Lectio magistralis de S.E.R. el Card. Robert Sarah
1. Logos, palabra y visiones del mundo opuestas
Señor Presidente,
Honorables miembros del Parlamento Europeo, Amigos de ProVita e Famiglia,
Señoras y señores,
les agradezco que me hayan invitado a compartir con ustedes, en esta casa de los pueblos de Europa, algunas reflexiones que me son muy queridas como hijo de África y pastor de la Iglesia católica. No vengo ante ustedes con un discurso de circunstancias, sino con una pregunta que considero decisiva para el futuro de nuestros dos continentes: ¿podemos todavía entendernos? Las palabras que utilizamos —«derechos humanos», «dignidad», «desarrollo», «libertad», «salud», «género», «familia»— ¿significan aún lo mismo para quienes las pronuncian en Bruselas, en Estrasburgo, en Kampala o en Conakri?
El Papa León XIV, al recibir en enero pasado al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, pronunció una frase que quisiera proponer como clave de lectura de toda mi reflexión de hoy. El Papa afirmó: «Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos»1. Nos dice que la crisis que atravesamos —crisis geopolítica, crisis de los derechos, crisis del multilateralismo— es, en su raíz, más allá del lenguaje: una crisis del logos, de la razón.
En el dossier que ha sido preparado para este encuentro, y que he estudiado con atención, se pone de manifiesto con una claridad documentada que, en las relaciones entre la Unión Europea y África, las palabras se utilizan hoy no para revelar la realidad, sino para ocultarla, e incluso para invertirla2. Se habla de «salud sexual y reproductiva» y se entiende, en muchos casos, el acceso al aborto. Se habla de «igualdad de género» y se entiende, a veces, la deconstrucción de la diferencia sexual entre el hombre y la mujer, inscrita en el cuerpo del ser humano. Se habla de «derechos humanos» para los países africanos, y se entiende la imposición de categorías jurídicas ajenas a nuestra historia, a nuestra fe, a nuestra cultura, a nuestra visión antropológica. Si las palabras ya no significan lo que dicen, ¿cómo puede haber un diálogo auténtico? ¿Cómo puede África fiarse de una Europa que habla con palabras equívocas, de doble sentido?
No se trata de un problema de semántica académica: es un problema político, un problema de verdad, de honestidad en las relaciones humanas, de primera importancia. Un tratado, una resolución, un plan de acción que emplean un vocabulario impreciso y ambiguo no son instrumentos de cooperación, sino instrumentos de perversión y de poder silencioso, de neocolonialismo cultural y económico: quien controla el sentido de las palabras controla, de hecho, el resultado de la negociación, sin que la otra parte se percate. Es exactamente lo que está sucediendo y lo que, en esta Lectio, intentaré poner de manifiesto, a la luz del Evangelio y de la razón3.
Quisiera vincular este diagnóstico a un texto que considero de una actualidad extraordinaria: la encíclica Magnifica Humanitas, que el Papa León XIV firmó en mayo pasado. El Pontífice denuncia en ella el uso de un lenguaje técnico, manipulador y engañoso —pensado para la era de la inteligencia artificial, pero aplicable, creo, a numerosos ámbitos de la cooperación internacional— que corre el riesgo de reducir a la persona humana a categorías estadísticas al servicio de los poderes económicos, en lugar de reconocerla como sujeto libre y dotado de una dignidad trascendente4. León XIV pide un pensamiento, por retomar sus palabras, «dinámico y fiel al Evangelio», capaz de custodiar la verdad de la persona, incluso cuando las técnicas de poder —económicas, jurídicas, comunicativas— pretenden reescribirla a su conveniencia5.
La encíclica nos dice que la cuestión es todavía y siempre antropológica. He aquí, pues, la primera invitación que quisiera dirigir: volvamos a hablar según la verdad de la persona, de la familia, de los pueblos, también y sobre todo en el contexto de la cooperación entre la Unión Europea y África.
Benedicto XVI y la primacía del logos
Para comprender plenamente esta crisis de las palabras, debemos remontarnos a una fuente más profunda: la crisis de la razón misma. Y debo aquí rendir homenaje a la lucidez profética del gran Papa Benedicto XVI, quien fue el primero en diagnosticar, en tres discursos memorables, el mal que hoy vemos desplegarse en toda su amplitud.
En Ratisbona, en septiembre de 2006, el Papa Benedicto XVI recordó que el Dios cristiano actúa, retomando la expresión griega del emperador Manuel II Paleólogo (1348-1425) que él comentaba, «σὺν λόγῳ», con logos6. Logos —explicó el Papa— significa a la vez razón y palabra. Una razón creadora, capaz de comunicarse precisamente en cuanto razón7. «No actuar según la razón, no actuar con el logos, es contrario a la naturaleza de Dios», escribía citando al emperador bizantino8. De ello se deriva una consecuencia que quisiera subrayar con fuerza ante esta asamblea: una razón que, ante lo divino, se hace sorda y relega la religión al ámbito de las subculturas privadas, se vuelve ella misma incapaz —son todavía palabras de Benedicto— de insertarse en el diálogo de las culturas9.
