa duraba demasiado. El abuso se extendió tan rápidamente y de forma tan general que en 1997, bajo el pontificado de Juan Pablo II, la Congregación para la Doctrina de la Fe tuvo que censurarlo en el documento Ecclesiae de mysterio. Allí puede leerse:
«Para no provocar confusiones han de ser evitadas y suprimidas algunas prácticas que se han venido creando desde hace algún tiempo en algunas Iglesias particulares, como por ejemplo:
El uso habitual de los ministros extraordinarios en las Sagradas Misas, extendiendo arbitrariamente el concepto de «numerosa participación».
Pero esta advertencia fue desoída sistemáticamente y los ministros extraordinarios, hombres y mujeres, continuaron proliferando. Su mismo nombre dejó de tener sentido, pues la intromisión de esos ministros en la Misa se convirtió en algo completamente ordinario, en la regla y no en la excepción. Las nuevas generaciones de católicos, aquellas que habían nacido y crecido viendo esas figuras intrusivas en la Misa de vez en cuando, no se sorprendieron cuando comenzaron a verlas cada semana sin falta. Por otra parte, como paralelamente se estaba reivindicando una mayor presencia de la mujer en la Iglesia, y el feminismo ya se había filtrado por todas las grietas de la jerarquía conciliar, poco a poco ese ministerio fue recayendo cada vez más en las mujeres. Había que demostrar que la Iglesia era moderna, que era progresista, que sabía imitar las tendencias del mundo. Este es el proceso por el cual se llegó a la figura de la superordinaria; este es el rosetón de Overton que ha conseguido que la mayoría de los fieles vean con normalidad una intrusión que habría escandalizado a cualquier otro fiel de la historia.
Por otra parte, si uno se fija atentamente, se dará cuenta de que en las parroquias donde es habitual la presencia de las superordinarias existen otros dos abusos que atentan contra el sacramento central de toda la Misa: los fieles no se arrodillan durante la consagración, y posteriormente la mayoría comulga en la mano. Aquello en torno a lo cual gira toda la liturgia, el momento más importante de toda la religión católica, la realidad que da sentido a todo el edificio de la Iglesia, es precisamente el mayor blanco de abusos. ¿Casualidad? Todo parece estar ideado para protestantizar la Misa, para apartar de la mente y el corazón de los fieles el milagro de la transubstanciación. Lo que se hace sin reverencia, se reparte por cualquiera y es manoseado por todos, no debe ser algo muy valioso. Esa es la impresión subconsciente que reciben todos los asistentes.
En cuanto a las superordinarias se refiere, los sacerdotes que emplean sus servicios asiduamente tienen siempre la excusa del tiempo. Es su respuesta estándar. Yo mismo pude comprobarlo cuando después de una Misa en Inca, localidad de Mallorca, le pregunté al sacerdote por qué empleaban tantas ministras extraordinarias. «Es que si no la Misa se alargaría demasiado», me dijo. No quise preguntarle por qué, si le preocupaba tanto la duración, las guitarras habían estado interrumpiendo constantemente la Misa. Con la mitad del tiempo que se había invertido en rasgar guitarras y cantar canciones melífluas, el sacerdote hubiera podido administrar la Comunión por sí solo a tres asambleas como aquella. Pero, por lo visto, hay siempre tiempo de sobra para lo superfluo y nunca hay suficiente para lo esencial.
Algunos explican estos y otros abusos mencionando el espíritu del Concilio. Yo no sé si es el espíritu o es la letra, pero lo cierto es que los abusos persisten y todos, como Poncio Pilatos, se lavan las manos. Nadie es responsable, nadie puede arreglarlo, nadie se atreve a señalar el elefante en la habitación. Es un hecho consumado y hay que aceptarlo, como la gravedad o la traslación de la Tierra. Salvaguardadas tras esta apariencia de inevitabilidad, las superordinarias continúan metiendo sus manazas en la píxide y agarrando a Jesucristo como si pellizcaran los mofletes de sus nietos. Me niego a creer que esas mujeres crean realmente que lo que sostienen entre sus dedos es el mismo Jesucristo en cuerpo, sangre y alma, Dios hecho hombre y crucificado por nosotros. En realidad, al creer que ignoran lo que hacen, pienso lo mejor que puedo de ellas; llamarlas «ignorantes» es el mayor elogio que les puedo hacer dadas las circunstancias. La alternativa sería creer que saben perfectamente que Jesucristo se encuentra en cuerpo y alma bajo las apariencias del pan, y aun así deciden apretarlo entre sus dedos. Pero no, me niego a aceptarlo. No soy tan mal pensado como para creer que son inteligentes.