Apliquemos este principio al tema de los «derechos» que ocupa hoy tantos de nuestros debates europeos. Cuando Europa construye derechos desvinculados de la verdad sobre el hombre —el aborto que se querría elevar al rango de «derecho fundamental», la identidad sexual reducida a pura autoproducción subjetiva—, la razón misma se deforma: de instrumento de conocimiento de la verdad se convierte en instrumento de poder, capaz de imponerse por la fuerza del derecho y del dinero a quienes no comparten estas premisas.
El Papa Benedicto XVI añadía, siempre en Ratisbona, que una razón sorda a lo divino se vuelve incapaz de un diálogo intercultural auténtico, porque pretende imponerse como la única cultura racional posible, relegando cualquier otra visión del hombre —empezando por la visión cristiana y por la de las grandes tradiciones religiosas africanas— al rango de superstición que hay que corregir10. He aquí por qué, cuando se presenta hoy un conjunto de condicionalidades ideológicas como sinónimo de «modernidad» o de «progreso», deberíamos reconocer en ello no la ampliación, sino el estrechamiento de la razón.
Dos años después, en el Collège des Bernardins de París, el Papa Benedicto XVI indicó a Europa el camino del quaerere Deum: «buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto no es menos necesario hoy que en tiempos pasados», dijo a los representantes de la cultura francesa11. Y añadió una advertencia que, leída hoy, suena casi profética: «Una cultura meramente positivista que relegara al ámbito subjetivo, como no científica, la cuestión sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus más altas posibilidades»12. El cristianismo, explicaba además el Papa en aquella ocasión, percibe en las palabras humanas la Palabra, el Logos mismo: las palabras, para un cristiano, no son nunca un puro instrumento, sino que participan de la verdad que comunican13.
Tres años más tarde, en el Bundestag alemán, el Papa Benedicto XVI llevó esta reflexión al corazón mismo de la práctica legislativa europea. «Allí donde la razón positivista se considera como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales al rango de subculturas, reduce al hombre, más aún: amenaza su humanidad»14. Y se preguntaba, ante los legisladores alemanes: «¿Cómo puede la razón recobrar su grandeza, sin deslizarse hacia lo irracional?»15. Es exactamente la pregunta que quisiera plantearles hoy, Honorables parlamentarios: una legislación europea que pretende ser «neutral» respecto de toda visión antropológica, pero que de hecho impone en el mundo entero —mediante tratados, ayudas, condicionalidades comerciales— una visión específica y discutible del hombre, ¿no se desliza precisamente hacia esa irracionalidad contra la que el Papa Benedicto XVI nos ponía en guardia? De estos tres grandes discursos nace el puente que quiero tender hacia el tema de hoy: la crítica de esas formas de «colonización ideológica» que utilizan el derecho internacional y las financiaciones europeas o internacionales para imponer visiones antropológicas discutibles e impugnables a pueblos que no las han elegido16.
Los tres Papas y la colonización ideológica
Esta primacía del logos, amenazada por el positivismo jurídico y económico, encuentra su aplicación más directa y más dolorosa precisamente en la cuestión de la ideología de género. Es una vez más Benedicto XVI quien, en su último discurso de Navidad a la Curia Romana, en diciembre de 2012, nos ofreció la clave teológica para comprenderla. Citando las reflexiones del entonces Gran Rabino de Francia, Gilles Bernheim, el Papa recordó cómo Simone de Beauvoir había escrito: «No se nace mujer, se llega a serlo» —y comentó: «el hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano como hombre o como mujer [...] Niega su propia naturaleza y decide que no le es dada como un hecho preconstituido, sino que es él mismo quien se la crea»17. Y extrajo una conclusión severa: «Allí donde la libertad del hacer se convierte en libertad de hacerse a sí mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo»18. «Quien defiende a Dios —concluyó Benedicto— defiende al hombre»19.
Esta clave teológica nos permite leer en profundidad categorías como S.O.G.I. (orientación sexual e identidad de género), C.S.R.H.E. (educación sexual y reproductiva «integral»), que aparecen con tanta insistencia en los tratados entre la Unión Europea y los países africanos20. No son categorías neutras: son la aplicación política y jurídica de esa misma negación de la naturaleza dada, de ese mismo rechazo del Creador, del que nos hablaba Benedicto.
Observen, Honorables parlamentarios y queridos amigos, cómo estas categorías no aparecen aisladas en un documento único, sino que se repiten sistemáticamente —en las resoluciones parlamentarias, en los protocolos comerciales, en los planes de acción sectoriales— hasta constituir lo que podemos llamar —con toda justicia— un verdadero sistema21. Un sistema no nace por casualidad: nace de una visión del mundo coherente, precisamente esa visión secularizada e irracional, en el sentido más técnico del término —contraria al logos— que he descrito al comienzo.
El Papa Francisco, por su parte, dio a este sistema, a este fenómeno, un nombre que ha entrado ya en el lenguaje corriente: «colonización ideológica». En el encuentro con las familias en Manila, en enero de 2015, dijo con palabras que merecen ser escuchadas de nuevo íntegramente: «Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas. Hay colonizaciones ideológicas que buscan destruir la familia [...] No nacen [...] de la oración, del encuentro con Dios [...] vienen de fuera, y por eso digo que son colonizaciones»22.
Pocos días después, en la conferencia de prensa durante el vuelo de regreso, Francisco fue aún más explícito, recordando las quejas de los obispos africanos reunidos en el Sínodo: «He aquí la colonización ideológica: entran en un pueblo con una idea que nada tiene que ver con ese pueblo [...] es lo mismo que con ciertos préstamos, para los cuales se imponen ciertas condiciones»23.
Este marco magisterial —Benedicto XVI, Francisco y León XIV— quisiera ahora aplicarlo, en tres etapas, a tres grandes temas: la dignidad de la persona y la libertad religiosa; la autodeterminación de los pueblos; África y sus relaciones con Europa y con la Iglesia.
2. La dignidad de la persona humana y la libertad religiosa
2.1 Principio ontológico: la dignidad de la persona y el logos
Comencemos por el fundamento de todo: la dignidad de la persona humana. Magnifica Humanitas —cuyo título mismo es ya un programa— nos recuerda que la persona humana, creada por Dios, es precisamente «magnífica», irreductible a un dato estadístico, a una función productiva, a una preferencia subjetiva cambiante24. Todo orden social, económico, tecnológico —insiste la encíclica— debe ser juzgado a partir de esta dignidad y de la vocación de la persona a la comunión con Dios, y no a la inversa25.
De este principio ontológico se deriva, como su primera y más radical consecuencia, la libertad religiosa. No es un derecho entre otros, añadido junto a otros derechos: es, como ha recordado el Papa León XIV precisamente en el discurso citado al Cuerpo Diplomático, la raíz de toda otra libertad, porque concierne a la relación constitutiva del hombre con la verdad y con Dios26. Negarla, restringirla o, peor aún, manipularla con fines de política exterior, es golpear al hombre en el corazón mismo de su dignidad.
No carece de significado que el Papa León XIV haya querido vincular explícitamente su primera encíclica al magisterio social del Papa León XIII27. La Rerum Novarum, en 1891, defendió la familia, el trabajo, el derecho de asociación, presentando a la Iglesia como garante de una visión integral del hombre frente a las ideologías del siglo —entonces el colectivismo socialista y el liberalismo individualista, hoy, creo, la tecnocracia económica y la ideología de género28. Esta continuidad entre los dos Pontífices no es casual: nos dice que la dignidad de la persona, antes incluso de ser un principio axiológico —un valor que promover— es un principio ontológico: un dato del ser, que ninguna mayoría parlamentaria, ningún tratado internacional, tiene poder de redefinir.
Esta distinción entre ontológico y axiológico no es un tecnicismo de escuela teológica: es la clave de bóveda de toda mi intervención. Si la dignidad fuese solo un valor, podría ser negociada, equilibrada, suspendida en nombre de otros valores concurrentes —la eficacia económica, la estabilidad geopolítica, el consenso electoral—. Pero si la dignidad es un dato ontológico, precede a toda deliberación política y la juzga: ningún parlamento, europeo o africano, la crea; todo parlamento, digno de este nombre, tiene la tarea de reconocerla y protegerla.
2.2 Aborto y Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos [SDSR]: del derecho a la vida al pretendido derecho a suprimirla
Es precisamente en este terreno ontológico donde se consuma, en nuestra época, una de las más graves inversiones del logos. En junio y julio de 2022, el Parlamento Europeo aprobó resoluciones que piden a la Comisión y a los Estados miembros «dar prioridad al acceso universal al aborto seguro y legal» en las relaciones exteriores de la Unión, y que proponen incluir el aborto entre los derechos fundamentales consagrados por la Carta de la Unión Europea29.
Aquí, la inversión del logos o de la razón alcanza su punto más dramático: la falta de acceso al aborto se define como «violencia», mientras que el niño por nacer —el más débil, el más inocente entre nosotros— es privado de toda palabra, de toda representación, de todo derecho30.
Las palabras «salud», «derechos», «libertad» dejan entonces de indicar realidades ciertas, retomando de nuevo la expresión del Papa León XIV, y se convierten en una retórica al servicio de la supresión del más débil31. No se trata de una opinión entre otras: se trata de la negación más radical posible del principio ontológico que acabo de recordar, porque niega, en su raíz, que el niño por nacer sea una persona, o incluso la simple hipótesis de que pueda verdaderamente serlo.
Quisiera añadir una consideración que concierne directamente a la libertad religiosa. Un sistema jurídico que eleva el aborto al rango de derecho fundamental en los tratados y en las relaciones exteriores, y que pretende condicionar a ello la cooperación con los países terceros, obliga de hecho a los Estados, a las comunidades religiosas, al personal sanitario y educativo a adaptarse a una visión del hombre incompatible con sus convicciones de fe. Esto no es neutralidad: es una imposición y una opresión inaceptables. Es imponer por vía jurídica y financiera una antropología específica a comunidades que no la comparten, constituyendo, en sentido propio, una violación de la libertad religiosa y de la libertad de conciencia —esa misma libertad que el Papa León XIV nos ha recordado ser la raíz de toda otra libertad32.
Vale la pena recordar que el ordenamiento jurídico de muchos países africanos conserva todavía, en su derecho constitucional, un vínculo explícito entre la dignidad de la persona y la protección de la vida naciente; un vínculo que Europa, en muchos de sus ordenamientos jurídicos, ha cortado.
La Constitución de Kenia, en su artículo 26, establece que «la vida de la persona comienza en la concepción»33. La de Uganda, en su artículo 22, dispone que «ninguna persona tiene derecho a poner fin a la vida de un niño no nacido, salvo en los casos autorizados por la ley»34. No se trata de un residuo atrasado: es más bien un fragmento de sabiduría jurídica, arraigado tanto en el derecho natural como en las tradiciones religiosas africanas, que Occidente haría bien en reconsiderar en lugar de corregir. No es casualidad que, precisamente este año, el Tribunal de Apelación de Kenia haya reafirmado con firmeza este principio constitucional, rechazando la interpretación que pretendía hacer del aborto un derecho fundamental35. He aquí un ejemplo concreto de lo que entiendo cuando hablo de autodeterminación de los pueblos, conforme a la dignidad de la persona: un continente que, aunque pobre en medios materiales, no ha perdido la memoria de lo que es un ser humano.
2.3 Género, educación y la persona reescrita
El tercer momento de esta inversión concierne a la educación, lugar por excelencia en el que una civilización transmite a las nuevas generaciones la verdad sobre sí misma. El artículo 40.6 del Protocolo África del Acuerdo de Samoa —el acuerdo marco que rige hoy las relaciones entre la Unión Europea y los países de África, del Caribe y del Pacífico— exige a los gobiernos asociados que garanticen el acceso a una «educación sexual y reproductiva integral» (CSRHE), con una remisión explícita a las directrices técnicas internacionales sobre educación sexual36. El «Gender Action Plan III» de la Unión Europea, por su parte, impone un enfoque declaradamente gender-transformative y establece que al menos el 85 % de las nuevas acciones exteriores de la Unión deben integrar objetivos de igualdad de género37.
Aquí podemos aplicar directamente la crítica del Papa Benedicto XVI a la ideología de género que he recordado: la educación se convierte en el laboratorio donde se enseña a los niños a considerar su identidad sexual como puramente fluida y autodeterminada, desvinculada del cuerpo, de la historia familiar, de la relación; contra ese logos de la creación del que el Papa Ratzinger habló en Ratisbona, en París, en Berlín38. No debemos temer llamar a las cosas por su nombre, como nos pide el Papa León XIV: cuando un «protocolo» o un «plan de acción» técnico impone a todo un continente un modelo educativo único sobre la sexualidad humana, sin verdadera consulta a los pueblos afectados, nos encontramos de nuevo ante esa colonización ideológica y opresiva, tantas veces denunciada dramáticamente por el Papa Francisco39.
Se manifiesta aquí mediante el uso de programas educativos y de ayudas condicionadas para penetrar en el tejido cultural de los países africanos, redefiniendo la persona y la familia según estándares occidentales secularizados que no pertenecen a la historia de esos pueblos40. Pues bien, Honorables parlamentarios, pido, con respeto pero con la misma firmeza, que las palabras «hombre», «mujer», «matrimonio», «familia» no sean reducidas a construcciones sociales manipulables al capricho de las modas ideológicas del momento, sino guardadas como datos ontológicos de la realidad, de la realidad creada y no autoproducida por el hombre, y, para quien es creyente, como datos de la revelación bíblica. Es precisamente esto lo que el Papa León XIV entiende cuando pide que las palabras vuelvan a expresar realidades ciertas41.
3. La autodeterminación de los pueblos
El artículo 1, párrafo 2, de la Carta de las Naciones Unidas establece entre los fines mismos de la Organización el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones, fundadas en el respeto del principio de la igualdad de derechos y de la autodeterminación de los pueblos42. Los principios de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] sobre la eficacia de la ayuda al desarrollo, recordados en el dossier, reafirman que la cooperación internacional debe alinearse con las prioridades definidas por los países beneficiarios, y no imponerlas desde fuera43.
De este principio se deriva una consecuencia que quisiera subrayar con claridad: el respeto a la historia religiosa y cultural de un pueblo —tanto más loable cuanto que protege la familia, la vida, la transmisión de la fe— no es un obstáculo para el desarrollo, como se insinúa a veces en los pasillos de Bruselas, sino una exigencia elemental de justicia44. La dignidad de la persona y la libertad religiosa tienen también una dimensión comunitaria e histórica: un pueblo tiene el derecho de vivir, guardar y transmitir su propia tradición religiosa, cultural y familiar, como la persona singular tiene el derecho de profesar su propia fe.
Quizá no sea superfluo recordar, en este lugar, que el cristianismo no es para África una importación reciente ni un residuo del colonialismo europeo, como se insinúa a veces en ciertos ambientes secularizados. Mucho antes de que Europa evangelizara el África subsahariana en la época moderna, el África del Norte y del Cuerno ya había dado a la Iglesia universal algunos de sus más grandes maestros: Tertuliano, Cipriano, Atanasio y, por encima de todos, Agustín de Hipona, cuya reflexión sobre la relación entre fe y razón nutrió durante siglos la teología y toda la cultura occidental, incluido, no por casualidad, al propio Papa Benedicto XVI. Etiopía conserva una tradición cristiana ininterrumpida desde el siglo IV.
Cuando, por tanto, hablamos de autodeterminación religiosa de los pueblos africanos, no defendemos un «particularismo tribal» opuesto a un pretendido universalismo europeo: defendemos la libertad de un continente que ha contribuido, desde los orígenes, a configurar ese mismo logos cristiano cuya memoria Europa corre hoy el riesgo de perder. Esto invierte, si reflexionamos bien, el relato implícito de cierta cooperación al desarrollo, que trata a África como eterno aprendiz y a Europa como maestra definitiva: la historia de la Iglesia nos dice, por el contrario, que el don de la fe ha sido siempre recíproco, y que África tiene tanto que devolver como ha recibido.
El Papa Benedicto XVI, una vez más en el Bundestag, nos ofrece aquí una categoría decisiva: la de «ecología del hombre» y de derecho natural, un derecho que precede al poder político positivo y lo juzga desde fuera45. «La ley no es la pura producción de la voluntad del legislador, sino que debe reconocer una verdad sobre el hombre y sobre la sociedad que ningún parlamento puede decretar a su antojo»46. Ninguna potencia, por rica o influyente que sea, puede pretender redefinir para otros pueblos el sentido mismo de los «derechos humanos», contra su conciencia moral y religiosa. Hacerlo no es promover los derechos humanos: es negar su fundamento, que es precisamente la dignidad de cada pueblo de ser sujeto, y no objeto, de su propia historia.
Quisiera añadir, a este principio, un segundo pilar de la doctrina social de la Iglesia que ilumina bien nuestro tema: el principio de subsidiariedad. Juan Pablo II, en la encíclica Centesimus Annus, recordó que una sociedad de orden superior no debe jamás sustituir la iniciativa y la responsabilidad de las comunidades de orden inferior, privándolas de sus competencias, sino que debe más bien sostenerlas en caso de necesidad y ayudarlas a coordinar su acción con la de las demás componentes sociales, en vista del bien común47. Aplicado a las relaciones internacionales, este principio nos dice que la Unión Europea, por bienintencionada que sea, no tiene la tarea de reescribir desde fuera el derecho de familia, el derecho penal, los sistemas educativos de los Estados africanos soberanos: tiene más bien la tarea de apoyarlos, cuando lo soliciten, en la realización de sus propios fines legítimos. La inversión de este orden —la pretensión, es decir, de que el orden superior, supranacional, discipline hasta en los menores detalles la vida moral y familiar de los pueblos— no es subsidiariedad, sino su exacto contrario: es una centralización ideológica, que la doctrina social de la Iglesia ha condenado siempre, venga de donde venga.
4. África: las exigencias, los sufrimientos y la contribución que pide a Occidente y a la Iglesia
4.1 El sistema de condicionalidades de la Unión Europea
Debemos reconocer que existe un sistema «de tres niveles» a través del cual el principio de autodeterminación es —de hecho— eludido48. En el nivel normativo se sitúan las resoluciones del Parlamento Europeo que ya he mencionado sobre el aborto y los derechos LGBT+49. En el segundo nivel, el jurídico-convencional, se sitúa el Acuerdo de Samoa, que contiene una cláusula de supremacía capaz de condicionar todo el edificio de relaciones entre la Unión Europea y el grupo de Estados de África, el Caribe y el Pacífico50. En el tercer nivel, el financiero y comercial, se sitúan el Instrumento de Vecindad, Cooperación al Desarrollo y Cooperación Internacional [NDICI], la propuesta COM(2025)0551 actualmente en discusión, y los regímenes comerciales preferenciales51.
Un caso concreto ilustra bien cómo se articulan entre sí estos tres niveles: el de Uganda52. Mediante la resolución del 20 de abril de 2023, el Parlamento Europeo pidió a la Comisión que utilizase todos los medios diplomáticos, jurídicos y financieros disponibles para disuadir al Presidente ugandés de promulgar la ley aprobada por el Parlamento de aquel país y, en caso de promulgación, evaluar la retirada de las preferencias comerciales concedidas a Uganda en el marco del régimen «Everything But Arms», activar la cláusula de «elementos esenciales» del Acuerdo de Cotonú y considerar el régimen global de sanciones de la Unión en materia de derechos humanos; el Parlamento pidió además una estrategia de la Unión para la descriminalización universal de la homosexualidad53. Pues bien, lo digo con un lenguaje sobrio pero firme: aquí aparece en una forma acabada y verificable la «colonización ideológica», el uso del comercio y de las finanzas para intervenir en la legislación penal y familiar de un Estado soberano, violando frontalmente el principio de autodeterminación de los pueblos54.
La propuesta de reglamento COM(2025)0551, actualmente en discusión, prevé una dotación global de 200.300 millones de euros a precios corrientes para la acción exterior de la Unión, con una asignación indicativa para el África subsahariana más que duplicada respecto del mínimo garantizado del ciclo en curso —de 29.180 a aproximadamente 60.500 millones de euros—. El lenguaje sobre la Plataforma de Pekín, sobre la CIPD, sobre la salud sexual y reproductiva y sobre la educación sexual integral se mantiene en el texto de base y se reproduce en los pilares sectoriales de la intervención europea, mientras que los anteriores objetivos cuantitativos vinculantes son sustituidos por un enfoque de mainstreaming transversal: la condicionalidad ideológica no desaparece, se hace más capilar y menos medible55. Es aquí donde quisiera recordar una vez más Magnifica Humanitas: la técnica y el poder económico, nos recuerda la encíclica del Papa León, se convierten en instrumentos de dominación y de opresión perversa cuando no están regulados por la caridad y por la justicia56. La Iglesia no pide a Europa que deje de ayudar a África —todo lo contrario— pero pide que lo que es la «cultura del poder» se transforme en «civilización del amor»57.
4.2 Voces y sufrimientos de África, el papel de la Iglesia y de Occidente
Permítanme ahora dar la palabra, en este lugar tan simbólico, a quienes no tienen voz: los propios africanos. El dossier recoge testimonios directos de funcionarios gubernamentales africanos que denuncian la insistencia de la Unión Europea en categorías como SOGI [Sexual Orientation and Gender Identity] en las negociaciones, frente al rechazo sistemático europeo a discutir temas igualmente urgentes para África, como la restitución de los artefactos coloniales; otros hablan abiertamente de un «hecho consumado», resumible en la fórmula: «Si no firmas, habrá consecuencias»58. No son mis palabras: son palabras recogidas por análisis académicos independientes y por testigos directos, y nos dicen que el diagnóstico de un neocolonialismo cultural no es propaganda político-eclesiástica, sino una experiencia vivida por quienes se sientan al otro lado de la mesa de negociaciones59.
No es, pues, sorprendente que en mayo de 2025, en Entebbe, Uganda, parlamentarios y representantes institucionales africanos se reunieran, en una conferencia inaugurada por el Presidente Museveni, para proponer una Carta africana para la familia y la soberanía cultural. El Presidente Museveni declaró en aquella ocasión, refiriéndose explícitamente al Acuerdo de Samoa: «les exhorto a estudiar este documento de Samoa que habla de todas estas cosas que ustedes discuten: si realmente contiene lo que se dice sobre los derechos reproductivos, entonces tendremos que retirarnos de este absurdo, y decir a la Unión Europea que no podemos formar parte de esta iniquidad»60. Palabras duras, que revelan una sustancia que hay que tomar en serio: la dignidad de pueblos que no quieren ya ser tratados como menores bajo tutela, sino como sujetos morales, capaces de decir «no» a lo que contradice su visión de la persona y de la familia.
Pero sería injusto, por mi parte, limitarme a la denuncia. El Papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica postsinodal Africae Munus, indicó con claridad lo que África espera legítimamente de Occidente y de la Iglesia: no una injerencia ideológica, sino una auténtica solidaridad en la reconciliación, en la justicia y en la paz, capaz de acompañar sin sustituir, y de dar sin pretender remodelar el alma de los pueblos a su propia imagen61.
Esto significa, concretamente, un compromiso renovado con la condonación de la deuda, con la transferencia de tecnologías útiles para la salud y la agricultura, con el apoyo a las redes escolares y sanitarias que la Iglesia católica gestiona desde hace siglos en todo el continente, a menudo en suplencia del Estado, y con la lucha común contra la corrupción y la mala gobernanza, que pesan sobre los pueblos africanos tanto como las injerencias externas. Significa también, para la Iglesia de Occidente, redescubrir en África no un campo misionero al que asistir, sino una fuente viva de fe, de vocaciones, de familias numerosas y alegres, de las que Europa, envejecida y cansada, tiene mucho que aprender y que recibir.
Como hijo de África, quiero añadir una palabra personal. He denunciado en múltiples ocasiones, y lo repito hoy en este lugar, la voluntad de ciertas potencias de imponer falsos valores a través de argumentos políticos y financieros: en ciertos países africanos, verdaderos ministerios dedicados a la teoría de género han sido creados a cambio de apoyo económico62. He recordado también, cuando un Secretario General de las Naciones Unidas vino a África a pedir la descriminalización de la homosexualidad como condición de civilización, que no se pueden imponer a los pobres este tipo de absurdos, cuando faltan hospitales, escuelas, agua potable63. La pobreza material de África no le quita su dignidad, ni su derecho —al contrario, le confiere quizá un título más fuerte— de juzgar ella misma lo que es bueno para sus propios hijos.
En 2015, durante el Sínodo sobre la familia, dije, y no retiro hoy ni una sola palabra, que la ideología de género y el fundamentalismo islamista representan, cada uno a su manera, dos «bestias apocalípticas» que amenazan con destruir no solo la familia, sino al hombre mismo, imagen de Dios64. Algunos juzgaron excesiva la imagen; sigo creyendo que capta algo verdadero: estas dos fuerzas, aunque muy diferentes en su origen y su forma, comparten la pretensión de reescribir al hombre a su antojo —la una en nombre de un pretendido progreso, la otra en nombre de un pretendido retorno a una pureza originaria—, negando en todo caso esa libertad religiosa y esa dignidad de la persona que he situado en el centro de esta Lectio.
Quisiera concluir compartiendo una convicción más profunda, madurada en tantos años de servicio a la Iglesia: la crisis de la Iglesia en Occidente y la crisis de Occidente mismo son, en el fondo, la misma crisis. Es porque la Iglesia, en muchas naciones europeas, ha perdido su identidad, su voz profética, por lo que Occidente mismo ha perdido el sentido de su propia civilización65. Y añado: incluso en Occidente, hoy, la libertad religiosa está amenazada66. Aquí, los tres Papas que he evocado en esta Lectio se entrelazan en un único testimonio: el Papa Benedicto XVI defiende la ecología del hombre y de la familia frente al positivismo jurídico; el Papa Francisco denuncia las colonizaciones ideológicas e invita a un diálogo intercultural auténtico; el Papa León XIV pide que las palabras vuelvan a expresar realidades ciertas y propone un multilateralismo purificado de las ideologías67. Un llamamiento que dirijo, con respeto pero sin rodeos, a Europa y a la Iglesia de Occidente: hagan un serio examen de conciencia. Escuchen a África. Respeten su soberanía cultural. Ofrezcan una cooperación libre, no condicionada por agendas ideológicas. Estén dispuestos a recibir de África lo que ella puede aún ofrecer a un Occidente cansado: el testimonio de una fe viva y de un sentido de la familia, que pueden ayudar a la propia Europa a reencontrar su propio logos.
Conclusión: Volver al logos y a las realidades ciertas
Honorables parlamentarios, permítanme concluir donde comencé: con las palabras del Papa León XIV. Sin palabras que vuelvan a indicar realidades ciertas, nos ha dicho el Santo Padre, no existe diálogo auténtico68, ni siquiera dentro de la Iglesia católica. Y yo añado: sin logos, la diplomacia y la cooperación internacional degeneran en un juego de fuerza enmascarado bajo un lenguaje técnico. Quisiera entonces invitar a todo el Parlamento Europeo y a los representantes aquí presentes a un verdadero examen del lenguaje: decir con claridad, sin ambigüedades diplomáticas, lo que se entiende realmente cuando se habla de «derechos humanos», de «salud sexual y reproductiva», de «género», de «familia», y preguntarse, con honestidad intelectual, si esas definiciones respetan verdaderamente la dignidad de la persona y la libertad religiosa, o si las traicionan, bajo un lenguaje aparentemente neutro69.
He intentado ofrecerles, en esta Lectio, tres claves de lectura que se sostienen juntas como las piedras de un solo edificio. 1) La dignidad de la persona y la libertad religiosa, como raíz de toda convivencia humana, que ninguna ideología de género ni pretendida «salud reproductiva» puede borrar. 2) La autodeterminación de los pueblos, como espacio de libertad en el que cada pueblo puede encarnar esa dignidad en su propia historia religiosa y cultural, sin sufrir condicionalidades enmascaradas de cooperación. 3) Y, por último, África —no como objeto de una ingeniería social pensada en otro lugar, sino como sujeto de cultura, de fe, de sufrimiento y de esperanza, para la Iglesia y para el propio Occidente70.
Una última palabra, que nace del corazón de un pastor africano: la historia de la fe en mi continente nos enseña que la Iglesia crece, a menudo, precisamente en las estaciones de prueba, y que los pueblos que guardan su identidad religiosa y cultural, contra toda presión externa, son, al final, los que mejor sirven a la causa de una verdadera fraternidad universal. No pido al Parlamento Europeo un acto de fe, sino un acto de razón: verifiquen, con los instrumentos mismos de su sabiduría jurídica, si las palabras que pronuncian honran verdaderamente a la persona humana, a la familia, a la libertad de los pueblos. Si lo hacen, África y Europa caminarán juntas. Si no, ningún tratado, por bien redactado que esté, podrá colmar la distancia que las «palabras traicionadas» habrán abierto entre nosotros.
Les doy las gracias.
Notas
- León XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026: vatican.va ↩
- Dossier «Ayudas Condicionadas» preparado por Pro Vita & Famiglia para el Coloquio del Parlamento Europeo, Bruselas, 15 de julio de 2026 (documentación interna en la que se basa la presente intervención). ↩
- Ibíd. ↩
- León XIV, Carta encíclica Magnifica Humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, 15 de mayo de 2026: vatican.va ↩
- Ibíd. ↩
- Benedicto XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones, discurso en la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006: vatican.va ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Benedicto XVI, Encuentro con el mundo de la cultura, Collège des Bernardins, París, 12 de septiembre de 2008: vatican.va ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Benedicto XVI, Discurso en el Bundestag alemán, Reichstag, Berlín, 22 de septiembre de 2011: vatican.va ↩
- Ibíd. ↩
- Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit. ↩
- Benedicto XVI, Discurso con motivo de las felicitaciones navideñas a la Curia Romana, 21 de diciembre de 2012: vatican.va ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit. ↩
- Ibíd. ↩
- Francisco, Discurso en el encuentro con las familias, Mall of Asia Arena, Manila, 16 de enero de 2015: vatican.va ↩
- Francisco, Conferencia de prensa durante el vuelo de regreso de Manila, 19 de enero de 2015, texto íntegro en rossoporpora.org ↩
- Cf. supra, nota 4: León XIV, Magnifica Humanitas, cit. ↩
- Ibíd. ↩
- Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit. ↩
- León XIII, Carta encíclica Rerum Novarum, 15 de mayo de 1891: vatican.va ↩
- Ibíd. ↩
- Parlamento Europeo, resolución del 9 de junio de 2022, «Global threats to abortion rights: the possible overturning of abortion rights in the US by the Supreme Court», y resolución del 7 de julio de 2022, 2022/2742(RSP); cf. también Dossier «Europa y África», cit. ↩
- Parlamento Europeo, resolución del 7 de julio de 2022, 2022/2742(RSP), cit. ↩
- Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit. ↩
- Ibíd. ↩
- Constitution of Kenya (2010), art. 26(2): «The life of a person begins at conception»; cf. Kenya Law Reform Commission ↩
- Constitution of the Republic of Uganda (1995), art. 22(2): «No person has the right to terminate the life of an unborn child except as may be authorised by law». ↩
- Tribunal de Apelación de Kenia, sentencia de 24 de abril de 2026 que reafirma la protección constitucional de la vida desde la concepción, cit. en ZENIT, «Kenya's Court of Appeal reaffirms the constitutional protection of unborn life», 2 de mayo de 2026, zenit.org ↩
- Acuerdo de asociación entre la Unión Europea y los miembros de la Organización de Estados de África, del Caribe y del Pacífico (Acuerdo de Samoa), OJ L 2023/2862, Protocolo regional para África, art. 40.6: eur-lex.europa.eu ↩
- Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), Gender Action Plan III — Towards a Gender-Equal World, eeas.europa.eu ↩
- Cf. supra, nota 6: Benedicto XVI, Discurso de Ratisbona, cit. ↩
- Cf. supra, nota 22: Francisco, Encuentro con las familias, Manila, cit. ↩
- Cf. supra, nota 23: Francisco, Conferencia de prensa en vuelo, 19 de enero de 2015, cit. ↩
- Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit. ↩
- Carta de las Naciones Unidas, art. 1, párr. 2, un.org ↩
- Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit. ↩
- Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit. ↩
- Cf. supra, nota 14: Benedicto XVI, Discurso en el Bundestag, cit. ↩
- Ibíd. ↩
- Juan Pablo II, Carta encíclica Centesimus Annus, 1 de mayo de 1991, n. 48: vatican.va ↩
- Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit. ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Parlamento Europeo, Resolución sobre la situación en Uganda, Textos aprobados P9_TA(2023)0120, europarl.europa.eu ↩
- Cf. supra, nota 23: Francisco, Conferencia de prensa en vuelo, 19 de enero de 2015, cit. ↩
- Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit. ↩
- Cf. supra, nota 4: León XIV, Magnifica Humanitas, cit. ↩
- Ibíd. ↩
- Testimonios directos de funcionarios gubernamentales africanos recogidos en el estudio con revisión por pares publicado en Third World Quarterly (Taylor & Francis, 3 de noviembre de 2025; DOI: 10.1080/01436597.2025.2566237) y documentados en el Dossier «Europa y África» preparado para el presente Coloquio. ↩
- Ibíd. ↩
- Y. Museveni, declaración en la Conferencia sobre la familia, Entebbe, mayo de 2025, cit. en Watchdog Uganda, «President Museveni calls on Africa to defend family values and secure economic sovereignty», 9 de mayo de 2025, watchdoguganda.com ↩
- Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Africae Munus sobre la Iglesia en África al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz, 19 de noviembre de 2011: vatican.va ↩
- R. Sarah, declaraciones recogidas en Wikiquote, entrada «Robert Sarah», en.wikiquote.org ↩
- R. Sarah, declaraciones referidas en Wikipedia, entrada «Robert Sarah», en.wikipedia.org ↩
- R. Sarah, intervención en el Sínodo de los Obispos sobre la familia, octubre de 2015, texto íntegro en National Catholic Register, «Cardinal Sarah: ISIS and Gender Ideology Are Like 'Apocalyptic Beasts'», octubre de 2015, ncregister.com ↩
- R. Sarah, entrevista, Aleteia, 17 de abril de 2019, it.aleteia.org ↩
- R. Sarah, declaraciones referidas en Informazione Cattolica, 30 de noviembre de 2022, informazionecattolica.it ↩
- Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit. ↩
- Ibíd. ↩
- Ibíd. ↩
- Cf. supra, nota 4: León XIV, Magnifica Humanitas, cit. ↩
Traducción basada en la publicación de La Bussola y Provita Familia







